Cautiva de Aquiles V. La que todos miran
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V. La que todos miran

Helena

Mi madre, Leda, me sentaba en un taburete en el patio del palacio de Esparta y me decía que no me moviera.

Tenía cuatro años. Venían los nobles, los embajadores, los mercaderes de Creta, y se quedaban delante de mí, mirándome.

Algunos lloraban. Uno, un hombre viejo de Tirinto, se arrodilló.

Yo no entendía nada. Me aburría. Quería ir a jugar con mis hermanos al río.

A los doce años me raptó Teseo. Me devolvieron mis hermanos, Cástor y Pólux, a las pocas lunas, y nunca nadie me preguntó qué había pasado en Afidna.

A los quince años vinieron todos los reyes de Grecia a pedir mi mano, y mi padre, Tindáreo, temió tanto la guerra entre ellos que los hizo jurar sobre los restos de un caballo sacrificado.

Defenderían al elegido contra cualquiera que intentara arrebatarme. Odiseo tuvo la idea. Odiseo, siempre.

Eligieron a Menelao. No yo. Ellos.

Y ahora, veinte años después del juramento, aquí estaban todos. Los mismos reyes. Envejecidos, llenos de cicatrices, delante de las murallas de Troya, cumpliendo lo que juraron sobre un caballo muerto. Por mí. Por una niña sentada en un taburete.

Laódice, la hija de Príamo, vino a buscarme al telar.

Estaba tejiendo un manto púrpura, doble, de los grandes.

Llevaba varias lunas con él. En la tela bordaba las batallas que veía desde la muralla.

Troyanos de manto rojo, aqueos de bronce, carros, lanzas, muertos.

Me gustaba bordar a los muertos. Era lo único de esta guerra que podía hacer con mis manos.

—Ven, querida —me dijo Laódice—. Ven a ver algo extraordinario. Los troyanos y los aqueos han dejado de luchar. Están sentados en la llanura, con las lanzas clavadas en la tierra y los escudos apoyados. Paris y Menelao van a luchar por ti. Serás la esposa del que gane.

Dejé la lanzadera.

Me puse un velo blanco y salí, con mis dos esclavas, Etra y Clímene. Etra era la madre de Teseo. Mis hermanos la capturaron cuando me rescataron y me la dieron como sierva. Llevaba más de veinte años sirviéndome. Nunca me había perdonado nada.

Subimos a la torre de la puerta Escea.

Príamo estaba allí con los ancianos de la ciudad.

Viejos inútiles para la lanza, sentados en la torre como cigarras en una rama, hablando sin parar.

Cuando me vieron llegar se callaron. Los oí murmurar entre ellos.

Lo de siempre. No es reprochable que troyanos y aqueos sufran tanto tiempo por una mujer así.

Se parece terriblemente a las diosas inmortales.

Pero aun así, que se vuelva en las naves, que no nos deje a nosotros y a nuestros hijos esta desgracia.

Hablaban de mí delante de mí. Sorda, de piedra, eso debían de creer que era.

Príamo me llamó con la mano.

—Ven aquí, hija querida. Siéntate a mi lado. Mira a tu primer marido, a tus parientes, a tus amigos. Tú no tienes la culpa. La culpa es de los dioses, que me trajeron esta guerra.

Me senté a su lado. Le cogí la mano. Era el único hombre en Troya que no me miraba como a un premio o como a una maldición. Me miraba como a una hija. Por eso me costaba tanto sostenerle la mirada.

Me preguntó quiénes eran los guerreros que se veían abajo. Se los fui nombrando. Agamenón, el de la barba recortada y el manto de púrpura, el que había sido mi cuñado. Odiseo, bajo y ancho, con los hombros de un carnero. Ayax, el gigante. Idomeneo de Creta.

Busqué a mis hermanos. Cástor y Pólux. No los encontré entre las filas.

Quizá no han venido, pensé, por vergüenza de mí.

No sabía que estaban muertos. Que la tierra de Esparta ya los cubría. Me enteré mucho tiempo después.

El duelo duró menos de lo que se tarda en cocer un pan.

