Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

El registro empezó a las cuatro y media de la madrugada y no pidió permiso.

Sofía despertó con la luz del techo encendida y tres hombres dentro del cuarto.

No gritaron, no la tocaron, no explicaron nada.

Uno fue al armario y sacó la ropa percha por percha.

Otro pasó la mano por el colchón, por debajo del colchón, dentro de la funda de la almohada.

El tercero se quedó en la puerta con una libreta, anotando.

Ella se sentó en la cama, se subió la sábana hasta la cintura y no dijo una palabra, porque lo único que tenía que hacer ahí era no mirar hacia la silla.

El abrigo estaba en la silla.

Llevaba ahí diecisiete días, y durante diecisiete días ella lo había colgado del mismo modo, por el cuello, con el forro derecho vuelto hacia adentro.

Sofía miró al hombre del armario, al hombre del colchón, sus propias manos sobre la sábana.

Contó la respiración. Lo había aprendido a los veintidós años, en una guardia donde un muchacho sangraba en la camilla y su padre le había dicho cuenta tu respiración, no la de él.

El hombre del armario llegó a la silla. Levantó el abrigo por los hombros, lo sacudió una vez, metió la mano en los dos bolsillos, los encontró vacíos y lo dejó doblado sobre el respaldo.

Nadie palpa un forro. El forro es la parte de la ropa que nadie cree que exista.

Antes de salir, el hombre de la libreta se detuvo frente a la cómoda y se quedó mirando la placa de latón.

—¿Esto qué es?

—La puerta de mi casa.

Él anotó algo y no preguntó nada más. En su libreta, Sofía lo sabía, aquello iba a constar como objeto metálico, 22 cm, con filo — el nombre de su padre convertido en descripción de un arma posible.

Salieron a las cinco menos veinte, y el último cerró la puerta con cuidado, lo cual, de algún modo, fue la parte más humillante.

No fue solo con ella. Al bajar, a las seis, Sofía encontró la casa patas para arriba: las camas del servicio deshechas en el desván, los cajones de la despensa en el suelo de la cocina, Marta llorando en la antecocina sin que nadie la consolara.

Bogdan estaba siendo interrogado en el patio, de pie, con frío.

Anton, junto al carrito de podas, con las herramientas desparramadas sobre la grava, obligado a nombrar cada una.

Nadie decía qué buscaban. Fue Lev, en el pasillo, sin dejar de caminar y sin volver el rostro, quien le dio la única frase de toda la mañana:

—Hay un teléfono en esta casa que no es de nadie.

◆

Ella esperó hasta las nueve de la noche. Después bajó al ala oeste y pidió ser recibida.

El guardia del pasillo de abajo — no era el de siempre; había dos — habló por radio y tardó más de lo debido. Sofía se quedó de pie, con las manos a los costados del cuerpo, contando las puertas.

Cuando la dejaron entrar, Nikolai estaba sentado, lo cual era nuevo. Había papeles abiertos sobre el escritorio, y él los volteó boca abajo con la palma de la mano, sin ninguna prisa, del modo en que se cubre una carta en medio de una partida.

—Usted quiere saber por qué revolvieron su cuarto.

—No. —Sofía se detuvo al otro lado de la mesa—. Quiero saber por qué revolvieron el cuarto de Marta.

Él levantó la vista.

—Tiene cuarenta y un años y tres hijos y trabaja aquí desde los diecinueve.

Está en la antecocina desde las seis de la mañana porque abrieron la caja donde guarda las cartas de su hijo mayor y las leyeron en voz alta delante de las demás.

—Sofía mantuvo la voz baja—. Conmigo usted puede hacer lo que quiera; yo soy la deuda. Ella no.

—Ella lo es ahora.

—¿Por qué?

—Porque a las tres y doce de la madrugada un aparato que no pertenece a esta casa recibió una llamada de nueve segundos, y la señal salió del ala este.

