I. La peste #3
Había otras mujeres. Conté siete. Una lavaba copas en un barreño, otra hilaba en un rincón, dos jóvenes muy parecidas, quizá hermanas, estaban sentadas en un banco sin hacer nada, con la mirada perdida. Ninguna levantó la vista cuando entré. Allí dentro las mujeres habían aprendido a no ver.
Agamenón estaba sentado en una silla de respaldo alto, con las piernas extendidas hacia el brasero. Era más viejo que Aquiles, mucho más. Tenía la barba entrecana, recortada, y unas manos grandes, pesadas, llenas de anillos. Llevaba todavía el manto de púrpura de la asamblea.
Me examinó de arriba abajo, igual que se examina una yegua en la feria.
—Acércate.
Me acerqué. Recordé el consejo de Criseida y fijé la mirada en su pecho, en el broche de oro que le sujetaba el manto. Tenía forma de león.
—Así que esta es la famosa Briseida. —Alargó la mano y me cogió un mechón de pelo entre los dedos. Lo frotó entre las yemas, tasándolo—. Hablan mucho de ti. Dicen que tienes a Aquiles comiendo de tu mano.
No dije nada.
—Dicen también que no te ha tocado. —Soltó el mechón—. ¿Es verdad?
No dije nada.
Se levantó. Era alto, aunque no tanto como Aquiles, y más ancho. Dio una vuelta a mi alrededor. Lo oía respirar detrás de mí.
—Te he hecho una pregunta.
—Es verdad, señor.
Se rió. Una risa grave, sorprendida, casi divertida.
—Nueve lunas. Nueve lunas con una mujer como tú en la tienda y el gran Aquiles no se ha atrevido a ver qué había bajo tu ropa.
—Volvió a ponerse frente a mí—. ¿Sabes lo que creo?
Que el muchacho tiene más de su madre de lo que piensa.
Esas diosas del mar son frías. Por dentro tienen más agua que fuego.
Me puso dos dedos bajo la barbilla y me obligó a levantarla.
No lo miré a los ojos. Miré su frente, las entradas canosas, una vena que le latía en la sien.
—Mírame.
No lo hice.
La bofetada que me dio me tiró al suelo.
No fue la primera vez que un hombre me golpeaba.
Mines, mi marido, lo había hecho alguna vez.
Pero lo de Agamenón fue diferente. Tenía la mano de piedra, cargada de anillos, y noté que uno me abría la piel junto a la boca.
Me quedé en las alfombras con el sabor de la sangre en la lengua. Ninguna de las otras mujeres se movió.
—Mírame —repitió.
Lo miré.
Ahí entendí a Criseida. Le relucía un placer viscoso, de animal saciado.
—Así está mejor. —Volvió a sentarse—. Escúchame bien, Briseida de Lirneso, porque solo te lo voy a decir una vez. No te voy a tocar, no del modo que yo quisiera hacerlo.
Parpadeé. Él sonrió.
—¿Te sorprende? No te tocaré esta noche, ni mañana, ni ninguna otra. No porque no me apetezca. Eres hermosa, lo admito, aunque tienes demasiado orgullo para una esclava. Pero no te he traído aquí para eso.
Cogió la copa de vino y bebió.
—Te he traído para que él se lo imagine.
Cada noche. Cada vez que mire hacia mis naves y vea luz en esta tienda.
Quiero que se acueste en su jergón y piense en ti aquí.
Conmigo. Quiero que se vuelva loco imaginándolo.
—Dejó la copa en el suelo—. La imaginación de un hombre es mucho más cruel que cualquier cosa que yo pueda hacerte.
Y además —añadió, distraído— una mujer intacta vale más.
Si algún día ese perro viene a suplicarme, quizá te devuelva a su tienda.
Usada o no, ¿quién lo sabrá? Será mi palabra contra la tuya.
Me levanté del suelo. Me temblaban las piernas, pero me levanté.
—¿Y qué tengo que hacer yo? —pregunté.
—Servir el vino. Sentarte donde yo te diga. Estar a la vista. —Se encogió de hombros—. Y sonreír cuando pase alguno de sus mirmidones por delante de la tienda. Que lo vean. Que se lo cuenten.
No pegué ojo.
Me dieron un jergón junto a las dos muchachas que parecían hermanas.
Se llamaban Ianira y Nemertes; habían sido de la casa de un rey de Ténedos.
La menor tenía quince años y la mayor dieciséis, y llevaban dos años allí.
No sé qué les había hecho Agamenón, o qué habían hecho los demás reyes cuando él las prestaba en los banquetes, porque no me lo contaron y no les pregunté.
Pero dormían abrazadas, con los puños cerrados, y la menor gemía en sueños.
Yo miraba la lona del techo y pensaba.
Pensaba en Lirneso. En Licaón con la lanza demasiado larga. En el juramento que hice en la playa, con las uñas clavadas en las palmas. Mataré a Aquiles. Llevaba nueve lunas durmiendo a cinco pasos de él, con un cuchillo bajo la manta, y no lo había hecho.
Me había dicho a mí misma muchas razones. Que me matarían después, que no podría hacerlo dormido porque nunca dormía del todo, que su piel no se dejaba cortar, como decían los soldados. Todas eran ciertas, y ninguna me servía.
La verdadera empezó a la tercera luna.
Me desperté gritando. Había soñado con Licaón. En el sueño, mi hermano seguía de rodillas en el patio, pero tenía la cara de Aquiles. Me incorporé en el jergón empapada en sudor y lo vi sentado junto al fuego, despierto, con la lira en el regazo. Me miraba. No dijo nada. Empezó a tocar.
