Cautiva de Aquiles I. La peste #2
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I. La peste #2

La mano de Aquiles bajó hacia la empuñadura de su espada.

Y yo supe, en ese instante, que quería matarme, sin que le importara hacerlo delante de todo mi ejército.

II. La cólera

Aquiles

Medio palmo de bronce había salido ya de la vaina cuando la sentí.

Una mano me agarró el pelo. Fría, firme, tirando de mí hacia atrás como se tira de la crin de un caballo desbocado.

Me volví con la espada a medio sacar, pero no había nadie.

Patroclo estaba a mi derecha, a tres pasos.

Los demás, lejos. Sin embargo, la mano seguía allí, enredada en mi nuca, y una voz que me sonaba dentro del cráneo me dijo "Todavía no".

Mi madre me contó de niño que los dioses hablan así. Que Atenea agarra por el pelo a los hombres que quiere salvar de sí mismos. Yo nunca he sabido si eso que oigo son los dioses o soy yo, una parte de mí más vieja y más fría que el resto, la que calcula mientras el resto arde. Da igual.

Metí la espada en la vaina.

Agamenón nunca me ha dado miedo. Podría haberlo matado antes de que terminara de levantarse del trono.

Lo había pensado muchas veces, en las interminables noches, con la lira entre las rodillas.

Cómo le entraría la hoja por debajo de la barba.

La misma expresión de sorpresa que había visto tantas veces.

La de quien comprende, demasiado tarde, que esta vez la muerte ha venido a buscarlo a él.

Metí la espada en la vaina porque comprendí, en el tiempo que dura un parpadeo, que matarlo era darle lo que quería. Morir como un rey. Ser llorado. Y que había otra manera de hacerle pagar, mucho más lenta.

—Borracho —le dije—. Mirada de lobo, corazón de liebre.

Un rumor sacudió la explanada. Vi a Odiseo enderezarse. Vi a Néstor llevarse la mano a la frente.

—Nunca te has atrevido a armarte para la guerra con los demás ni a ir de emboscada con los mejores.

Temes a la muerte. Prefieres recorrer el campamento quitando los premios a quien te lleva la contraria.

Rey que devora a su propio pueblo. Mandas sobre hombres que bajan la cabeza ante ti y llamas a eso poder.

Si no fuera por ellos, esta sería la última de tus ofensas.

Cogí el cetro de manos del heraldo. Una vara de madera, con clavos de oro. La sostuve en alto para que todos la vieran.

—Por este cetro te juro una cosa, Agamenón.

Llegará el día en que los aqueos echen de menos a Aquiles.

Todos, hasta el último. Y tú no podrás hacer nada, por mucho que te duela, cuando caigan a cientos bajo las manos de Héctor.

Y entonces te arrancarás el corazón de rabia por no haber honrado al mejor de los aqueos.

Arrojé el cetro a la arena. Rebotó dos veces y quedó tirado entre los pies de los reyes.

Nadie lo recogió.

Patroclo no habló en todo el camino de vuelta a las naves.

Caminaba a mi lado con la cabeza gacha, y yo sabía lo que pensaba porque lo conocía desde que éramos niños, desde que su padre lo trajo a la casa del mío después de que matara a otro chico jugando a los dados.

Me conocía mejor que nadie. Por eso callaba.

Cuando llegamos a la tienda, ella estaba fuera.

Briseida. Arrodillada junto al fuego, moliendo cebada en el mortero de piedra. Tenía las mangas recogidas hasta el codo y una mancha de harina en la mejilla. Levantó la vista al oírnos llegar. Ya lo sabía. Las noticias corren deprisa entre las mujeres del campamento. Más deprisa que los heraldos.

Nueve lunas llevaba conmigo.

Nueve lunas sin tocarla.

Los hombres hablaban de eso. Lo sé porque Automedonte me lo dijo, riéndose, una noche que bebió demasiado vino.

Decían que el hijo de Tetis tenía a la viuda más hermosa de la Tróade en su tienda y que, sin embargo, prefería dormir con Patroclo.

Que la guardaba como se guarda una copa de oro que nunca se usa. Yo no los corregí.

La verdad era más sencilla. No la tocaba porque ella esperaba que lo hiciera, aunque no de la manera que yo imaginaba.

Cada noche, desde la primera, la veía tumbarse en el jergón del fondo, rígida y despierta, esperando.

Había un cuchillo de cocina escondido bajo la manta.

Lo descubrí la tercera noche. No se lo quité.

Yo quería otra cosa. Quería que una noche se quedara dormida delante de mí. Que olvidara por unos minutos que debía tenerme miedo. Que me mirara al despertar y, durante un instante, no hubiera odio en sus ojos. Después quería que recordara ese instante y se arrepintiera de haberme mirado así.

Patroclo me veía esperar, pero no decía nada.

Una noche le canté a Briseida una canción de Ftía, una canción de pastores, y ella dejó de moler y se quedó escuchando con las manos quietas.

Otra vez me curó una herida en el brazo.

Le temblaban los dedos al coserla. Cuando terminó, se quedó un momento con la palma sobre mi piel, y noté que contaba los latidos. Luego retiró la mano de golpe.

Ahora, junto al fuego, me miraba.

—Vienen a por mí —dijo.

Lo dijo sin soltar la mano del mortero.

—Sí.

