Capítulo 22
Nikolai corrió la cortina y lo primero que sintió no fue sorpresa.
Fue alivio, y el alivio lo asustó, porque significaba que una parte de él llevaba días esperando eso — la parte que sabía que ella no iba a aceptar el silencio y que ya había calculado, sin pedirle permiso, que era mejor que ella lo descubriera sola a que él tuviera que elegir el momento.
Sofía estaba con la espalda contra el vidrio, la lista de restricciones arrugada en la mano, el mentón alzado, y pálida.
Detrás de él, Sergei ya tenía la mano en la funda del arma.
—No —dijo Nikolai, sin darse vuelta.
—Estaba detrás de la cortina.
—Sé dónde estaba.
—Nikolai. —La voz del hermano estaba perfectamente calma, y esa era la parte mala—.
Hace dieciséis días que busco a dos personas en esta casa que están vendiendo todo lo que oyen.
Acabo de encontrar a una escondida detrás de la cortina de su despacho, diez segundos después de que dije cuántos hombres aguanta el muro norte.
—Ella no es.
—Usted no lo sabe.
—Lo sé. —Nikolai se dio vuelta, y su hermano vio su cara y no dijo nada más—. Salga.
—Si salgo de esta sala ahora, dejo de ser el jefe de seguridad de esta casa y paso a ser un hombre que hace lo que su hermano ordena.
—Sí.
Sergei se quedó un instante entero quieto. Después sacó la mano de la funda, cruzó la sala y se detuvo en la puerta.
—¿Sabe por qué no voy a discutir? —dijo, sin darse vuelta—. No es porque usted lo ordenó. Es porque vi la cara de ella cuando abrió la cortina. —Puso la mano en el picaporte—. Una persona que está vendiendo esta casa no lo mira a usted de ese modo. Mira hacia la puerta.
—Entonces está de acuerdo conmigo.
—Estoy de acuerdo con usted y sigo pensando que se equivoca, y las dos cosas caben en la misma cabeza, y por eso duermo mal. —Sergei abrió la puerta—. Que quede registrado que es la segunda vez.
Y salió.
◆
Ella no se movió del hueco de la ventana.
Nikolai se sirvió agua que no iba a beber, para tener algo que hacer con las manos, y para darle diez segundos a ella.
Había algo pasando dentro de él que reconoció con una claridad desagradable, y que no era lo que debía estar pasando.
No era rabia por la intrusión. No era cálculo de daños.
Era unas ganas casi físicas de decirle, antes de cualquier otra frase, que no corría ningún peligro dentro de esa sala — y las ganas eran tan fuertes que tuvo que esperar a que pasaran, porque un hombre que empieza una conversación así tranquilizando al otro ya entregó el mando.
—¿Cuánto oyó?
—Todo lo que importa.
—Diga lo que entendió.
—Que existe una fecha. —La voz le salió firme, y él reconoció el esfuerzo porque hacía lo mismo desde hacía treinta años—.
Que faltan dieciséis días. Que el muro no aguanta.
Que dos personas de esta casa están siendo compradas y Sergei no sabe cuáles.
—Se despegó del vidrio—. Y que el día doce yo ya no voy a estar aquí, y que usted todavía no decidió si me lo cuenta.
—Correcto.
—Correcto —repitió ella, y la palabra le salió con un hilo de risa horrible—. Tiene un modo de decir "correcto" que a una persona le dan ganas de romper algo.
Nikolai dejó el vaso.
Y entonces hizo lo único que llevaba treinta y nueve días postergando, y lo hizo de pie, en medio de la sala, sin ninguna preparación, porque la secuencia que había pasado una semana tratando de armar acababa de convertirse en polvo con el correr de una cortina.
—Siéntese —dijo—. Le voy a contar quién era su padre.
◆
Ella no se sentó. Se quedó de pie, y él contó de pie, y los dos se quedaron así los cuarenta minutos siguientes, a tres metros de distancia, como dos personas en un velorio.
—Tomás Reyes recibió dinero de mi familia durante veinticuatro años —empezó Nikolai—. Todos los meses, sin fallar, desde mil novecientos noventa y nueve hasta su muerte. No como deudor. Como fuente.
Sofía no se movió.
—¿Fuente de qué?
—De Marsella. —Fue directo, porque adornarlo habría sido peor—.
La clínica de tu padre era el único lugar del barrio donde un hombre podía entrar con una bala en el hombro a las tres de la mañana y salir sin historia clínica, sin policía y sin preguntas.
Eso es raro. Es valioso. —Una pausa—. Y produce información, señorita Reyes, y tu padre nos vendía esa información.
—Qué información.
—Quién había sido herido. Cuándo. Dónde.
Con qué tipo de arma. Quién lo trajo. Quién pagó el material.
Quién desapareció del barrio durante tres semanas y volvió rengueando.
—Nikolai sostuvo su mirada—. Toda una ciudad portuaria pasa por una clínica así en diez años.
Tu padre sabía, antes que cualquier policía de Europa, quién estaba en guerra con quién en Marsella.
Y nos lo decía. Todos los meses. Durante veinticuatro años.
