Cautiva de Aquiles XII. El hombre del casco brillante
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XII. El hombre del casco brillante

Héctor

Yo creía que era él. Cuando salí por la puerta Escea en mi carro, con Cebríones a las riendas, con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro atrapado, creía que iba a enfrentarme a Aquiles. Que había llegado el día. Que iba a morir.

Apolo me había dicho que saliera. Lo había visto junto a la puerta, con la forma de mi tío Asio, el hermano de mi madre, un hombre joven y fuerte que murió hace años en la otra orilla del río.

Héctor, ¿por qué dejas de luchar? No te conviene.

Lanza tus caballos contra Patroclo. A ver si lo matas y Apolo te da la gloria.

Patroclo, había dicho.

No lo creí. Los dioses mienten. Mi tío Asio estaba muerto. Y el hombre que había matado a Sarpedón, que había escalado tres veces nuestras murallas, que brillaba con el bronce de Aquiles y conducía los caballos inmortales de Aquiles, era Aquiles. Tenía que serlo.

Salí a morir.

Patroclo mató a Cebríones antes de que yo pudiera acercarme.

Con una piedra. Se la lanzó a la frente, y la piedra le reventó las dos cejas, le aplastó el hueso, y los ojos le cayeron en el polvo a los pies del carro.

Mi hermano. Mi medio hermano, hijo bastardo de mi padre, mi auriga, el que me había llevado a la guerra cada mañana durante nueve años.

Cayó del carro como un buceador, de cabeza.

Y Patroclo se rió.

—¡Qué hombre más ágil! ¡Qué bien salta! Si estuviera en el mar, lleno de peces, saciaría a muchos buscando ostras, saltando de la nave aunque hubiera tormenta. ¡Con qué facilidad salta del carro a la llanura! También entre los troyanos hay buceadores.

Lo supe por la voz, más aguda y más joven que la de Aquiles. Una voz de muchacho que juega a la guerra.

Y la risa. Aquiles no se reía cuando mataba.

Salté del carro. Agarré a Cebríones por la cabeza.

Patroclo lo agarró por los pies, y tiramos, cada uno hacia su lado, como dos leones que se pelean por un ciervo muerto en las cumbres de un monte, mientras a nuestro alrededor troyanos y aqueos chocaban y se mataban y caían.

Tiramos de mi hermano hasta que la luz empezó a declinar.

Algo le pasó a Patroclo.

No lo vi. Lo vi y no lo vi. Hay cosas que un hombre no debería ver.

Patroclo se lanzó por cuarta vez contra los troyanos, gritando, con la lanza en alto. En mitad del salto se detuvo. Se quedó quieto en el aire, como colgado de un hilo. Algo lo había golpeado por la espalda, entre los hombros. Una mano enorme, invisible, envuelta en niebla.

El casco de Aquiles salió volando de su cabeza.

Rodó por el suelo, bajo los cascos de los caballos, y el penacho se manchó de sangre y de polvo.

La lanza se le partió en las manos. El escudo se le cayó del brazo.

La coraza se le desató sola, las correas cedieron una tras otra, y el bronce resbaló de su pecho y cayó a la tierra.

Y Patroclo se quedó allí de pie, desnudo de armas, aturdido, mirando alrededor sin saber dónde estaba.

Un muchacho dardanio, Euforbo, el hijo de Pántoo, le clavó una lanza en la espalda, entre los omóplatos, y salió corriendo a esconderse entre la multitud, asustado de lo que había hecho.

Patroclo intentó retroceder hacia sus compañeros. Arrastraba los pies. Sangraba.

Y yo fui hacia él.

Atravesé las filas. Nadie me detuvo. Le clavé la lanza en el bajo vientre y empujé, empujé con todo el peso de mi cuerpo, hasta que la punta le salió por la espalda.

Cayó con estrépito.

Los aqueos gimieron. Todos a la vez. Un gemido enorme, como el del viento en un desfiladero.

Me incliné sobre él.

Estaba vivo todavía. Le salía sangre por la boca. Tenía los ojos castaños, mansos, hechos para cualquier cosa menos para la guerra. Era tan joven. Más joven que yo. No mucho mayor que Paris.

Y yo le hablé. Que los dioses me perdonen por lo que le dije.

—Patroclo. Creías que ibas a saquear mi ciudad.

Que te llevarías a las troyanas en tus naves, a tu querida patria, privándolas del día de la libertad.

Insensato. Delante de ellas se lanzan los caballos de Héctor.

Y yo mismo me distingo con la lanza entre los troyanos amantes de la guerra, y aparto de ellos el día fatal.

Y a ti te comerán aquí los buitres. Desdichado.

Ni siquiera Aquiles, con lo valiente que es, ha podido ayudarte.

Seguro que te dijo, al despedirse: No vuelvas a las naves, Patroclo, hasta que no hayas desgarrado la túnica sangrienta de Héctor alrededor de su pecho.

Así te dijo. Y tú, insensato, le obedeciste.

Patroclo sonrió.

