Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Mandaste preparar ropa. De su talla.

—Sí.

—Antes de que llegara.

—Antes de que llegara.

El hermano no dijo nada, pero Nikolai vio lo que estaba pensando, porque estaba pensando lo mismo y despreciándose por ello: un hombre que solo quiere información no pregunta el número de calzado de una mujer.

Mandar llenar un armario con su talla exacta era el gesto de otro tipo de hombre — de dueño, no de acreedor.

Y Nikolai no podía explicar, ni a su hermano ni dentro de su propio cráneo, por qué la idea de que ella usara su propia ropa gastada de enfermera dentro de esas paredes le había parecido, cuando llegó el informe, sencillamente inaceptable.

—Nikolai—. Dmitri bajó la voz, y en ella había algo que rara vez aparecía entre ellos, algo peligrosamente cerca del cuidado—.

Sea lo que sea esto, decide ahora mismo qué es lo que no es.

Porque toda la casa va a estar mirando. Sergei va a mirar.

El consejo va a mirar. Y si lo primero que haces como Pakhan por esta mujer es perder la compostura, los Ryzhov no van a necesitar ninguna palanca. Tú mismo se la entregas.

Fue lo más cerca que nadie había estado, en meses, de decir la verdad en voz alta. Y el mérito de Dmitri fue no terminar la frase, no nombrar lo que estaba viendo. Lo dejó colgado, como se deja un arma sobre la mesa entre dos hombres que confían el uno en el otro: como advertencia, no como amenaza.

—No hay compostura que perder —dijo Nikolai—. Es una deuda bajo mi techo. Nada más.

—Perfecto—. Dmitri fue hasta la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte—. Entonces no va a hacer ninguna diferencia que no bajes esta noche. Deja que crea que es una deuda. Tú mismo lo dijiste.

Y salió, dejando la espina exactamente donde dolía, porque Dmitri sabía — los dos lo sabían — que Nikolai ya había decidido no bajar precisamente por el motivo contrario: no porque no hiciera diferencia, sino porque hacía demasiada.

Solo, Nikolai volvió a la ventana.

Dos luces se habían encendido en el ala este, al otro lado del jardín oscuro.

La del pasillo y la del cuarto del fondo.

Se imaginó — no quiso imaginarlo, pero lo hizo igual — a la mujer parada en medio de ese cuarto demasiado grande, todavía con el abrigo puesto, midiendo la jaula.

Iría hasta la ventana. Todos lo hacían. Descubriría que daba al jardín amurallado, que el muro era alto, que no había salida fácil, y lo guardaría con la frialdad que él había adivinado en sus hombros rectos allá abajo.

Una mujer que llega de pie es una mujer que planea.

Bien, pensó él, y la palabra lo incomodó. Bien no era lo que un acreedor siente cuando el deudor muestra carácter. Bien era hinchada. Y él no podía hinchar por ella.

Recién entonces fue hasta el escritorio y tomó la carpeta.

No la abrió. La sostuvo por el peso, y el peso era ridículo — unas pocas hojas, una fotografía, un sobre — y aun así pesaba en su mano como pesa lo único que un hombre no puede perder.

Adentro estaba la razón verdadera por la que esa mujer estaba en esa casa, la razón que había ocultado a Dmitri, a Sergei, al consejo, a todos, desde hacía seis meses; la razón por la cual, entre todas las deudas que la Bratva alguna vez perdonó o cobró, aquella era la única que Nikolai Yakovlev jamás dejaría que otro cobrara por él.

Podía abrirla. Releerla. No lo necesitaba — se sabía de memoria cada línea de esa letra temblorosa de hombre enfermo. Pero a veces releer era la única manera de recordar que no lo había inventado, que la promesa era real, que no estaba simplemente construyendo excusas sobre un deseo.

La mano se detuvo en la esquina de la tapa.

Al otro lado de la mansión, la luz del cuarto del fondo se apagó. Ella se había rendido ante la ventana, o se había rendido ante el día, o simplemente había aprendido rápido que en la oscuridad se ve mejor a quien mira desde afuera hacia adentro que al revés.

Nikolai dejó la carpeta sobre el escritorio, todavía cerrada.

Mañana ella iba a exigir respuestas. Conocía el tipo.

Iba a golpear la puerta cerrada, iba a interrogar a los empleados, iba a buscar las grietas de la casa con esa cabeza de quien pasó la vida encontrando la veta en una pared de síntomas.

Y, tarde o temprano — él le daría semanas, no meses—, esa cabeza iba a llegar al ala oeste, donde estaban los despachos, donde estaba el archivo, donde se guardaba, entre miles de papeles que no decían nada, el único que lo decía todo.

Debería haberlo quemado hacía seis meses.

No lo había quemado. Esa también era una grieta, y él la conocía, y aun así la dejaba abierta.

Y no iba a dar ninguna respuesta, porque la única respuesta verdadera era esa carpeta, y esa carpeta no la entregaría ni bajo tortura — menos aún a la persona que tenía más derecho a ella que nadie vivo.

Extendió la mano hacia la carpeta otra vez, decidido, esta vez, a abrirla — y la puerta del despacho se abrió primero, sin golpear, lo cual en la Vorenhaus solo pasaba cuando alguien traía una noticia que no podía esperar por educación.

Era Vory. Pálido.

—Acaba de llegar de Marsella —dijo, y puso sobre la mesa un teléfono con una foto en la pantalla—. Necesita ver quién estuvo en su clínica esta tarde. Dos horas después de que la sacáramos de ahí.

Nikolai miró la foto.

El rostro en la pantalla era un rostro que conocía demasiado bien: un hombre de los Ryzhov, y no un soldado cualquiera — uno de los que la familia rival solo mandaba cuando ya había decidido quedarse con algo.

Estaba, en la imagen, con la mano en el picaporte de la clínica de Sofía Reyes, dos horas después de que Nikolai la hubiera sacado de ahí.

—¿Solo entró? —preguntó Nikolai, y hasta su propia voz le sonó lejana—. ¿O salió llevándose algo?

Vory tragó saliva.

—Es lo que necesita ver. Deslice a la siguiente foto.

Nikolai deslizó.