VI. Las puertas Esceas
Andrómaca
Aquiles mató a mi padre y luego lo enterró con todas sus armas.
Eso es lo que cuentan los troyanos cuando hablan del hijo de Peleo, como si fuera una prueba de nobleza.
Que no despojó el cadáver de Eetión, rey de Tebas la de altas puertas.
Que le levantó un túmulo y que las ninfas de la montaña plantaron olmos a su alrededor.
Lo cuentan con admiración. Yo lo oigo y me muerdo la lengua.
Mató también a mis siete hermanos. El mismo día.
En el mismo establo, mientras guardaban los bueyes y las ovejas blancas.
Los siete. El menor tenía diez años y se llamaba Podes, y lo recuerdo porque me seguía a todas partes, porque me robaba los higos secos de la despensa, porque lloraba cuando yo me casé y me fui a Troya.
Aquiles no les levantó túmulos a ellos. Los dejó allí, entre las ovejas.
Mi madre fue capturada y rescatada a cambio de un tesoro, y volvió a casa de su padre para morir de una flecha de Artemisa al poco tiempo.
Así dicen los sacerdotes cuando una mujer se muere de pena sin estar enferma. Flecha de Artemisa.
No me quedaba nadie.
Solo Héctor.
Lo busqué toda la mañana.
Los rumores llegaron a la ciudad antes del mediodía.
Que la tregua se había roto. Que Menelao estaba herido.
Que Diomedes, el hijo de Tideo, recorría la llanura como un incendio y había matado a Pándaro y herido a Eneas y que incluso, decían, había alcanzado con la lanza a la mismísima Afrodita en la mano.
Que los aqueos empujaban hacia las murallas.
Que Héctor había vuelto a la ciudad.
Corrí a casa. No estaba. Corrí al palacio de Príamo.
Me dijeron que había ido a ver a su madre, que le había pedido que reuniera a las ancianas y llevara a Atenea el peplo más hermoso del tesoro, para que la diosa se apiadara de la ciudad.
Corrí al templo. Ya se había ido. Me dijeron que había ido a casa de Paris.
A casa de Paris. A casa de ella.
No corrí. Me detuve en mitad de la calle, con el niño en brazos y la nodriza detrás, y me quedé quieta, mirando la casa de Paris en lo alto de la acrópolis, con su terraza y sus columnas pintadas. Mirando la ventana.
No diré lo que pensé. No me enorgullece.
Diré que conocía a mi marido. Que conocía la forma en que callaba cuando alguien nombraba a Helena en la mesa. Que lo había visto, alguna noche, volver de la muralla con el olor de la mirra en el manto. Que nunca le pregunté. Que una esposa troyana no pregunta.
Y que en la ciudad se decía, entre las mujeres, que Helena era la única persona en Troya a la que Héctor no había gritado nunca.
Me fui a la torre de la puerta Escea. Desde allí se veía la llanura. Desde allí lo vería salir.
Y lo vi venir.
Bajaba por la calle principal, corriendo, con el casco bajo el brazo. Se detuvo al verme. Yo eché a correr hacia él, y la nodriza detrás de mí, con el niño en el regazo.
Astianacte. El señor de la ciudad, lo llamaban los troyanos. Su padre lo llamaba Escamandrio, como el río. Era tan pequeño, tan rubio, tan hermoso como una estrella.
Héctor miró al niño y sonrió sin decir nada.
Yo me eché a llorar. Le cogí la mano. Llevaba la palma llena de callos y la piel de los dedos endurecida por la empuñadura de la espada. Tenía sangre bajo las uñas.
—Desdichado —le dije—. Tu valor te va a perder.
No tienes compasión ni del niño ni de mí, que pronto seré tu viuda.
Porque los aqueos te matarán. Se lanzarán todos contra ti.
Y para mí sería mejor, si te pierdo, hundirme bajo tierra.
No me quedará ningún consuelo cuando te alcance el destino.
Solo dolor. No tengo padre ni madre. Aquiles mató a mi padre.
Aquiles mató a mis hermanos. Héctor, tú eres para mí padre, y madre venerable, y hermano. Tú eres mi esposo joven.
Le apreté la mano con las dos mías.
—Ten piedad. Quédate aquí en la torre. No dejes huérfano a tu hijo ni viuda a tu mujer. Pon el ejército junto a la higuera, por donde la muralla es más baja. Tres veces la han atacado por allí los mejores aqueos. Quédate. Defiéndela desde aquí.
Héctor me miró largamente.
Tenía unas ojeras moradas que no le había visto nunca. Llevaba nueve años sin descansar de verdad. Ese día, además, estaba en calma, y esa calma me encogió el estómago.
Ya había elegido.
—Mujer —me dijo—, también a mí me preocupa todo eso.
Pero me daría una vergüenza terrible ante los troyanos y las troyanas de largos mantos si me escondiera aquí lejos de la lucha, como un cobarde.
Mi corazón no me lo permite. Aprendí a ser valiente siempre, y a combatir entre los primeros troyanos, para ganar gloria para mi padre y para mí.
Calló un momento. Luego me apartó un mechón de pelo de la frente.
—Porque lo sé muy bien, Andrómaca. Llegará un día en que perezca la sagrada Ilión, y Príamo, y el pueblo de Príamo. Lo sé en mi mente y en mi corazón.
Lo dijo así, sencillamente, como quien dice que mañana lloverá.
—Pero no me duele tanto el destino de los troyanos, ni el de mi madre, ni el de mi padre, ni el de mis hermanos que caerán en el polvo.
