Capítulo 23
Abrió la consulta a las siete de la mañana siguiente, como todos los días, y fue lo más difícil que hizo en siete semanas.
No por el cansancio. Porque ahora sabía qué estaba haciendo ahí.
El primero fue un muchacho del turno de la noche con un esguince de muñeca.
Se sentó, extendió la mano, y mientras ella le palpaba el escafoides él empezó a hablar solo, del modo en que hablaban todos — contó que se había torcido saltando desde un murete, y que estaba saltando el murete porque había ido a ver a la novia en Michalovce, y que iba a dedo con su primo, que hacía fletes, y que el primo pasaba por ahí todos los martes.
Sofía oyó todo.
Y oyó al mismo tiempo, en un segundo canal, lo nuevo y horrible: acaba de decirme que sale de la casa los martes, con quién, y por dónde.
Le puso la férula, le indicó que volviera en cinco días, y se quedó sentada sola en el cuarto durante diez minutos después de que él saliera, con las manos abiertas sobre la mesa.
Así era. Exactamente así había sido, todos los días, durante veinticuatro años, dentro de un cuarto de cuatro por tres metros en Noailles.
Nadie necesitaba preguntar nada. La gente le entrega la vida entera a quien le cuida el cuerpo.
Es el precio más barato del mundo y nadie sabe que lo está pagando.
◆
Pasó tres días haciendo lo que nunca había hecho en su vida: revisitar a su padre con mala voluntad.
Y lo peor fue que todo encajaba.
La caja fuerte de morfina, que él mantenía llena cuando la clínica no tenía dinero para comprar gasa.
Las dos noches por mes en que cerraba más temprano y salía sin decir adónde, y volvía sin olor a bar.
El cuaderno negro de tapa dura que guardaba en el cajón de abajo y que no era el libro de atenciones — ella preguntó una vez, a los quince años, y él le dijo que era contabilidad, y ella nunca más preguntó, porque contabilidad era la palabra más aburrida del mundo y ella tenía quince años.
Y Karim.
A Sofía le llevó dos días y medio llegar a él, y llegó de madrugada, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Karim tenía veintidós años y entró en la clínica una noche de agosto con un corte largo en el antebrazo, hecho con algo dentado.
Ella tenía diecinueve años y todavía no era enfermera; sostenía la bandeja.
Se acordaba del muchacho porque hacía chistes mientras su padre cosía, y porque le preguntó el nombre dos veces, y porque tenía un tatuaje mal hecho de una golondrina en la muñeca.
Karim apareció flotando en el puerto tres semanas después. Todo el barrio habló de eso durante un mes.
Y ella recordaba — recordaba con una nitidez que dolía — a su padre doblando el diario esa mañana, en la cocina, y diciendo pobre muchacho, y untando manteca en el pan.
Tal vez no tuviera nada que ver. Tal vez fuera coincidencia, y tres semanas es mucho tiempo, y un puerto es un puerto.
Solo que ahora no tenía forma de saberlo, y no la iba a tener nunca, y eso era lo que él le había dejado: no la certeza de que su padre había matado a alguien, sino la imposibilidad permanente de saber que no.
◆
Fue Irina quien la sacó de eso, y la sacó a su manera: sin una sola palabra de consuelo.
Sofía bajó a la cocina la tercera noche porque no podía quedarse en el cuarto, y se sentó en un banquito en un rincón, y Irina siguió trabajando veinte minutos sin dirigirle la palabra.
Después le puso delante un plato de sopa que ella no había pedido.
—Coma.
—No tengo hambre.
—Coma de todos modos. —La vieja volvió a la cocina—. Tiene cara de estar decidiendo si tira veintisiete años a la basura.
Sofía tomó la cuchara y no comió.
—¿Usted sabía?
—¿De su padre? No. —Irina raspó una olla—. Sabía que había un nombre que hacía gritar al viejo patrón detrás de una puerta. No sabía qué hacía ese nombre.
—Vendía a las personas que confiaban en él.
—Lo sé.
—¿No va a decir nada?
—Voy a decir algo y no le va a gustar. —Irina se dio vuelta, con el repasador al hombro—.
Mi padre le pegaba a mi madre durante dieciocho años.
Todos los sábados. Y me enseñó a leer, señorita, porque mi madre no sabía, y sé leer por él, y leo todos los días.
—Se encogió de hombros—. Las dos cosas son verdad y ninguna anula a la otra.
Eso es lo que nadie les cuenta a las chicas.
Uno crece pensando que la persona es una sola cosa y después se pasa la vida entera tratando de decidir cuál, y no se puede decidir, porque no es una sola cosa.
Sofía se quedó mirando la sopa.
—¿Y cómo se vive con las dos?
—Separándolas. —Irina volvió a la olla—. Lo que él hizo, es de él. Lo que te enseñó, es tuyo. Usted no le robó esas manos. Él se las dio, y no puede recuperarlas ahora que está muerto.
Sofía comió la sopa.
◆
Al día siguiente, Anton apareció en la consulta con las manos y se quedó más tiempo del que necesitaba.
