XVIII. La pira
Aquiles
Patroclo vino a verme la primera noche, mientras dormía en la orilla del mar.
No dormía en la tienda. No podía. Allí estaba su cuerpo, y el de Héctor tirado boca abajo en el polvo junto al lecho, y las mujeres llorando, y el olor dulzón que empezaba a salir de debajo de la sábana pese a los ungüentos.
Me tumbé en la playa, en un claro entre las olas, rodeado de mirmidones, y el sueño me cayó encima como una piedra.
Y él vino.Igual que era. Con su estatura, sus ojos hermosos, su voz. Con la misma ropa. Se detuvo junto a mi cabeza.
—¿Duermes, Aquiles? ¿Te has olvidado de mí?
No me descuidabas cuando estaba vivo. Ahora que estoy muerto, sí.
Entiérrame cuanto antes. Que cruce las puertas del Hades.
Las almas me rechazan, las sombras de los muertos.
No me dejan cruzar el río y mezclarme con ellas.
Ando vagando por la casa de anchas puertas del Hades.
Dame la mano, te lo suplico. Porque nunca más volveré del Hades cuando me hayáis dado mi parte del fuego.
Le tendí los brazos.
Y no lo alcancé. Su alma se fue bajo tierra como el humo, chillando.
Me desperté de un salto. Di una palmada. Grité.
—¡Ay! ¡Entonces es verdad que en la casa del Hades queda algo! ¡Un alma, una imagen, pero sin entendimiento! Toda la noche ha estado a mi lado el alma del desdichado Patroclo, llorando y lamentándose. Y se le parecía tanto.
Los mirmidones lloraron conmigo hasta el amanecer.
Levantamos la pira con madera del Ida.
Cien pies de largo. Cien de ancho. Los hombres bajaron del monte con las mulas cargadas de troncos de encina y los apilaron en la playa.
Pusimos a Patroclo en lo alto. Lo cubrimos de los mechones que nos cortamos todos, los mirmidones, uno por uno, en señal de duelo.
Yo me corté el mío, el largo, el rubio, el que había dejado crecer para ofrecérselo al río Esperqueo de mi tierra cuando volviera a casa.
Se lo puse a Patroclo en las manos. El Esperqueo podía esperar sentado.
Degollé ovejas. Bueyes. Les saqué la grasa y envolví con ella el cadáver de la cabeza a los pies. Puse ánforas de miel y aceite apoyadas en el lecho. Arrojé a la pira cuatro caballos de cuello erguido, gimiendo. Patroclo tenía nueve perros que comían de su mesa. Degollé a dos y los eché también.
Y luego trajeron a los doce troyanos.
Los habían tenido atados en un corral junto a las naves desde el día del río. Tres días. Sin comer. Llegaron cubiertos de su propia mierda, con los labios agrietados y las mejillas chupadas. Uno de ellos, el más joven, no tendría más de dieciséis años. Me miró al pasar. Tenía los ojos verdes.
Los puse en fila delante de la pira.
Los maté yo. Uno por uno. Con el bronce, en la garganta. No dejé que nadie me ayudara. Les cogía la cabeza por el pelo, se la echaba hacia atrás y cortaba. La sangre me salpicaba la cara, el pecho, los brazos. Los echaba a la pira como se echan los troncos.
El muchacho fue el último. No lloró. No dijo nada.
Cuando lo agarré, apretó los párpados. Tenía las pestañas largas, de chica, y un bozo rubio que todavía no había conocido la cuchilla.
Con sus rizos en el puño vi otro patio y otro muchacho de rodillas con la boca abierta, y la mano se me quedó quieta un instante.
Los mirmidones esperaban. Patroclo esperaba en lo alto de la pira, con la grasa empezando a derretírsele en las mejillas.
Corté. No llegué hondo. El chico volvió a abrirlos, verdes, y me miró mientras se ahogaba en su propia sangre, y tuve que hacerlo otra vez.
Los mirmidones miraban en silencio. Ni siquiera ellos aplaudieron.
Me acerqué a la pira cubierto de sangre troyana.
—Alégrate, Patroclo, aunque estés en la casa del Hades. Ya te cumplo todo lo que te prometí. Doce hijos de los magnánimos troyanos, todos ellos, los devora el fuego contigo. Pero a Héctor, el hijo de Príamo, no lo daré al fuego para que lo devore. Se lo daré a los perros.
No prendía. La pira no prendía. Recé a los vientos, al Bóreas y al Céfiro, les prometí sacrificios, les vertí vino con una copa de oro. Vinieron de noche, rugiendo, y la pira ardió hasta el amanecer.
Yo me quedé a su lado. Toda la noche. Sacando vino de una crátera de oro con una copa de dos asas y derramándolo en la tierra, empapándola, llamando al alma del desdichado Patroclo. Como un padre que llora mientras quema los huesos de su hijo recién casado. Así lloraba yo.
Y al amanecer recogí sus huesos blancos entre las cenizas y los puse en una urna de oro, con doble capa de grasa.
Una urna de oro. Pequeña. Cabía entre mis brazos.
Todo lo que quedaba de él.
Pasaron los días. Nueve. Doce.
Cada mañana, al amanecer, ataba a Héctor al carro y daba tres vueltas alrededor del túmulo de Patroclo. Arrastrándolo. Luego volvía a la tienda y lo dejaba tirado boca abajo en el polvo.
Y el cuerpo no se pudría.
