Cautiva de Aquiles I. La peste #4
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I. La peste #4

—Porque los mirmidones no están en la formación. Ni sus estandartes. Ni sus carros. Las naves de Ftía siguen varadas y los hombres de Aquiles están sentados en la playa jugando a los dados.

Paris se quedó callado. El esclavo seguía untándole aceite en los hombros. Lo apartó con un gesto.

—Entonces es una buena noticia. ¿No?

No le respondí. Llevaba nueve años sin poder responder a esa clase de preguntas.

Troya era hermosa. Quiero que eso quede dicho antes que nada.

La ciudad de mi padre se alzaba sobre una colina, por encima de la llanura del Escamandro, rodeada de murallas que habían levantado Poseidón y Apolo con sus propias manos cuando servían como siervos al rey Laomedonte.

Eso contaban los viejos. Yo no sé si es cierto.

Sé que las piedras de esas murallas eran tan grandes que ningún hombre podía moverlas, que estaban tan bien encajadas que no entraba entre ellas ni la hoja de un cuchillo, y que en nueve años los aqueos no habían conseguido abrirles ni una grieta.

Dentro había templos con columnas pintadas de rojo y azul, mercados donde se vendía ámbar del norte y especias del sur, fuentes de agua caliente y fría, jardines con granados y laureles.

Había cincuenta casas de piedra pulida para los cincuenta hijos de Príamo, y doce para sus hijas, todas alrededor del palacio.

Había caballos. Los mejores caballos del mundo, decían, descendientes de los que Zeus regaló a nuestro antepasado Tros a cambio de su hijo Ganimedes.

Y había hambre. Eso no lo contaban los cantores que venían de Licia y de Caria a cantar las glorias de la ciudad.

En el noveno año del asedio, el grano se racionaba.

Los aliados que habían venido a defendernos, licios, tracios, frigios, cobraban en oro y en comida, y nos estaban dejando secos.

Las mujeres pobres de la ciudad baja vendían a sus hijas a los soldados extranjeros por un saco de harina.

Yo lo sabía. Mi padre lo sabía. Lo sabíamos todos, y nadie decía nada, porque decirlo era admitir que estábamos perdiendo.

Y perdíamos. Gota a gota, como pierde sangre un hombre con una herida pequeña que no deja de supurar.

Y todo por ella.

No culpo a Helena. Quiero que también eso quede dicho.

Paris la trajo. Paris fue a Esparta como huésped de Menelao, comió en su mesa, durmió bajo su techo, y cuando Menelao se marchó a Creta a enterrar a su abuelo, Paris se llevó a su mujer y la mitad de su tesoro.

Unos dicen que ella fue de buena gana. Otros que Afrodita se la entregó como premio por un juicio absurdo en el monte Ida.

Paris cuenta la historia según el día y según quién le escuche.

Yo he hablado con Helena muchas veces. Nunca le he preguntado si quiso venir.

—Menelao ha pedido un duelo.

Lo dijo Polidamante, en el consejo, esa misma tarde. Estábamos reunidos en la sala del trono, mi padre sentado en el centro con su barba blanca y sus manos temblorosas, los ancianos alrededor, mis hermanos de pie. Paris estaba apoyado en una columna, comiendo uvas.

—Un duelo —repitió mi padre.

—Con Paris. A muerte. Quien gane se lleva a Helena y los tesoros. Los demás juramos la paz. Los aqueos se marchan.

Hubo un silencio enorme. Lo sentí caer sobre la sala como una manta mojada.

Los aqueos se marchan.

Vi cómo los ancianos se miraban entre ellos. Vi cómo Antenor, que siempre había pedido devolver a Helena, soltaba el aire con alivio. Vi a mi madre, Hécuba, al fondo de la sala, llevarse las manos al pecho.

Y vi a Paris dejar de comer uvas.

Todos se volvieron hacia él.

Mi hermano tenía la cara pálida debajo del perfume.

Lo conocía muy bien. Lo conocía desde que era un niño hermoso y caprichoso, el hijo que mi madre abandonó en el monte porque un sueño le anunció que incendiaría Troya, el pastor que volvió años después y al que mi padre recibió llorando de alegría.