Paris salió de las filas troyanas con una armadura prestada que le venía grande. Brillaba. Siempre brillaba. Menelao avanzó hacia él con la lanza en alto, y lo vi bien, más viejo, con una cicatriz nueva en la mejilla izquierda y los ojos rojos, rabiosos, puestos solo en Paris.

No me miró ni una vez.

Lanzaron las lanzas. La de Paris se dobló contra el escudo de Menelao.

La de Menelao atravesó el escudo de Paris, la coraza, la túnica, y mi marido se apartó en el último momento, de modo que la punta le rasgó el costado sin herirlo.

Menelao sacó la espada y le dio un golpe en el casco con tanta fuerza que la hoja se partió en tres o cuatro pedazos.

Entonces lo agarró por el penacho del casco y empezó a arrastrarlo hacia las filas de los aqueos.

Paris pataleaba. La correa del casco le apretaba el cuello y se estaba asfixiando. Se le había puesto la cara azul. Toda la llanura miraba. Todos los ancianos de la torre se habían puesto de pie.

Una voz tranquila, la mía, lo pensó por mí. Que lo mate.

Lo pensé así. Sin culpa. Que lo mate y se acabe. Volveré con Menelao, me pegará, me encerrará en el gineceo, me odiará el resto de su vida y quizá me mate él también, pero esto se habrá acabado. Las madres troyanas dejarán de escupir cuando paso. El viejo Príamo podrá dormir.

La correa se rompió.

No sé cómo. Vi la mano de Menelao cerrada sobre un casco vacío, y una niebla que se levantaba del suelo, una niebla extraña, dorada, en mitad de la mañana. Cuando se disipó, Paris ya no estaba.

La vieja apareció a mi lado en la torre. Una hilandera de Esparta, con la cara arrugada como una manzana de invierno. La conocía. Me había tejido la lana cuando era niña.

Pero tenía que estar muerta. Hacía años.

Me tiró de la manga.

—Ven. Paris te llama. Está en su habitación, en el lecho torneado, brillante de belleza y de vestidos. Cualquiera diría que vuelve del baile.

Le miré la cara. Los ojos eran demasiado jóvenes para ella.

Los había visto antes, una vez, en un sueño, cuando tenía dieciséis años y Paris acababa de llegar a Esparta. De miel y de vino, sin fondo, de los que se ríen de todo.

Afrodita.

—No —le dije.

La vieja dejó de sonreír.

—Ve tú —le dije—. Siéntate a su lado. Deja el camino de los dioses y no vuelvas al Olimpo. Llora por él, cuídalo, hasta que te haga su esposa o su esclava. Yo no voy. Sería vergonzoso preparar su cama. Las troyanas se burlarían de mí.

La diosa se acercó. Su aliento olía a manzanas podridas.

—No me irrites, desgraciada —susurró—. No sea que me enfade y te abandone, y te odie tanto como ahora te amo. Haré nacer entre troyanos y aqueos un odio tan terrible que morirás de mala muerte. Y no serás la única.

Me levanté.

Nadie en la torre me vio marcharme. Ni Príamo, ni los ancianos, ni Etra, que me miraba siempre. Bajé las escaleras envuelta en el velo, sin sentir los peldaños.

Paris estaba tumbado en el lecho, desnudo hasta la cintura. Se había lavado. Olía a rosas otra vez. No tenía ni un rasguño, salvo una marca roja en el cuello donde le había apretado la correa del casco.

Me senté en una silla frente a él. Aparté la mirada.

—Has vuelto de la guerra —le dije—. Ojalá hubieras muerto allí, vencido por ese hombre que fue mi esposo.

Antes presumías de ser mejor que Menelao.

Con la lanza, con las manos. Pues ve, rétalo otra vez.

Aunque yo te aconsejo que no. Que no luches con él cara a cara, sin pensarlo, no sea que acabes muerto bajo su lanza.

Paris se rió. Una risa suave, de gato.

—No me hieras con tus palabras, mujer. Esta vez Menelao me ha vencido con ayuda de Atenea.

Otro día lo venceré yo. También nosotros tenemos dioses.

