Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Las cartas llegaron de Marsella en una bolsa plástica, y Nikolai tardó cuatro días en abrirla.

No por ceremonia. Por método: mandó primero que las fotografiaran hoja por hoja, anverso y reverso, y que las fotografías fueran a un hombre en Ginebra al que la familia recurría desde los años ochenta para determinar si una firma era de quien decía ser.

El papel se manipula una vez. Después de eso, el papel ya no es prueba; es recuerdo.

El informe llegó un martes, en dos páginas, y Nikolai lo leyó de pie.

Siete cartas. La misma mano en todas. Una mano entrenada — no una falsificación de talento, una falsificación de tiempo: el hombre de Ginebra escribía que el autor había tenido acceso prolongado a material manuscrito de la persona imitada, y señalaba, con la paciencia de quien lleva cuarenta años haciendo esto, los puntos en que la copia mejoraba de una carta a la siguiente.

En la primera, la "S" inicial salía rígida. En la séptima, salía suelta.

Practicó*, escribió el hombre de Ginebra. *Fue mejorando.

Y estaba el papel.

Las siete estaban escritas en hojas de dos blocs distintos, ambos con una línea impresa y borrada en el margen inferior, y uno de los blocs traía, en la cuarta carta, la marca de un membrete arrancado.

El hombre de Ginebra había reconstruido lo que había estado impreso ahí: una dirección en Noailles y las palabras soins infirmiers.

Papel de recetario de la clínica.

Nikolai dejó el informe sobre la mesa y se quedó mirando la pared un rato.

Alguien se había sentado dentro de la clínica de Tomás Reyes — con calma, con los cajones abiertos, con material manuscrito de la hija a su disposición — y había pasado días aprendiendo a escribir como ella.

Fue entonces cuando fue a buscar la fecha de la primera carta.

◆

*14 de octubre.*

Nikolai leyó el número tres veces antes de aceptar lo que decía.

Había mandado el auto a Marsella el día diecinueve.

Sofía Reyes había cruzado el portón de la Vorenhaus la noche del veinte.

La primera carta firmada con su letra, dirigida a un vecino de la rue Longchamp, tenía matasellos del día quince y había sido escrita, por lo tanto, el día catorce — seis días antes de que él diera la orden.

Se sentó, algo que no solía hacer.

La cuenta era simple, y por serlo, era peor.

Los Ryzhov no habían empezado a escribir cartas con la letra de Sofía después de que ella desapareciera.

Habían empezado antes. Estaban preparando el silencio del vecindario para una ausencia que todavía no existía — comprando el barrio, ensayando la caligrafía, armando la historia de la tía en España — y se habrían llevado a la mujer una noche cualquiera de esa semana, y todo Noailles habría seguido recibiendo cartitas amables durante meses sin sospechar nada.

Él había llegado seis días antes. No por astucia. Por casualidad, porque un moribundo había muerto en febrero y porque un hombre había tardado seis meses en hacer lo que había prometido hacer.

Nikolai se pasó la mano por la boca.

Había una versión de esa información que podía llevarle a la mujer del ala este, y la versión era demasiado buena, y fue justamente esa calidad lo que lo hizo desconfiar.

La señorita habría desaparecido del mundo de todos modos.

Yo solo llegué primero. Verdad entera, verificable, con informe pericial y matasellos del correo francés.

Y, si se la decía a esa mujer en ese cuarto, convertiría un secuestro en un rescate y la pondría en deuda con él.

No iba a hacerlo.

No por nobleza. Porque, el día en que ella lo descubriera — y lo descubriría, ella lo descubría todo—, que el Pakhan había usado la prueba para convertirse en acreedor de gratitud, todo lo que él llegara a construir con ella hasta entonces se derrumbaría de una vez, y se derrumbaría con razón.

Y porque estaba el resto, que era lo que nunca podría decir sin decirlo todo.

Un barrio comprado con semanas de anticipación no es la operación de alguien que quiere una eventual palanca.

Es la operación de alguien que ya sabía qué había sido Tomás Reyes, y por cuánto tiempo, y para quién.

Contarle a Sofía sobre las cartas sería ponerle en la mano la única pregunta que él todavía no podía responder: ¿qué saben los Ryzhov sobre mi padre que yo no sé?

Llamó a Vory.

—Guarda el informe en la caja fuerte. Ninguna copia. —Empujó la bolsa plástica por la mesa—. Y esto, quémalo.

—¿La señorita no va a preguntar por las cartas, señor?

—No sabe que existen.

Vory dudó, y la duda le duró medio segundo más de lo que le duraría a un soldado.

—La señorita preguntó por Madame Perrin ayer. —Lo dijo mirándose el propio puño—. A la cocina. Preguntó si había llegado alguna hoja nueva.

—¿Y llegó?

—El reporte de ayer fue igual al de anteayer, señor. No hubo qué poner.

—Entonces manden la hoja igual —dijo Nikolai—. Todos los días. Incluso cuando no haya nada. Sobre todo cuando no haya nada.

◆

Dmitri llegó de Viena al día siguiente, con polvo de camino y sin cambiarse de camisa, lo cual en cuarenta años siempre había significado lo mismo.

—Habla de pie —dijo Nikolai—. Vas a querer caminar.