No sabía nada — de eso Sofía estuvo segura por el modo en que habló de la lluvia durante cuatro minutos — y fue justamente por no saber nada que dijo lo correcto.
—¿Vio los rosales del rincón?
—Vi que están feos.
—Están feos porque los podé mal en marzo.
—El viejo movía los dedos en el agua tibia, despacio—.
Corté por encima del ojo en vez de por debajo.
Treinta años haciéndolo bien y un día de marzo lo hice mal, y esos cuatro no dieron flor este año.
—Sacó las manos y se las secó—. ¿Quiere saber la parte que nadie cree?
La raíz no tiene ninguna culpa. La raíz sigue estando bien.
El año que viene, si podo bien, vuelven.
Sofía se detuvo con la toalla en la mano.
—¿Me está diciendo algo, Anton?
—Estoy hablando de rosas, señorita. —Se puso la boina—. Solo hablo de rosas. Hace cuarenta años que es lo único de esta casa de lo que se puede hablar en voz alta.
◆
Fue la cuarta noche cuando terminó de cerrarse lo que faltaba, y se cerró en un lugar tonto: frente al armario de la consulta, mirando la caja de metal con la palabra DEVOLVER escrita en la tapa.
Once sobres.
Bogdan, que no habla con su hija desde dos mil diecinueve. La medalla de san Cristóbal. El reloj de pulsera. El papel con un número de cuenta bancaria que alguien escribió con la caligrafía de quien escribe poco.
Once hombres la habían mirado y decidido que ella era el lugar donde las cosas quedan seguras.
Su padre había tenido exactamente lo mismo en las manos. Había tenido toda Noailles, veinticuatro años, una ciudad portuaria confiando en una puerta — y lo había usado para vender.
Ella tenía lo mismo en las manos ahora.
Y la diferencia entre los dos no iba a estar en lo que recibieron.
Iba a estar en lo que hicieron con lo que recibieron, y era solo eso, y era exactamente eso.
Sofía se quedó de pie frente a ese armario con la mano en la tapa de la caja, y el suelo volvió bajo sus pies por primera vez en cuatro días.
Ella no era la hija de un informante.
Era una enfermera que tenía, dentro de una casa cercada, el mapa más completo de cuarenta y un hombres que existía en ese lugar — y una elección entera sobre qué hacer con él.
◆
El resto fue triaje.
Sofía sacó la lista del bolsillo del abrigo, la alisó sobre la mesa del cuarto y trabajó hasta las dos de la madrugada, con la puerta cerrada con llave y sin escribir una sola palabra nueva en el papel — porque lo que iba a hacer no podía existir en ningún otro lugar más que en su propia cabeza.
El método era el de siempre. En una sala de cuarenta camas no se encuentra al paciente que va a empeorar mirando a quien está peor. Se lo encuentra mirando a quien cambió.
Empezó por los que dejaron de venir.
Por la consulta pasaban, en promedio, seis hombres por mañana, y ella se sabía de memoria la frecuencia de cada uno, porque la frecuencia es la primera señal de todo.
En las últimas tres semanas, tres hombres habían desaparecido de la fila sin alta médica y sin mejoría: el muchacho del portón sur, que veía mal del ojo izquierdo y venía todos los jueves a buscar colirio; uno de los choferes; e Iosif — que ya no estaba en la casa, y Sofía lo tachó mentalmente.
Quedaron dos. Los examinó a ambos.
El del portón sur había dejado de venir la misma semana en que la farmacia de la casa empezó a cerrarse con llave por las noches. Explicación inocente y completa.
El chofer, no.
Tenía una presión de dieciocho sobre once, tomaba dos remedios que ella misma le había ajustado, y venía todos los lunes desde hacía siete semanas para que se la controlara.
Dejó de venir después del discurso en el patio.
Un hombre con esa presión no deja de controlarse; un hombre con esa presión tiene miedo.
A menos que haya dejado de importarle lo que le pase de aquí a dos años.
Un frío le subió por la nuca a Sofía. Siguió.
Después fue por el lado opuesto: los que empezaron a venir de más.
Cuatro hombres habían aumentado la frecuencia sin motivo clínico. Dos eran evidentes — soledad, y ella conocía la soledad de lejos. Uno tenía al hijo enfermo y quería hablar sin llorar delante de los demás.
El cuarto era un tipo de treinta y pico, del turno del medio, que aparecía tres veces por semana con quejas que cambiaban cada vez — dolor de rodilla, acidez, una mancha en la espalda — y que, en las tres veces, había hecho exactamente lo mismo: preguntado algo sobre la casa.
¿Usted deja esa puerta con llave de noche? ¿Duerme en esa ala, en serio? ¿Suele bajar sola?
Sofía había respondido a todo. Claro que había respondido. Le respondía a todo el mundo, porque así era como funcionaba aquello, y era justamente por eso que funcionaba.
Se levantó y caminó por el cuarto dos veces.
Después pensó en la tercera cosa, la que cerraba todo: quién no le había dado el nombre a Sergei.
