Cautiva de Aquiles XI. La armadura prestada
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XI. La armadura prestada

Aquiles

Patroclo llegó llorando como una niña pequeña que corre detrás de su madre y le tira del vestido para que la coja en brazos.

Se lo dije así. Me salió cruel. Lo dejé así.

—¿Por qué lloras, Patroclo? ¿Traes alguna noticia de Ftía? ¿Ha muerto tu padre, Menecio? ¿El mío, Peleo? ¿O lloras por los argivos, que mueren junto a las naves por su propia soberbia?

Se secó la cara con el antebrazo. Tenía tierra en la frente y sangre ajena en las manos; había estado ayudando a Eurípilo a sacarse una flecha del muslo.

—Aquiles. No te enfades. Es muy grande el dolor que ha caído sobre los aqueos.

Los mejores están heridos en sus naves. Diomedes.

Odiseo. Agamenón. Eurípilo. Los médicos les curan las heridas.

Y tú sigues siendo implacable. —Se le quebró la voz—.

Que nunca me posea a mí una cólera como la que tú guardas.

Despiadado. Tu padre no fue Peleo, ni tu madre Tetis.

Te parió el mar gris, y las rocas escarpadas. Por eso tienes el corazón tan duro.

No le respondí. Miraba el fuego de la nave de Protesilao. Llevaba toda la tarde mirándolo. Había visto a Héctor acercar la antorcha. Había visto cómo se quedaba quieto, después, frente a las llamas. Cómo levantaba la vista hacia mí, entre el humo.

Nos habíamos mirado. Por primera vez en nueve años. En sus ojos había visto miedo.

—Si te guardas alguna profecía —siguió Patroclo—, si tu madre te ha dicho algo de parte de Zeus, entonces mándame a mí.

Y dame a los mirmidones. Por si llego a ser una luz para los dánaos.

Y dame tus armas para ponérmelas. Los troyanos me confundirán contigo y dejarán de luchar.

Los aqueos podrán respirar. Hay tan poco respiro en la guerra.

Me volví hacia él.

Tardé en responder. Le recorrí la cara, que conocía mejor que la mía. Las pecas en el puente de la nariz. La cicatriz de la barbilla, de cuando se cayó de un caballo a los diez años y yo lo llevé en brazos hasta la casa de mi padre. Los ojos castaños, mansos, empapados.

¿Quién te ha dicho esto?, quise preguntarle. Porque Patroclo no pensaba así. Patroclo no tenía ideas. Patroclo me seguía.

—Néstor —dijo él, adivinándome el pensamiento—. Y Briseida.

Algo se me retorció en el pecho.

—¿Briseida?

—La he encontrado en la orilla. Ha salido de la tienda de Agamenón en mitad del fuego. Venía hacia aquí. —Patroclo me cogió la mano—. Me ha dicho que me la darías. Que a mí nunca has sabido decirme que no.

Cerré los ojos.

La vi. En la orilla, entre el humo, despeinada, con la túnica manchada de hollín. Corriendo hacia mis naves. Hacia mí. Y en el último momento encontrándose con Patroclo, y mirándolo con esos ojos de miel quemada, y diciéndole eso.

No pensé en lo que significaba. No quise pensarlo. O lo pensé, y lo enterré tan hondo que tardé muchos días en volver a encontrarlo.

Solo me importaba una cosa. Había salido de la tienda de Agamenón. Venía hacia mí. Estaba en algún rincón de la playa, sola, entre los troyanos y el fuego.

—Tienes razón —le dije a Patroclo—. Ponte mis armas.

Lo armé yo mismo.

Las grebas, con sus tobilleras de plata. La coraza de muchos colores, estrellada. La espada de clavos de plata colgada del hombro. El escudo, grande y fuerte. El casco, con su penacho de crin que se agitaba terrible en lo alto.

La lanza no. La lanza de mi padre, la de fresno del Pelión, la que Quirón le regaló y que solo yo podía blandir. Esa se quedó apoyada en el mástil. Pesaba demasiado para cualquier otro.

Le ajusté las correas. Le apreté el cinturón. Le coloqué bien el casco, que le quedaba un poco grande, y le metí por dentro un trozo de lana para que no le bailara. Lo hice todo con cuidado, como lo hacía mi madre cuando me vestía de niño para las fiestas.

Cuando terminé, retrocedí un paso.

Era yo. Desde lejos, era yo. El mismo brillo, el mismo penacho, el mismo escudo con las estrellas y el océano. Si no le veías la cara, si no veías cómo se le encogían los hombros bajo el bronce, era yo.

Me dio miedo verlo así.

