Cautiva de Aquiles XX. El lamento
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XX. El lamento

Andrómaca

Casandra lo vio primero. Mi cuñada, la maldita, la que profetizaba desgracias y nunca nadie creía.

Había subido a lo más alto de Pérgamo antes del amanecer, como hacía cada día desde la muerte de Héctor, y se había quedado allí, sola, mirando la llanura.

Fue la primera en ver el carro de las mulas acercándose por el camino del río. Y detrás, el carro de su padre.

Y en el carro de las mulas, tendido, envuelto en un manto, su hermano.

Gritó tan fuerte que se oyó en toda la ciudad.

—¡Venid, troyanos y troyanas! ¡Venid a ver a Héctor! ¡Si alguna vez os alegrasteis al verlo volver vivo de la batalla, porque era la gran alegría de la ciudad y de todo el pueblo!

Y en la ciudad no quedó ni un hombre ni una mujer. Todos salimos.

Lo encontramos junto a las puertas.

Yo llegué la primera. Con Hécuba. Las dos corrimos hacia el carro y nos arrojamos sobre él, y le cogimos la cabeza entre las manos, y nos arrancamos el pelo.

La multitud nos rodeaba llorando. Habríamos pasado el día entero allí, delante de las puertas, llorando y gimiendo, si Príamo no nos hubiera hablado desde su carro.

—Apartaos. Dejad pasar a las mulas. Ya os hartaréis de llorar cuando lo haya llevado a casa.

Lo llevamos a casa.

A nuestra casa. A la que nos construyó su padre el año de nuestra boda, junto al palacio, con su patio de losas blancas y su higuera y su pozo. Lo tendimos en un lecho calado. Pusimos a su lado a los cantores, que iniciaron el treno, el canto de duelo, y las mujeres respondían con gemidos.

Y yo me senté a la cabecera.

Y le cogí la cabeza entre las manos.

Tenía la cara limpia. Alguien lo había lavado, lo había ungido con aceite, le había puesto una túnica limpia y un manto hermoso.

Alguien, en el campamento de los aqueos, había cuidado de él antes de devolvérmelo.

No supe nunca quién. Supuse que serían mujeres.

Cautivas, como yo iba a serlo. Les di las gracias en silencio, a esas manos desconocidas, por haberle cerrado los ojos.

No tenía ni una herida. Salvo la del cuello, donde había entrado la lanza. Le pasé el dedo por el borde. Era pequeña. La tapaba con la yema del pulgar.

Y empecé el lamento.

—Esposo mío. Te has ido de la vida joven, y me dejas viuda en el palacio.

Y el niño es todavía tan pequeño. El que tuvimos tú y yo, desdichados.

Y no creo que llegue a la juventud. Antes será arrasada esta ciudad desde lo más alto.

Porque has muerto tú, su guardián, el que la protegías, el que defendías a las mujeres y a los niños pequeños.

Ellas pronto se irán en las naves cóncavas. Y yo con ellas.

Me incliné sobre él.

—Y tú, hijo mío, me seguirás a un lugar donde harás trabajos indignos, sirviendo a un amo despiadado.

O algún aqueo te cogerá de la mano y te arrojará desde la torre, una muerte terrible.

Furioso porque Héctor le mató a un hermano, o a un padre, o a un hijo.

Porque muchísimos aqueos mordieron la tierra bajo las manos de Héctor. No era blando tu padre en la batalla.

Lo dije. Lo dije en voz alta, delante de todos, delante de Hécuba, delante de Príamo. Lo dije con el niño en brazos de la nodriza, a tres pasos.

Nadie me hizo callar. Porque todos sabíamos que era verdad.

—Por eso lo lloran todos en la ciudad. Y has causado a tus padres un llanto y un luto indecibles, Héctor.

Pero a mí, sobre todo, me quedarán dolores terribles.

Porque no me tendiste los brazos desde el lecho al morir.

Ni me dijiste una palabra sabia, de la que me acordaría siempre, noche y día, derramando lágrimas.

Y ahí se me rompió la voz.

No estuve a su lado. Murió en el polvo, delante de un extranjero, sin una mano conocida. Que la última vez que me miró, desde el pie de la muralla, bajó la cabeza.

Que la última noche que pasamos juntos le tapé la boca cuando quiso decirme si caigo..., y nunca supe cómo terminaba esa frase.

