XV. El telar
Andrómaca
Las puertas se cerraron y mi marido se quedó fuera. Me lo dijo una de las esclavas, una muchacha frigia que había subido a la azotea a tender ropa y bajó corriendo, con la cesta vacía, sin aliento. Venía blanca como la cal. No le salían las palabras. Le tuve que dar una bofetada para que hablara.
Y habló.
Que todos los troyanos habían entrado ya, como cervatillos, con la piel empapada en sudor, bebiendo en las fuentes, apoyados en los parapetos.
Que Aquiles venía por la llanura, brillando como la estrella del otoño, la que llaman el Perro de Orión, la más brillante y la más funesta, la que trae la fiebre a los hombres.
Y que Héctor estaba delante de la puerta Escea, solo, esperándolo.
Dejé el niño en brazos de la nodriza.
No recuerdo haber bajado la escalera. No recuerdo la calle, ni la plaza, ni la escalinata de la torre.
Recuerdo que tenía los pies descalzos, y que me corté con algo, una piedra o un trozo de cerámica, y que no me dolió.
Recuerdo que la gente se apartaba al verme, y que una vieja de la ciudad baja escupió en el suelo al paso de la esposa del príncipe, y que no me importó.
Subí a la torre.
Príamo estaba allí. Se había arrancado los cabellos blancos con las manos y los tenía a los pies, en mechones, como lana de oveja esquilada. Lloraba. Gritaba. Le tendía los brazos a su hijo por encima del parapeto.
—¡Héctor! ¡Hijo querido! No esperes a ese hombre tú solo, lejos de los demás, no sea que encuentres tu destino muerto por el hijo de Peleo, que es mucho más fuerte que tú.
¡Cruel! ¡Ojalá los dioses lo quisieran tanto como yo!
Pronto lo comerían los perros y los buitres.
Me ha dejado sin muchos hijos, y buenos, matándolos o vendiéndolos en islas lejanas.
Entra, hijo, para salvar a los troyanos y a las troyanas.
No le des esa gloria al hijo de Peleo. Ten piedad de mí, desdichado, que aún tengo el sentido.
Al que el padre Zeus hará perecer en el umbral de la vejez con un destino terrible, después de ver muchos males: a mis hijos muertos, a mis hijas arrastradas, a mis nueras arrancadas por las manos crueles de los aqueos.
Me miró al decir eso. A mí. Mis nueras arrancadas.
Y siguió, cada vez más bajo, con una voz rota, de pordiosero.
—Y a mí, el último, los perros carniceros me despedazarán en la puerta de mi casa.
Los mismos perros que crié en mi palacio, que alimenté en mi mesa para que guardaran mis puertas.
Beberán mi sangre, enloquecidos, y luego se tumbarán en el vestíbulo.
Al joven le está bien todo. Muerto en la guerra, despedazado por el bronce agudo, todo lo que se ve de él es hermoso.
Pero cuando los perros profanan la cabeza blanca y la barba blanca y las vergüenzas de un viejo asesinado, eso es lo más lamentable para los míseros mortales.
Hécuba llegó detrás de mí. Se abrió el vestido. Se sacó un pecho, viejo, arrugado, y se lo mostró a su hijo por encima de la muralla.
—¡Héctor, hijo mío! Respeta esto. Ten piedad de mí.
Si alguna vez te di el pecho que hace olvidar las penas, acuérdate de eso.
Entra. Rechaza a ese hombre desde dentro de las murallas.
No te quedes ahí. Si te mata, ni yo te lloraré en un lecho, ni tu esposa, la de ricos regalos de boda.
Lejos de nosotras, junto a las naves de los argivos, te comerán los perros veloces.
Los miré a los dos. Al viejo rey con mechones blancos a los pies. A la reina con el pecho al aire. Delante de todos los ancianos de la ciudad, delante de los guardias, de las esclavas, de los dioses.
Y me asomé.
Abajo, junto a la puerta, Héctor se había apoyado en la muralla. Con el escudo apoyado en el saliente de la torre. Con la armadura de Aquiles, que no le conocía. Brillaba como no lo había visto brillar nunca.
