Cautiva de Aquiles I. La peste
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I. La peste

Agamenón

Los perros murieron primero. Al tercer día ya no quedaba uno vivo en todo el campamento. Los encontrábamos tirados entre las tiendas con el vientre hinchado y las encías negras, rodeados de moscas. Luego cayeron las mulas. Al quinto día empezaron los hombres.

Yo los oía desde mi tienda. Toses húmedas que se prolongaban hasta el amanecer, vómitos, el delirio de los que ardían por dentro y llamaban a sus madres en dialectos de islas que ni siquiera sabía situar en un mapa.

Por las mañanas, los carros recorrían las filas de las naves recogiendo cadáveres.

Las piras no se apagaban nunca. El humo se nos metía en la ropa, en el pan, en el vino, en el pelo de las mujeres.

Lo respirábamos al dormir. Sabía a grasa y a cabello quemado.

Nueve años llevábamos frente a Troya. Nueve años de asedio a una ciudad que se reía de nosotros desde sus murallas, y ahora, cuando por fin empezaba a notar la grieta, cuando los aliados de Príamo flaqueaban y las aldeas de la costa caían una tras otra, llegaba esto.

Una muerte invisible que no se dejaba atravesar con una lanza.

Criseida estaba sentada junto al brasero, peinándose.

La miré desde el lecho. Tenía una melena negra, larguísima, y se la trenzaba sin prisa, con la vista baja.

No me miraba nunca, salvo cuando se lo ordenaba.

Esa obediencia sin fisuras me excitaba y me irritaba a partes iguales, porque detrás de ella adivinaba algo que no conseguía alcanzar.

Una puerta cerrada. Me la habían entregado en el reparto de Tebas, la ciudad de Eetión, y era la mejor pieza del botín.

Valía más que todo el oro que trajeron mis hombres de Tebas.

Su padre había venido a buscarla hacía dos semanas.

Crises, sacerdote de Apolo. Un viejo de barba rala que se presentó en la asamblea con las ínfulas del dios enrolladas en un cetro de oro y un carro cargado de rescate.

Bronce, plata, telas teñidas de púrpura.

Se arrodilló en la arena delante de todos los aqueos y me suplicó.

Recuerdo que le temblaban las manos y que la voz se le quebró al pronunciar el nombre de su hija.

Los hombres murmuraron. Algunos gritaron que aceptara. Néstor me miró con esa expresión suya de anciano prudente, la que pone cuando quiere decirme algo sin decirlo delante de los demás. Mi hermano Menelao se miró las sandalias.

Yo me levanté y le dije al viejo que se largara.

Le dije que su hija envejecería en mi casa de Argos, tejiendo en mi telar y calentándome la cama, lejos de su patria. Le dije que si volvía a verlo cerca de las naves, ni su cetro ni su dios iban a protegerlo. Lo dije en voz alta, para que me oyeran hasta los remeros de la última nave.

El viejo se marchó por la orilla. Lo vi alejarse encorvado, con las ínfulas arrastrando por la arena.

Y nueve días después, los perros empezaron a morir.

—Mi señor.

Taltibio, mi heraldo, asomó la cabeza por la abertura de la tienda. Tenía mala cara. Todos teníamos mala cara.

—¿Qué?

—Aquiles ha convocado asamblea.

Me incorporé tan rápido que el vino de la copa se derramó sobre las pieles. Criseida soltó la trenza a medio hacer.

—¿Que ha hecho qué?

—Ha mandado heraldos a todas las naves. Los reyes ya se están reuniendo.

Sentí el calor subirme por el cuello. Convocar asamblea era prerrogativa mía.

Mía. Yo era el rey de Micenas, el señor de hombres, el comandante de mil naves.

Había reunido a todos los reyes de la Hélade para vengar la afrenta hecha a mi hermano.

Sin mí, ninguno de ellos estaría aquí. Y ese muchacho, hijo de una ninfa marina con más soberbia que años, se permitía llamar a los aqueos sin cetro y sin permiso.

No era la primera vez. Aquiles lo hacía todo sin contar conmigo.

Llegaba a las asambleas tarde, se sentaba donde quería, se marchaba cuando se aburría.

Sus mirmidones solo obedecían sus órdenes.

Cuando saqueaba una ciudad, se quedaba con lo mejor, y cuando yo reclamaba mi parte, me la entregaba con una sonrisa de perdonavidas.

Los hombres lo adoraban. Lo veían pasar entre las tiendas y se callaban, igual que se callan los niños cuando pasa un caballo hermoso.

Decían que era invencible, que su madre lo había sumergido en la laguna Estigia, que ningún bronce podía atravesarle la piel.

Decían muchas cosas y seguramente algunas serían ciertas.

Pero yo sabía la verdad. Era un joven impetuoso e iracundo. Un muchacho muy rápido y muy fuerte que mataba bien, pero lleno de orgullo y que no tenía la menor idea de lo que significa gobernar.

—Dile a los reyes que voy —ordené.

Taltibio desapareció. Me levanté, me puse la túnica, el manto de púrpura, el cinturón con la espada de clavos de plata. Cogí el cetro de mis antepasados, el mismo que Hefesto forjó para Zeus y que pasó de mano en mano hasta llegar a la mía.

Al salir me detuve junto a Criseida. Le cogí la barbilla y la obligué a mirarme. Tenía la mirada oscura, quieta.

