Capítulo 2
Nikolai Yakovlev vio el auto subir por la alameda desde la ventana del despacho y no bajó a recibirlo.
Bajar habría sido un error. Un hombre baja cuando quiere algo, y él no podía querer nada — no delante de toda la casa, no delante de Dmitri, que estaba detrás de él desde las siete, y sobre todo no delante de sí mismo.
Así que se quedó donde estaba, con las manos en la espalda, y observó los faros bordear la fuente seca y detenerse bajo el pórtico, y observó abrirse la puerta trasera, y observó bajar a la mujer.
Desde arriba, con la luz débil del pórtico, ella no era más que una forma oscura de abrigo delgado, cabello recogido, hombros rectos.
Demasiado rectos. La mayoría de las personas que llegaban a la Vorenhaus de esa manera llegaban encorvadas — por el miedo, por las esposas, por el peso de lo que sabían que les esperaba.
Ella llegó de pie. Se detuvo un instante sobre la grava, miró la fachada de abajo hacia arriba, y por una fracción de segundo Nikolai tuvo la impresión absurda de que había encontrado exactamente la ventana donde él estaba.
Imposible. El despacho estaba a oscuras. Él no había encendido la luz a propósito.
Aun así, dio un paso atrás.
A los cuarenta y un años, Nikolai ya casi no se sorprendía con nada, y esa era, lo sabía, la enfermedad específica del poder. No la crueldad, que era herramienta. El tedio.
Había heredado el título de su padre demasiado joven, más joven de lo que debía, y había pasado los años siguientes aprendiendo que un hombre en la cima de una organización como la suya casi nunca necesita alzar la voz.
Una casa que ya domina, que ya ganó las guerras antiguas, se sostiene con rutina: informes a las siete, cuentas saldadas, hombres que conocen su propio lugar.
El peligro, cuando llegaba, llegaba de afuera — de los que todavía codiciaban lo que los Yakovlev ya tenían.
Nunca de adentro. Nunca de una clínica de barrio en Marsella.
Nunca de una mujer de abrigo delgado que él había mandado traer sin poder explicarse bien, ni a sí mismo, el motivo.
Y era el motivo lo que lo incomodaba desde que dio la orden.
No el riesgo — el riesgo sabía calcularlo con los ojos cerrados.
El interés. Hacía años que nada lo atraía de esa manera, y el interés, para un hombre en su posición, era una grieta en la pared, el punto por donde entra el agua y, con tiempo suficiente, tira abajo toda la casa.
Se había pasado la vida tapando grietas en los demás.
Reconocía una en cuanto se abría en él mismo.
—¿Vory ya la instaló en el ala este? —preguntó, sin darse vuelta.
—Todavía no—. La voz de Dmitri era la misma de siempre, seca como cuero viejo—. Están subiendo ahora. Nikolai. ¿Me vas a decir qué es esto?
—Ya te lo dije. Una deuda.
—Tienes doscientas deudas. No vas a buscar a ninguna en persona.
Nikolai no respondió. Oyó a su hermano cruzar la alfombra y detenerse a su lado en la ventana, y los dos se quedaron mirando el pórtico vacío donde la mujer ya no estaba, dos hombres que llevaban cuarenta años aprendiendo a leerse el silencio el uno al otro y que, precisamente por eso, sabían cuándo el silencio estaba mintiendo.
—Tomás Reyes —dijo Dmitri, probando el nombre—.
Un prestamista muerto de una clínica de barrio en Marsella.
Nos debía dinero, murió debiendo una suma que tú gastas en vino en un mes.
Y en vez de tachar el nombre del libro, mandas a tres hombres a buscar a su hija cruzando dos fronteras—. Una pausa—. Explícame la matemática.
—No hay matemática —dijo Nikolai—. Hay una deuda. La deuda pasó a ella. Ella paga.
—¿Paga qué? No tiene nada. Viste el informe. La clínica está en números rojos, el banco se la va a quedar en tres meses, dejó un trabajo de verdad para hundirse junto con su padre. Si querías el dinero, era más barato dejarlo así.
—No es el dinero.
Las palabras salieron antes de que decidiera decirlas, y Nikolai las odió en el aire, porque eran exactamente las palabras que le había dicho a Vory que le dijera a ella, y oírlas en su propia boca era admitir que él y el matón estaban leyendo el mismo guion.
Dmitri se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.
Por eso Dmitri era el consigliere y no los otros.
—Entonces qué es —dijo el hermano. No era una pregunta. Era un anzuelo.
Nikolai se apartó de la ventana.
El despacho era la única sala del ala oeste que conservaba exactamente como su padre la había dejado: el escritorio de nogal macizo, el mapa antiguo del territorio en una pared, la caja fuerte detrás del panel que solo él y Dmitri sabían abrir.
Sobre el escritorio había una carpeta. Delgada.
Marrón. Traída del archivo esa tarde, y la había dejado ahí cerrada todo el día, porque abrirla delante de cualquiera habría sido lo mismo que bajar a recibir el auto.
Pasó junto a ella sin tocarla. Se sirvió dos dedos de vodka que no iba a beber, solo para tener algo que hacer con las manos.
