Cautiva de Aquiles XVII. El carro
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XVII. El carro

Helena

Lo vi morir desde la ventana de mi alcoba, con el peine todavía en la mano.

Me estaba peinando. Eso es lo que hacía yo mientras Héctor corría alrededor de la ciudad por tercera vez.

Peinarme. Paris me había pedido que me arreglara para la cena, que quería verme peinada con la redecilla de oro, y yo me senté frente al espejo de bronce porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.

Las mujeres de la ciudad estaban en las murallas. A mí no me dejaban subir. Hécuba lo había prohibido.

Pero desde mi ventana, en lo alto de la acrópolis, se veía la llanura. Y las fuentes del Escamandro.

Vi a Héctor detenerse. Vi cómo se volvía hacia algo que había a su lado, un hombre, o una sombra, y le hablaba. Vi cómo luego se volvía otra vez y ya no había nadie. Vi cómo sacaba la espada y se lanzaba, solo, como un loco, contra el hombre de la armadura brillante.

Vi la lanza.

El peine se me cayó al suelo. Se partió en dos. Era de marfil, un regalo de Menelao el día de nuestra boda. Lo había traído de Esparta sin darme cuenta, entre mis cosas, y lo había usado cada mañana durante diez años.

No lo recogí.

Lo que vino después no debería haberlo visto nadie.

Aquiles le arrancó a Héctor la armadura. Su propia armadura, la que le había quitado a Patroclo. La arrancó pieza por pieza, sin cuidado, como se despelleja un animal. Los aqueos que habían venido corriendo detrás de él rodearon el cadáver desnudo y lo miraron.

Lo miraban con admiración. Lo vi en sus gestos. Se acercaban, se inclinaban sobre él, comentaban su estatura, su belleza, la anchura de sus hombros. Se decían unos a otros que era más blando de tocar que cuando incendiaba las naves.

Y luego, uno por uno, le clavaban la lanza.

Todos. Cada uno de los que se acercaba. Le clavaban la lanza en el cuerpo muerto y se reían. Uno le pisó la cara. Otro le escupió.

Yo apreté las manos contra el alféizar hasta que me sangraron los nudillos.

Aquiles hizo lo que hizo.

Con un cuchillo, le perforó los tendones de los pies.

Por detrás, entre el talón y el tobillo.

En los dos pies. Pasó por los agujeros unas correas de cuero de buey y las ató a la parte de atrás de su carro.

La cabeza de Héctor quedó arrastrando por el suelo, con el pelo oscuro extendido sobre el polvo.

Subió al carro. Levantó las armas en alto, para que las vieran desde la muralla. Fustigó a los caballos.

Y arrastró a Héctor.

Lo arrastró por la llanura, al pie de las murallas, delante de su padre, de su madre, de su ciudad.

El polvo se levantaba alrededor de su cabeza.

Su rostro, tan hermoso, tan triste, que tantas veces había visto inclinarse hacia mí en la escalera de la muralla, se cubría de tierra.

Se golpeaba contra las piedras. Rebotaba.

Zeus se lo había entregado a sus enemigos para que lo ultrajaran en su propia patria.

Oí el grito de Hécuba.

Sonó en la muralla y se extendió por toda la ciudad como una grieta en un vaso de barro. Detrás vino el de Príamo, ronco, desgarrado. Luego el de todas las mujeres. Luego el de todos los hombres.

Toda Troya gritaba. Era como si la ciudad entera, de arriba abajo, estuviera ardiendo.

Y en medio de todos los gritos, oí uno más.

Venía de abajo, de la calle. Una mujer corría por la calle principal hacia la torre, con el pelo suelto, el velo arrancado, los pies descalzos. Corría como una ménade. Como una loca. La gente se apartaba.

Andrómaca.

La vi subir a la torre, abrirse paso entre la multitud, llegar al parapeto. Asomarse.

Y la vi caer.

