Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—La traje aquí porque es más seguro para usted estar acá que en Marsella—.

La voz de él no cambió de temperatura, pero la respuesta llegó un poco demasiado rápido, y Sofía archivó el detalle sin comentarlo, del mismo modo en que archivaba un síntoma que no cuadraba con el resto del cuadro clínico—. Lo demás todavía no es asunto suyo.

—Todavía.

Él no repitió la palabra. Pero tampoco la retiró, y la palabra quedó en el aire entre los dos, una promesa y una pared al mismo tiempo.

—La gente se va a dar cuenta —dijo ella, probando otro flanco, cualquier flanco—. Tengo pacientes. Tengo una clínica que abre mañana. Madame Perrin sube tres tramos de escalera por día porque yo la hago prometerlo. Alguien va a notar mi ausencia y va a ir a la policía.

—Su clínica abrió hoy —dijo él, y la naturalidad con que lo dijo heló a Sofía más que cualquier mentira—.

Una enfermera suplente, contratada esta mañana, atendió a catorce pacientes y cerró a las siete.

Madame Perrin subió la escalera. El banco recibió una transferencia que suspende la ejecución por seis meses.

Del lado de afuera, señorita Reyes, su vida sigue exactamente igual.

Nadie va a ir a la policía porque, para el mundo, no hay nada fuera de lugar.

El suelo pareció ceder otra vez bajo ella.

No era solo que él pudiera retenerla. Era que podía retenerla y hacer desaparecer el hueco que ella dejaba en el mundo, taparlo con dinero y personas contratadas, de modo que nadie, ni siquiera Madame Perrin, la extrañara lo suficiente como para buscarla.

Él no la había secuestrado del mundo. La había borrado de él, con cuidado, sin rasgar nada.

—Lo pensó todo —dijo ella, y el horror le dio a la voz un hilo casi de risa.

—Es mi trabajo pensarlo todo.

—No puede simplemente tenerme aquí.

—Puedo.

Una sola palabra. La misma que el matón había usado en el callejón.

Y, viniendo de él, de la boca de donde la orden realmente salía, la palabra no tenía nada de amenaza — tenía la calma de un hecho meteorológico, y esa calma le dijo a Sofía, con más claridad de la que cualquier violencia le habría dicho, el tamaño exacto del pozo en el que había caído.

Ese hombre podía. No había ley, puerta, grito o número que cambiara su puedo.

Lo único en esa casa que no estaba bajo su control absoluto era la rabia que ella sentía — y un frío le subió por la espalda cuando notó que tal vez ni siquiera eso escapara: él parecía haber previsto hasta la rabia, haber mandado preparar un cuarto y un café y una ropa contando con ella.

—¿Por qué usted? —preguntó ella entonces, y la pregunta salió distinta de las demás, más desnuda, porque era la que importaba—. Si es solo una deuda de mi padre, hay gente para cobrar deudas. ¿Por qué usted en persona? ¿Por qué el dueño de la casa baja por una enfermera de Marsella?

Fue la única pregunta de la tarde que lo alcanzó.

Ella lo vio. Fue mínimo — la mandíbula, un músculo que se tensó y se soltó—, pero lo vio, del mismo modo en que había visto el milímetro en el matón la noche anterior, y tuvo la certeza súbita y vertiginosa de haber tocado, sin querer, el centro exacto de la cuestión.

Había una respuesta para esa pregunta. Una respuesta que él guardaba con más cuidado que todo lo demás.

Y por un segundo, un único segundo, ella creyó que iba a decírsela.

No lo hizo.

En vez de responder, se dio vuelta hacia la ventana — terminando la audiencia de espaldas, el gesto más insultante que un hombre de su tipo podía hacer.

—La guardia la va a acompañar de vuelta a su cuarto —dijo, de espaldas—. Tiene la casa. No tiene el portón. Aprenda la diferencia y va a sufrir menos.

Sofía se quedó parada un instante más, mirando su espalda contra la luz, la misma silueta que había visto desde abajo la noche anterior sin saber que la estaba viendo.

Quiso lanzarle la última palabra. No encontró ninguna que él no fuera a esquivar con esa calma insoportable.

Entonces se dio vuelta sola, antes de que la guardia la tocara, y caminó hacia la puerta con los hombros rectos.

Ya casi estaba saliendo cuando él habló de nuevo, y ella se detuvo sin querer, de espaldas a él, odiando a su propio cuerpo por obedecer al sonido de esa voz.

Guardó la llave de Irina más adentro del forro del bolsillo, sin saber por qué, solo porque la voz de él le dio ganas de esconder todo lo que era suyo.

—Antes de que empiece a buscar —dijo Nikolai, y ella notó que él no se había dado vuelta, que le hablaba a su espalda como quien ya la considera un asunto cerrado—, sepa dónde no buscar.

El ala oeste es mía. Los despachos, el archivo, todo lo que hay después de la puerta doble al final del pasillo de abajo.

Puede caminar donde quiera en esta casa.

Después de esa puerta, no. El día que la pise, se acaba la gentileza del cuarto sin llave, y va a descubrir cómo es la versión de esta casa que no le estoy mostrando.

—¿Por qué me lo dice? —preguntó ella, de espaldas, el cuerpo entero inmóvil—. Si no quiere que entre, lo más inteligente sería no decirme que existe.

Un instante de silencio. Y entonces, detrás de ella, la voz baja y sin apuro cerró la puerta que ni siquiera sabía que había abierto:

—Porque quiero ver si usted obedece. Es lo primero que necesito saber sobre usted.