XIII. El regreso
Briseida
Me devolvieron entre siete trípodes y doce caballos.
Odiseo encabezaba la procesión. Detrás iban los jóvenes de Micenas cargando el botín, los calderos relucientes, los diez talentos de oro en cajas de madera de cedro, las siete mujeres de Lesbos con las cabezas bajas.
Yo iba la octava. Me habían lavado, perfumado y vestido con una túnica nueva, de lino de Egipto, para que me vieran bien.
Formaba parte del pago, igual que los caballos.
Lo había pensado muchas veces en la tienda de Agamenón, cómo sería volver. Me había imaginado entrando en el recinto de los mirmidones, y a él saliendo a recibirme, y a mí escupiéndole otra vez, o abrazándolo, o las dos cosas. Me había imaginado mil formas.
Ninguna se parecía a lo que encontré.
Aquiles estaba sentado en la arena delante de la asamblea, cubierto de ceniza.
Se había echado puñados de polvo negro sobre la cabeza, sobre la cara, sobre el pecho desnudo.
Tenía la melena sucia, apelmazada, con claros donde se la había arrancado a puñados, me dijeron después las mujeres.
No había comido en un día y una noche. Tenía la mirada hundida, roja de no dormir, con una expresión que no le había visto nunca.
Ni en Lirneso, con la espada en el vientre de mi hermano. Ni en la playa, cortando mi cuerda.
Estaba vacío.
Agamenón se puso de pie delante de él, con el brazo todavía vendado, y habló.
Habló mucho. Echó la culpa a Zeus, al destino, a la Erinia que camina en la niebla, a Ate, la diosa de la ceguera, que pasea sobre las cabezas de los hombres sin tocar el suelo.
Dijo que no había sido él. Que había sido la locura.
Aquiles no lo escuchaba. Miraba al frente.
Taltibio trajo un jabalí. Agamenón sacó el cuchillo que llevaba siempre colgado junto a la vaina de la espada, cortó unas cerdas del lomo del animal, alzó las manos a Zeus y juró.
Juró por Zeus, por la Tierra, por el Sol, por las Erinias que bajo tierra castigan a los perjuros.
Juró que nunca había puesto la mano sobre mí, la hija de Briseo, ni por deseo de lecho ni por ninguna otra cosa.
Que había permanecido intacta en sus tiendas.
Dijo eso. Intacta.
Me acordé de sus anillos abriéndome la boca. De sus dedos apretándome la muñeca hasta dormirme la mano. De las cosas que me susurró al oído la noche de la embajada, borracho. De las dos hermanas de Ténedos, que dormían abrazadas con los puños cerrados.
Luego le cortó la garganta al jabalí y Taltibio lo arrojó al mar, para alimento de los peces.
Todo el ejército vio el juramento. Nadie me preguntó nada a mí.
Al entrar en el recinto de los mirmidones vi el cuerpo.
Lo habían tendido en un lecho, en el centro de la tienda, con los pies hacia la puerta. Lo habían lavado con agua caliente, ungido con aceite, rellenado las heridas con un ungüento de nueve años. Lo habían cubierto con una sábana de lino, de la cabeza a los pies, y encima con un manto blanco.
Pero la sábana se había deslizado. Se le veía la cara.
Patroclo.
Me acerqué. Nadie me detuvo. Me arrodillé junto al lecho.
Tenía los ojos cerrados. Alguien le había puesto dos óbolos de plata en los párpados.
La boca, entreabierta, conservaba un rastro de la sonrisa con la que le había hablado a Héctor; me lo contaron los mirmidones que estaban cerca cuando murió.
En el pecho, bajo el manto, se adivinaba la herida grande, la que le abrió Héctor en el vientre.
En la espalda, entre los hombros, tenía otra, la de Euforbo.
Le toqué la mano. Estaba fría. Rígida. Le habían limpiado la sangre, pero en el pliegue de las uñas le quedaba un poco de tierra de la llanura.
Y me eché a gritar.
Grité. Me arañé el pecho, el cuello, las mejillas. Me arranqué el pelo. Me golpeé la frente contra el borde del lecho hasta hacerme sangre.
—¡Patroclo! —le grité—. ¡Patroclo, el más querido para mi desdichado corazón!
Te dejé vivo cuando me fui de esta tienda, y ahora te encuentro muerto, a ti, que mandabas sobre los hombres.
¡Así me persigue la desgracia, una tras otra!