No se movía.
No miraba a su padre. No miraba a su madre. Miraba la llanura, por donde se acercaba una nube de polvo.
—¡Héctor!
Grité su nombre. Me salió de lo más hondo del vientre, de donde había nacido su hijo.
Y él levantó la cabeza.
Me vio. Sé que me vio. Nos miramos durante un instante, a través de la altura de la muralla, a través del aire claro de la tarde. Yo arriba, descalza, despeinada, con los pies sangrando. Él abajo, con el casco de otro hombre y la cara de mi marido.
Le vi los ojos. Cansados. Muy cansados.
Y bajó la cabeza.
No me hizo ninguna señal. No levantó la mano. No dijo mi nombre. Bajó la cabeza y volvió a mirar la llanura. Me había borrado. O no soportaba verme.
Lo entendí todo de golpe.
No podía entrar. La noche anterior, Polidamante le había aconsejado que retirara al ejército a la ciudad antes de que Aquiles volviera a la lucha, y él no le hizo caso.
Había dejado a los troyanos en la llanura, había perdido a cientos.
Si entraba ahora, Polidamante sería el primero en cubrirlo de reproches.
Y alguno de los troyanos, alguno peor que él, diría: Héctor, confiado en su fuerza, perdió al ejército.
Prefería morir.
Prefería morir antes que oír eso. Prefería dejarme viuda, dejar huérfano a su hijo, dejar a su padre a merced de los perros, antes que soportar la vergüenza.
Lo odié.
Lo odié en ese instante. Por esa elección, por ese orgullo de hombre, por esa gloria que le importaba más que yo. Y lo amé al mismo tiempo, con la misma fuerza, porque era Héctor y no habría sabido ser otro.
Hécuba me cogió del brazo.
—Llévatela a casa —le dijo a una de las esclavas—. No tiene que ver esto.
Me resistí. Me agarré al parapeto. Me arranqué de sus manos. Hicieron falta tres mujeres para bajarme de la torre.
Me llevaron a casa.
Me sentaron frente al telar. Me pusieron la lanzadera en la mano. Me dijeron que tejiera, que tejiera, que no pensara. Que los dioses salvarían a Héctor. Que lo habían salvado tantas veces.
Estaba tejiendo un manto doble, de púrpura, con flores de muchos colores bordadas en la tela. Lo había empezado en primavera para regalárselo a Héctor en la fiesta de Apolo. Llevaba lunas con él. Cada flor me había costado días.
Tejí.
Metí la lanzadera entre los hilos y la saqué por el otro lado. La volví a meter. Apreté la trama con el peine. El ruido de la madera contra la madera me llenaba los oídos. Clac. Clac. Clac. Como pasos.
Llamé a las esclavas.
—Poned un trípode grande al fuego —les dije—. Calentad agua. Que tenga un baño caliente cuando vuelva de la batalla.
Las esclavas se miraron. No dijeron nada. Fueron a hacer lo que les había ordenado.
Oí cómo encendían el fuego en el patio. Cómo llenaban el caldero. Cómo el agua empezaba a calentarse con ese murmullo suave que hace antes de hervir.
Y seguí tejiendo.
Una flor roja. Una flor azul. El borde de una hoja.
No pensé en Aquiles. No pensé en la llanura. No pensé en Héctor bajando la cabeza. Pensé en el agua. En el agua caliente, en el baño, en Héctor metiéndose en el agua y suspirando, como suspiraba siempre, con los ojos cerrados. En mis manos lavándole la espalda. En el olor de su pelo mojado.
Me aferré a esa imagen con todas mis fuerzas, por si pensarla bastaba para que fuera verdad.
Y el agua se calentaba en el patio.
Y yo tejía.
Y a lo lejos, muy lejos, más allá de las murallas, empezó a oírse un ruido. Un ruido de pasos rápidos. De muchos pasos. Alguien corría. Dos hombres corrían, muy deprisa, alrededor de la ciudad.
No dejé de tejer.
Una flor roja.
Una flor azul.