Cautiva de Aquiles X. La noche del incendio
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X. La noche del incendio

Briseida

Odiseo volvió a la tienda poco antes de medianoche y lo contó todo de pie, sin sentarse, con la voz neutra de quien recita un inventario.

Yo estaba en mi rincón, a los pies del lecho. Lo oí todo. Que Aquiles rechazaba los regalos. Que se marchaba a Ftía al amanecer. Que estimaba a Agamenón en lo que vale un pelo. Luego, tras una pausa, con la misma voz neutra: Que se la quede.

Agamenón no dijo nada. Se sirvió vino.

Odiseo carraspeó.

—Hay algo más.

Y repitió la amenaza. Palabra por palabra. Que si me tocaba, la primera lanza de Aquiles no sería para Héctor.

Vi cómo se le iba el color de la cara a Agamenón.

Fue un momento, nada más, y se recuperó enseguida.

Se rió, dijo algo despectivo sobre los niños que amenazan desde sus tiendas mientras otros mueren.

Pero yo lo vi. Odiseo también, y salió de la tienda con algo parecido a una sonrisa escondida en la barba.

Yo me quedé con las dos frases dentro, chocando la una contra la otra como dos piedras.

Que se la quede.

La primera lanza no será para Héctor.

Aquiles me había entregado sin levantarse de su arcón y luego amenazaba de muerte al rey de reyes por mí. Me abandonaba y me reclamaba con el mismo aliento. No lo entendía, y no entenderlo me tenía en vela.

Fue entonces cuando me acerqué a la rendija de la lona. Cuando saqué la mano a la noche sin saber si estaría allí.

Estaba.

Su mano se cerró sobre la mía, y fue como meterla en el fuego.

Era enorme. Áspera. Me cubría los dedos enteros. Noté los callos de la lanza, la piel endurecida de la palma, el pulso que le latía en la muñeca, rápido, mucho más rápido que el mío. Él, que nunca tenía prisa para nada.

Le clavé las uñas. Quería hacerle daño. Apreté hasta notar la piel ceder y algo tibio humedecerme las yemas.

No apartó la mano. La apretó más fuerte, y me arrastró un palmo hacia fuera, hasta que tuve el brazo entero en la noche y la mejilla pegada a la lona.

Al otro lado lo oía respirar. Un aliento hondo, entrecortado, a un palmo de mi boca. Solo la tela nos separaba.

Apoyé los labios contra la lona, justo donde imaginaba su boca.

No sé si lo notó. Me quedé así mucho tiempo, con la boca abierta contra el lino áspero, respirando su olor a bronce y a sal, sintiendo cómo sus dedos me recorrían la palma, la muñeca, el interior del brazo hasta el codo, muy suave, con una paciencia que en ese hombre daba miedo.

Se me endurecieron los pezones contra la túnica.

Se me humedeció el vientre. Apreté los muslos en la oscuridad y me mordí la lengua para no gemir, con Agamenón roncando a seis pasos.

Lo odié. Lo odié por esa caricia. Por lo bien que sabía exactamente qué hacer con una mano y nada más. Por haberme dejado ir y venir a buscarme de noche como un ladrón.

Y se lo dije.

Agamenón se emborrachó hasta el amanecer.

No me tocó. Me llamó dos veces, y las dos veces me quedé de pie delante de él con la jarra en la mano mientras me miraba, turbio de vino, y las dos veces alargó la mano hacia mi cintura y la dejó caer antes de alcanzarme.

La segunda vez me cogió la muñeca. Apretó hasta que se me durmieron los dedos.

Me dijo al oído todo lo que me haría cuando cayera Troya y ya no necesitara a Aquiles, con detalle, con calma, saboreando las palabras como saboreaba el vino.

Me dijo que me llevaría a Micenas y que su esposa, Clitemnestra, sabía muy bien cómo tratar a las concubinas de su marido.

Luego me soltó, y se quedó dormido en la silla, con la boca abierta.

Yo me quedé mirándolo. Tenía el cuchillo de cocina escondido en el cinturón, el mismo que había guardado nueve lunas en la tienda de Aquiles. Nadie lo había encontrado. Nadie había pensado en buscarlo.

Me acerqué. Me incliné sobre él. Olía a vino agrio y a sudor viejo. Una vena le latía en el cuello, justo debajo de la oreja, gruesa como un gusano.

Saqué el cuchillo.

Y lo guardé.

Tenía miedo, sí, pero lo guardé porque comprendí que si mataba a Agamenón esa noche me matarían a mí al amanecer, y no volvería a ver la tienda de los mirmidones.

Lo comprendí con una frialdad que me asustó.

Mi vida, que llevaba nueve lunas despreciando, de pronto me importaba. Y me importaba por él.

Volví a mi rincón. Me tumbé. Me miré la mano a la luz del brasero. Todavía notaba sus dedos.

Al amanecer, Agamenón salió a la guerra vestido de oro y de bronce, más brillante que nunca. Quería demostrarle al mundo entero que no necesitaba a nadie.

Volvió a media mañana en el carro, con el brazo atravesado.

Lo trajeron sus hombres en volandas. Gritaba.

Gritaba como una mujer de parto, sujetándose el brazo con la otra mano, y la sangre le salía entre los dedos en chorros cortos.

Lo tumbaron en el lecho. No había médico; Macaón estaba herido y Podalirio luchaba en la llanura.

Una de las mujeres, la mayor, que se llamaba Eurínome y era de Ténedos, pidió agua caliente y vino y paños limpios.

—Tú —me dijo Eurínome—. Sujétale el brazo.

Se lo sujeté.

Estaba caliente y resbaladizo, y temblaba.