Lo conocía cuando jugaba conmigo a las espadas y siempre se dejaba ganar porque le aburría perder el tiempo practicando.

Sabía exactamente lo que estaba pensando.

Menelao era un guerrero. No como Aquiles, pero un guerrero. Paris era un arquero, un hombre que mataba desde lejos, desde detrás de una columna o de un árbol. En un duelo cuerpo a cuerpo, con lanza y espada, Menelao lo destriparía.

—No —dijo Paris.

Lo dijo en voz muy baja.

Me acerqué a él paso a paso. Los ancianos se apartaron. Me puse delante de mi hermano, tan cerca que podía oler el aceite de rosas.

—Paris el maldito —le dije, como lo llamaban en la ciudad baja—.

El más hermoso de nuestros hermanos. Seductor de mujeres.

Ojalá no hubieras nacido. Ojalá hubieras muerto sin casarte.

Eso preferiría yo, y sería mucho mejor que ser la vergüenza y el escarnio de todos.

¿Oyes cómo se ríen los aqueos? Creían que eras un campeón por tu cara bonita.

Y no hay fuerza en tu corazón ni valor. ¿Así fuiste a buscar a una mujer hermosa a una tierra lejana, nuera de hombres guerreros?

Para desgracia de tu padre, de la ciudad, del pueblo entero.

Paris me miraba. Le temblaba el labio inferior.

—Los troyanos son unos cobardes —continué—. Si no, hace tiempo que te habrían puesto una túnica de piedra por todo el mal que nos has hecho.

La túnica de piedra. La lapidación. Lo dije sin pensar, y después me arrepentí, pero ya era tarde. Las palabras se quedaron en la sala.

Paris bajó la vista. Cuando volvió a levantarla, había recuperado esa sonrisa suya, frágil y brillante.

—Tienes razón, Héctor. Siempre tienes razón. —Tiró las uvas al suelo—. Que preparen los juramentos. Lucharé con Menelao.

Esa noche no fui a mi casa.

Debería haberlo hecho. Andrómaca me esperaba con la cena, y mi hijo, Astianacte, que ya tenía casi un año, aprendía a dar sus primeros pasos agarrado a los muebles.

Debería haber ido a verlos. Pero me quedé en la muralla, junto a la puerta Escea, mirando las hogueras del campamento aqueo que se extendían por la llanura hasta el mar, como un segundo cielo estrellado puesto del revés.

Contaba las hogueras. Lo hacía muchas noches. Era una costumbre inútil, como rezar.

Si Paris ganaba, nada cambiaba. Si Paris perdía, Helena volvía con Menelao y los aqueos se iban. Lo había pensado muchas veces durante la tarde, dándole vueltas como se dan vueltas a una piedra en la mano, y siempre había llegado a la misma conclusión, la que no me atrevía a decir en voz alta.

Quería que mi hermano perdiera.

Quería que Menelao lo matara, que le atravesara la garganta con la lanza delante de toda la ciudad, para que se acabara de una vez esta guerra que nos estaba devorando.

Oí pasos en la escalera de la muralla. Ligeros. Un perfume más hondo que el aceite de rosas de Paris. Ámbar, mirra.

No me volví. Sabía quién era. Solo había una persona en Troya que subía a la muralla de noche, sin escolta, envuelta en un manto oscuro para que nadie la reconociera.

—Me has defendido en el consejo —dijo Helena.

—No te he defendido. No he dicho nada sobre ti.

—Por eso.

Se acodó en el parapeto, a mi lado. No nos miramos. Mirábamos los dos las hogueras de los aqueos.

—Mañana mi primer marido intentará matar a mi segundo marido —dijo al cabo de un rato—. Y los dos lo harán por mí. Y ninguno de los dos me ha preguntado qué quiero.

—¿Y qué quieres?

Se volvió hacia mí. A la luz de las antorchas tenía los ojos húmedos y la boca apretada, como una niña que no quiere llorar delante de nadie.

—Que alguien me lo pregunte —dijo— de verdad. Por una vez.

Y antes de que pudiera responder, se dio la vuelta y bajó la escalera, dejando tras de sí un rastro de mirra que tardó mucho en disiparse.