—Nikolai lo dijo sin adorno alguno—. Treinta y una personas duermen en esa ala.

No puedo registrar a treinta y una personas y ahorrarles el trámite a las simpáticas.

Sofía guardó silencio un momento.

—Es la primera vez que usted me responde una pregunta al primer intento.

—Es la primera vez que usted hace una pregunta que no es sobre usted.

Lo dijo sin ningún elogio, como quien enuncia una medición, y aun así aquello le atravesó algo por dentro que la irritó.

Él señaló la silla con dos dedos. Esta vez ella se sentó.

◆

Se quedaron casi dos horas.

Al principio no fue conversación. Fue negociación de casa: ella enumeró, punto por punto, lo que le había costado el registro — Marta, el carrito de Anton, el interrogatorio de Bogdan al frío a las seis de la mañana con una lumbar que ella llevaba tres semanas reconstruyendo.

Nikolai escuchó todo. No se disculpó por nada y no descartó nada.

—Las cartas del hijo de Marta —dijo, cuando ella terminó—. ¿Quién las leyó en voz alta?

—No sé el nombre. Alto, pelirrojo, cicatriz en el mentón.

—Iosif. —Anotó—. Se va de la casa mañana. No por crueldad; por estupidez. Leer en voz alta no es un registro, es espectáculo, y el espectáculo cuesta más de lo que rinde. Va al depósito de Bratislava y no vuelve.

—¿Y Marta se entera de que fue por ella?

—Se entera de que lo trasladaron. —Nikolai levantó la vista—. Si se entera de que fue por ella, la semana que viene hay otra llorando en la antecocina a propósito. Usted no conoce las casas grandes.

—Conozco las salas de guardia —dijo Sofía—. Es lo mismo con menos dinero.

Algo en la comisura de su boca se movió y no llegó a nada.

—Bogdan no vuelve a estar de pie en un interrogatorio —continuó ella—. Treinta minutos parado al frío con su lumbar deshace tres semanas de trabajo mío.

—Concedido. Escríbale a Vory qué hombres tienen restricción y por qué.

Yo firmo. —Una pausa—. Y no escriba diagnóstico.

Escriba lo que cada uno no puede hacer. Si la lista dice lo que tiene cada hombre, se convierte en un mapa de las debilidades de la casa, y un día una lista así termina en la mano equivocada.

Sofía anotó la instrucción mentalmente, palabra por palabra — y anotó también, al lado, que era la primera vez, en cinco semanas, que alguien ahí le explicaba un motivo en lugar de darle una orden.

—¿Y el carrito de Anton?

—Usted lo resuelve sola, y lo resuelve mejor que yo. —Cerró la libreta—. Si mando a recoger las herramientas del viejo, lo humillo. Si usted baja mañana y pasa media hora ayudándolo, él va a contar esa historia durante diez años.

Fue él quien cambió de registro.

—Usted se cortó el pelo —dijo, en medio de una pausa.

—Me lo corté hace seis días.

—Sé cuándo fue. Pregunté por qué.

Sofía se llevó la mano a la nuca sin querer, y la retiró.

—Porque molestaba cuando me agacho para trabajar —dijo—. Y porque la única tijera que tengo es la del maletín, y no es de pelo, así que quedó torcido atrás. —Lo miró de frente—. Y porque era lo único mío en esta casa que todavía podía decidir yo.

Nikolai asintió despacio, como quien recibe una información exacta.

Sus ojos fueron hasta la nuca de ella y se quedaron ahí un segundo más de lo que exigía cualquier respuesta — en el punto donde su mano acababa de estar, en el corte torcido que nadie más en esa casa habría notado.

Sofía sintió que el propio cuello se le calentaba bajo esa mirada quieta, un calor que no tenía nada que ver con la chimenea, y tuvo el impulso absurdo de llevarse la mano de vuelta a la nuca solo para tener algo entre la piel y los ojos de él.

No la llevó.

—Es el motivo más honesto que me han dado nunca para un corte de pelo.