Tocó una melodía lenta, muy sencilla, sin palabras. Tocó hasta que me dormí. Por la mañana, cuando desperté, la lira estaba a los pies de mi jergón y él no estaba en la tienda.
No se lo perdoné. Que me consolara el hombre que había matado a quien yo lloraba. Que me hubiera dormido escuchándolo. Y a mí tampoco me lo perdoné.
Y así fueron pasando las lunas, entre el odio y otra cosa que no tenía nombre y que yo no quería nombrar.
Él me observaba. Siempre. Cuando molía la cebada, cuando servía el vino, cuando me peinaba junto al brasero.
Nunca se acercaba. Nunca me tocaba. Esa distancia, que al principio fue un alivio, empezó a pesarme en la piel como una mano que no llega a posarse.
Una tarde de calor fui a bañarme al arroyo que corre detrás de las naves, entre adelfas. Me quité la túnica y entré en el agua hasta la cintura. Estaba fría. Se me erizó la piel de los brazos, del vientre, de los pechos. Lo sentí antes de verlo. Esa forma de mirar suya, que pesaba.
Estaba en la orilla, sentado en una piedra, a la sombra. No disimulaba. Tenía los codos apoyados en las rodillas y me miraba con los párpados entornados, igual que se mira el fuego.
Debería haberme cubierto. Debería haberle gritado, haberme hundido en el agua hasta el cuello.
No lo hice. Me quedé de pie, con el agua lamiéndome las caderas, y empecé a lavarme despacio.
Me pasé las manos mojadas por los hombros, por el cuello, por debajo de los pechos, sin dejar de mirarlo.
Quería castigarlo. Quería que viera lo que no se atrevía a tomar y que le doliera.
No se movió. Solo vi cómo se le tensaba la mandíbula y cómo cerraba los puños.
Esa noche, tumbada en mi jergón con el cuchillo bajo la manta, no pude dormir.
Me ardía la piel por todos los sitios por los que había pasado su mirada.
Me toqué pensando en sus manos, en esas manos que habían matado a mi hermano, y me odié mientras lo hacía, y no pude parar.
Esperaba el momento en que viniera a mí. Primero con terror. Después, un día cualquiera, con algo que se le parecía demasiado al hambre.
Me daba asco. Y seguía esperando.
Y esa tarde, cuando los heraldos vinieron a buscarme, me peiné.
Me puse la túnica azul. Me lavé la cara.
Quería que me viera. Quería que se pusiera en pie y desenvainara la espada y matara a los heraldos, a Agamenón, a quien hiciera falta.
Quería, que los dioses me perdonen, que me reclamara como suya.
Y él se quedó sentado en su arcón y dijo “Patroclo, tráela”.
A medianoche oí pasos fuera de la tienda.
Los guardias de Micenas dormitaban junto a la entrada. Las lámparas se habían consumido y solo quedaba el resplandor rojo del brasero. Agamenón roncaba en su lecho, al otro lado de una cortina de lino.
Me levanté sin hacer ruido y fui hasta una rendija de la lona, en la parte de atrás, donde las cuerdas estaban flojas.
Afuera la noche estaba limpia, sin luna. Las naves se alineaban en la playa como bestias dormidas. Entre dos de ellas, a unos treinta pasos, inmóvil en la sombra, había un hombre.
No le distinguía los rasgos. Solo la silueta, alta, y el pelo claro que la luz de las estrellas volvía plateado. No llevaba armas. Estaba de pie, quieto como un poste, mirando la tienda.
Mirándome.
No sé si me vio. Era imposible que me viera, detrás de la lona, a oscuras. Aun así, en ese momento, alzó un poco la cabeza. Como un animal que olfatea el aire.
Me llevé la mano a la boca, a la herida que me había abierto el anillo de Agamenón. Todavía estaba hinchada.
Pensé: Si ve esto, lo matará.
Y enseguida, sin poder evitarlo, lo contrario. Quiero que lo vea.
La silueta se dio la vuelta y desapareció entre las naves.
IV. La ciudad que espera su destino
Héctor
Mi hermano Paris se estaba perfumando cuando entré en su casa.
Un esclavo frigio le sostenía el espejo de bronce y otro le untaba aceite de rosas en los hombros. Paris llevaba una túnica de lino fino, blanquísima, y se estaba recortando la barba con unas tijeras de plata. Al verme en la puerta me enseñó todos los dientes, encantado, igual que siempre.
—¡Héctor! Llegas a tiempo. Dime si así está bien o si la dejo más corta.
Tenía sangre en las grebas. No mía. De un muchacho de Pilos al que había matado esa mañana junto a la higuera, un chico flaco que me había lanzado una jabalina con tan mala puntería que me dio pena.
Lo maté rápido. Luego me quité el casco porque necesitaba respirar, y vi que tenía la misma edad que Polidoro, el más pequeño de mis hermanos.
No me había lavado. Había subido directamente de la llanura.
—Los aqueos han salido de las naves —le dije—. Todos. Agamenón ha formado el ejército entero frente a la ciudad.
—Lo sé. Lo he visto desde la terraza. —Dejó las tijeras—. ¿Por eso vienes tan serio? Deberías alegrarte, hermano. Llevan días encerrados por la peste. Si salen es que están desesperados.
—Aquiles no ha salido.
Eso le borró la sonrisa. Un poco.
—¿Cómo lo sabes?