Cautiva de Aquiles XIX. El rey anciano
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XIX. El rey anciano

Briseida

Lo primero que pensé al ver a Príamo de rodillas fue que era mi rey.

Lirneso era aliada de Troya. Mi padre, Briseo, había enviado cada año a la ciudad de Príamo un tributo de lana y de aceite, y cuando yo era niña me llevó una vez a verla, en la fiesta de Apolo.

Recuerdo las murallas, tan altas que me dolía el cuello al mirarlas.

Recuerdo a un hombre de barba oscura que pasaba en un carro dorado por la calle principal, saludando a la multitud, y a mi padre levantándome en brazos para que lo viera.

Ese es el rey, me dijo. Ese es Príamo.

Ahora el rey estaba en el suelo de la tienda de Aquiles, abrazado a sus piernas, besándole las manos.

Yo seguía en el lecho, con la manta subida hasta el cuello. No me atrevía a moverme. Nadie me había visto. Nadie se acordaba de mí.

—Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses.

La voz del viejo apenas se oía. Ronca, quebrada, sin fuerza.

—Tiene mi edad. Está en el umbral funesto de la vejez.

Quizá también a él los vecinos lo acosan, y no hay nadie que aparte de él la desgracia y la ruina.

Pero él, al menos, cuando oye que vives, se alegra en su corazón.

Y espera todos los días ver volver a su hijo querido de Troya.

Yo, en cambio, soy el más desdichado de los hombres.

Tuve hijos excelentes en la ancha Troya y digo que no me queda ninguno.

Cincuenta tenía cuando llegaron los aqueos.

Diecinueve de un mismo vientre. Los demás me los dieron otras mujeres en mi palacio.

A la mayoría les quebró las rodillas el impetuoso Ares.

Y el único que me quedaba, el que defendía la ciudad y a nosotros, tú lo mataste hace poco, cuando luchaba por su patria. Héctor.

Lo dijo con los ojos secos.

—Por él vengo ahora a las naves de los aqueos. Para rescatarlo de ti. Te traigo un rescate inmenso. Respeta a los dioses, Aquiles. Y ten piedad de mí, acordándote de tu padre. Yo soy más digno de compasión que él. Me he atrevido a lo que ningún otro mortal de la tierra se atrevió.

Calló. Alzó la cabeza hacia Aquiles.

—Llevo a mi boca la mano del hombre que mató a mis hijos.

Aquiles lloró.

No lo esperaba. Se quedó mirando al viejo, y algo se le rompió en el gesto, igual que se rompe el hielo de un estanque cuando una piedra cae encima. Le tomó la mano. Lo apartó suavemente. Y se echaron a llorar los dos.

Príamo lloraba por Héctor, encogido a los pies de Aquiles.

Aquiles lloraba por su padre, Peleo, y luego por Patroclo, y luego por los dos.

Y sus gemidos llenaban la tienda.

Yo los miraba desde el lecho. El rey de mi infancia y el asesino de mi familia. Abrazados. Llorando en el suelo, sobre las pieles, como dos niños. No sabía si sentir asco, o piedad, o algo para lo que no tenía nombre.

El cuchillo seguía en mi cinturón, tirado junto al lecho. Aquiles lloraba de espaldas a mí, con la nuca desnuda. Sería fácil. Tres pasos. Una mano en el pelo, la otra con el cuchillo. Como él con los doce troyanos.

Y Príamo, el rey de Troya, lo vería. Lo vería morir. Tendría a su hijo vengado allí mismo, a un palmo de sus rodillas.

Me incorporé en el lecho.

En ese momento Príamo levantó la cabeza. Por encima del hombro de Aquiles. Y me vio.

Nos miramos. Él vio a una mujer joven en el lecho del enemigo, revuelta, con la manta en el pecho. Debió de entender lo que era. Una cautiva. Una mujer de la Tróade. Una de las suyas.

Y me hizo un gesto.

Uno muy pequeño. Negó con la cabeza, apenas. No.

Volví a tumbarme.

Aquiles se levantó primero. Ayudó a Príamo a ponerse en pie, le cogió el brazo, lo sentó en una silla. Le habló con una voz que nunca le había oído, baja y suave, la voz con la que, imagino, le hablaría a su propio padre.

—Desdichado. Cuántos males has soportado en tu corazón.

¿Cómo te has atrevido a venir solo a las naves de los aqueos, delante de los ojos del hombre que te mató tantos hijos valientes?

Tienes el corazón de hierro. Siéntate. Dejemos que los dolores descansen en nuestro pecho, por mucho que nos aflijan.

No sirve de nada el llanto que hiela. Así lo hilaron los dioses para los míseros mortales.

Vivir afligidos. Ellos, en cambio, no tienen preocupaciones.