—Usted pregunta mucho sobre mí y no responde nada sobre usted.

—Es la naturaleza del puesto.

—Es cobardía con nombre bonito.

Él rio.

Fue corto, un sonido seco que murió antes de convertirse en risa de verdad — la primera vez que ella oía ese sonido en esa casa, viniendo de quien fuera, y la sorpresa la tomó desprevenida.

—Pregunte —dijo él.

Ella no preguntó enseguida. Había algo que necesitaba salir antes — necesitaba salir porque ella quería dar algo primero, y eso era un síntoma que iba a tener que examinar después, con calma, en otro cuarto.

—Mi padre dejó una deuda con usted —dijo—.

Pasé un mes queriendo saber de cuánto era.

Pero hay algo que nadie me ha preguntado todavía en esta casa, y es lo único que respondería gratis.

—Se miró las manos—. No era un hombre bueno.

Todo el mundo en Noailles cree que sí. Atendía gratis, abría de madrugada, nunca llamó a la policía por nadie.

Y en casa era un hombre callado que bebía despacio y que una vez, cuando yo tenía nueve años, dejó que mi madre se fuera sin levantarse de la silla.

—¿Su madre está viva?

—No lo sé. —Levantó la vista—. Y esa es la cuestión.

No lo sé, y nunca lo averigüé, porque eso habría sido tener una opinión sobre mi padre, y decidí a los nueve años no tener opinión sobre mi padre.

Fue más fácil ser su hija sin juzgarlo. —Sofía se encogió de hombros, una vez—.

Ahora murió y estoy encerrada en un castillo por algo que él hizo, y la única persona en el mundo a quien podría preguntarle qué fue es usted.

Nikolai no apartó la mirada.

—¿Usted quiere preguntar eso ahora?

—No. —Ella sostuvo la mirada—. Porque usted iba a decir "no respondo", y prefiero gastar la noche en otra cosa.

Pensó en veinte preguntas. Eligió la que llevaba semanas atravesada.

—El jardinero me habló de su esposa.

El aire de la sala cambió de peso. Nikolai no se movió y no apartó la mirada, y ella vio, por primera vez desde que había llegado, algo pasar detrás de esos ojos de hielo sin que él la despachara.

—¿Qué dijo?

—Nada. Esa fue la cuestión. —Sofía mantuvo el cuerpo quieto—. Dijo "ni con la difunta esposa" y después se asustó de su propia boca. Nadie en esta casa dice su nombre. Pasé cuatro semanas creyendo que era luto y ahora creo que es orden.

—No es una orden. —Apoyó las manos en la mesa—. Nunca di ninguna orden sobre ella. Simplemente dejaron de decirlo.

—¿Cómo se llamaba?

Hubo un silencio largo, y Sofía no lo llenó, porque llenar el silencio era el error que hacía que un paciente se cerrara.

—Vera —dijo él.

Fue el modo en que lo dijo. No con dolor exhibido; con cuidado, como quien maneja algo que se volvió frágil de tanto no ser tocado.

—Tenía treinta y cuatro años. Murió en noviembre, hace nueve.

—¿Cómo?

Y ahí Sofía esperó el muro. Esperó el no respondo, y ya había decidido aceptarlo sin insistir.

—Le dispararon al auto en la carretera de Ostrava —dijo Nikolai—.

No iba dirigido a ella. Era un mensaje para mí, y el hombre que disparó falló el blanco por dos metros y acertó el blanco correcto por accidente.

La bala le dio en el abdomen. Estaba consciente.

Estuvo consciente todo el tiempo, y el chofer no sabía manejar con apuro, y lo primero que hizo, porque era lo más lógico, fue parar en una clínica de carretera a nueve kilómetros de ahí.

Sofía dejó de respirar.

—Eran las nueve y media de la noche. Había luz encendida y había gente adentro.

—La voz de él seguía plana, y esa planura era el esfuerzo—.