Diecinueve hombres habían entregado el nombre de un pariente preso, enfermo o endeudado, y habían recibido la deuda pagada en efectivo, con recibo. Sofía lo sabía por las mujeres de la casa, que sabían todo. Y sabía, porque las mismas mujeres lo contaban, que la casa se había conmovido con eso.
Conmovida. Todos, menos los que no habían dado ningún nombre — y un hombre que no tiene ningún pariente vivo en el mundo es algo raro, y dos en una casa de cuarenta y uno es algo que no existe.
Tenía al chofer y tenía al tipo de las preguntas.
Quedaba una cosa más por verificar, y Sofía la verificó a la mañana siguiente, sin alterar nada en la rutina, porque alterar la rutina es lo que delata.
Llamó al chofer a la consulta. Mandó el recado por la cocina, del modo de siempre, diciendo que estaba revisando a todos los que tomaban medicación continua.
Él vino.
Se sentó, dio el brazo, la dejó medir. Diecisiete sobre diez — mejor que siete semanas atrás, lo que significaba que estaba tomando bien las pastillas.
Sofía registró eso, y ese número fue la cosa más fría que había visto en todo ese mes.
Un hombre que abandona al médico y sigue tomando el remedio no renunció a su salud. Solo dejó de querer sentarse solo en una sala con alguien que hace preguntas.
—Desapareció —dijo ella, con liviandad.
—Anduve ocupado, señorita.
—¿Ocupado con qué? Hace tres semanas que nadie sale de la casa.
Él se rió, y la risa le salió medio segundo demasiado tarde.
Sofía le sonrió de vuelta, le indicó que siguiera con la dosis y le dijo que volviera el lunes.
Cuando el hombre se fue, se quedó sentada con el tensiómetro en la mano y las manos completamente frías, y ya no tuvo ninguna duda.
◆
Encontró a Nikolai en el pasillo de la planta baja esa misma tarde, y fue la primera vez desde la noche de la cortina.
Él se detuvo. Ella se detuvo.
—Señorita Reyes.
—Señor Yakovlev.
Se quedaron así dos segundos. Él tenía la mano derecha sin cinta y la cicatriz de la ceja ya cerrada, y había adelgazado — y ella odió a su propio ojo por catalogar eso.
—Bogdan me dijo que usted no duerme.
—Bogdan habla demasiado.
—Habla. —Dudó, y Sofía nunca lo había visto dudar—. Si necesita algo antes del día doce...
—Necesito una cosa.
—Diga.
—Necesito que no me pregunte, los próximos dos días, qué estoy haciendo.
Él se quedó muy quieto.
Y entonces — y eso fue lo que ella se llevó consigo el resto de la noche — asintió una vez, sin pedir ninguna explicación, y se apartó de su camino.
◆
Sofía se sentó, y se quedó mirando la pared durante mucho rato, e hizo la última cuenta, que no era clínica.
Si se equivocaba, dos hombres inocentes iban a bajar al subsuelo por culpa de una enfermera que confundió vergüenza con traición. Iba a cargar con eso.
Si tenía razón y no decía nada, el día doce iba a estar dentro de un auto, lejos, viva, y dos personas iban a abrir una puerta.
Y estaba la tercera cosa, la que llevaba cuatro días postergando y que finalmente enfrentó de frente, sentada en un cuarto que olía a antiséptico a las dos y veinte de la madrugada.
No se iba a ir el día doce.
No por él. Eso lo iba a tener que resolver después, y iba a ser feo, y no tenía la menor idea de qué hacer con un hombre que prefería perderla antes que contarle algo.
No por deuda — la deuda del padre era del padre, y acababa de decidir, frente a un armario, que no la iba a pagar ni por gratitud ni por culpa.
Se quedaba porque había dieciséis días, una casa con cuarenta y un hombres dentro, una fecha escrita al dorso de una fotografía, once sobres en una caja de metal y dos personas comprando el camino para entrar.
Y porque ella era la única persona de esa casa que sabía dónde buscarlas.
No vas a preguntar*, pensó, y la frase llegó con la voz de su padre, con el pincel en la mano y la tinta chorreando. *Coses y no preguntas.
—No —dijo Sofía, en voz alta, en el cuarto vacío—. Hoy pregunto.
◆
Dobló la lista, la guardó en el bolsillo y apagó la luz.
No fue al ala oeste. No fue al despacho, no golpeó la puerta doble, no pidió que la recibiera el hombre que le había dicho hoy no cuatro noches antes.
Bajó a la planta baja, cruzó el pasillo de piedra hasta la antesala donde había luz encendida toda la noche desde la semana del muro, y se detuvo frente a la puerta del único hombre de esa casa que había querido dispararle.
Golpeó dos veces y entró sin esperar respuesta.
Sergei levantó la vista del mapa abierto sobre la mesa.
Sofía cruzó la sala, sacó la hoja doblada del bolsillo y la puso delante de él, sobre el mapa.
—Dos nombres —dijo—. Y quiero estar en la sala cuando hable con ellos.