El rostro de ella no cambió. Él habría preferido que cambiara.
—Pruébelo.
Nikolai fue hasta el cajón, lo abrió con la llave y sacó de adentro una hoja doblada en tres que había estado guardada con el resto desde la noche del archivo. La puso sobre el escritorio y la empujó.
—Estas columnas son de iniciales y montos. Una hoja por año. Hay veinticuatro. —Señaló—. T. R.
Sofía fue hasta la mesa, y Nikolai vio que su mano dudaba diez centímetros por encima del papel antes de tocarlo.
Leyó durante mucho rato.
Nikolai notó lo que hizo con el papel, y lo que hizo fue propio de una enfermera: leyó de abajo hacia arriba, lo más reciente primero, como se lee una historia clínica cuando se quiere saber adónde llegó la cosa antes de saber cómo empezó.
—Este monto es mensual.
—Sí.
—Todos los meses. —Siguió la columna con el dedo, hacia arriba, año tras año—. Mil novecientos noventa y nueve. Dos mil. Dos mil uno.
—Sí.
—Yo tenía tres años en el noventa y nueve.
—Sí.
El dedo de ella se detuvo en una línea y se quedó ahí.
—Aquí es distinto.
Nikolai rodeó la mesa antes de pensarlo. Ella tenía el dedo sobre la quinta línea de uno de los años — uno de los seis asientos irregulares, con centavos, quince veces mayor que lo normal.
—Es otro año —dijo él—. Está en otra hoja.
—Estoy en la misma hoja. —No sacó el dedo—.
Acá arriba siempre es el mismo número, redondo, mes tras mes, como un sueldo.
Y acá, seis veces, el valor es otro y tiene centavos.
Nadie paga un sueldo con centavos. —Levantó la vista—.
Esto es un precio. Alguien se sentó con mi padre y negoció un precio seis veces.
Nikolai se quedó en silencio, y el silencio duró medio segundo más de lo que debía.
—Usted sabe lo que fue.
—No lo sé.
—Sabe algo.
—Sé que hay una anotación al margen de esa hoja, con la letra de mi padre, y que la anotación es una fecha. —Eligió cada palabra—. Y no se la voy a decir, porque ni yo mismo sé todavía qué pasó en ella.
Ella lo miró un instante y decidió, él vio que decidió, creerle.
Después puso la hoja sobre la mesa con un cuidado exagerado, del modo en que se apoya algo cuando las manos ya no son confiables, y se quedó mirando la pared un buen rato.
—La escuela de enfermería —dijo—. En dos mil quince. Eran dos mil cuatrocientos por semestre y él pagó los ocho.
Nikolai no respondió.
—La moto que compró para atender de madrugada.
—La voz se le iba poniendo más baja y más rápida—.
La estufa que puso en la sala de espera el invierno en que murió aquel chico.
Los zapatos que me regaló cuando entré en el concurso del hospital, que eran demasiado buenos y le pregunté y me dijo que había hecho un trabajo extra. —Se dio vuelta—. Trabajo extra.
—Señorita Reyes —
—No. —Levantó la mano—. Todavía no hable.
Él no habló.
Sofía caminó hasta la estantería, y se quedó de espaldas, y él vio sus hombros subir y bajar dos veces de un modo que no tenía nada que ver con el llanto; era alguien forzando al propio cuerpo a mantener la línea, y él conocía ese trabajo por dentro.
Cuando se dio vuelta, tenía los ojos secos, y lo que había en ellos era peor.
—Las personas que él entregó. —La voz le salió completamente controlada—. ¿Qué pasó con ellas?
—Algunas, nada.
—¿Y las otras?
—Usted no quiere el número.
—Quiero el número.
—No tengo el número —dijo Nikolai, y era verdad, y fue lo más difícil que dijo esa noche—.
Nadie lo tiene. Una información pasa por cuatro manos hasta convertirse en decisión, y la decisión se convierte en algo que sucede en una ciudad donde tu padre no estaba.
Él nunca supo qué pasaba después. —Se detuvo—.
Y, señorita Reyes, es exactamente por eso que hombres como tu padre pueden hacer lo que hacen durante veinticuatro años.
Nadie aguantaría veinticuatro años sabiendo el después.
Lo que se vende, en ese negocio, es el derecho a no mirar.
Sofía se quedó muy quieta.
Y entonces dijo lo que él no había previsto, y que lo derrumbó más que cualquier acusación que ella pudiera haber hecho.
—Aquí se cose, no se pregunta.
—¿Cómo?
—Era lo que estaba escrito en la pared de la clínica.
—Miraba un punto detrás de él—. Escrito a mano, con pincel, encima de la puerta que daba a la sala de curaciones.
Lo pintó cuando yo tenía once años y me explicó qué quería decir.
Que nuestra parte era el cuerpo. Que la policía tenía su trabajo y nosotros el nuestro.
Que quien entra con un agujero tiene derecho a no explicar el agujero.
—Por fin lo miró—. Construí toda mi vida sobre esa frase.
Rechacé tres trabajos mejores por esa frase.
Tengo veintisiete años y lo que más me enorgullecía en la vida era ser hija del hombre que pintó eso en la pared.
