Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Cinco minutos —dijo él—. Tome el abrigo. Cierre con llave, si quiere. Nadie va a tocar la clínica. Hay quien se encargue de cuidarla.

Hay quien se encargue de cuidarla. Como si eso debiera tranquilizarla. Como si tuviera que preocuparse por el autoclave mientras la sacaban de su propia vida dos desconocidos.

Sofía pensó en correr. Calculó la distancia hasta la puerta principal — cerrada con llave, cortina metálica, tardaría diez segundos que no tenía.

Pensó en el bisturí sobre la bandeja detrás de ella y descartó la idea en la misma respiración.

Sabía exactamente lo que una hoja como esa le hacía a un cuerpo, y sabía que no sabría usarla contra un hombre.

Una mujer que solo sabe coser el destrozo después, contra un hombre que sabe pelear, no es una lucha. Es un aplazamiento.

Entonces hizo la única cosa que todavía era suya para hacer. No suplicó. No gritó. Fue hasta el perchero, sacó el abrigo delgado que no iba a servir de nada contra el mistral, y se lo puso con las manos firmes frente a dos hombres que esperaban para ver si le temblaban.

No les dio eso.

—¿Quién los mandó? —preguntó, y se abotonó el abrigo.

—La señorita va a saberlo.

—¿Tiene nombre? ¿Esa persona tiene nombre?

Él la miró un instante largo. Y por primera vez ella vio en ese rostro algo que no era solo función — una especie de evaluación, como si estuviera revisando alguna expectativa que le habían dado sobre quién sería ella.

—Lo tiene —dijo—. Pero no soy yo quien lo dice.

Ella tomó las llaves del mostrador. La mano le tembló al encajar la primera en la cerradura de atrás, y odió a su propia mano por eso, le ordenó que se detuviera, y la mano obedeció, porque tampoco iba a darles eso a ellos.

Cerró con llave. El gesto era absurdo — cerrar la puerta al salir para que la llevaran quién sabe adónde.

Pero era un gesto suyo, el último, y se aferró a él.

Afuera, el callejón estaba vacío. El gato de la pescadería no estaba sobre el motor de la heladera.

Y había un auto en la boca del callejón que ella no había oído llegar.

Negro, grande, vidrios que no dejaban ver el interior.

El segundo hombre abrió la puerta trasera y esperó, paciente, un mayordomo del fin del mundo.

Sofía se detuvo.

Marsella entera seguía existiendo al otro lado de ese callejón.

La calle Longchamp, el olor a sardina, Madame Perrin subiendo despacio los tres tramos de escalera, sosteniéndose del pasamanos como había prometido.

Un millón de personas durmiendo sobre la certeza de que la mañana llegaría igual que la noche.

Bastaba con que gritara. Bastaba con correr hacia la luz.

Miró al primer hombre, que se había quedado detrás de ella, lo bastante cerca como para alcanzarla en un paso y lo bastante lejos como para fingir que no lo necesitaría.

—Si subo a ese auto —dijo ella—, ¿voy a volver?

Fue lo primero que preguntó para lo que él pareció no tener una respuesta lista. No mintió. Tal vez fuera la única cortesía que sabía ofrecer.

—Eso no depende de mí —dijo él.

Y Sofía Reyes, que había pasado seis meses jurando que no dejaría que nada en esta ciudad le quitara lo último que su padre le había dejado, subió al auto por su propia voluntad. La alternativa era que la metieran a la fuerza, y prefería que la historia registrara que había caminado.

La puerta se cerró con un sonido suave, caro, de algo hecho para no dejar entrar ni salir ningún ruido. El auto arrancó.

El primer hombre se sentó adelante, junto al conductor.

El segundo, a su lado en el asiento trasero, el cuerpo enorme ocupando más de la mitad que le correspondía.

Nadie le ató las manos. Nadie le cubrió los ojos.

Fue la ausencia de esos gestos lo que la dejó más helada, no su presencia — no lo consideraban necesario.

Adondequiera que la estuvieran llevando, nadie esperaba que después pudiera contárselo a alguien.

Miró por la ventanilla e intentó hacer lo que hacía en una emergencia, cuando el cuerpo sobre la camilla sangraba más rápido de lo que ella podía pensar: reducir el pánico a tareas.

Memoriza el camino. Calle Longchamp, a la derecha.

La basílica en lo alto, a la izquierda, lejos.

Después el puerto, y esperó el olor del puerto, pero el auto giró antes, hacia calles que no reconoció, y en poco tiempo ya no quedaba ningún mapa en su cabeza, solo el negro del vidrio y su propio reflejo pálido superpuesto a la ciudad que corría.

—¿Él sabía que ustedes vendrían? —preguntó ella, sin girar la cabeza—. Mi padre. Antes de morir. ¿Sabía que un día alguien iba a tocar la puerta y a cobrar lo que dejó?

El hombre a su lado no respondió. Pero ella vio, en el vidrio, que sus ojos se movían hacia la nuca del primer hombre, en el asiento delantero — una pregunta muda pidiendo permiso para una respuesta que no llegó.

El conductor tomó el celular a mitad de camino.

No habló. Escribió una línea, solo una, y Sofía vio en el retrovisor la pantalla encenderse y apagarse.

Del otro lado llegó la respuesta enseguida — no un tono, una sola vibración seca—, y el conductor la leyó, y enderezó la espalda en el asiento como un hombre que acaba de saber que lo están observando.

Nadie dijo nada. Pero el auto aceleró, y Sofía entendió que en algún lugar, más adelante, alguien esperaba una hora de llegada y la había recibido con una sola palabra.

No era a un jefe a quien esos hombres le tenían miedo. Era a la puntualidad.

Quiso reírse de su propio pavor y no pudo, porque el pavor tenía razón.

Los hombres que matan por oficio no bajan la voz por cualquiera.

Y esos tres, desde el asesino al volante hasta el gigante a su lado, habían bajado la voz desde el momento en que pisaron la clínica — no por ella, por él, por el hombre sin nombre del otro lado del viaje, cuya voluntad llenaba el auto sin necesidad de estar dentro.

Sofía nunca lo había visto. No sabía su edad, su cara, el color de su voz.

Y ya lo odiaba con una claridad que la asustó más que todo lo demás, porque odiar exige que la persona importe, y ella no quería que nada de ese mundo le importara.

El auto dejó atrás la última avenida. Las luces se fueron espaciando, y después se acabaron, y el negro de afuera dejó de ser ciudad y se convirtió en carretera, y la carretera se convirtió en muro — un muro alto, largo, que corría junto al vidrio durante demasiado tiempo como para pertenecer a una sola casa.

Un portón apareció al frente y se abrió antes de que el auto se detuviera, obediente a alguien que los había visto llegar.

Adentro, al final de una alameda oscura, una casa esperaba con pocas ventanas encendidas. Y en una de ellas, arriba, había la silueta inmóvil de un hombre mirando subir el auto — quieto, con las manos en la espalda, como quien verifica un horario.

Sofía no lograba verle la cara. Solo la forma. Solo la certeza, entrando en ella como frío, de que esa forma conocía su nombre desde mucho antes de que ella supiera de su existencia.

Las luces de Marsella habían quedado kilómetros atrás. Y ninguna de ellas era para ella.