Cautiva de Aquiles IX. Fuego en las naves
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IX. Fuego en las naves

Héctor

Al tercer hombre que maté aquella mañana le salté los dientes con el borde del escudo antes de clavarle la lanza en la garganta.

No recuerdo su nombre. Recuerdo que gritaba en un dialecto del norte, de Tesalia quizá, y que tenía una barba roja que se le empapó de sangre en un instante. Recuerdo el ruido que hicieron sus dientes al romperse, como guijarros pisados. Recuerdo que no sentí nada.

Eso me asustó.

Antes sentía. Al principio de la guerra, cada hombre que mataba me pesaba durante días.

Le veía la cara por la noche. Pensaba en su madre, en su mujer, en el padre que lo esperaba en algún puerto de Grecia mirando el mar.

Rezaba por él a Hermes, el que acompaña a las almas.

Luego los muertos se fueron amontonando y empecé a dejarlos fuera, como se deja la ropa mojada a la puerta de casa.

Ahora mataba como siega un campesino. Con método. Sin rabia. Sin mirar las espigas.

Zeus había elegido ese día.

Lo supe al amanecer, cuando Agamenón cayó.

Lo vi desde mi carro, al otro lado de la llanura.

El rey de Micenas había salido brillante como el fuego, con una coraza de diez franjas de esmalte negro, doce de oro y veinte de estaño, y un escudo con la cara de la Gorgona.

Mataba como un león entre bueyes. Mató a dos hijos de Príamo, mis hermanos Iso y Antifo, que guardaban los rebaños en el Ida cuando Aquiles los capturó hacía años y los liberó por rescate.

Los mató sin mirarlos. Luego mató a dos hijos de Antenor.

Yo me contuve. Lo dejé hacer. Zeus me había mandado un mensajero, Iris de pies de viento, para decírmelo. Mientras veas a Agamenón luchar entre los primeros, apártate. Cuando lo hieran y suba al carro, te daré fuerza para matar hasta llegar a las naves.

Así que esperé. Vi cómo Coón, otro hijo de Antenor, le atravesaba el brazo con la lanza por debajo del codo.

Vi cómo Agamenón lo mataba a él también, con la sangre corriéndole por la mano, y seguía luchando, y seguía, hasta que la herida se le enfrió y empezó a dolerle como duelen los partos a las mujeres.

Lo vi subir al carro. Lo vi gritar a su auriga que lo llevara a las naves.

—¡Troyanos! ¡Licios! ¡Dárdanos que lucháis cuerpo a cuerpo! —grité—. ¡Sed hombres, amigos! ¡El mejor de ellos se ha ido!

Y nos lanzamos.

Cayeron todos.

Uno tras otro, como espigas bajo la hoz.

Odiseo, herido en el costado por la lanza de Soco; tuvo que retirarse apoyado en Menelao.

Diomedes, con una flecha de Paris clavada en el pie; mi hermano se la disparó desde detrás de la estela de Ilo, el viejo rey, y se rió y se burló de él, y Diomedes lo llamó arquero, mujeriego, presumido.

Macaón, el médico de los aqueos, herido en el hombro. Eurípilo, en el muslo.

Los más fuertes de los aqueos, heridos, sentados en sus naves, curándose las heridas mientras yo los empujaba hacia el mar.

Llegamos a la zanja al mediodía. El muro que habían levantado alrededor de las naves era alto, con torres y estacas.

Los caballos se negaron a saltar. Se encabritaban en el borde, relinchando, mirando el foso con los ojos en blanco.

Polidamante me aconsejó que dejáramos los carros y cruzáramos a pie.

Lo hicimos.

Llegó el presagio.

Un águila sobrevoló nuestras filas por la izquierda.

Llevaba en las garras una serpiente enorme, roja como la sangre, viva todavía.

La serpiente se retorció y le mordió el pecho junto al cuello.

