VII. El precio de un rey
Agamenón
Al desertor lo encontraron escondido bajo el casco de una nave de Beocia, con la cara metida en la arena como un avestruz.
Me lo trajeron dos de mis guardias, arrastrándolo de los brazos.
Era un muchacho de Áulide, un remero, de los que no tienen nombre.
Lloraba. Decía que había visto a Héctor matar a cinco hombres seguidos en la zanja, que había visto a los dioses mismos luchar a su lado, que Zeus había lanzado un rayo delante de los caballos de Diomedes.
Que no quería morir así. Que tenía una madre en Áulide.
Yo también tenía una hija en Áulide. La dejé allí, en el altar.
—Degolladlo —dije—. Delante de las naves de Beocia. Que lo vean sus compañeros.
Lo hicieron. Lo vi desde la popa de mi nave mientras me ataban las grebas. El muchacho pataleó un rato en la arena, como un cordero, y luego se quedó quieto. Los beocios miraban en silencio.
Necesitaba que me temieran. Un rey al que nadie teme es un viejo con una vara.
Fue el peor día en nueve años de guerra.
Zeus nos había abandonado. Lo sentimos todos desde el amanecer, cuando un trueno rodó sobre el monte Ida sin una sola nube en el cielo.
Los troyanos salieron de la ciudad como avispas de un nido pisado.
Héctor iba delante, en su carro, y no lo detenía nada.
Lo vi atravesar nuestras filas como el arado atraviesa la tierra, dejando detrás un surco de cuerpos.
Ayax intentó frenarlo, y Teucro con sus flechas.
No sirvió. Nos empujaron hasta el muro que habíamos levantado alrededor de las naves, hasta la zanja con estacas, y allí aguantamos, a duras penas, hasta que cayó la noche.
Y por la noche, los troyanos no volvieron a la ciudad.
Acamparon en la llanura. Delante de nuestro muro. Encendieron mil hogueras, y alrededor de cada una se sentaron cincuenta hombres, y los caballos comían cebada blanca junto a los carros esperando la aurora. Las hogueras se veían desde todas las naves. Brillaban como estrellas alrededor de la luna.
Héctor había decidido no dejarnos escapar por mar.
Convoqué a los reyes en mi tienda a medianoche.
Lloraba. No me avergüenza decirlo, aunque entonces me avergonzó. Lloraba como una fuente de aguas negras que vierte su caudal por una roca escarpada. Me temblaba la voz.
—Amigos —les dije—. Jefes de los argivos.
Zeus me ha atrapado en un engaño cruel. Me prometió que volvería a casa tras destruir Troya.
Era mentira. Ahora me ordena volver a Argos sin gloria, después de perder tantos hombres.
Así lo quiere el todopoderoso hijo de Crono, que ha destruido las alturas de muchas ciudades.
Huyamos con las naves a nuestra querida patria. Ya no tomaremos Troya.
Silencio. Un silencio largo. Los reyes se miraban unos a otros, o miraban el suelo.
Diomedes se levantó.
Era el más joven de todos, después de Aquiles. Venía lleno de arañazos, con una venda manchada en el brazo. Me miró a los ojos. A mí. Al rey de reyes.
—Atrida. Te diré algo, como es justo en la asamblea, y no te enfades.
A ti el hijo de Crono te dio solo la mitad.
El cetro sí te lo dio, para que todos te honraran.
Pero el valor no te lo dio, y el valor es el poder más grande.
Si tu corazón desea tanto volver, vete. Ahí tienes el camino.
Ahí tienes tus naves junto al mar. Los demás nos quedaremos hasta saquear Troya.
Y si también ellos quieren huir, que huyan.
Esténelo y yo lucharemos hasta encontrar el final de Ilión. Porque hemos venido con un dios.
Todos los aqueos aclamaron sus palabras.
Todos. Delante de mí.
Entonces habló Néstor, y Néstor dijo lo que nadie se atrevía a decir.
—Gloriosísimo Atrida, señor de hombres. Contigo empezaré y contigo acabaré.
Tú mandas a muchos pueblos, y Zeus te ha dado el cetro y las leyes para que decidas por ellos.
Por eso tú, más que nadie, debes escuchar y obedecer a otros, cuando su consejo sea bueno.
Yo te diré lo que me parece mejor. Desde el día en que fuiste a la tienda de Aquiles y te llevaste a la joven Briseida contra nuestra voluntad, te equivocaste.
Yo te lo desaconsejé. Pero cediste a tu soberbia y deshonraste al mejor de los hombres, al que los propios dioses honran.