—Escúchame bien —le dije, cogiéndolo de los hombros—.

Échalos de las naves y vuelve. Solo eso.

Aunque Zeus te conceda la gloria, no luches contra los troyanos sin mí.

No sigas adelante. No los persigas hasta Troya.

No sea que algún dios del Olimpo te salga al encuentro.

Apolo los quiere mucho. Vuelve en cuanto hayas salvado las naves.

Deja que los demás luchen en la llanura.

—Lo haré.

—Júramelo.

Patroclo sonrió. Fue una sonrisa luminosa, de niño, la misma que ponía en Ftía cuando íbamos a cazar.

—Te lo juro.

Le di un beso en la frente. Por encima del borde del casco.

Y lo dejé ir.

Cuando los mirmidones salieron, la playa tembló.

Cincuenta naves. Cincuenta hombres en cada una.

Dos mil quinientos lobos hambrientos que llevaban días mirando arder el campamento con las armas en el suelo.

Los vi pasar en formación cerrada, escudo contra escudo, casco contra casco, tan apretados que el aire no cabía entre ellos.

Automedonte llevaba las riendas del carro.

Janto y Balio, mis caballos inmortales, los hijos del viento Céfiro, relinchaban y piafaban, inquietos.

Pedaso, el caballo de varas, el mortal, iba a su lado.

Y delante de todos, Patroclo. Brillando.

Yo volví a mi tienda. Saqué de un arcón la copa labrada que mi madre me dio al partir, la que nadie usaba más que yo y en la que solo hacía libaciones a Zeus. La limpié con azufre. La lavé en agua clara. Me lavé las manos. Llené la copa de vino oscuro.

Me puse en medio del recinto, de pie, mirando al cielo, y derramé el vino.

—Zeus soberano, de Dodona, pelasgo, que habitas lejos.

Ya una vez escuchaste mi súplica. Me honraste y castigaste duramente al ejército de los aqueos.

Cúmpleme ahora este otro deseo. Yo me quedaré junto a las naves.

Pero a mi compañero lo mando a luchar con los mirmidones.

Concédele la gloria, Zeus. Dale valor en el pecho.

Y cuando haya rechazado la lucha de las naves, que vuelva sano y salvo, con todas las armas y todos los compañeros.

Recé así.

Zeus me escuchó. Me concedió la mitad.

Subí a la popa de mi nave para verlo.

Los troyanos huían. Habían visto el casco y el escudo y habían creído que era yo, y se les había ido el valor de golpe.

Patroclo los barría de las naves como el viento barre las hojas secas.

Lo vi apagar el fuego de la nave de Protesilao.

Lo vi matar a Pirecmes, el jefe de los peonios, de una lanzada en el hombro.

Lo vi empujar a los troyanos más allá del muro, más allá de la zanja, donde sus carros se rompían al saltar y los caballos se partían las patas.

Y lo vi seguir.

No se detuvo en la zanja. No volvió. Siguió por la llanura, detrás de ellos, como un perro de caza que ha olido la sangre.

—Vuelve —dije en voz alta. Nadie me oía—. Patroclo. Vuelve.

Lo vi encontrarse con Sarpedón, el rey de los licios, el hijo de Zeus.

Lo vi saltar del carro. Los dos saltaron a la vez, como dos buitres de garras corvas que se atacan gritando sobre una roca alta.

Lo vi matarlo. Con la lanza en el pecho, donde el diafragma rodea el corazón.

Sarpedón cayó como cae una encina, o un álamo, o un pino alto que los carpinteros talan en el monte para hacer una nave.

El hijo de Zeus. Patroclo había matado al hijo de Zeus.

Sentí frío. Un frío de dentro, de los huesos.

Recordé algo que mi madre me había dicho una vez, hacía mucho tiempo, en voz muy baja. Una profecía que yo había apartado de mi mente porque no la entendía. El mejor de los mirmidones dejará la luz del sol mientras tú vivas.

Yo siempre había creído que el mejor de los mirmidones era yo.

Miré hacia la llanura. Hacia Troya. El penacho de mi casco, diminuto en la distancia, brillaba al pie de las murallas. Patroclo estaba intentando escalarlas. Lo vi subir por el ángulo del muro. Una vez. Dos veces. Tres.

Y a la tercera, algo lo apartó. Algo que no se veía. Un puño invisible que lo golpeó en el pecho y lo tiró al suelo.

Apolo.

Me agarré a la borda de la nave con las dos manos. Noté que las astillas se me clavaban en las palmas, encima de las cuatro medias lunas que todavía no se me habían cerrado.

Vi salir a Héctor por la puerta Escea.