Capítulo 12 #2
Volvió por el pasillo sin que ella supiera que había estado ahí.
Había ahora siete cartas quemadas, un informe en la caja fuerte, una fecha, catorce de octubre, ochenta millones en efectivo y un nombre — y la mujer que dormía del otro lado del jardín no sabía ninguna de esas cinco cosas.
Nikolai calculó qué pasaría si lo supiera: iba a querer negociar.
Una mujer que sostiene el brazo de una criada veinte minutos bajo agua fría por una quemadura de segundo grado iba a ofrecerse a sí misma por una anciana de ochenta y dos años antes de terminar la primera frase.
Esa era la razón verdadera, y él la nombró sin ahorrarse nada. No la protegía de la información. Se protegía a sí mismo de la decisión que ella tomaría con esa información en la mano.
◆
Grigori vivía en la casa más pequeña, del otro lado del patio sur, y no recibía a nadie antes de las once porque, decía, un hombre de ochenta y un años tiene derecho a decidir a qué hora empieza el mundo.
Nikolai fue a las nueve y media.
El viejo estaba en la galería acristalada, con una manta sobre las rodillas y un tablero de ajedrez montado sin adversario. No se levantó. No fingió sorpresa.
—Viniste solo —dijo—. Eso es bueno o muy malo.
—Marsella.
—Ah. —Grigori movió un alfil contra sí mismo—. Ya hablamos de Marsella en la mesa. No me gustó la conversación.
Nikolai acercó la silla y se sentó al otro lado del tablero, y no fue por cortesía; fue para quedar a la altura de los ojos del viejo.
—No vine a hablar de la mujer. Vine a hablar de mi padre.
La mano de Grigori se detuvo sobre el tablero por un instante brevísimo. Después dejó el alfil, con calma, en la casilla equivocada.
—Habla.
—Usted llevaba los libros de Marsella en los años en que él reinaba.
—Llevé los libros de todo. Era lo que hacía mientras ustedes tres aprendían a caminar.
—Había una segunda hoja cada año —dijo Nikolai—. Doblada en tres. Iniciales, no comercios.
El viejo levantó la vista.
Y Nikolai, que había pasado veinte años aprendiendo a leer a los hombres porque su propia vida dependía de ello, vio con una nitidez absoluta lo que ocurrió en ese rostro: Grigori no se confundió.
No pidió que le explicara. No preguntó qué iniciales, ni qué años, ni qué hoja.
Un hombre que no sabe de qué le están hablando hace preguntas. Grigori cerró la boca.
—Anduviste en el archivo —dijo.
—Es mío.
—Es tuyo. —El viejo volvió a mirar el tablero—. Mi padre también decía que la casa era suya, y después murió, y la casa siguió aquí, y él no.
—Grigori.
—No.
La palabra cayó en la galería acristalada con un peso desproporcionado a su tamaño, y Nikolai entendió que el viejo la había estado guardando desde hacía semanas por si la necesitaba.
—Usted sabe lo que estoy preguntando.
—Sé exactamente lo que estás preguntando, muchacho, y es justamente por eso.
—Grigori por fin lo miró de frente, y en los ojos acuosos había algo que Nikolai no había visto en cuarenta años de trato: miedo, y no de él—.
Tu padre me mandó quemar esas hojas en el ochenta y nueve.
No las quemé. Las guardé porque pensé que algún día alguien las iba a necesitar, y pasé treinta y cinco años rezando para no ser yo quien las entregara.
Ahora las encontraste solo, y yo no tengo culpa en eso, y es así como prefiero que sea.
—Entonces dígame qué significan.
—Tiene precio.
—Diga.
—Manda a la muchacha lejos. —El viejo lo dijo sin ninguna crueldad, y el efecto fue peor—. Hoy. Lejos, con dinero, con nombre nuevo. Haz eso y me siento contigo y te cuento todo lo que sé, y hay algo ahí que te va a quitar el piso durante un mes.
Nikolai no tardó ni dos segundos.
—No.
—Entonces ya está respondido. —Grigori volvió al tablero—. Acabas de decirme que prefieres no saber de tu padre antes que quedarte sin ella. No necesitas mis hojas para entender el tamaño de eso. Vete, Nikolai. Yo estoy viejo y tú estás peor.
◆
Esa noche, a solas, hizo lo que llevaba cuatro días postergando: sacó de la caja fuerte la hoja de Marsella, la que no era una carta, y la puso bajo la lámpara.
El número escrito a mano en medio de la página. Prefijo del este. Once dígitos y ninguna palabra.
Sabía lo que era. No era una negociación — quien negocia manda a un hombre.
Era un anzuelo dejado sobre una mesa, en una sala vacía, en el apartamento de una anciana llevada por la escalera, dirigido a una sola persona.
Los Ryzhov no querían hablar con el Pakhan.
Querían que la mujer del ala este llegara, sola, a la idea de que la vida de Madame Perrin cabía en una llamada telefónica que solo ella podía hacer.
Y lo más inteligente que los Ryzhov habían hecho en nueve años era esto: no necesitaban que la idea llegara hasta ella. Bastaba con esperar. Nikolai era quien tendría que decidir, todos los días, no contarle.
Guardó la hoja en la caja fuerte. Giró el disco. Se quedó con la mano en la puerta de acero más tiempo del que hacía falta.
Fue entonces cuando se encendió la luz del teléfono interno.
—Señor. —Era Sergei, y la voz del hermano tenía una cualidad que Nikolai solo había oído dos veces en la vida—. Baje a la sala de la antena.
El registro estaba en la pantalla, con la hora al lado: 03:12.
Un aparato conectado dentro del perímetro durante nueve segundos.
Número de serie que no figuraba en ninguno de los tres libros de registro de la casa — no era de guardia, no era de criada, no era de chofer, no era el teléfono rajado de Lev Sarkisov, que llevaba dos semanas sellado en un cajón del sótano.
Una llamada recibida. No hecha.
Y, al lado, en la columna que indicaba desde qué punto de la mansión había salido la señal, una sola palabra que Sergei había subrayado dos veces con el bolígrafo antes de llamarlo:
*ESTE.*