—¿Y vas a dejar que me lleven?

Había algo en su voz que no supe leer. ¿Alivio? ¿Burla? ¿Algo peor?

No respondí. Entré en la tienda y me senté en el arcón.

Patroclo se quedó fuera con ella. Los oí hablar en voz baja.

Él siempre había sido amable con Briseida, desde la primera noche.

Le llevaba fruta, le enseñaba palabras de nuestra lengua, le había prometido, me contó una vez, que conseguiría que me casara con ella cuando volviéramos a Ftía.

Patroclo solía pensar en los finales buenos.

Los heraldos llegaron a media tarde.

Taltibio y Euríbates. Dos hombres decentes, con caras de perros apaleados. Se detuvieron a diez pasos de la tienda y no se atrevieron a acercarse más. Ni a hablar.

Salí a recibirlos.

—Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres. Acercaos. No sois vosotros los culpables, sino Agamenón, que os manda a por la muchacha.

Se miraron entre ellos. Euríbates tragó saliva.

—Patroclo —dije sin volverme—. Tráela.

Patroclo dudó. Una sola vez en toda su vida había dudado ante una orden mía, y fue esa. Luego fue a buscarla.

Briseida salió de la tienda. Se había lavado la cara. Se había deshecho las trenzas y se había peinado, y llevaba la túnica azul que le había regalado después del saqueo de Pédaso, la única que tenía bordada. Caminaba erguida. Pasó a mi lado sin mirarme.

Cuando llegó junto a los heraldos, se detuvo. Al fin se volvió.

Le vi los ojos.

No lloraba. Estaban secos, del color de la miel quemada, fijos en los míos. Aguanté la mirada con los dientes apretados. Más tarde, mucho más tarde, me dijo lo que había sentido en ese instante. Esa tarde solo vi un reproche que no entendía, una pregunta muda.

¿Esto es todo lo que valgo?

Se la llevaron.

La vi alejarse entre las naves, entre los dos heraldos, con la túnica azul ondeando. Volvió la cabeza dos veces. La segunda, tropezó. Taltibio la sujetó del brazo, con delicadeza.

Patroclo estaba a mi lado. Me puso una mano en el hombro.

—Aquiles...

Me zafé y eché a andar hacia el mar.

No sé cuánto tiempo estuve allí, sentado en las rocas, con los pies en el agua gris. Se fue el sol. Salieron las estrellas. Las olas me mojaban hasta las rodillas y yo no sentía el frío.

Lloré como un niño, con la cara entre las manos, y no sé si por ella o por mí, por la humillación o por la pérdida, o porque en algún momento de esas nueve lunas lo uno y lo otro se habían vuelto la misma cosa.

Llamé a mi madre.

Tetis vino del fondo del mar como viene siempre, igual que la niebla que sube del agua al amanecer. Se sentó a mi lado y me acarició la cabeza con sus dedos de espuma. Olía a sal, a algas, a cosas antiguas.

—Hijo. ¿Por qué lloras?

Se lo conté todo.

Ella escuchó en silencio. Cuando terminé, me besó la frente.

—Qué poco tiempo te queda —dijo—. Y qué mal lo estás pasando.

Yo ya sabía lo de la profecía. Lo sabía desde niño. Podía elegir entre una vida larga y oscura en Ftía, rodeado de nietos, olvidado al morir, o una vida corta y gloriosa ante Troya. Había elegido. Hacía nueve años que había elegido.

—Ve al Olimpo —le pedí—. Abrázate a las rodillas de Zeus.

Recuérdale lo que le debe. Pídele que ayude a los troyanos.

Que empuje a los aqueos hasta sus propias naves, hasta el mar.

Que los maten a cientos, a miles, junto a las popas.

Para que todos disfruten de su rey. Para que Agamenón comprenda lo que ha hecho.

Mi madre me miró largamente.

—Morirán amigos tuyos —dijo.

—Lo sé.

—Morirán hombres que te quieren y admiran.

Miré hacia el campamento. A lo lejos, entre las naves, distinguí la tienda de Agamenón, iluminada por las antorchas. Grande, rica, llena de trípodes y de mujeres. Me imaginé a Briseida entrando en ella con su túnica azul y el pelo suelto. En él, esperándola.

—Que mueran —dije.

III. La tienda del rey

Briseida

Criseida salía cuando yo entré. Nos cruzamos en la abertura de la tienda, entre dos guardias de Micenas con las lanzas cruzadas.

Ella llevaba un manto de lana sobre los hombros y un hatillo apretado contra el pecho.

Iba a casa. A su padre, a su templo, a su isla de olivos. Yo venía a ocupar su sitio.

Nos miramos un instante. Tenía los párpados enrojecidos por semanas de insomnio. Se inclinó hacia mí al pasar, tan cerca que sus trenzas me rozaron la mejilla, y me susurró en nuestra lengua, la de la Tróade:

—No le mires nunca a los ojos. Le gusta.

Fue lo único que me dijo. Luego se fue.

La tienda de Agamenón no se parecía a ninguna que hubiera visto.

Era una casa. Tenía alfombras de Sidón en el suelo, tapices colgados de las vigas, lámparas de aceite perfumado, trípodes de bronce apilados en los rincones como si fueran cacharros de cocina.

Olía a incienso y a vino especiado, y por debajo, como en todo el campamento, a pira.