Al hombre al que me entregaron mi padre y mi madre lo vi atravesado por el bronce agudo delante de mi ciudad.
Y a mis tres hermanos queridos, nacidos de la misma madre, a todos les llegó el día fatal.
Y tú no me dejabas llorar cuando el veloz Aquiles mató a mi marido y destruyó la ciudad del divino Mines.
Me decías que me haría su esposa legítima, que me llevaría en las naves a Ftía, que celebraría el banquete de bodas entre los mirmidones.
¡Por eso te lloro ahora, muerto, sin consuelo, a ti que siempre fuiste dulce!
Las otras mujeres lloraban conmigo. Diomeda, Ifis, las cautivas de Lesbos que acababan de llegar. Lloraban por Patroclo, sí. Pero cada una, en el fondo, lloraba por sus propias desgracias. Así lloramos las mujeres en la guerra. Usamos a los muertos de los hombres para llorar a los nuestros.
Yo lloraba por Patroclo. Y por lo que le había dicho en la orilla. Pídele la armadura. A ti nunca te ha sabido decir que no.
Nadie lo sabía. Nadie lo sabría nunca. Me lo juré allí mismo, con la frente abierta contra el lecho.
Aquiles volvió a la tienda de madrugada.
Los reyes habían intentado que comiera. Néstor, Odiseo, Fénix. Se había negado. Había dicho que no probaría bocado hasta que hubiera vengado a Patroclo, que solo tenía hambre de matanza, de sangre y del gemido de los hombres.
Entró solo. Las mujeres se habían ido a dormir a las tiendas de fuera. Yo me había quedado junto al cuerpo, sentada en el suelo, con la espalda contra la pata del lecho.
Se detuvo en la entrada al verme.
Nos miramos. Él, cubierto de ceniza, trasquilado. Yo, con las mejillas en carne viva y la frente partida.
No dijo nada. Se acercó al lecho. Se arrodilló al otro lado, frente a mí, con Patroclo entre los dos. Puso las manos sobre el pecho de su amigo, buscándole el latido.
—Me dijo que le habías hablado —dijo al fin. Su voz era ronca, rota de tanto gritar—. En la orilla. Antes de venir a pedirme las armas. Me dijo que tú le habías dicho que yo no sabría negárselo.
El corazón se me paró.
Levantó la cabeza y me miró por encima del cadáver. En aquel gris vacío asomó algo. Una sospecha. Una pregunta que no se atrevía a formular.
—¿Por qué se lo dijiste?
Podría haberle dicho la verdad. Lo pensé con calma.
Podría haberle respondido así. Porque te odiaba.
Porque juré matarte en la playa de Lirneso y no supe hacerlo con un cuchillo.
Porque sabía que perderlo te mataría más que una lanza.
Habría sido la venganza perfecta. Verle la cara. Verle comprender.
Me mataría allí mismo, sobre el cuerpo de Patroclo. Y yo moriría satisfecha.
Abrí la boca.
—Porque quería que vinieras a por mí —dije.
Era mentira. Era verdad. Ya no sabía distinguirlo.
—Quería que salieras. Que lucharas. Que me sacaras de esa tienda. Y pensé que si Patroclo te lo pedía...
No terminé.
Aquiles me miró mucho tiempo. Luego bajó la vista hacia Patroclo y se le escapó un sonido terrible, mitad sollozo, mitad risa.
Rodeó el lecho. Se arrodilló a mi lado. Me sujetó la cabeza con las dos manos, manchándome de ceniza, y apretó tan fuerte que me dolieron los pómulos.
—Dime que no lo sabías —me dijo—. Dime que no sabías lo que iba a pasar.
Lo miré a los ojos.
—No lo sabía.
Me besó.
Más que besarme, me mordió. Sabía a ceniza y a sal y a sangre, la mía, la de la frente partida, que le resbalaba a él por la barbilla.
Le devolví el mordisco. Le tiré de los mechones que le quedaban hasta hacerle echar la cabeza atrás, y le lamí la garganta, la nuez, el pulso que le golpeaba bajo la mandíbula, y él gruñó como un animal herido.
Me empujó contra el suelo, sobre las pieles, junto al lecho donde yacía el muerto.
No me resistí. Le arranqué yo la túnica.
Tenía el pecho manchado de ceniza, y al pasarle las palmas dejé dos surcos limpios sobre su piel, como si lo desnudara por segunda vez.