—Voy a caminar. —El hermano puso las llaves sobre la mesa—. Fui a ver a Hollmann. No quiso recibirme en la oficina. Me citó en un café cerca del Naschmarkt y se sentó de espaldas a la pared, y Hollmann hace negocios con esta familia desde antes de que tú tuvieras asiento en ella.

—¿Miedo de quién?

—De que lo vean con nosotros. —Dmitri dejó que la frase se asentara—. Cosa nueva, Nikolai. Hace once años que ser visto con nosotros en Viena es algo bueno.

Nikolai no se movió, pero algo dentro de él se reacomodó. Un corredor que cambia de mesa es mejor termómetro que diez informantes; un corredor no tiene lealtad, tiene olfato, y su olfato mide una sola cosa: hacia qué lado va a correr el dinero cuando empiece la pelea.

—¿Qué dijo?

—Que los Ryzhov abrieron la bolsa. —Dmitri empezó a caminar, como estaba previsto—.

No es rumor de calle. Es rumor de banco.

Convirtieron activo inmovilizado en efectivo en tres plazas distintas en las últimas cinco semanas: vendieron la participación en la terminal de Constanza, liquidaron un fondo en Nicosia y pusieron dos edificios de Belgrado en el mercado por debajo del precio.

Ninguna de las tres se hace por ganancia. Se hace por caja.

—¿Cuánto?

—Hollmann arriesga ochenta millones. Dijo que podría ser más. — Dmitri se detuvo—. Nadie junta ochenta millones en efectivo para comprar terreno, hermano. Se junta para pagarle a gente que no emite factura. Soldado suelto, policía, aduana, y la parte que duele: los nuestros.

—¿Ya compraron a alguien?

—Todavía no lo sé. Sé que el precio subió, lo cual quiere decir que alguien está ofreciendo. —El hermano apoyó las manos en el respaldo de la silla—. Y está el nombre.

—¿Qué nombre?

—Kirill Ostrov. —Dmitri lo dijo despacio, con el respeto que se le da a algo venenoso—.

Está fuera de su país desde marzo. Fue él en la fotografía de la puerta de la clínica, fue él el hombre que los nuestros perdieron en Marsella, y Hollmann jura que lo vieron en Zagreb hace doce días sin escolta, viajando como quien no tiene apuro.

Los Ryzhov no mandan a Ostrov a cobrar deudas ni a tomar un depósito.

Lo mandan cuando ya decidieron tomar algo entero y solo falta elegir la fecha.

Nikolai miró el mapa antiguo de su padre en la pared, los nombres que el viejo había escrito a mano sobre las ciudades.

Ochenta millones en caja y Kirill Ostrov suelto en Europa.

No era una operación para arrancar una placa de latón de una pared en Noailles ni para llevarse a una anciana por la escalera de un edificio.

A una anciana se la lleva con dos hombres y trescientos euros.

Ese dinero se estaba juntando para otra cosa, y lo de Marsella era lo que los militares llaman reconocimiento en fuerza: se toca al enemigo apenas, de varios lados, y se mide cómo reacciona.

Y él había reaccionado. Había reaccionado duplicando la guardia de un pasillo, sacando hombres del muro norte y subiendo él mismo una escalera a las nueve y cuarenta de la noche frente a dos soldados.

Ya sabían, por lo tanto, con exactitud dónde estaba la palanca de Nikolai Yakovlev. La habían medido con la placa y confirmado con el bastón.

—Nikolai. —Dmitri lo estaba mirando—. No preguntaste lo obvio.

—¿Qué?

—Por qué ahora. Los Ryzhov nos odian desde hace treinta años y nunca vendieron Constanza. —El hermano inclinó la cabeza—. Algo cambió de valor para ellos en las últimas semanas. O descubrieron algo que nosotros no sabemos que existe.

Nikolai pensó en la segunda hoja doblada en tres, en la letra inclinada de su padre, en el número en el margen y en las tres palabras en ruso debajo.

—O descubrieron —dijo — que nosotros olvidamos algo que sabíamos.

◆

Esa tarde pasó por la salita este a las siete y veinte y no entró.

Se quedó en el pasillo, junto a la puerta, en el punto donde se oye sin ser visto — algo de lo que se avergonzó y que hizo de todos modos.

Adentro, Sofía le estaba explicando a una de las lavanderas, con una paciencia que él nunca había oído tener a nadie en la Vorenhaus, por qué diez días de pastillas tenían que ser diez días y no siete.

—Si dejas de tomarlas cuando mejoras, lo que queda son justamente los más fuertes —decía ella—. No matas a los difíciles. Los entrenas.

Nikolai se quedó parado en el pasillo con esa frase.

Era exactamente lo que llevaba cinco semanas pasando con su casa.

Los Ryzhov no habían venido con fuerza; habían venido en dosis pequeñas, varias veces, midiendo.

Un hombre en la puerta de la clínica. Una placa arrancada.

Una anciana por la escalera. Un alambre cortado y ningún disparo.

Cada toque le enseñaba algo al enemigo y no le costaba nada.

Y él, del otro lado, respondiendo a cada dosis con el mismo remedio, en la misma cantidad, con la esperanza de que alcanzara.