Cautiva de Aquiles XIV. El río
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XIV. El río

Aquiles

El muchacho se llamaba Licaón. Lo supe porque me lo dijo él mismo, de rodillas, abrazado a mis piernas, con las mejillas mojadas pegadas a mis grebas nuevas.

Era hijo de Príamo y de Laótoe. Yo ya lo conocía.

Lo había capturado años atrás, una noche, en el huerto de su padre, cortando ramas de higuera para hacer las barandillas de un carro.

Lo vendí en Lemnos. Alguien lo rescató, lo trajo de vuelta, y llevaba solo once días en Troya, disfrutando de los suyos, cuando el destino lo puso otra vez en mis manos.

Once días.

—Te abrazo las rodillas, Aquiles —me decía—.

Respétame. Ten piedad de mí. Soy tu suplicante.

Contigo comí el pan de Deméter el día que me capturaste en el huerto.

Me vendiste lejos, en la sagrada Lemnos, y te di cien bueyes de beneficio.

Ahora me he rescatado por el triple. No me mates.

No soy hermano de Héctor de la misma madre, el que mató a tu compañero, tan amable y tan fuerte.

Tenía catorce años. Quizá quince.

Licaón. Como el hermano de Briseida. El muchacho de la lanza demasiado larga, en el patio de Lirneso.

Me acordé de su cara. De la sorpresa infantil, la boca abierta. De cómo limpié la espada en su túnica, un lado y luego el otro. Había matado a tantos que creía haberlos olvidado a todos. Y de pronto los tenía delante, uno detrás de otro, en fila, como las mujeres atadas en la playa.

—Insensato —le dije al hijo de Príamo—. No me hables de rescates.

Antes de que Patroclo llegara al día fatal, me gustaba perdonar a los troyanos.

Capturé a muchos vivos y los vendí. Pero ahora no hay ninguno que escape a la muerte, de todos los que un dios ponga en mis manos delante de Ilión.

Ninguno de los troyanos. Y menos los hijos de Príamo.

Me incliné hacia él. Le hablé muy bajo, casi con ternura.

—Muere tú también, amigo. ¿Por qué lloras así?

También murió Patroclo, que era mucho mejor que tú.

¿No ves cómo soy yo, qué hermoso, qué grande?

Mi padre es un hombre noble y una diosa me parió.

Y aun así, también sobre mí están la muerte y el destino poderoso.

Llegará una mañana, o una tarde, o un mediodía, en que alguien me quite la vida en la guerra. Con una lanza o con una flecha.

Se le aflojaron las rodillas al oírme. Soltó mi lanza. Se sentó en la tierra con los brazos abiertos.

Le clavé la espada en la clavícula, junto al cuello. Le entró entera, hasta la empuñadura.

Cayó de bruces. La sangre empapó la tierra.

Lo cogí de un pie y lo arrojé al río.

—Ahí te quedas, con los peces. Que te laman la sangre de la herida. Tu madre no te pondrá en un lecho para llorarte. Te llevará el Escamandro, que gira en remolinos, hasta el ancho seno del mar.

No sé cuántos maté ese día.

No los contaba. Los cantores los contarán por mí, con nombres y padres y patrias, inventando la mitad. Yo solo recuerdo el ruido. Y el olor. Y el río.

Empujé a los troyanos hacia el Escamandro.

La mitad huyó por la llanura hacia la ciudad.

La otra mitad se arrojó al agua, como langostas que huyen del fuego.

Me metí detrás de ellos. Dejé la lanza apoyada en un tamarisco de la orilla y entré en el río con la espada sola, como un dios terrible, y maté.

Maté a izquierda y derecha. El agua se puso roja.

Los troyanos se escondían bajo los barrancos de la orilla, temblando, como peces pequeños que huyen de un delfín y se meten en los recovecos de un puerto.

Los sacaba de allí por los tobillos. A uno le abrí el vientre de un tajo y se le salieron las tripas al agua, grises, enredándose en las raíces como algas, y siguió gritando un rato mientras intentaba metérselas dentro con las dos manos.

A otro le corté los brazos a la altura del codo cuando los levantó para cubrirse la cara, y se quedó mirándose los muñones.

Un tercero me suplicó en mi lengua, con acento de Lesbos; había servido en las naves de mi padre de muchacho, me dijo.

Le metí la espada por la boca abierta. El agua me llegaba a la cintura y estaba caliente.

Eso recuerdo. Que el río estaba caliente.

Cuando se me cansaron los brazos de matar, saqué del río a doce muchachos vivos.

Doce. Jóvenes, sin barba casi. Les até las manos a la espalda con sus propios cinturones de cuero y se los entregué a mis hombres para que los llevaran a las naves.

Eran para Patroclo. Para su pira.

No diré que lo pensé mucho. No lo pensé nada. Era lo que había que hacer, me parecía, como se sacrifican bueyes y ovejas en los funerales de un rey. Yo había decidido que Patroclo sería enterrado como un rey, con sangre troyana, con doce vidas troyanas, para que en el Hades lo sirvieran.

Ahora, cuando lo recuerdo, me doy cuenta de lo que era. Entonces solo era un número.

