Cautiva de Aquiles XVI. Las tres vueltas
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XVI. Las tres vueltas

Héctor

Mientras lo veía acercarse, pensé en quitarme la armadura.

Lo consideré en serio, con todo detalle, como se planea lo que uno no va a hacer.

Dejar en el suelo el escudo, el casco, la lanza.

Apoyarlo todo en la muralla. Salir a su encuentro desnudo de armas, con las manos abiertas, y decirle: Te devolvemos a Helena.

Y todos los tesoros que Paris se llevó de Esparta en las naves cóncavas, que fueron el principio de la discordia.

Y además repartiremos con los aqueos la mitad de todo lo que encierra esta ciudad.

Haré jurar a los ancianos troyanos que no esconderán nada.

Y luego me lo reproché. ¿Por qué me dice esto mi corazón?

Si me acercaba desarmado, no tendría piedad. No me respetaría. Me mataría como a una mujer, desnudo, en cuanto me quitara las armas. No era momento de charlar con él desde una encina o desde una roca, como charlan un muchacho y una muchacha, un muchacho y una muchacha que charlan.

Me di cuenta de que lo había repetido. Un muchacho y una muchacha. Las palabras se me estaban desordenando en la cabeza. Tenía miedo.

Mejor luchar cuanto antes. A ver a quién da la gloria el Olímpico.

Llegó.

Se me acercó como Enialio, el dios de la guerra, el del casco agitado. Blandía sobre el hombro derecho la lanza de fresno del Pelión, terrible. El bronce le brillaba alrededor como el resplandor del fuego encendido o del sol naciente.

Y no tenía mi armadura. La llevaba yo. Él llevaba otra. Una armadura divina, con un escudo en el que estaban pintados el cielo, la tierra, el mar, todas las estrellas. Hefesto se la había forjado en una noche. La vi y comprendí que los dioses habían tomado partido.

Y me temblaron las piernas.

No pude quedarme. Lo juro por mi padre, por mi hijo. Lo intenté. Me había apoyado en la muralla para no caer, había apretado los dientes, había clavado los pies en el suelo. Y cuando lo vi llegar, no aguanté.

Eché a correr.

Dejé las puertas atrás. Huí asustado. El hijo de Peleo se lanzó detrás de mí, confiado en sus pies ligeros.

Como el halcón en los montes, el más veloz de los pájaros, se lanza con facilidad sobre una paloma temblorosa, y ella huye por debajo, y él, de cerca, con gritos agudos, se abalanza una y otra vez, porque su corazón le manda cogerla.

Corrimos alrededor de la ciudad.

Pasamos junto a la atalaya y la higuera batida por el viento, por el camino de los carros, siempre al pie de la muralla.

Llegamos a las dos fuentes de aguas hermosas, donde brotan los dos manantiales del Escamandro, el remolinado.

Una corre de agua tibia, y alrededor de ella sube el humo como de un fuego encendido.

La otra mana en verano fría como el granizo, o la nieve helada, o el agua congelada.

Allí, junto a esas fuentes, hay unos lavaderos de piedra, anchos, hermosos. Allí lavaban sus vestidos brillantes las esposas y las hijas de los troyanos, antes, en tiempos de paz, antes de que llegaran los aqueos.

Andrómaca lavaba allí. La recordé. Recién casada, con las mangas recogidas y los brazos mojados hasta el codo, riéndose con las otras mujeres. Yo bajaba a verla desde la muralla. Le salpicaba agua. Ella me tiraba un paño mojado a la cara.

Pasé corriendo junto a los lavaderos. Él detrás.

En los juegos, los corredores se disputan un buey o una piel de buey. Nosotros nos disputábamos la vida de Héctor, el domador de caballos.

Tres vueltas dimos.

Tres veces alrededor de la ciudad de Príamo. Y los dioses miraban.

Cada vez que intentaba acercarme a la puerta Escea, a las torres bien construidas, para que los míos me protegieran desde arriba con sus flechas, él se me adelantaba, me cortaba el paso, me apartaba hacia la llanura.

Como en un sueño en que uno no puede alcanzar al que huye, ni el que huye puede escapar del que lo persigue.

Así él no podía alcanzarme con sus pies. Ni yo escapar.

Y me ahogaba. Me ardían los pulmones. La armadura de Aquiles me pesaba como una montaña. El sudor me cegaba.

A la cuarta vuelta, junto a las fuentes, vi a mi hermano.

Deífobo. Estaba a mi lado, de pronto, con su armadura y su lanza. Me puso una mano en el hombro.

—Hermano querido —me dijo—. Ese hombre te está acosando mucho, persiguiéndote alrededor de la ciudad de Príamo con sus pies veloces. Quedémonos. Esperémoslo y rechacémoslo juntos.

Me fijé bien. Era Deífobo. Era mi hermano, el más querido de los hijos de Hécuba después de mí.

—Deífobo —le dije, y se me rompió la voz—. Antes eras el más querido de mis hermanos. Pero ahora te honraré todavía más en mi corazón. Te has atrevido a salir de la muralla por mí, al verme en peligro, mientras los demás se quedan dentro.

—Nuestro padre y nuestra madre me suplicaban, abrazados a mis rodillas, uno tras otro, que me quedara —me dijo—.

Así de grande es el miedo que tienen todos.

Pero a mí se me rompía el corazón de pena.

Luchemos ahora de frente. Que no se ahorren lanzas.

A ver si Aquiles nos mata a los dos y se lleva nuestros despojos a las naves cóncavas, o si cae bajo tu lanza.

Me di la vuelta.

Con mi hermano al lado, me di la vuelta. Y me planté frente a Aquiles.

Nos miramos.