Él me rasgó el lino de Egipto de arriba abajo, el que Agamenón había mandado ponerme para entregarme, y lo tiró a un rincón.
Nueve lunas había esperado ese momento. Con terror, primero. Después con otra cosa. Ahora que llegaba, no se parecía a nada de lo que había imaginado en las noches largas.
No hubo ternura. Me abrió los muslos con la rodilla y entró en mí de una sola embestida, y grité, y él me tapó la boca con la mano, y le mordí la palma, y no la apartó.
Me tomó con una violencia desesperada, con toda la rabia de sus muertos y de los míos, y yo le recibí con la misma rabia.
Le clavé las uñas en la espalda, en las medias lunas que le había abierto en la mano la noche de la lona, y le arañé hasta notar la piel abrirse bajo mis dedos.
Arqueé las caderas para tenerlo más hondo.
Le enredé las piernas en la cintura para que no pudiera escaparse. Quería que me doliera. Quería dolerle.
Lo odié con todo el cuerpo, y con todo el cuerpo lo atraje hacia mí, y en algún momento dejé de saber dónde acababa una cosa y empezaba la otra.
El placer me subió desde el vientre como una ola negra, me arrancó un grito que se tragó su mano, me dejó temblando, rota, y aún seguí moviéndome contra él hasta que lo sentí estremecerse entero y derramarse dentro de mí con un sonido ronco, de bestia.
Él lloraba. Lo noté contra mi cuello, mojado, caliente. Había llorado mientras me tomaba, y yo también, y el cuerpo de Patroclo seguía allí, a un palmo de nosotros, con los dos óbolos de plata brillando sobre los párpados.
Cuando terminó, se quedó encima de mí, con la cara hundida en mi pelo, temblando.
—Voy a matarlo —susurró—. A Héctor. Voy a matarlo y voy a arrastrar su cuerpo. Y luego voy a morir. Mi madre me lo ha dicho. Después de Héctor, me toca a mí.
Le acaricié la nuca. No sé por qué.
—Lo sé —le dije.
Y era lo único completamente cierto que le había dicho en toda la noche.
Al amanecer se armó con las armas nuevas.
Las había traído su madre del Olimpo durante la noche, forjadas por Hefesto, el dios cojo.
Las vi brillar a la luz del alba y tuve que apartar la vista.
Brillaban como el sol, como la luna. El escudo era tan grande y estaba tan lleno de imágenes que mareaba mirarlo.
Ciudades en paz y ciudades en guerra, bodas y juicios, campos arados y viñas cargadas, bueyes y leones, danzas de muchachos y muchachas.
Todo el mundo cabía en ese escudo. Alrededor, en el borde, la corriente del océano.
Yo lo ayudé a abrocharse las grebas. Me arrodillé a sus pies y le até las correas. Él me miraba desde arriba, sin decir nada.
Automedonte enganchó los caballos al carro. Janto y Balio. Aquiles subió y tomó la lanza de su padre, la de fresno del Pelión.
Habló el caballo.
Lo oí. Lo juro por todos los dioses. Janto, el caballo de crines doradas, inclinó la cabeza hasta que las crines le rozaron el suelo, y habló con voz humana. Hera le había dado voz. Lo supe más tarde.
—Esta vez te salvaremos, poderoso Aquiles.
Pero está cerca tu día fatal. La culpa será de un gran dios y del destino poderoso.
Los troyanos quitaron las armas a Patroclo porque Apolo, el hijo de Leto, lo mató entre los primeros y dio la gloria a Héctor.
Nuestra lentitud no tuvo nada que ver. Nosotros podríamos correr tanto como el viento Céfiro, que dicen que es el más rápido.
Pero a ti te está destinado morir a manos de un dios y de un hombre.
Aquiles miró al caballo.
—Janto —le dijo, con una calma que daba miedo—. ¿Por qué me profetizas la muerte? No te hace falta. Ya sé que mi destino es morir aquí, lejos de mi padre y de mi madre. Pero no me detendré hasta que haya dado a los troyanos hartura de guerra.
Gritó. Lanzó los caballos.
Y se fue.
Yo me quedé en la puerta de la tienda, con el cuerpo de Patroclo a mi espalda y las marcas de sus dientes en el cuello, viéndolo alejarse hacia la llanura entre el polvo y el brillo del bronce.
Había cumplido mi juramento. Lo había matado.
Solo que todavía no lo sabía él.