El río se levantó contra mí.

Los cantores lo contarán a su manera. Yo lo cuento como lo viví.

El Escamandro estaba lleno de cadáveres. Tantos que el agua ya no corría. Se atascaba entre los cuerpos, se estancaba, rebosaba por las orillas. Y habló. Con voz humana, desde un remolino profundo.

Aquiles. Eres el más fuerte de los hombres, pero el más malvado también.

Los dioses te ayudan siempre. Si el hijo de Crono te ha concedido matar a todos los troyanos, échalos al menos lejos de mí.

Mata en la llanura. Tengo el cauce lleno de cadáveres.

No puedo verter mis aguas al mar divino.

Tú matas sin piedad. Déjalo ya. Me horrorizas.

Me horrorizas. Un río me lo dijo. Un dios.

No le hice caso.

Y el río se alzó. Una ola enorme, con espuma y sangre y cuerpos, se me vino encima.

Me golpeó el escudo. Me arrancó los pies del fondo.

Me agarré a un olmo de la orilla, grande, frondoso, y el olmo se arrancó de raíz y cayó al agua, arrastrando la tierra del barranco.

Salí corriendo por la llanura, con el agua detrás, y el agua corría más que yo.

Corría como corre el agua de una acequia cuando el hortelano quita la piedra, y arrastra los guijarros, y se adelanta al hombre que la guía.

Me alcanzaba siempre. Una y otra vez. Me golpeaba las rodillas. Me tumbaba. Me arrancaba la tierra de debajo de los pies.

Y recé. Recé por primera vez en mucho tiempo con miedo de verdad.

—¡Zeus padre! ¿Ningún dios se compadecerá de mí para salvarme del río?

Después ya sufriré lo que sea. Ninguno de los dioses del cielo tiene tanta culpa como mi madre, que me engañó con mentiras.

Me dijo que moriría bajo las murallas de Troya, por las flechas veloces de Apolo.

¡Ojalá me hubiera matado Héctor, el mejor de los que aquí se crían!

Habría matado un valiente y despojado a un valiente.

Pero ahora me ha tocado morir de una muerte miserable, atrapado en un gran río, como un niño porquero al que se lleva el torrente cuando intenta cruzarlo en invierno.

Ahogado. Como un porquero. Lejos de la gloria. Lejos de Héctor.

No me importaba morir. Me importaba morir así.

Me salvó el fuego.

Hefesto, el herrero cojo, que había forjado mis armas la noche anterior.

Lo mandó Hera, me dijeron después. Prendió fuego a la llanura, quemó los muertos, quemó los olmos y los sauces y los tamariscos, el loto, los juncos, la juncia.

Las anguilas y los peces se retorcían en el agua hirviendo.

El río ardía. Ardía el agua misma, y el Escamandro gritaba de dolor y suplicaba, y juraba que nunca más ayudaría a los troyanos aunque toda Troya ardiera en el fuego.

Yo estaba en la orilla, empapado, sin aliento, viéndolo hervir.

Lo pensé en frío. Así es la guerra entre los dioses. Igual que entre los hombres. Uno quema al otro hasta que suplica.

Y me reí.

Los troyanos huían hacia la ciudad.

Príamo había mandado abrir las puertas Esceas, de par en par, para que entraran.

Lo vi desde lejos, en lo alto de la torre, un viejo diminuto con la barba blanca, agitando los brazos.

Los troyanos corrían por la llanura como ciervos asustados, cubiertos de polvo, sedientos, muertos de miedo, y se metían por la puerta en tropel, empujándose, pisándose.

Yo corría detrás. Los pies me volaban. Tenía delante el brillo de la ciudad y en los oídos el golpeteo del pulso.

Estaba a punto de alcanzar la puerta cuando Apolo me engañó.

Tomó la forma de Agénor, un troyano, y me hizo perseguirlo por los trigales, hacia el río, lejos de la puerta. Corrí detrás de él mucho tiempo. Lo tenía siempre a un paso, a un palmo, y no lo alcanzaba nunca. Cuando por fin se volvió, me clavó una mirada inmortal, sin fondo.

—¿Por qué me persigues, hijo de Peleo, con tus pies veloces, siendo tú mortal y yo un dios inmortal? Todavía no te has dado cuenta de que soy un dios. Y mientras, los troyanos que huían se han puesto a salvo en la ciudad.

Grité de rabia. Le dije que si tuviera poder me vengaría de él. Que era el más funesto de los dioses.

Y me volví hacia la ciudad.

Las puertas se estaban cerrando. Las vi juntarse con un chirrido de bronce y madera. Los últimos troyanos se colaban por la rendija. Las vi cerrarse del todo. Oí caer los cerrojos.

Pero alguien se había quedado fuera.

Uno solo. De pie delante de la puerta Escea, apoyado en la muralla, con el escudo brillante apoyado en el saliente de una torre.

Llevaba mi armadura.

Llevaba mi armadura, y el penacho de mi casco se agitaba en lo alto, terrible, y el bronce de mi coraza brillaba como el mío.

Héctor.

No había entrado. Estaba solo. Me esperaba.