Le habló de las dos tinajas que hay en el umbral de Zeus.

Una llena de males. Otra de bienes. A quien Zeus le da de las dos mezcladas, unas veces encuentra el mal y otras el bien.

Pero a quien le da solo de la de los males, lo hace un miserable, y una hambre terrible lo empuja por la tierra divina, y anda errante sin honra de los dioses ni de los hombres.

—A Peleo le dieron los dioses regalos espléndidos desde su nacimiento —dijo—.

Riquezas. Un reino. Una diosa por esposa.

Pero también a él le dieron un mal. No tiene en su palacio hijos que hereden el poder.

Tuvo uno solo, destinado a morir pronto.

Y ese no lo cuida en su vejez, porque estoy aquí, muy lejos de mi patria, en Troya, haciéndote daño a ti y a tus hijos.

Los dos se quedaron callados.

Y después Aquiles salió de la tienda.

No quería que Príamo viera el cuerpo de su hijo antes de que lo lavaran. Lo supe porque me llamó. Me llamó a mí, y a Diomeda, y a Ifis. Nos dijo que lo laváramos y lo ungiéramos lejos de la tienda, donde el viejo no pudiera verlo.

—Si lo ve así —me dijo en voz baja—, no podrá contener la cólera. Y si me grita, me irritaré. Y lo mataré. Y ofenderé a Zeus.

Lo dijo con toda tranquilidad. Como quien explica que hay que apartar del fuego una olla antes de que hierva.

Lavamos a Héctor.

Era la primera vez que le veía la cara de cerca. Era hermoso. Tenía las cejas espesas, la nariz recta, una cicatriz antigua en la barbilla. Los párpados quietos. Ninguna marca del arrastre, ningún rasguño, nada. Solo la herida de la garganta, donde había entrado la lanza. Limpia, casi pequeña.

Le pasé un paño mojado por la frente. Por los párpados. Por los labios.

Me vino a la cabeza Andrómaca, a la que no conocía. Su niño. Lo que le esperaba a esa mujer cuando cayera la ciudad. Lo mismo que me había pasado a mí. Un patio. Una escalera. Un hombre que sube despacio.

Le pusimos una túnica limpia. Lo envolvimos en un manto hermoso, de los que traía Príamo como rescate. El propio Aquiles lo levantó en brazos y lo puso en un lecho, y sus compañeros lo subieron al carro de las mulas.

Antes de soltarlo, Aquiles se quedó mirándolo un momento. Le apartó un mechón de la frente. Luego gimió, en voz baja, y llamó a Patroclo por su nombre.

—No te enfades conmigo, Patroclo, si te enteras en el Hades de que he devuelto a Héctor a su padre. No me ha dado un rescate indigno. Y a ti también te daré tu parte.

Comieron juntos.

Aquiles mató una oveja blanca y la asaron.

Automedonte repartió el pan en canastillos hermosos.

Comieron en silencio, el viejo y el joven, a la luz del brasero.

Cuando terminaron, se quedaron mirándose.

Príamo admiraba a Aquiles, su estatura, su belleza de dios.

Y Aquiles admiraba a Príamo, su noble aspecto, sus palabras.

Los odié a los dos en ese instante. A los dos.

Por esa admiración entre hombres que se habían matado mutuamente los hijos y los amigos, y que ahora se miraban como si estuvieran en un banquete de bodas.

Mientras los cuerpos de las mujeres de Lirneso, de Tebas, de Pédaso, seguían tirados en las tiendas del campamento.

Aquiles concedió once días de tregua. Para que los troyanos lloraran a Héctor, lo quemaran y le levantaran un túmulo. Al duodécimo día, volverían a luchar, si era necesario.

Le preparamos al viejo un lecho en el pórtico de la tienda, con mantas de púrpura, colchas y túnicas de lana. Aquiles le dijo que durmiera fuera, por si llegaba algún rey de los aqueos a pedirle consejo y lo veía. Que si se enteraba Agamenón, retrasaría la entrega del cuerpo.

Príamo se acostó.

Y Aquiles volvió adentro, al lecho, conmigo.

—Lo sabía —me dijo en la oscuridad.

No me había tocado. Estaba tumbado a mi lado boca arriba, despierto.

Yo tenía el corazón en la garganta. Había intentado decírselo antes, la noche de la llegada de Príamo, y no había podido terminar. Lo había vuelto a intentar mientras lavaba a Héctor, mientras comían. Ahora él se me adelantaba.

—¿Qué sabías?

—Lo de Patroclo. Lo que le dijiste en la orilla. Por qué se lo dijiste. —Se volvió hacia mí. Le brillaban los ojos en la penumbra—. Lo sé desde la noche en que volviste, cuando te pregunté y me mentiste. Te miré y lo supe.