Nikolai no dijo nada, porque no había nada que decir.
—Y él preguntaba —dijo ella—. No en voz alta. No necesitaba preguntar en voz alta, ¿no? Solo tenía que mirar, y anotar, y mandar el mensaje a fin de mes.
—Sí.
—Hizo de mí la única persona de ese barrio que no sabía.
—Dio un paso—. Todo el mundo confiaba en esa puerta.
Las madres mandaban a sus hijos. La señora Aïcha iba ahí en vez de ir al centro de salud porque ahí le preguntaban.
Y yo estaba detrás del mostrador con diecisiete años, poniendo yodo, creyendo que éramos el único lugar honesto de Noailles.
Y ahí fue donde la voz falló. Una vez, medio segundo, en la palabra honesto.
La recuperó de inmediato, y Nikolai tuvo que sostener las dos manos detrás del cuerpo para no cruzar la sala.
Y entonces ella hizo algo que él no esperaba. Fue hasta el escritorio, tomó la lista de restricciones que había traído, esa misma, arrugada, y la giró hacia él.
—¿Sabe qué es esto?
—Es su lista.
—Es una lista de cuarenta y un hombres armados con el nombre, la edad y la debilidad de cada uno.
—Puso el papel sobre la mesa entre los dos—.
Bogdan no gira el torso de noche. El chofer tiene una presión de dieciocho sobre once y un día de estos se va a desplomar.
El muchacho del portón sur ve mal del ojo izquierdo y lo esconde.
Sé quién bebe. Sé quién toma pastillas para dormir.
Sé cuál de sus soldados tiene la mano temblorosa por la mañana y por qué.
Nikolai se quedó muy quieto.
—Lo armé en tres semanas —siguió ella, y la voz estaba terriblemente calma—.
Sin preguntarle nada a nadie. Vinieron a contármelo ellos.
Vinieron porque les atendí la mano, porque no anoté su nombre en ningún papel del hospital, porque yo era el lugar donde uno entra con un agujero y no necesita explicar el agujero.
—Retrocedió un paso—. Siete semanas. Fue el tiempo que me llevó convertirme exactamente en él.
—Usted no vendió nada.
—No. —Tomó la lista de vuelta, la dobló en cuatro y la guardó en el bolsillo del abrigo—.
Solo la armé. Vender es la parte fácil, señor Yakovlev.
Cualquiera vende. Todo el trabajo está en armarlo, y yo armé en siete semanas lo que a mi padre le llevó veinticuatro años armar, y nadie en esta casa sospecha de mí, y es exactamente así como funciona.
◆
—¿Hace cuánto que usted lo sabe? —preguntó ella.
—Que su padre era una fuente, quince años. No por el nombre; por las iniciales en una hoja que nunca leí con atención. —Fue honesto hasta donde la honestidad no desarmaba el resto—. Que era él, y lo que era la clínica, lo supe en febrero del año pasado.
—Cuando fue a Marsella.
—Cuando fui a Marsella.
—Y se sentó en mi cocina.
—Me senté.
—Yo estaba durmiendo en el cuarto de al lado.
—Estabas.
Sofía asintió despacio, varias veces, del modo en que se verifica una suma.
—¿Me vio?
Nikolai tardó medio segundo más de lo que debía.
—Vi la puerta de tu cuarto.
Ella se rió. Fue un sonido corto y feo.
—Es muy bueno en eso. En eso de responder exactamente lo que se le pregunta.
—Levantó del suelo la lista de restricciones arrugada, donde la había dejado caer, y la alisó contra el muslo con dos gestos precisos, y Nikolai reconoció el gesto: era lo mismo que hacía antes de entrar en una sala difícil—.
Está bien. Quiero hacer la última pregunta y después me voy de esta sala.
—Pregunte.
—¿Qué le pidió mi padre en esa cocina?
Y ahí estaba, en medio de la sala, a las nueve y cuarenta de la noche, con dieciséis días en el reloj: la única pregunta que importaba, hecha de frente, del modo en que Grigori había dicho que se la haría.
Nikolai abrió la boca.
Y lo que salió fue:
—Hoy no.
◆
Ella se quedó mirándolo durante un tiempo que pareció muy largo.
Después fue hasta la puerta, y cuando habló no había ninguna rabia en la voz, y la ausencia de rabia fue lo peor de toda esa noche.
—Pasó cinco semanas con miedo de que yo me quedara aquí por deuda —dijo—.
Yo no me iba a quedar por deuda. Me iba a quedar, y usted lo sabe, y por eso no me lo cuenta.
Mientras yo no lo sepa, lo elijo a usted.
El día que lo sepa, usted va a descubrir si yo lo habría elegido.
—Abrió la puerta—. Prefiere no descubrirlo. Le llama a eso protegerme.
—Sofía.
—El día doce me subo al auto —dijo ella, sin darse vuelta—. Voy a trabajar hasta entonces, porque tengo once sobres en mi cajón y prometí devolverlos. Y cuando me vaya, usted va a haber conseguido exactamente lo que quería desde el principio: voy a salir de esta casa sin deberle absolutamente nada.