El águila la soltó. Cayó en medio de nosotros, en la tierra, retorciéndose, y el águila se fue gritando con el viento.

Los hombres se quedaron paralizados. Polidamante se me acercó.

—Héctor. No vayamos a luchar junto a las naves. Así es como acabará. El águila no llevó la serpiente a sus crías. Nosotros tampoco llevaremos el triunfo a casa. Romperemos el muro y las puertas, cederán los aqueos, pero no volveremos por el mismo camino. Dejaremos atrás a muchos troyanos.

Polidamante tenía razón. Siempre la tenía. Nació la misma noche que yo, decían, y había heredado toda la prudencia que a mí me faltaba.

—Polidamante —le dije—. Ya no me agrada lo que dices.

Tú sabes pensar otra cosa mejor. Me pides que obedezca a las aves de alas extendidas, que no me importan ni me interesan, si van a la derecha hacia la aurora y el sol, o a la izquierda hacia las tinieblas.

Obedezcamos a Zeus. Un solo agüero es el mejor: luchar por la patria.

Le di la espalda y grité a los hombres que avanzaran.

No sé si lo hice por valor o por miedo a que Polidamante tuviera razón. Creo que nunca lo he sabido.

Rompí la puerta del muro con una piedra.

Una piedra tan grande que dos hombres de hoy no la levantarían del suelo con palancas.

La alcé por encima de mi cabeza. Algo se me rompió por dentro, en la espalda, en los brazos.

Zeus me la volvió ligera, o eso dirán los cantores.

Yo solo sé que me dolía hasta en los dientes.

La arrojé contra las hojas de la puerta.

Saltaron los goznes. Se partieron los cerrojos. La madera estalló en astillas.

Y entré.

Con la cara oscura como la noche. Con dos lanzas en las manos. Con el bronce terrible brillando en mi cuerpo.

Los aqueos huyeron hacia las naves. Huyeron como ovejas. Y nosotros detrás.

Lo que sigue lo recuerdo a trozos.

Recuerdo el olor de la brea de las naves.

Recuerdo a Ayax, el gigante, de pie sobre la cubierta de una nave con una pértiga de abordaje de veintidós codos, gritando, golpeando a cualquier troyano que acercaba fuego.

Recuerdo a mi primo Calétor, que cayó a mi lado con una lanza en el pecho, y la antorcha que llevaba rodó por la arena. Recuerdo que la recogí.

Recuerdo que tuve que cortarle la lanza a Ayax con la espada, por encima de la punta, para que soltara la nave.

Recuerdo cómo se retiró él, con el asta mocha en la mano, mirándome. Ayax supo antes que nadie que ese día los dioses estaban conmigo.

Y recuerdo cómo acerqué la antorcha a la popa de la nave de Protesilao.

El primer aqueo que pisó Troya. El primero que murió. Hacía nueve años que su nave esperaba en la playa, vacía, a un capitán que no iba a volver.

La brea prendió con un ruido de animal. Un rugido sordo, que subió por el casco hasta el mástil y se convirtió en llama. El calor me abofeteó. Me retiré dos pasos. Oí gritos de alegría a mi espalda, los troyanos, los licios, los dárdanos, gritando mi nombre.

Héctor. Héctor. Héctor.

Me quedé mirando el fuego. Mirando cómo devoraba la nave. La alegría de mis hombres me llegaba de lejos, como si gritaran en otra playa.

Lo que me subió por el pecho fue un miedo desconocido.

Porque al otro lado de las llamas, en el extremo de la playa, donde varaban sus naves los mirmidones, alguien se había subido a una popa. Lo vi entre el humo. Una figura alta, con el pelo claro, sin armadura, sin casco, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Mirando el fuego.

Mirándome.

No se movió. No dio ninguna orden. Los mirmidones seguían sentados en sus naves, con las armas en el suelo. Pero su mirada se me clavó en la nuca como el filo de una espada.

Y supe, en ese instante, que había hecho exactamente lo que él quería.