—¿Sabes por qué ha convocado asamblea?

—No, mi señor.

—Por ti.

No se movió. Pero noté, bajo mis dedos, que tragaba saliva.

La asamblea se celebró en la explanada que hay entre las naves de Odiseo y las de Ayax, en el centro del campamento. Había hombres por todas partes, sentados en la arena, de pie sobre los cascos de las naves varadas, encaramados a los carros. Miles de ojos. El aire olía a pira.

Aquiles estaba de pie en el centro.

No llevaba su brillante armadura. Solo una túnica corta y los rizos sueltos sobre los hombros.

A su lado, Patroclo, su sombra, su compañero, el único hombre en todo el mundo al que escuchaba.

Los reyes se habían sentado en semicírculo.

Néstor, con su bastón; Odiseo, con aquella mirada de zorro; Diomedes, joven y hambriento; Áyax, enorme como una torre; Idomeneo, serio y silencioso; y mi hermano Menelao, siempre fiel a mí.

Me senté en mi trono. Nadie me había esperado para empezar.

Aquiles habló el primero. Dijo que la peste nos estaba matando, que si seguíamos así tendríamos que volver a casa con las naves vacías, si es que quedaba alguien para remarlas.

Dijo que había que preguntar a un adivino la causa de la cólera de Apolo.

Lo dijo con calma, sin mirarme, como quien propone algo evidente.

Calcante, el adivino, se levantó.

Reconocí enseguida su larga barba blanca y aquella legaña que siempre se le acumulaba en el lagrimal.

Lo odiaba desde Áulide. Desde el día en que me miró a la cara y me dijo que los vientos no soplarían hasta que sacrificara a mi hija.

Hasta que llevara a Ifigenia al altar vestida de novia y le abriera la garganta con mis propias manos.

Lo hice. Bien lo sabían todos los griegos bajo mi mando.

Calcante me miraba de reojo y se frotaba las manos con impaciencia.

—Hablaré —dijo—, si el hijo de Peleo me jura protección. Porque lo que tengo que decir va a enfurecer a un hombre que manda sobre todos los hombres.

La explanada se quedó en silencio.

Aquiles se volvió hacia el adivino.

—Habla. Mientras yo viva y vea la luz, nadie te pondrá la mano encima junto a las naves. Ni siquiera Agamenón, aunque presuma de ser el mejor de los aqueos.

Lo dijo así. Delante de todos. Aunque presuma.

Cerré la mano alrededor del cetro hasta que me dolieron los dedos.

Calcante lo soltó todo, palabra por palabra.

Que Apolo estaba furioso por la afrenta a su sacerdote.

Que la peste no cesaría hasta que la muchacha volviera a casa de su padre, sin rescate, con una hecatombe de cien bueyes para el dios.

Que yo, Agamenón, era el responsable de cada hombre que ardía en las piras.

Me levanté. Sentía la sangre golpeándome en las sienes.

—Adivino de desgracias —le dije—. Jamás me has anunciado nada bueno. Siempre te complace profetizar males. ¿Ahora vienes a decirme que todo esto es culpa mía? ¿Porque no quise aceptar el rescate por Criseida?

Los hombres me miraban. Lo notaba en la piel. Miles de hombres enfermos, de hombres que habían enterrado a sus hermanos, que querían volver a casa y descansar.

—La prefiero a ella antes que a mi esposa —continué—. Clitemnestra no la supera en belleza, ni en talento, ni en habilidad con el telar. Pero la devolveré. La devolveré si eso es lo mejor para el ejército. Prefiero que el pueblo se salve a que perezca.

Un murmullo de alivio recorrió la explanada. Algunos aplaudieron.

Alcé la mano.

—Pero entonces quiero otro premio. Ahora mismo. No es justo que yo sea el único de los griegos que se queda sin recompensa. Todos lo veis. Mi premio se va a otra parte.

Aquiles se rió.

Una risa corta, despectiva, que resonó en el silencio como una bofetada.

—Gloriosísimo Atrida —dijo—, el más codicioso de los hombres.

¿Y de dónde quieres que los aqueos saquen otro premio para ti?

Todo lo que hemos ganado en las ciudades se ha repartido ya.

No vamos a quitarle a nadie lo que le pertenece.

Devuelve a la muchacha al dios. Cuando Zeus nos permita saquear Troya, te pagaremos tres y cuatro veces lo que pierdes.

Ahí lo tenía. La cara lisa, sin una cicatriz.

La boca insolente. Me acordé de las ciudades que había saqueado en mi nombre, siempre de vuelta con lo mejor, y de la muchacha que se había quedado de Lirneso, la viuda de ojos ambarinos de la que hablaban todos los hombres, la que le servía el vino en su tienda y a la que, decían, él no tocaba todavía porque prefería verla rendirse sola.

Pensé en lo que le dolería.

—No me engañarás, Aquiles, por muy valiente que seas —dije, saboreando cada palabra—. ¿Quieres conservar tu premio mientras yo me quedo con las manos vacías? Muy bien. Devolveré a Criseida. La enviaré en mi propia nave con mis propios hombres. Y después iré yo mismo a tu tienda.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula.

—Me llevaré a Briseida, la de las mejillas hermosas. Tu premio. Para que aprendas cuánto más poderoso soy que tú, y para que cualquier otro se lo piense antes de hablarme como a un igual.