Eso era lo que me volvía loco. Que no se pudriera.
Que no lo tocaran los perros. Que al día siguiente, al desatarlo para volver a arrastrarlo, estuviera intacto, fresco, sin una herida, como si acabara de morir.
Las heridas de las lanzas de los aqueos se cerraban solas.
El polvo de la llanura no se le pegaba a la piel.
Apolo lo cubría con la égida de oro, decían mis hombres, para que no se desgarrara al arrastrarlo.
Afrodita le ungía la piel con aceite de rosas inmortal.
Los dioses lo protegían. Muerto, lo protegían. Como no lo habían protegido vivo.
Yo lo arrastraba más fuerte. Más deprisa. Por el camino más pedregoso. Y por la mañana, otra vez intacto.
No comía. No dormía. Me tumbaba de lado, luego boca arriba, luego boca abajo. Me levantaba y vagaba por la orilla del mar, añorando la hombría y el valor de Patroclo, todo lo que pasé con él, los dolores que sufrimos juntos, las guerras, las olas penosas.
Y ella estaba allí.
Briseida dormía a mi lado.
La primera noche después de la pira volví a la tienda y la encontré en mi lecho, despierta, desnuda bajo la manta, y me tumbé junto a ella sin decir nada. Y así cada noche.
A veces me tomaba ella. Sin una palabra.
Se me subía encima en la oscuridad con el cabello suelto cayéndome sobre la cara, como una cortina que nos escondía del mundo, y me sujetaba las muñecas contra las pieles con sus manos pequeñas, y yo la dejaba.
Se movía sobre mí con los ojos cerrados y los dientes apretados, buscando algo que no era yo, o que era yo y no quería admitirlo.
Le gustaba hacerlo después de que volviera de arrastrar a Héctor, con el polvo del carro todavía en la piel.
Me lamía la sal del cuello. Me mordía la boca hasta hacerla sangrar.
Cuando se deshacía encima de mí, temblando, siempre decía lo mismo, muy bajo, en su lengua, y yo nunca le pregunté qué significaba.
Otras noches solo me acariciaba los trasquilones, la nuca. O me quedaba con la cabeza en su vientre, oyéndola respirar, y ella me pasaba los dedos por la espalda, por las marcas que me había dejado con las uñas, una por una, como quien cuenta las cuentas de un collar.
Una noche le pregunté por Lirneso.
No sé por qué. Estábamos a oscuras. Héctor seguía tirado en el polvo, a la entrada de la tienda. Se oía el mar.
—Háblame de tu hermano —le dije—. El del patio.
Noté cómo se ponía rígida.
—¿Lo recuerdas?
—Lo recuerdo. Llevaba la lanza de tu padre. Le venía larga. —Me quedé callado un momento—. Lo recuerdo desde el río. Maté a un hijo de Príamo que se llamaba igual. Licaón. Me suplicó. No tuve piedad.
Ella no dijo nada durante mucho tiempo.
—Le gustaban los higos —dijo al fin. Su voz era muy baja—. Se subía a la higuera del patio para cogerlos y mi madre le gritaba que se iba a caer. Una vez se cayó. Se rompió un brazo. Lloró tres días y luego volvió a subirse.
—¿Cuántos años tenía?
—Catorce.
Me quedé mirando la oscuridad.
—Briseida.
—¿Qué?
Iba a decirle algo. No sé qué. Que lo sentía.
Que no lo sentía. Que si volviera a aquel patio volvería a hacer lo mismo.
Que me había convertido en lo que era antes de conocerla y que no sabía ser otra cosa.
Que la amaba. Que me odiaba a mí mismo por amarla, porque amarla me hacía débil, porque Patroclo había muerto mientras yo miraba la tienda de Agamenón por las noches como un perro.
No le dije nada.
Ella se incorporó en el lecho. La vi recortada contra la luz del brasero. Le brillaban las mejillas.
—Aquiles —me dijo—. Hay algo que tengo que decirte.
La voz le temblaba. Le temblaban las manos. Las apretaba contra el pecho para sujetar algo que pugnaba por salir.
Y en ese instante oí ruido fuera.
Ruedas. Unas ruedas sobre la arena. El paso lento de unas mulas. Y luego, nada.
Los centinelas no habían dado la alarma. Los perros no habían ladrado. Nadie había gritado. Era imposible que alguien hubiera atravesado el campamento entero, el muro, la zanja, todas las filas de centinelas, sin que nadie lo viera.
Y sin embargo, alguien estaba en la puerta del recinto.
Me levanté. Me puse la túnica. Briseida se quedó en el lecho, inmóvil, con las manos contra el pecho.
La puerta del recinto de los mirmidones tenía un cerrojo de abeto tan grande que hacían falta tres hombres para correrlo. Yo lo corría solo.
Estaba abierto.
Y en el umbral de mi tienda, a la luz del brasero, había un viejo.
Un anciano de barba blanca, encorvado, con un manto oscuro cubierto de ceniza. Las manos le temblaban. Tenía la cara arrasada de lágrimas.
Lo reconocí al instante. Lo había visto muchas veces, desde lejos, en lo alto de la muralla, agitando los brazos. Lo había visto esa misma mañana, en la torre, mientras arrastraba a su hijo.
Príamo.
El rey de Troya cayó de rodillas delante de mí, me abrazó las piernas y me besó las manos.
Las manos terribles, homicidas, que le habían matado tantos hijos.