—Se incorporó en el lecho—. Ven. Acuéstate conmigo.

Nunca te he deseado tanto. Ni siquiera la primera vez, cuando te saqué de Esparta y nos unimos en la isla de Cránae. Ni entonces te deseé como ahora.

Lo odié.

Lo odié con todo mi cuerpo. Odié su piel sin cicatrices, su pelo perfumado, sus manos de músico.

Odié que hubiera huido mientras otros hombres morían por él.

Odié su risa, su cobardía, su belleza tan parecida a la mía.

Nos parecíamos demasiado. Dos criaturas hermosas e inútiles, hechas para ser miradas.

Y fui hacia él.

No diré que la diosa me obligó. Habría sido fácil decirlo. Afrodita estaba allí, en algún rincón de la habitación, en el aire perfumado, en la luz de la tarde que se filtraba por la ventana. Pero también estaba en mí. En mi vientre. En esa parte de mí que nunca aprendió a decir que no.

Paris me desató el velo. Lo hizo con la delicadeza de quien abre un regalo que ya conoce, y dejó que la tela resbalara por mis hombros hasta el suelo.

Luego me deshizo el broche del peplo. Me quedé desnuda delante de él, de pie, con los brazos caídos, igual que me quedaba de niña en el taburete del patio. Mirada.

Me besó el cuello, debajo de la oreja, donde sabía que me temblaban las rodillas.

Me recorrió la clavícula con la boca, el hueco entre los pechos, el vientre.

Se arrodilló delante de mí. Tenía las manos calientes y perfumadas, y me abrió los muslos con ellas igual que se abren las cortinas de un templo.

Cerré los ojos. Mientras su boca me buscaba, pensé en la marca roja de la correa del casco, en cómo se había amoratado mientras Menelao lo arrastraba por el polvo.

Había estado a un palmo de morir. Recordé la mano de Menelao cerrándose sobre su garganta, y a mi primer marido rugiendo, rojo de rabia.

Y eso, que los dioses me perdonen, fue lo que me encendió.

Le agarré del pelo. Lo arrastré hasta el lecho, y fui yo quien se tumbó encima, quien le clavó las rodillas en las costillas y le hundió las uñas en los hombros.

Lo quería así, débil, debajo de mí, con la marca de la derrota todavía en el cuello.

Le puse la mano sobre esa marca mientras me movía sobre él, y apreté, un poco, solo un poco, lo justo para asustarlo.

Paris se rió entre jadeos. Le gustaba. A él todo le gustaba.

Cuando terminé, me aparté y me quedé mirando el techo, con el cuerpo todavía temblando y la boca amarga. Afrodita había ganado otra vez. Siempre ganaba. Lo peor era que, durante un rato, yo había disfrutado igual que ella.

Más tarde, mientras Paris dormía, me asomé a la ventana.

Abajo, en la llanura, los ejércitos seguían quietos. Menelao recorría las filas troyanas como una fiera, buscando a mi marido. Los troyanos se apartaban. Ninguno lo escondía. Si hubieran sabido dónde estaba, lo habrían entregado ellos mismos.

Vi un destello.

Una flecha. Salió de entre los licios, desde detrás de un escudo, y voló alta, en una curva perfecta. Fue a clavarse en el cinturón de Menelao. Lo vi tambalearse. Lo vi llevarse la mano al vientre y sacarla roja.

Un grito enorme se levantó en la llanura.

La tregua había terminado.

Los aqueos se lanzaron hacia delante como una ola que rompe contra las rocas. Los troyanos levantaron los escudos. El ruido del bronce chocando contra el bronce subió hasta mi ventana, y luego los gritos, y luego el olor.

Detrás de mí, Paris se despertó.

—¿Qué pasa? —preguntó, bostezando.

No le contesté. Miraba la llanura. Miraba los primeros cuerpos caer.

Y pensé, como pensaba todos los días desde hacía nueve años, que cada uno de esos hombres moría por mí. Por una niña sentada en un taburete en un patio de Esparta. Por una cara.

Me dieron ganas de arrancármela con las uñas.