Ahora pensemos cómo convencerlo con regalos agradables y palabras dulces.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
Miré a Néstor. Miré a Odiseo, a Ayax, a Diomedes. A todos los hombres que habían venido por mí, por mi hermano, por mi casa. En sus caras vi lo mismo que en las de los beocios mientras el desertor se desangraba en la arena.
Vi que ya no me temían.
—No has mentido, anciano —dije—. Me volví loco. No lo niego. Vale por muchos ejércitos el hombre al que Zeus ama de corazón. Pero ya que me cegué, quiero aplacarlo. Le daré un rescate inmenso.
Y empecé a enumerar.
Siete trípodes que nunca hubieran tocado el fuego.
Diez talentos de oro. Veinte calderos relucientes.
Doce caballos premiados en las carreras.
Siete mujeres de Lesbos, expertas en labores, las más hermosas, las que yo mismo elegí cuando él tomó Lesbos.
Y cuando cayera Troya, que llenara su nave de oro y de bronce, y que eligiera a veinte troyanas, las más bellas después de Helena.
Si llegábamos a Argos, sería mi yerno. Le daría a una de mis tres hijas, la que quisiera, sin dote. Le daría siete ciudades junto al mar.
Me detuve. Tragué saliva.
—Y le devolveré a la muchacha que le quité. A la hija de Briseo. Y le juraré con un gran juramento que nunca subí a su lecho ni me uní a ella, como es costumbre entre los hombres y las mujeres.
Los reyes asintieron. Néstor sonrió. Era un buen rescate. Me escocía hasta la última copa.
Pero añadí, porque no pude evitarlo:
—Que se someta. Que ceda ante mí. Porque soy más rey que él, y le gano en edad.
Odiseo me miró de reojo. Supe que no le diría esa última parte a Aquiles. Odiseo nunca dice todo.
Cuando se fueron, me quedé solo en la tienda.
Solo no. Ella estaba allí. Siempre estaba allí.
Briseida había servido el vino durante todo el consejo, en silencio, con la cabeza gacha y la cicatriz junto a la boca todavía rosada.
Los reyes la habían mirado al entrar. Todos.
Y ella no había mirado a nadie. Pero cuando yo pronuncié su nombre en la lista de regalos, entre los trípodes y los caballos, la jarra le había temblado en la mano. Un poco. Nadie lo vio, salvo yo.
Ahora estaba recogiendo las copas.
—Ven aquí.
Vino. Se quedó de pie delante de mi silla.
—¿Has oído?
—Sí, mi señor.
—Vuelves con él. —Me serví vino. Me temblaba la mano también a mí, y eso me enfureció—. Mañana. Si acepta.
No dijo nada. Llevaba días sin decir nada que no fuera sí, mi señor, no, mi señor.
Pero había aprendido a leerla. Había pasado muchas noches observándola, a la luz del brasero, mientras dormía a los pies de mi lecho, donde le ordené que durmiera.
La había visto despertarse sobresaltada y mirar hacia la parte trasera de la tienda, hacia las naves de Ftía.
Había visto cómo se acercaba a esa rendija en la lona, de madrugada, y se quedaba allí, con la frente apoyada en la tela, durante mucho tiempo.
Lo sabía todo. Sabía que él venía de noche, a mirar la tienda. Mis guardias me lo contaron la segunda vez. Les ordené que no hicieran nada.
Me gustaba saberlo allí fuera.
—Dime una cosa —le pedí—. ¿Lo quieres?
Briseida alzó la vista. Por primera vez en muchos días, me miró a los ojos sin que yo se lo ordenara.
—Mató a mi hermano —dijo—. Mató a mi marido. Quemó mi ciudad.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Se quedó callada. Mucho tiempo. Tanto que creí que no iba a responder.
—No lo sé —dijo al fin.
Y era verdad. Se le notaba. No lo sabía. Y ese no saber era, para mí, peor que un sí.
Me levanté. Dejé la copa. Me acerqué a ella hasta que noté el calor de su cuerpo a través de la túnica.
—Escúchame bien, Briseida de Lirneso. He jurado ante los reyes que no te he tocado. Es verdad. Mañana lo juraré ante él sobre un jabalí sacrificado, y los dioses serán testigos.
Le pasé un dedo por la cicatriz de la boca. Ella no se apartó.
—Pero si ese niño rechaza mis regalos, si me humilla otra vez delante de los embajadores, si me escupe en la cara como tú le escupiste a él... —Me incliné hasta su oído—. Esta misma noche dejaré de ser un hombre que cumple sus juramentos. Y tú dejarás de estar intacta.
Noté cómo se le cortaba la respiración.
—Reza, Briseida —le dije—. Reza para que te quiera más que a su orgullo.
Y me senté a esperar a los embajadores.