Con la boca llena de sangre, sonrió. Igual que un niño que conoce un secreto.

—Ahora presume, Héctor —me dijo. La voz le salía rota, burbujeante—.

Te han dado la victoria Zeus y Apolo. Ellos me vencieron sin esfuerzo.

Ellos me quitaron las armas. Si hubieran venido contra mí veinte como tú, todos habrían muerto bajo mi lanza.

A mí me han matado el destino y Apolo. Y de los hombres, Euforbo. Tú eres el tercero. Solo me rematas.

Tosió. Le salió un coágulo negro.

—Y te diré otra cosa. Guárdala en tu mente. Tampoco tú vas a vivir mucho. Ya están junto a ti la muerte y el destino poderoso. Morirás a manos de Aquiles, el irreprochable nieto de Éaco.

Y se murió.

Así, sin más. Se le apagaron los ojos en mitad de la frase. Su alma salió de los miembros y voló al Hades, llorando su suerte, dejando la juventud y el vigor.

Me quedé mirándolo.

—Patroclo —le dije, aunque ya no me oía—. ¿Por qué me profetizas la muerte? ¿Quién sabe si Aquiles, el hijo de Tetis, no morirá antes bajo mi lanza?

Puse el pie sobre su pecho y saqué la lanza de la herida. Hizo un ruido húmedo.

Le quité las armas.

Las armas de Aquiles. Las que los dioses regalaron a Peleo el día de su boda con Tetis. Bronce de dioses. La coraza estrellada, el escudo con el océano, las grebas con tobilleras de plata, el casco.

Me las puse.

Allí mismo, en la llanura, al atardecer, rodeado de muertos. Me quité mi armadura, la de mi padre, la que había llevado nueve años, y se la di a mis hombres para que la llevaran a la ciudad. Y me puse la de Aquiles.

Me quedaba bien. Demasiado bien. Como si la hubieran forjado para mí.

Y algo cambió. Una fuerza nueva en los miembros. Un calor en la sangre. Ares, el terrible dios de la guerra, se me había metido debajo de la piel y me llenaba el cuerpo de valor. Me sentí un dios. Me sentí inmortal.

Me sentí él.

Y en algún lugar del cielo, me han dicho los adivinos después, Zeus me miró y movió la cabeza.

Desdichado. No tienes ningún pensamiento de la muerte, que ya está cerca de ti.

Te pones las armas inmortales de un hombre muy valiente, ante el que tiemblan los demás.

Has matado a su compañero, tan amable y tan fuerte, y le has quitado las armas de la cabeza y de los hombros, de mala manera.

Pero ahora te daré una gran fuerza. Como compensación.

Porque no volverás de la batalla, y Andrómaca no recibirá de tus manos las ilustres armas del hijo de Peleo.

Yo no oí nada de eso. Solo notaba la fuerza, y el bronce caliente de Aquiles sobre la piel, oliendo todavía a su sudor.

Luchamos por el cuerpo hasta que se hizo de noche.

Yo quería arrastrarlo hasta Troya, cortarle la cabeza y clavarla en una estaca de la muralla.

Dar el cuerpo a los perros. Lo quería con todas mis fuerzas, con esa fuerza nueva que me ardía en las venas, y no me reconocía a mí mismo.

Los aqueos no me dejaron. Ayax se plantó sobre el cadáver como una leona sobre sus cachorros.

Menelao lo ayudaba. Los dos Ayax, Meríones, Idomeneo.

Defendían el cuerpo desnudo con uñas y dientes.

Hacían bien. Ahora lo sé. En ese cadáver les iba la vida a todos.

Al final, Menelao y Meríones lo levantaron en alto y se lo llevaron hacia las naves, mientras los dos Ayax nos contenían. Lo vi alejarse sobre sus hombros, pálido, con los brazos colgando.

El sol se ponía.

Lo oímos.

Un grito.

Venía de la zanja, de la orilla del foso, junto al muro roto. Un grito agudo, metálico, de bronce. Como la trompeta que suena cuando los enemigos rodean una ciudad. Un grito que te vaciaba las tripas.

Gritó tres veces.

Las tres veces, los troyanos se volvieron locos. Los caballos se encabritaron y dieron la vuelta, oliendo la desgracia. Los aurigas soltaron las riendas. Doce de nuestros mejores hombres murieron allí mismo, en ese momento, atropellados por sus propios carros, atravesados por sus propias lanzas.

Me volví hacia la zanja.

Allí estaba. De pie en el borde del foso. Sin armadura, porque su armadura la llevaba yo. Sin casco. Sin escudo. Desnudo de armas como Patroclo al morir.

Y alrededor de su cabeza ardía un fuego. Una llama dorada, alta, que subía hacia el cielo como el humo de una ciudad incendiada en una isla lejana. Lo vi yo. Lo vieron todos.

Aquiles me miró desde la zanja.

Y yo, que llevaba puesta su armadura, que olía a su sudor, que tenía su fuerza en las venas, se me heló la sangre dentro del bronce.