—Su padre era útil —dijo, y la voz volvió a estar en su lugar, baja, plana, la voz que hacía que hombres más grandes que él enderezaran la espalda—.
Útil de una manera que no cabe en un libro de deudas.
Cuando alguien así muere, lo que sabía no muere con él.
Queda suelto. Y lo que queda suelto, los Ryzhov lo recogen.
Eso era verdad. Era conveniente que fuera verdad, porque la verdad da un buen lugar donde esconder otra cosa, y Dmitri, que sabía olfatear una mentira a una habitación de distancia, no sabía olfatear una verdad usada como escudo.
El hermano se quedó callado, masticándolo.
La mención a los Ryzhov le cambió el rostro — no de miedo, los Yakovlev no le tenían miedo a los Ryzhov, sino del respeto cansado de quien ya enterró gente por culpa de ese nombre.
—Crees que ella sabe algo —dijo Dmitri, despacio.
—Creo que es hija de un hombre que sabía—. Nikolai dejó el vaso—. Para los Ryzhov, da lo mismo. Si la alcanzan antes de que yo descubra qué dejó Tomás con ella, o en ella, pierdo la información y ellos ganan una palanca contra mí. Mantenerla aquí resuelve las dos cosas.
Era un buen argumento. Era un argumento tan bueno que casi engañaba al propio Nikolai, y esa era la parte peligrosa: estaba empezando a creer en las razones que inventaba para no mirar la razón verdadera, la que estaba dentro de esa carpeta fina y marrón, sobre el escritorio.
—¿Y si ya se movieron? —Dmitri no soltaba el hueso de los Ryzhov, y en eso Nikolai no podía culparlo; su hermano olfateaba el mundo exterior igual que Nikolai olfateaba a los hombres—. Si supieron del viejo antes que nosotros. Si la chica ya venía marcada desde Marsella.
—Entonces mejor que esté aquí, y no allá.
—Es mejor para la información—. Dmitri dio un paso, y la luz de la lámpara de mesa iluminó la mitad de su rostro, la mitad más vieja, la de más cicatrices—.
No es de eso de lo que hablo, y tú lo sabes.
Un hombre esconde una pieza de valor en la caja fuerte.
Tú mandaste preparar un cuarto con vista al jardín. Una pieza de valor no necesita vista.
Nikolai no respondió de inmediato. Eso era más filoso de lo que Dmitri solía ser, y ser filoso con él costaba caro, porque no quedaba nadie más en el mundo a quien Dmitri le debiera tanto respeto y tan poca deferencia al mismo tiempo.
Su hermano se había ganado el derecho a las preguntas difíciles enterrando gente a su lado durante cuarenta años.
Solo que había una pregunta que ni cuarenta años compraban, y Nikolai la cerró con el cuerpo, girándose hacia el mapa de la pared como quien da un asunto por terminado.
—El cuarto tiene vista porque los cuartos del ala este tienen vista —dijo—. No me hagas teología con un plano.
Dmitri lo observó un largo momento. Después asintió, una vez, como quien acepta la versión sin creérsela — no porque la compre, sino porque sabe que insistir ahora solo va a cerrar más la puerta.
Dmitri dejó morir el asunto, pero como quien se guarda la carta, no como quien la descarta.
Fue hasta el escritorio, ignoró a propósito la carpeta marrón — la notó, Nikolai vio que la notó, y eligió no tocarla, lo cual era la mayor de las cortesías entre ellos—, y tomó el informe abierto que había al lado, el de las dos hojas mecanografiadas que cualquiera podía leer.
—Enfermera —dijo Dmitri, recorriendo la página con la vista como quien revisa un precio—.
Titulada. Dejó terapia intensiva en un hospital público para sacar adelante sola la clínica de su padre.
Atiende sin papeles, sin seguro, sin preguntar de dónde viene la puñalada—.
Levantó la vista—. ¿Sabes qué me dice esto?
—Que es terca.
—Dice que sabe cerrar una herida sin llamar a la policía—.
Dmitri soltó la hoja—. Media docena de los nuestros ya pasó por una clínica así en Marsella, en alguna noche mala, sin dejar nombre.
Es el tipo de lugar que usamos y fingimos que no existe.
Y ahora la hija de la mujer que cosía a los nuestros está durmiendo en el ala este.
¿Entiendes cómo se ve esto si el consejo pregunta por qué está aquí?
Se ve exactamente como lo que juras que no es.
Era un buen punto, y Nikolai lo reconoció con el silencio, que entre ellos valía como acuerdo.
La deuda, en la lógica de la casa, pasaba limpia: el padre tomó, el padre murió, la sangre responde — nadie en el consejo cuestionaría el derecho a cobrarle a la hija.
El problema nunca había sido el derecho.
Era el apetito. El derecho se ejerce por escrito, con frialdad, a distancia.
El apetito baja por la alameda a recibir el auto.
Y Dmitri llevaba ahí una hora, precisamente para recordarle la diferencia.
—Reglas —dijo el hermano, al fin, cambiando de terreno—. Va a querer saber las reglas. Siempre quieren.
—Ala este. El cuarto del fondo, el que da al jardín amurallado. El guardarropa ya está listo.
Dmitri arqueó una ceja.