Cautiva de Aquiles VIII. La negativa
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VIII. La negativa

Aquiles

La lira la saqué del palacio de Eetión, en Tebas.

El mismo día que maté al rey y a sus siete hijos.

La encontré en una habitación del piso alto, entre telas bordadas y juguetes de madera, con el puente de plata y las cuerdas intactas.

Me la llevé porque era hermosa. Solo después supe que era de la hija del rey, la que se había casado con Héctor y vivía en Troya. Andrómaca.

Me gusta pensar en eso cuando toco. Que esta lira ha sonado en la casa de mi enemigo. Que sus dedos rozaron estas cuerdas antes que los míos.

Esa noche tocaba una canción vieja, de las que cantaba Quirón en el Pelión, sobre la gloria de los hombres.

Patroclo estaba sentado frente a mí, al otro lado del fuego, esperando a que terminara.

Siempre esperaba. Tenía la paciencia de un perro fiel, y a veces eso me enternecía y a veces me daba ganas de abofetearlo.

Los vi llegar por la orilla. Tres siluetas.

Reconocí la de Ayax, que tapaba media luna, y la de Odiseo por su manera de caminar, ancha y sin prisa.

La tercera era Fénix, mi viejo maestro, el hombre que me tuvo en las rodillas cuando era un niño y me daba de comer trocitos de carne y me enseñó a hablar y a lanzar la jabalina.

Agamenón no era tonto. Había mandado a las tres personas a las que más me costaría decir que no.

Dejé la lira y me levanté.

—Bienvenidos. Sois amigos. Venís porque os hace mucha falta, lo sé. Pero aun enfadado como estoy, sois para mí los más queridos de los aqueos.

Los hice pasar. Patroclo trajo una crátera más grande, vino más fuerte.

Asé yo mismo la carne, el lomo de una oveja, de una cabra gorda, de un cerdo cebado.

La corté y la ensarté en los espetones mientras ellos esperaban sentados en las pieles.

Los atendí como se atiende a los huéspedes.

Quería que vieran que no era un salvaje. Que sabía comportarme mejor que su rey.

Comimos en silencio. Cuando acabamos, Ayax le hizo una seña a Fénix. Pero Odiseo se adelantó. Odiseo siempre se adelanta.

Llenó su copa y brindó a mi salud.

Y me lo contó todo. Las hogueras de Héctor en la llanura.

Los muertos junto al muro. Zeus lanzando sus rayos del lado de los troyanos.

Héctor, que juraba cortar las popas de las naves y quemarlas, y matar a los aqueos entre el humo.

Luego enumeró los regalos, uno por uno, con su voz suave de narrador.

Los siete trípodes, los diez talentos de oro, los doce caballos, las siete mujeres de Lesbos.

La hija de Agamenón como esposa. Las siete ciudades.

Y Briseida. Intacta. Con un juramento solemne.

No mencionó la última frase de Agamenón. Lo supe por cómo bajó la vista al terminar. Que se someta. Odiseo se la había comido. Pero yo conocía a Agamenón, y conocía a Odiseo, y sabía leer los huecos en sus palabras.

Tardé mucho en hablar.

Miraba el fuego. Pensaba en los regalos, y en todo lo que significaban. No había en el mundo un rey que hubiera ofrecido tanto a otro hombre. Era mucho.

Y era un precio. Eso era lo que no soportaba. Que Agamenón creyera que podía comprarme como se compra un caballo. Que me pusiera un precio, por alto que fuera, y que yo lo aceptara, y que entonces, por los siglos de los siglos, los cantores contaran que el hijo de Tetis se había vendido.

—Odiseo, hijo de Laertes —dije—. Voy a hablar claro, para que no me arruinéis la cabeza con zumbidos uno tras otro. Me es tan odioso como las puertas del Hades el hombre que esconde una cosa en el pecho y dice otra.

Odiseo no parpadeó.

—No me convencerá ni Agamenón ni ningún otro de los dánaos.

Porque no se agradece luchar contra los enemigos sin descanso.

La misma suerte le toca al que se queda que al que combate.

El mismo honor al cobarde que al valiente.

Muere igual el ocioso que el que trabaja mucho.

Y a mí no me ha quedado nada, después de sufrir tanto en el corazón, arriesgando mi vida en la lucha.

Me levanté. No podía estar quieto.

—Doce ciudades he saqueado con las naves.

Once por tierra, en la fértil Tróade. De todas saqué muchos tesoros, y todos se los di a Agamenón.

Y él, quedándose atrás junto a las naves, los recibía, repartía un poco y se quedaba lo mucho.

A los demás reyes les dio su parte, y la conservan.

Solo a mí me la quitó. Tiene una esposa grata a su corazón. ¡Que se acueste con ella y disfrute!

No estaba hablando de Clitemnestra. Todos lo sabían.

—¿Por qué tienen que luchar los argivos contra los troyanos?

¿Por qué reunió el Atrida al ejército y lo trajo aquí?

¿No fue por Helena, la de hermosos cabellos?

¿Es que solo los Atridas, entre los mortales, aman a sus esposas?

Cualquier hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya.

También yo a ella la amaba de corazón, aunque fuera cautiva de mi lanza.

Se me rompió la voz en esa palabra. Amaba. La había dicho sin querer. Nunca la había dicho en voz alta, ni siquiera a solas, ni siquiera a Patroclo. Ahora la había soltado delante de Ayax, de Fénix, de Odiseo, que la recogió y la guardó, como lo guardaba todo.

Me recompuse.