Me dueles tú. Cuando algún aqueo de coraza de bronce te lleve llorando.
Cuando en Argos tejas en el telar de otra mujer, y acarrees agua de una fuente extranjera, contra tu voluntad, porque te pesará una dura necesidad.
Y alguno dirá al verte llorar: Esa es la mujer de Héctor, el mejor de los troyanos domadores de caballos, cuando luchaban en torno a Ilión.
Y a ti se te renovará el dolor de no tener un hombre así que te libre de la esclavitud.
Me sujetó la cara con las dos manos.
—Que me cubra la tierra amontonada antes de oír tus gritos cuando te arrastren.
Alargó los brazos para coger a su hijo.
Astianacte gritó. Se escondió en el pecho de la nodriza, aterrado, llorando. Le daba miedo su padre. El bronce del casco, el penacho de crin de caballo que se agitaba en lo alto, terrible.
Héctor se echó a reír. Yo también me reí, entre lágrimas, sin poder evitarlo. Héctor se quitó el casco y lo dejó en el suelo, resplandeciente. Cogió al niño, lo besó, lo meció en sus brazos, y rezó a Zeus y a los demás dioses.
—Zeus y demás dioses, concededme que este hijo mío sea como yo.
Ilustre entre los troyanos. Valiente. Que reine poderosamente en Ilión.
Y que algún día digan de él, cuando vuelva de la guerra: Es mucho mejor que su padre.
Que traiga los despojos de un enemigo muerto, y que se alegre en su corazón su madre.
Me devolvió al niño.
Yo lo cogí y lo apreté contra mi pecho perfumado. Y me reí llorando. Héctor se dio cuenta y se compadeció. Me acarició con la mano.
—Desdichada. No te aflijas tanto. Nadie me arrojará al Hades antes de lo que me corresponde.
Y del destino ningún hombre se ha librado, ni el cobarde ni el valiente, una vez nacido.
Vuelve a casa. Ocúpate de tus labores, del telar, de la rueca.
Y manda a las esclavas que trabajen. La guerra es cosa de hombres.
Recogió el casco.
Y se fue.
No me volví a mirarlo.
Mentira. Me volví muchas veces. Cada diez pasos, cada cinco. Lo vi bajar hacia la puerta, alcanzar a Paris, que corría a su encuentro con la armadura reluciente como un caballo que ha roto el ronzal. Los vi salir juntos a la llanura, los dos hermanos, el bueno y el maldito.
Cuando llegué a casa reuní a las esclavas. Eran muchas. Les dije lo que había visto en mi marido.
En el patio de nuestra casa, con el niño dormido en mis brazos, todas nosotras empezamos a llorar a Héctor.
A llorarlo como se llora a un muerto. Con los cabellos sueltos. Con los gritos rituales. Golpeándonos el pecho.
Lo lloramos vivo.
Porque ninguna de nosotras creía ya que fuera a volver de la guerra, escapando a las manos de los aqueos.
Esa noche llegó tarde, sucio, agotado, con un corte en la frente. Las esclavas dormían. Lo esperé en el patio con un cuenco de agua tibia y un paño, y no le dejé hablar.
Le desaté yo misma la coraza. Las correas estaban duras de sangre seca y tuve que tirar con los dientes de una de ellas.
Le quité la túnica por la cabeza. Debajo tenía el cuerpo que yo conocía mejor que el mío, y que esa noche me pareció de otro hombre: un moratón negro en el costado, arañazos en los brazos, la vieja cicatriz del muslo que le abrió una lanza aquea el primer verano de la guerra.
Le lavé el pecho. Le lavé el cuello. El agua del cuenco se volvió rosa.
Cuando llegué al vientre, me cogió la muñeca.
—Andrómaca.
Lo miré, y algo se me desató dentro, algo que llevaba toda la tarde apretado como un puño desde que lo vi bajar la cabeza delante del niño.
Tiré el paño al suelo. Lo empujé contra la columna del patio y lo besé con una furia que no me conocía.
Sabía a polvo y a sudor y a hierro. Le mordí el labio.
Le mordí el hombro hasta notar la sangre en la lengua, y él gimió, y ese gemido me bajó por la espalda como agua caliente.
Lo llevé al lecho. No le dejé tumbarme. Lo tumbé yo, me subí encima, me quité el vestido de un tirón y dejé que me viera a la luz de la lámpara.
Él alargó las manos hacia mis pechos, y se las aparté.
Le sujeté las muñecas contra la almohada.
Héctor, el domador de caballos, el que hacía temblar a los aqueos, se dejó sujetar por mí.
Lo tomé sin prisa al principio, mirándolo, viendo cómo se le cerraban los ojos y se le abría la boca.
Luego más deprisa. Le clavé las uñas en el pecho, encima del corazón, donde quería dejarle una marca que cualquier aqueo viera antes de matarlo.
Lo cabalgué con rabia, con hambre, como si quisiera arrancarle la vida para guardármela dentro, en el vientre, donde ningún aqueo pudiera alcanzarla.
Grité. No me importó que me oyeran las esclavas, ni los vecinos, ni la ciudad entera.
Héctor no dijo nada. Me dejó hacer. Me miraba desde abajo, ojeroso, y cuando terminamos, me abrazó tan fuerte que me crujieron las costillas.
—Andrómaca —me dijo al oído—. Si caigo...
Le tapé la boca.
No quería saber el final de esa frase. Nunca lo quise.
Ahora lo sé. Y lo llevo dentro, donde guardé su vida esa noche, y me quema.