Agamenón me miraba desde la almohada, desencajado, con la frente cubierta de sudor.

Eurínome le sacó la punta de la lanza con unas tenazas de herrero.

Él aulló. Yo apreté más fuerte, para que no se moviera, y le clavé las uñas en la carne, justo al lado de la herida.

No sé si lo notó. Creo que sí. Creo que me miró y lo supo.

Durante el resto del día no volvió a hablarme.

Por la tarde, el campamento empezó a oler a humo de brea.

El ruido de la batalla, que siempre había sonado lejos, en la llanura, ahora estaba aquí.

Entre las naves. Gritos, el choque del bronce, relinchos.

Los heridos llegaban por docenas y se tumbaban donde podían, en la arena, junto a las tiendas, debajo de los cascos de las naves.

Uno se arrastró hasta la entrada de nuestra tienda y se murió allí, con la mano extendida hacia dentro, como si llamara a la puerta.

Agamenón se levantó del lecho, pálido, con el brazo vendado, y reunió a los reyes que quedaban en pie.

Lo oí proponer de nuevo la huida. Echar las naves al mar esa misma noche, las que estaban más cerca del agua, y escapar en la oscuridad.

Odiseo, con el costado vendado, le dijo que era un rey funesto y que debería mandar a un ejército de cobardes, y no a los aqueos. Diomedes cojeaba. Néstor callaba.

Y luego alguien gritó desde fuera que los troyanos habían cruzado el muro.

Las mujeres de la tienda echaron a correr. Las dos hermanas de Ténedos se abrazaron en un rincón. Eurínome cogió un cuchillo de la mesa. Yo salí.

No sé por qué salí. Nadie me lo impidió. Los guardias se habían ido a luchar.

Afuera, el mundo ardía.

La nave de Protesilao, en el centro de la playa, era una antorcha gigante.

El humo negro subía en columnas hasta el cielo y lo tapaba todo, el sol, las nubes, los dioses.

Entre el humo se veían figuras corriendo, cayendo, matándose.

Oí un nombre gritado por miles de gargantas, un nombre que retumbaba como el trueno.

Héctor. Héctor. Héctor.

Y empecé a correr.

Hacia el norte. Hacia el extremo de la playa. Hacia las naves de Ftía.

Corrí entre muertos. Pisé manos, pisé escudos, resbalé en un charco de sangre.

Un aqueo herido me agarró del tobillo y me pidió ayuda, y me solté de una patada.

Un troyano, uno de los nuestros, con el manto rojo de la ciudad, me vio y se quedó quieto un instante, con la espada en alto, y yo le grité en nuestra lengua que era de Lirneso, y él dudó, y una lanza le salió por el pecho desde atrás.

No me detuve.

Encontré a Patroclo a medio camino.

Venía de la tienda de Néstor, donde había ido a preguntar por Macaón, me dijo después. Venía corriendo por la orilla, bañado en lágrimas, tropezando. Al verme se detuvo en seco.

—¿Briseida?

Me agarró de los hombros. No daba crédito.

—¿Qué haces aquí? ¿Te ha...? ¿Estás...?

—Estoy bien. —Le aparté las manos—. ¿Dónde está?

No hizo falta decir quién. Patroclo miró hacia las naves de Ftía, hacia la popa donde una figura alta seguía de pie, con los brazos cruzados, contemplando el incendio.

—Ahí —dijo—. Mirando. Solo mirando. —Se le quebró la voz—. Néstor me lo ha suplicado. Me ha cogido de las manos, Briseida. Un anciano. Me ha dicho que si Aquiles no quiere salir, que salga yo. Que me ponga su armadura. Que los troyanos me confundirán con él y huirán.

Lo miré.

Patroclo. El dulce Patroclo, que me llevaba fruta y me enseñaba palabras en su lengua y me prometía bodas en Ftía. El único hombre del campamento que nunca me había mirado como a un botín. Supe lo que iba a pasar, tan claro como si estuviera pintado en una vasija.

Y vi otra cosa. Una puerta abierta.

Me vino Licaón con la lanza demasiado larga. La espada saliendo de su vientre. Aquiles limpiándola en su túnica, un lado y luego el otro, con cuidado. Y el juramento de la playa. Mataré a Aquiles.

Una lanza no era la única manera.

—Néstor tiene razón —le dije a Patroclo.

Mi voz sonó tranquila, firme. No la reconocí.

—Pídele la armadura. Pídesela llorando, como lloras ahora. No sabrá decirte que no. A ti nunca te ha sabido decir que no.

Patroclo me apretó las manos.

—¿Lo crees de verdad?

—Lo creo.

Me besó la frente. Como un hermano. Luego echó a correr hacia las naves de Ftía.

Yo me quedé en la orilla, entre el humo, viéndolo alejarse. Me temblaban las rodillas. Me senté en la arena. El fuego rugía a mi espalda.

No sé cuánto tiempo pasé allí. Recuerdo que en algún momento se oyó un grito distinto, un grito que venía del norte, de muchas gargantas a la vez, ronco y salvaje como el aullido de una manada. Los mirmidones. Salían por fin de sus naves.

Me puse en pie y los vi pasar a lo lejos, en formación cerrada, como lobos que bajan del monte con las mandíbulas rojas.

Delante de todos, en un carro tirado por dos caballos inmortales, brillando como una estrella de otoño, iba una figura con la armadura de Aquiles.

El casco con el penacho de crin. El escudo enorme.

Desde lejos no se distinguía quién iba dentro.

Eso era lo que yo había querido.

En ese instante, viendo el carro alejarse hacia el humo, comprendí lo que había hecho, y me eché a llorar, en la orilla, sola, por un hombre que todavía estaba vivo.