Me quedé sin respiración.

—¿Y por qué no me has matado?

Aquiles alargó la mano y me cogió el cuello.

No apretó. Solo la dejó allí, la palma abierta sobre mi garganta, los dedos a los lados, igual que se coge un pájaro herido. El pulso me golpeaba contra su palma. Podía haberme roto el cuello con un solo movimiento. Los dos lo sabíamos.

—Porque tenías razón —dijo—. Me lo merecía. Maté a tu hermano. A tu marido. Quemé tu casa. Y tú me quitaste a Patroclo. —Se le quebró la voz—. Es lo más justo que me ha pasado en esta guerra.

No supe qué decir.

Apartó la mano de mi cuello y me la puso en la mejilla.

—Escúchame bien. Voy a morir pronto. Ya lo sabes. Héctor me lo dijo antes de morir. El caballo me lo dijo. Mi madre me lo dice cada vez que sale del mar. Una flecha de Apolo, en las puertas Esceas. Paris la disparará.

—Aquiles...

—Cuando muera, Agamenón vendrá a por ti.

O mi hijo, Neoptólemo, que viene de camino desde Esciros y es más cruel de lo que yo he sido nunca.

O cualquier otro. —Me cogió la mano, la llevó hasta el cinturón tirado junto al lecho, hasta el cuchillo que llevaba escondido desde Lirneso—.

Lo he sabido siempre. Desde la tercera noche.

Quédatelo. Y el día que vengan a por ti, decide tú qué haces con él.

Me eché a llorar.

Acababa de comprender que me estaba dando lo único que nadie me había dado en la vida, la posibilidad de elegir. Él, que me lo había quitado todo.

Lo besé.

Esa noche, mientras el rey de Troya dormía en el pórtico con el cadáver de su hijo en un carro de mulas a pocos pasos, Aquiles y yo nos amamos por primera vez sin muertos entre los dos.

No tuvo prisa. Él, que lo hacía todo deprisa, que mataba antes de que los otros terminaran de levantar el escudo, se tomó la noche entera.

Me desnudó a la luz del brasero sin dejar de mirarme a los ojos, igual que me había mirado en el arroyo, y esta vez no aparté la vista.

Me besó los párpados. La cicatriz junto a la boca, la que me dejó el anillo de Agamenón, la recorrió con la lengua como si quisiera borrarla.

Bajó por mi cuello, por mis pechos, y se detuvo en cada uno hasta que me arqueé contra su boca y tuve que morderme el puño para no despertar al viejo.

Yo tenía el cuchillo en la mano. No lo había soltado desde que me lo dio.

Cuando se tumbó sobre mí, le apoyé la hoja en la garganta. Justo donde la clavícula se une al cuello. El sitio por donde, decían los mirmidones, había entrado su lanza en el cuello de Héctor.

Se quedó quieto. Me miró. Y sonrió, esa sonrisa torcida que le vi por primera vez en la terraza de Lirneso, con mi saliva en la boca.

—Hazlo —susurró.

No lo hice. Le mantuve el filo contra la piel mientras entraba en mí, despacio, tan despacio que creí que me iba a morir de esperarlo.

Se movía y la hoja le arañaba la garganta, y una gota de sangre le resbaló hasta el pecho, y yo la seguí con la otra mano.

Él no se apartó ni una vez. Me entregó el cuello entero, el hombre más peligroso del mundo, y me hizo el amor con mi cuchillo en su garganta y su mirada clavada en la mía.

El poder y el abandono a la vez, el miedo y el deseo trenzados como las cuerdas de su lira. Cuando el placer me alcanzó fue lento y largo, una marea que subía y no acababa de romper, y le dije su nombre contra la boca una y otra vez, y solté el cuchillo sin darme cuenta, y lo oí caer en las pieles.

Después nos quedamos abrazados, sudorosos, en silencio. Como se abrazan, imagino, los que saben que no les quedan muchas noches.

Antes del alba oí que alguien despertaba a Príamo. Una voz joven y extraña, de dios. Oí las mulas, las ruedas. Oí cómo se alejaban hacia la llanura, en silencio, sin que nadie en todo el campamento se despertara.

Aquiles dormía a mi lado. Por primera vez en doce días, dormía.

Le miré la cara a la primera luz. Tan joven. Con el corte en la ceja casi cerrado y unos mechones desiguales sobre la frente.

En la playa de Lirneso juré que lo mataría. Lo había conseguido, a mi manera. Le había quitado lo que más quería y lo había empujado hacia su muerte.

Y ahora, mirándolo dormir, supe lo que había querido decir mi propio corazón entonces, sin que yo lo entendiera.

Que el día que muriera, lo lloraría.