Cayó hacia atrás, como un tronco cortado. Se le cayeron de la cabeza las cintas brillantes, la diadema, la redecilla, el cordón trenzado, y el velo que le había regalado Afrodita el día que Héctor la sacó de la casa de Eetión, después de darle una dote inmensa.

Las cuñadas la rodearon. La sujetaron. La sacudieron.

Yo no podía bajar. Yo no podía estar allí. Mi presencia en esa torre habría sido un insulto más.

Me quedé en la ventana.

Héctor nunca me dijo una palabra amarga.

Eso es lo que pienso ahora, sentada en el suelo de mi alcoba, con el peine roto entre las manos.

En diez años, Héctor nunca me reprochó nada.

Los demás sí. Sus hermanos, sus cuñadas, su madre.

Las mujeres de la ciudad me escupían a mi paso; los ancianos me miraban con ese odio blando de los viejos.

Pero cuando alguno de ellos me insultaba en su presencia, Héctor lo detenía con palabras suaves y con su manera de ser, también suave.

Y subía conmigo a la muralla. De noche, cuando no nos veía nadie.

Nunca me tocó. Ni una vez. Ni la mano. Se quedaba a mi lado, en el parapeto, mirando las hogueras de los aqueos, y hablábamos. De su hijo. De Esparta. De los caballos. De cómo se ve el mar de noche desde Troya. Hablábamos como hablan dos personas que no tienen nada que pedirse.

Nunca supe lo que sentía por mí. Nunca supe lo que sentía yo por él. Lo que sé es que esas noches en la muralla fueron lo único limpio que tuve en diez años. Y que se acabaron.

Aquella noche en la muralla, cuando le dije que quería que alguien me preguntara lo que quería, me marché antes de oír su respuesta.

Pero al día siguiente vino a casa a sacar a Paris de mi alcoba para devolverlo a la batalla, y en la puerta, mientras su hermano se ataba las grebas, me cogió la muñeca, muy suave, y me dijo:

—Te lo pregunto yo. ¿Qué quieres, Helena?

Y yo no supe responder. Me solté y bajé la escalera. Llevaba diez años sin saber responder a esa pregunta.

Ahora lo sé.

Quería que él viviera.

Paris entró en la alcoba al anochecer.

Venía de la muralla. Traía los párpados hinchados, no sé si de llorar o del humo de los sacrificios. Se sentó en el lecho. No dijo nada durante mucho tiempo.

Luego se levantó, fue al arcón donde guardaba las armas y sacó el arco.

Era un arco hermoso, de cuerno de cabra montés, curvo, con las puntas de oro. Lo había hecho un artesano de Licia. Paris lo cogió con las dos manos y se quedó mirándolo.

—Me lo dijo antes de morir —dijo de pronto—. Lo han oído los centinelas. Héctor se lo dijo a Aquiles. Que moriría en las puertas Esceas. Por Apolo. Y por mí.

Me miró. Por primera vez en diez años, mi marido me miró sin sonreír. Tenía una expresión que no le había visto nunca. Grave. Adulta. Casi la de su hermano.

—Por mí, Helena —repitió—. ¿Te das cuenta? Héctor ha profetizado que lo vengaré yo. El cobarde. El de la cara bonita. El arquero que se esconde detrás de las columnas.

Sacó una flecha del carcaj. La giró entre los dedos. La punta era de bronce, de tres filos.

—Siempre has creído que no sirvo para nada —me dijo—. Tú y él. Y mi padre. Y toda la ciudad.

No respondí. Era verdad.

Paris tensó el arco hasta la oreja. Apuntó hacia la ventana, hacia la llanura oscura, hacia las hogueras lejanas de las naves de los mirmidones, donde a esas horas, decían, Aquiles bañaba el cadáver de Patroclo en lágrimas y arrojaba el de Héctor al polvo, junto al lecho de su amigo.

Soltó la cuerda. Sin flecha. Vibró con un sonido agudo, como una golondrina.

—Ahora me toca a mí —dijo.