Capítulo 3
La puerta del cuarto estaba sin llave.
Sofía lo descubrió al amanecer, después de una noche en la que no durmió tanto como vigiló el cielorraso de estuco de un cuarto que era tres veces el tamaño de su apartamento en Marsella.
Giró el picaporte esperando resistencia, y no hubo.
La puerta se abrió a un pasillo largo, de alfombra oscura y retratos de gente muerta en las paredes, y esa cortesía — dejarla sin llave — fue lo más aterrador que le habían hecho desde el callejón.
Cerrarla habría sido admitir que era prisionera.
Dejarla abierta era decir: puedes caminar. No sirve de nada.
Caminó de todos modos.
Recorrió todo el pasillo. Contó las puertas — seis de un lado, cinco del otro, una escalera de servicio al final que bajaba hacia un olor a pan y café.
Encontró una ventana y calculó la altura hasta el jardín: demasiado alta para saltar, y el jardín tenía muro, y el muro tenía, apostaba, algo más que enredaderas.
Encontró a una mujer de uniforme gris cargando toallas, que bajó la vista y dijo "buenos días, señorita" en un francés de acento marcado y no respondió a ninguna de las tres preguntas que Sofía le hizo después.
Así fue toda la mañana. La casa respondía a ella como un cuerpo en coma responde al tacto: reflejo, no voluntad.
Nadie le impedía nada y nadie le decía nada.
Había café servido para ella en una salita, caliente, como si supieran a qué hora bajaría.
Había ropa en el armario — lo había abierto de noche y lo había cerrado con náuseas — de su talla exacta, lo cual era peor que ropa equivocada, porque la ropa equivocada es descuido y la ropa exacta es estudio.
Solo una persona, en toda la mañana, la miró de verdad.
En la cocina grande de la planta baja, adonde Sofía bajó fingiendo buscar más café pero en realidad buscando una salida de servicio, una mujer baja y fuerte de unos sesenta años, manos rojas de trabajo, se detuvo con una olla en el aire y la miró un segundo más que los demás.
No dijo nada. Pero antes de que Sofía saliera, le acercó un plato con pan y una porción de queso, un gesto pequeño y sin palabras, y en ese gesto había lo que faltaba en toda la casa: el reconocimiento de que ella era una persona, no un artículo de inventario.
Sofía fijó los ojos en ese rostro — las arrugas alrededor de la boca, la pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda — de la misma manera que fijaba el apellido Yakovlev en la cabeza, repitiéndolo en silencio hasta que se le pegara.
En una casa hecha enteramente de paredes, una persona que la veía de vuelta valía más que un mapa.
Le preguntó su nombre. La mujer miró hacia la puerta, hacia las cámaras que Sofía todavía no había aprendido a ubicar, y respondió con una sola palabra — "Irina" — antes de darle la espalda.
Pero no fue solo eso. Cuando Sofía se levantó para irse, Irina cruzó su camino para tomar un paño, y en el roce rápido de un cuerpo contra el otro le metió algo en el bolsillo del abrigo. Pequeño. Duro. Del tamaño de una llave.
—Hoy no —dijo la mujer, en voz muy baja, en francés, apenas moviendo los labios. Y después, todavía más bajo, una frase que le detuvo el aire en el pecho a Sofía—: Conocí a su padre. En Marsella. Guárdela. No es el momento.
Y volvió a la olla, los ojos ya de nuevo en el suelo, como si nada hubiera pasado, dejando a Sofía con el peso frío de aquella cosa contra el muslo y la cabeza dando vueltas alrededor de una pregunta imposible de hacer con una cámara en algún rincón: ¿cómo era que la cocinera de esa casa, a mil kilómetros de Marsella, había conocido a su padre?
Sofía empujó la llave más adentro del forro del bolsillo, con dos dedos, hasta dejar de sentir su relieve contra la tela.
El miedo en el gesto de Irina le dijo a Sofía tanto sobre el dueño de la casa como toda la tarde que vendría: en esa casa, ayudar a la cautiva era algo que se hacía sin mover los labios.
Al mediodía, Sofía había mapeado la jaula entera y no había encontrado ni una sola grieta, y la rabia, que la noche había dejado fría, empezó a calentarse de nuevo. No iba a esperar a que la recibieran. Esperar era aceptar la regla de que la audiencia dependía de él.
Detuvo a la siguiente persona de uniforme que pasó — un hombre, esta vez, mayor, con guantes.
—Dónde está —dijo. No preguntó. Había aprendido el día anterior que en esa casa una afirmación funcionaba mejor que una pregunta—. El dueño. Dónde está.
El hombre dudó. Fue la primera duda humana que vio en doce horas, y se aferró a ella.
—El señor Yakovlev recibe por la tarde —dijo él.
Yakovlev. Repitió el nombre una vez, en silencio, del mismo modo en que memorizaba la dosis de un medicamento nuevo — tres sílabas para no olvidarlas nunca más.
—No voy a esperar a la tarde. Lléveme con él ahora, o voy a abrir cada puerta de esta casa gritando su nombre hasta encontrarlo.