—Sus regalos me son odiosos. Y a él lo estimo en lo que vale un pelo.

No, aunque me diera diez y veinte veces más de lo que tiene, y todo lo que le llega de otras partes.

Ni aunque me diera tanto como arena y polvo hay en el mundo.

Ni siquiera entonces convencería mi ánimo Agamenón, hasta que me pague toda la ofensa que me roe el corazón.

Fénix lloraba. Ayax apretaba las mandíbulas.

—Mañana —dije—, después de hacer sacrificios a Zeus y a todos los dioses, cargaré bien las naves y las echaré al mar.

Las verás, si quieres y si te importa, navegar al amanecer por el Helesponto, rico en peces.

Y en tres días llegaré a Ftía, la de fértiles glebas.

Allí tengo muchas riquezas. Mi madre, la diosa Tetis, me dijo que hay dos destinos que me llevan a la muerte.

Si me quedo aquí luchando, perderé el regreso, pero mi gloria será inmortal.

Si vuelvo a mi querida patria, perderé la gloria, pero tendré una larga vida.

Y yo aconsejaría a todos que volvieran también.

Porque ya no veréis el fin de la alta Ilión.

Fénix intentó convencerme con una historia larga, la de Meleagro, que se negó a defender a su ciudad por cólera y luego tuvo que hacerlo sin regalos. Lo escuché por respeto. Le dije que se quedara a dormir en mi tienda, que al amanecer decidiríamos juntos si nos íbamos.

Ayax, en cambio, se levantó sin terminar el vino.

—Vámonos, Odiseo. No vamos a conseguir nada.

Aquiles tiene en el pecho un corazón salvaje y soberbio.

Cruel. No le importa la amistad de sus compañeros, que lo honramos más que a nadie junto a las naves.

Despiadado. Hasta por la muerte de un hermano o de un hijo se acepta compensación.

Y a él los dioses le han puesto en el pecho un ánimo implacable y terrible.

Por una sola muchacha. Y ahora te ofrecemos siete, las mejores.

A Ayax lo respetaba. Me escoció.

—Ayax, hijo de Telamón. Todo lo que dices parece decirlo mi propio corazón.

Pero se me hincha de rabia cuando recuerdo cómo me trató el Atrida delante de los argivos, como si yo fuera un vagabundo sin honra.

Id y dadle mi respuesta. No me ocuparé de la guerra sangrienta hasta que Héctor, hijo de Príamo, llegue a las tiendas y a las naves de los mirmidones matando argivos y prendiendo fuego a las naves.

Junto a mi tienda y mi nave negra, creo que Héctor se detendrá, por mucho que ansíe luchar.

Se fueron. Odiseo se volvió en la puerta.

—¿Y la muchacha? —preguntó. Solo eso.

Y dije lo que dije. Lo dije con la voz más fría que tenía, la que uso en el campo de batalla:

—Que se la quede.

Odiseo sostuvo mi mirada un momento.

—Sabes lo que hará con ella si se la deja.

—Sé lo que hará si se la quito. Que no se te olvide decírselo, Odiseo. —Me acerqué a él—. Dile que si la toca, cuando vuelva al campo, y volveré, la primera lanza que tire no será para Héctor.

Odiseo asintió una sola vez, y se fue con Ayax por la orilla.

No dormí.

Fénix roncaba en un jergón al fondo de la tienda. Patroclo se había acostado con Ifis, la muchacha de Esciros que le regalé tras tomar la ciudad. Los oí murmurar en la oscuridad, y luego callar.

Me levanté y salí.

Las hogueras troyanas brillaban en la llanura. Las conté. Mil. Como había dicho Odiseo. Detrás de ellas, en la colina, Troya dormía con alguna luz en lo alto de la acrópolis.

Caminé entre las naves, descalzo, sin armas.

Los centinelas me vieron pasar y no dijeron nada.

Sabían adónde iba. Todo el campamento lo sabía.

Me había convertido en uno de esos cuentos que los soldados se cuentan junto al fuego para reírse.

El gran Aquiles, que de noche va a mirar la tienda de Agamenón como un perro aúlla frente a la casa de la que lo echaron.

Me daba igual.

Llegué a la parte trasera de la tienda, donde las cuerdas estaban flojas. Donde la había visto otras noches, o había creído verla, una sombra detrás de la lona. Me quedé quieto. Escuché. Dentro, alguien roncaba con la respiración pesada del vino. Él.

La lona se movió.

Por la rendija, muy despacio, salió una mano.

Una mano de mujer, pequeña, con los dedos agrietados de moler cebada. Se quedó allí, en el aire de la noche, abierta, temblando un poco.

Me acerqué. Me arrodillé en la arena. No veía nada más que esa mano, pálida bajo las estrellas.

La toqué.

Estaba helada. Le apreté los dedos, y ella cerró los suyos sobre los míos con una fuerza que no esperaba. Me clavó las uñas en la palma. Me hizo daño. Me gustó.

Nos quedamos así, sin vernos, con una lona de por medio y un rey dormido a pocos pasos.

Luego oí su voz. Un susurro, al otro lado.

—Odiseo se lo ha repetido a él palabra por palabra. Que se la quede.

No respondí. No había nada que responder.

Me soltó la mano.

—Te odio, Aquiles —dijo.

Y la mano volvió a entrar en la tienda, y la lona se cerró, y me quedé de rodillas en la arena con las marcas de sus uñas en la palma, sangrando un poco, cuatro medias lunas rojas.

Me las lamí. Sabían a hierro y a cebada.

No me fui hasta que empezó a clarear.