Golpearon la puerta con mi mujer en el asiento trasero.

El hombre de adentro abrió una rendija, miró el auto, preguntó el nombre, y cuando oyó Yakovlev cerró la puerta y apagó la luz.

—No.

—El hospital más cercano estaba a cuarenta minutos. Llegó viva. Aguantó cuatro días. —Se detuvo—. No murió de la bala, señorita Reyes. Murió de lo que entró por el agujero mientras el auto avanzaba.

Sofía se llevó la mano a la boca y la retiró en el mismo instante, porque en esa sala una mano en la boca era algo que no quería darle a él.

Sepsis. Cuatro días. Ella lo había visto catorce veces en diez años y sabía exactamente cómo era cada uno de los cuatro días, la fiebre y la caída, la hora en que la presión deja de subir — y sabía también, con una claridad técnica que en ese momento pareció obscena, que noventa minutos menos y un lavado decente lo habrían cambiado todo.

—¿Qué le hizo usted al hombre de la clínica?

Nikolai la miró.

—¿Usted quiere de verdad esa respuesta?

—Quiero saber con quién comparto casa.

—Quemé la clínica —dijo él—. Dos semanas después. Con él adentro.

El reloj de la pared siguió andando. Alguien, lejos, cerró una puerta en la planta baja.

—Podría decirle que me arrepiento —continuó Nikolai—.

Ya se lo dije a dos curas y a un hermano, y ninguno de los tres me creyó, y yo tampoco.

Lo que siento es otra cosa, y es peor: siento que no sirvió de nada.

Ella siguió muerta, y lo único que cambió en esa provincia es que nadie volvió a cerrarle nunca la puerta a un Yakovlev.

—Miró sus propias manos—. Tardé tres años en entender que había resuelto el problema equivocado.

No era la puerta de aquel hombre. Era que existiera toda una provincia donde la persona que abre la puerta de noche tiene que elegir entre su juramento y su familia.

Sofía se quedó muy quieta.

Porque fue ahí, exactamente ahí, que algo que llevaba semanas empujando encajó con un chasquido audible dentro del pecho — y no fue ternura, fue peor, fue reconocimiento.

Una clínica de barrio que cose puñaladas sin preguntar de dónde vino la puñalada.

Un hombre que lee en un informe "curo la úlcera de una anciana, suturo a un borracho" y manda a buscarla a través de dos fronteras.

La ropa de la talla exacta. La comida correcta. Un consultorio con mesa y pileta.

Abrió la boca para decir algo y no encontró qué.

—Ya es tarde —dijo Nikolai, y la voz volvió a su lugar de siempre, y se levantó—. Usted preguntó. Yo respondí. No voy a volver a responder.

Sofía se levantó también. Estaba en la puerta, con la mano en el picaporte, cuando él volvió a hablar, detrás de ella, con el tono distraído de quien cierra un asunto de trabajo.

—Su padre tampoco lograba girar la llave de la caja fuerte de la morfina en los últimos meses —dijo—. Usted empezó a dejarla abierta. Fue una decisión correcta y yo habría hecho lo mismo, pero no lo haga aquí. En esta casa hay gente que roba.

Todo el pasillo se volvió muy nítido a su alrededor.

La caja fuerte pequeña detrás del armario de la clínica.

La artrosis en el pulgar izquierdo de su padre, que había empezado después de Navidad y había empeorado en enero.

La tarde en que ella misma decidió, sin hablar con nadie, dejar de cerrar la trampilla con llave, porque él lo intentaba tres veces y después disimulaba y ella ya no soportaba verlo.

Nunca se lo había contado a nadie. No estaba escrito en ningún lado. No había ficha, no había registro, no había manera de que un informe de vigilancia hecho siete meses después de la muerte de un hombre supiera qué hacía su hija con una trampilla de metal a las siete de la tarde.

Sofía se volvió despacio, todavía con la mano en el picaporte.

—¿Cómo sabe eso usted?