Y lo habría hecho. El hombre vio que lo habría hecho.
Tal vez fuera más fácil llevarla que limpiar el escándalo — o tal vez, pensó Sofía después, alguien ya había dado la orden de que, cuando ella exigiera, la llevaran, porque nada en esa casa pasaba sin estar previsto.
El hombre de guantes hizo un gesto contenido y ella lo siguió por dos pasillos, una escalera, una puerta doble de madera oscura que él abrió sin golpear.
Y ahí estaba él.
Lo primero que Sofía registró no fue el rostro.
Fue que él no se levantó. Estaba de pie ya, además, junto a una ventana alta — la misma ventana de la noche anterior, el mismo ángulo del patio de abajo — pero no se movió hacia ella, no hizo el gesto que cualquier hombre hace cuando una mujer entra en una sala.
Se quedó donde estaba y la dejó atravesar la distancia, y la distancia era larga, y ella sintió cada uno de sus pasos siendo medido.
Usó el trayecto para leer la sala, porque leer el terreno era la única ventaja que todavía podía arrancarle a la situación.
Era un despacho de hombre antiguo: madera oscura, un mapa en una pared lleno de nombres que no reconoció, estanterías hasta el techo.
Un escritorio grande, y sobre el escritorio, papeles — pilas ordenadas, una lámpara, y, algo aparte de las demás, una carpeta fina y marrón, cerrada, con la esquina gastada, del tipo que veía en los archivos viejos del hospital.
No significó nada para Sofía. Fue solo un detalle entre cien, registrado y descartado por la cabeza que catalogaba todo.
Ella no tenía manera de saber que estaba mirando, durante tres segundos y sin entenderlo, la única cosa en esa casa que existía por su culpa.
Recién entonces el rostro.
Era mayor de lo que había esperado y menos de lo que debería parecer para tener el poder que tenía.
Alto. Cabello oscuro, canoso en las sienes, corto.
Y los ojos — fue en ellos donde tropezó, contra su propia voluntad—, unos ojos de un gris tan claro que parecían sin color, gris de hielo viejo, y estaban fijos en ella con una atención total, sin apuro, del modo en que se mira algo que ya se decidió conservar.
El cuerpo de Sofía hizo algo que ella no autorizó.
Un apretón, bajo, involuntario, la piel reparando en el hombre antes de que la cabeza diera permiso.
Respuesta autonómica, ignórala — enterró la reacción bien hondo, levantó la barbilla, y usó la rabia como quien usa un torniquete: para contener lo que no debía escapar.
—Me sacó de mi casa —dijo ella. La voz le salió firme, y se lo agradeció al cielo—. Dos hombres, de noche, sin explicar nada. Quiero saber por qué, y quiero saberlo ahora.
Nikolai Yakovlev la observó por un instante que se prolongó demasiado para ser cortesía.
—Siéntese —dijo él.
La voz era baja, controlada, suave de una manera que no tranquilizaba en absoluto — y la suavidad era peor que un grito, porque no necesitaba volumen. Era la voz de un hombre que, en toda su vida adulta, nunca había tenido que repetir una orden.
—No voy a sentarme.
—Como quiera.
Él no insistió. No se molestó. Simplemente aceptó su negativa como quien anota el clima, y esa indiferencia hizo que la rabia de Sofía subiera un grado más, porque no había ninguna fricción donde empujar. Había venido lista para una pelea y él le ofrecía una pared acolchada.
—Mi padre murió hace seis meses —dijo ella—. Si les debía algo, era dinero, y el dinero tiene un número. Deme el número. Lo pago, o me endeudo para pagarlo, o me voy a la quiebra pagándolo, pero deme el número y déjeme ir.
—No hay número.
—Todo el mundo tiene un número.
—Su padre no dejó un número—. Él dio un paso, el primero, y la sala pareció encogerse—. Dejó una situación. Las situaciones no se pagan con dinero. Se pagan con tiempo, con presencia, con estar en un lugar donde yo pueda verla.
—¿Ver qué? —Ella también dio un paso, y se odió por haberlo dado, porque acortar la distancia era justo lo que él quería y ella acababa de regalárselo—.
¿Qué creen que tengo? Soy enfermera. Le cambio el vendaje a viejitas, le coso las heridas a borrachos, no sé nada de la vida de mi padre que no fuera la clínica.
Si tenía secretos con gente como ustedes, se los llevó con él. Yo no heredé ningún secreto.
Algo cruzó su rostro cuando ella dijo yo no heredé ningún secreto.
Fue rápido, y ella casi lo pierde, pero se había pasado la vida leyendo el rostro de quien miente sobre el dolor, y aquello fue lo opuesto: fue el rostro de quien sabe una verdad que la otra persona todavía no sabe.
Él sabía algo. Sobre su padre. Sobre ella. Y no iba a decirlo.
—Usted sabe algo —dijo Sofía, más bajo, y ese tono bajo fue más peligroso que el grito—. Sobre mi padre. Está ahí, en su cara. Me trajo aquí por algo que sabe y que yo no sé.