De cerca era distinto. De cerca era un hombre. Joven, más joven que yo, sucio de polvo, con los ojos grises y un corte reciente en la ceja. Tenía el pelo rubio cortado a trasquilones.

Tenía lo mismo que yo había visto en mi propio reflejo, en el espejo de bronce, al amanecer. Un agotamiento sin fondo.

—No huiré más de ti, hijo de Peleo —le dije—.

Tres veces he dado la vuelta a la gran ciudad de Príamo y no me he atrevido a esperarte.

Ahora el corazón me manda quedarme. Te mataré o me matarás.

Pero pongamos a los dioses por testigos, que son los mejores.

Si Zeus me da la victoria, no te ultrajaré.

Te quitaré las armas y devolveré tu cadáver a los aqueos. Haz tú lo mismo.

Me miró con desprecio.

—Héctor. No me hables de pactos, maldito.

Igual que no hay pactos de fe entre los leones y los hombres, ni los lobos y los corderos tienen el corazón de acuerdo, sino que piensan siempre el mal unos contra otros, así no es posible que tú y yo seamos amigos.

Ni habrá juramentos entre nosotros hasta que uno de los dos caiga y sacie de sangre a Ares, el guerrero del escudo de piel de toro.

Acuérdate de todo tu valor. Ahora sí que tienes que ser un buen lancero y un guerrero audaz.

Ya no hay escapatoria. Palas Atenea te derribará con mi lanza.

Ahora pagarás todos los dolores de mis compañeros, a los que mataste furioso con tu lanza.

Y me lanzó la lanza.

La vi venir. Me agaché. Me pasó por encima, y se clavó en la tierra detrás de mí.

No vi lo que pasó después. Que la lanza volvía a su mano. Que alguien se la devolvía.

Le lancé la mía. Le di en medio del escudo. Rebotó.

Me volví hacia Deífobo para pedirle otra lanza.

Y Deífobo no estaba.

No había nadie a mi lado. Nunca lo había habido. Solo el aire, y las fuentes humeantes, y los lavaderos de piedra.

Lo comprendí todo.

—Ay —dije en voz alta—. Los dioses me llaman a la muerte.

Creía que Deífobo estaba a mi lado. Pero está dentro de la muralla.

Atenea me ha engañado. Ahora está junto a mí la muerte cruel.

No está lejos. No hay escapatoria. Así lo quisieron hace tiempo Zeus y su hijo, el que hiere de lejos, que antes me protegían de buena gana. Ahora me alcanza el destino.

Saqué la espada.

—Que no muera sin lucha y sin gloria. Que haga algo grande, para que lo sepan los que vengan después.

Y me lancé contra él.

Como un águila que vuela alto y se arroja sobre la llanura desde las nubes oscuras, para arrebatar un cordero tierno o una liebre agazapada. Así me lancé.

Y él vino hacia mí.

Llevaba mi armadura. La suya. La que yo le había quitado a Patroclo.

Y él la conocía. Conocía cada pieza, cada correa, cada hueco. Sabía exactamente dónde no protegía.

En la garganta. Donde la clavícula separa el cuello del hombro. El sitio por donde se escapa la vida más deprisa.

La lanza me entró por allí.

No me cortó la tráquea. Lo hizo a propósito, creo. Para que pudiera hablar. Para que pudiera oírlo.

Caí en el polvo.

Y él se quedó de pie sobre mí, enorme, tapando el sol.

—Héctor. Creías, mientras despojabas a Patroclo, que ibas a quedar a salvo.

Y no te acordabas de mí, que estaba lejos.

Insensato. Junto a las naves cóncavas había un vengador, mucho más fuerte que él.

Yo, que te he quebrado las rodillas. A ti te despedazarán ignominiosamente los perros y las aves. A él le harán exequias los aqueos.

No podía moverme. Notaba la sangre caliente saliéndome por el cuello, empapándome el pecho por dentro de la coraza.

—Te lo suplico —le dije. Apenas me salía la voz—.

Por tu vida, por tus rodillas, por tus padres.

No dejes que los perros me devoren junto a las naves de los aqueos.

Acepta el bronce y el oro en abundancia, los regalos que te darán mi padre y mi venerable madre.

Devuelve mi cuerpo a casa, para que los troyanos y las esposas de los troyanos me den mi parte del fuego, cuando haya muerto.

Me miró torvo.

—No me supliques, perro. Ni por mis rodillas ni por mis padres.

Ojalá la furia y el corazón me impulsaran a mí mismo a cortar tu carne en pedazos y a comérmela cruda, por lo que me has hecho.

No hay nadie que pueda apartar de tu cabeza a los perros.

Ni aunque me trajeran diez o veinte veces tu rescate, y me prometieran más.

Ni aunque Príamo, el Dardánida, mandara pesar tu cuerpo en oro.

Ni siquiera así te pondrá tu madre venerable en un lecho para llorar al hijo que parió.

Los perros y las aves te devorarán entero.

Cerré los ojos.

Pensé en Andrómaca, en los lavaderos, con los brazos mojados. En el baño caliente que habría mandado preparar. Conocía a mi mujer. Lo habría mandado preparar.

—Bien te conozco —le dije a Aquiles, con los párpados cerrados—.

Ya veía yo que no iba a convencerte. Tienes en el pecho un corazón de hierro.

Pero ten cuidado, no vaya a ser yo para ti causa de la cólera de los dioses.

El día en que Paris y Febo Apolo, aunque seas valiente, te maten junto a las puertas Esceas.

Abrí los ojos.

Le vi la cara. Por un instante, nada más, algo pasó por ella. Una sombra.

Paris. Mi hermano. El arquero. El que mataba desde lejos, desde detrás de una columna.

Qué cosa tan extraña. Que fuera a vengarme Paris.

Quise reírme. Pero todo se oscureció.