Hécuba lloró después. Habló de sus hijos muertos, de cómo Aquiles los vendía al otro lado del mar, en Samos, en Imbros, en Lemnos la humeante.

De cómo había arrastrado a Héctor alrededor del túmulo de Patroclo y aun así lo había devuelto fresco como el rocío, igual que esos a los que Apolo mata con sus flechas suaves.

Y después habló Helena.

No debería haber estado allí. Nadie la había invitado. Pero entró por la puerta del patio, envuelta en un velo oscuro, y se abrió paso entre las mujeres, que se apartaban de ella como del contagio. Se arrodilló al otro lado del lecho, frente a mí.

Nos miramos por encima del cuerpo de Héctor.

Tenía la cara hinchada de llorar. No era hermosa en ese momento. Por primera vez en diez años, Helena de Esparta no era hermosa.

Y habló.

—Héctor. El más querido para mi corazón de todos mis cuñados.

Mi esposo es Paris, el semejante a los dioses, que me trajo a Troya.

¡Ojalá hubiera muerto antes! Diez años hace ya que me fui de allí y abandoné mi patria.

Y nunca te oí una palabra mala ni un desprecio.

Cuando alguno me reprochaba en el palacio, un cuñado, o una cuñada, o una concuñada de hermoso peplo, o mi suegra, porque mi suegro siempre fue amable como un padre, tú los contenías con tus palabras.

Con tu dulzura y tus palabras dulces. Por eso lloro por ti, y por mí, desdichada, con el corazón afligido.

Ya no tengo en la ancha Troya a nadie amable ni amigo. Todos se estremecen al verme.

La escuché.

Y la odié. Durante un instante muy largo la odié con todas mis fuerzas, porque estaba llorando a mi marido como si fuera suyo.

Porque él la había defendido. Porque había subido a la muralla de noche con ella, lo sabía, lo había sabido siempre.

Porque ella era la causa de todo, de la guerra, de los muertos, de esta herida pequeña en el cuello de Héctor.

Y luego la miré a los ojos.

Y vi que lloraba igual que yo, y por lo mismo.

Alargué la mano por encima del cuerpo de mi marido.

Ella la cogió.

Nos quedamos así, las dos, con las manos unidas sobre el pecho de Héctor, mientras las mujeres de la ciudad murmuraban escandalizadas. No me importó.

Nueve días acarrearon los troyanos leña del monte.

Al décimo, cuando apareció la aurora, sacaron a Héctor, llorando, y lo pusieron en lo alto de la pira. Y le prendieron fuego.

Yo miré cómo ardía. No aparté la vista. Miré cómo las llamas le alcanzaban el manto, el pelo, la cara. Miré cómo se le encogía el cuerpo con el calor, como se encogen las hojas en el fuego. Miré hasta que no quedó nada que mirar.

Al día siguiente, apagamos la pira con vino oscuro.

Sus hermanos y sus compañeros recogieron los huesos blancos, gimiendo, con lágrimas abundantes.

Los envolvieron en mantos de púrpura suave y los metieron en una urna de oro.

La pusimos en una fosa hueca y la cubrimos de piedras grandes.

Encima levantamos el túmulo, deprisa, mientras los centinelas vigilaban por si los aqueos atacaban antes del día convenido.

Y luego, en el palacio de Príamo, celebramos el banquete fúnebre.

Así honraron las exequias de Héctor, domador de caballos.

Esa noche no dormí.

Me quedé en el patio de nuestra casa, junto al pozo, con mi hijo dormido en el regazo. El niño tenía el cabello claro, como una estrella. Le acaricié la cabeza. Le canté una canción de Tebas, la que me cantaba mi madre, la que mis siete hermanos cantaban en el establo mientras guardaban las ovejas.

Miré hacia la muralla. Hacia la torre más alta, junto a la puerta Escea. Desde allí, me dije, se ve el mar.

Y desde allí, me dije, un niño tarda muy poco en caer.

Lo apreté contra mi pecho. Tanto que se despertó y se echó a llorar. Le tapé la boca con la mano, como le había tapado la boca a su padre. Lo mecí, y lo mecí, hasta que volvió a dormirse.

Once días de tregua, había dicho Aquiles.

Ya solo quedaba uno.