Cautiva de Aquiles Prólogo
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Cautiva de Aquiles

Cautiva de Aquiles

Por Ilia Dark

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Prólogo

Briseida

La primera vez que vi a Aquiles, hundió su espada hasta la empuñadura en el vientre de mi hermano pequeño.

Licaón acababa de cumplir catorce años. Había cogido la lanza de nuestro padre, demasiado larga para él, y se había plantado en mitad del patio como si con eso bastara para detener al guerrero más implacable que existió jamás.

Yo le grité desde la escalera que subiera, que se escondiera con nosotras en la terraza, y él se volvió para mirarme.

Ese gesto le costó la vida. O quizá no. Quizá habría muerto igual, mirándome o sin mirarme, porque el hombre que cruzó la puerta del patio no se detenía ante nada.

Destacaba entre los demás guerreros por su porte, su fortaleza y su presencia. Llevaba el casco bajo el brazo y el pelo rubio pegado a la frente, sucio de sudor y de algo más oscuro. No corría. Caminaba despacio, como un león que se acerca a su presa.

Licaón le arrojó la lanza. Aquiles la apartó con el escudo sin mirarla, mientras seguía avanzando hacia él.

Aquiles se movió con una rapidez que no pude seguir. Vi el destello de la hoja y, un instante después, ya había terminado. Yo seguía arriba, aferrada a la baranda con ambas manos, incapaz de moverme.

Cuando retiró la hoja, mi hermano cayó de rodillas, con la boca abierta y una expresión de horror que nunca olvidé. Aquiles limpió la sangre de la espada en la túnica del muchacho. Lo hizo despacio, con cuidado. Primero un lado de la hoja. Luego el otro.

Entonces levantó la vista hacia donde me encontraba yo.

No sé cuánto tiempo me miró. Tenía los ojos claros, sin rastro de rabia. Solo la curiosidad tranquila del cazador que descubre que el ciervo lo ha visto antes de que él tense el arco.

Detrás de mí, mi madre empezó a rezar a Artemisa.

Mi cuñada lloraba con la cara hundida en el pecho de su hija.

Yo no recé. Hacía tres días que mi marido, Mines, había salido a defender la puerta norte con mis otros dos hermanos, y desde la terraza había visto el humo levantarse justo allí.

Ya sabía qué bando habían elegido los dioses.

Aquiles subió la escalera.

Cada peldaño crujía bajo su peso. Cuando llegó al último, mi madre se interpuso entre él y yo con los brazos abiertos, como una gallina vieja que defiende a sus polluelos de un zorro.

Él se detuvo. La observó un momento y le apoyó una mano en el hombro, casi con ternura, y la apartó a un lado, igual que se aparta una cortina.

Se quedó plantado frente a mí.

Olía a bronce caliente, a cuero, a hierro de sangre. Tenía una herida pequeña en la ceja que ni siquiera parecía haber notado. De cerca era más joven de lo que me había figurado; apenas mayor que yo. Esa juventud me pareció obscena.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Su voz me desconcertó. Sonaba baja y limpia, la voz de alguien que canta bien.

Más tarde supe que cantaba, que tocaba la lira por las noches, que su madre era una diosa del mar y que su padre lo había criado con un centauro.

En ese momento no sabía nada de eso. Solo sabía que aquel guerrero con aspecto de dios acababa de matar a mi hermano y que me estaba preguntando mi nombre.

No respondí. No pude.

Alguien desde abajo gritó algo en su lengua. Él contestó sin apartar su mirada de mí. Luego alargó la mano y me rozó la mejilla con los nudillos. Tenía la piel áspera y todavía estaba húmeda.

Le escupí.

No lo pensé. La saliva le alcanzó la boca y se le deslizó por la barbilla, mezclándose con la sangre de Licaón.

Mi madre gimió. Las mujeres de la terraza enmudecieron de golpe.

Aquiles se pasó el pulgar por los labios. Miró la saliva, me miró a mí. Y sonrió.

Esbozó una sonrisa breve, torcida. Me dieron ganas de borrársela a mordiscos.

—Briseida —dijo uno de sus hombres desde la escalera, un tipo moreno y ancho que llevaba un saco al hombro—. La llaman Briseida. Es la mujer de Mines.

—Era —corrigió Aquiles.

Así me enteré de que mi esposo había muerto.

Aquella noche Lirneso fue saqueada. Luego ardió hasta que no quedó nada.

Nos llevaron a la playa atadas en fila por las muñecas, cuarenta mujeres y niñas, descalzas sobre las piedras.

Detrás de nosotras crepitaba la ciudad. El fuego hacía un ruido parecido al del mar, un rumor enorme que se tragaba los gritos, y de vez en cuando se oía caer una viga con un estampido sordo.

A mi izquierda caminaba la hija de mi cuñada, que tenía seis años.

Me preguntó si íbamos a montar en barco.

Le dije que sí, intentando borrar la pena de mi rostro.

Los aqueos cantaban. Estaban borrachos de vino y de victoria, y cantaban canciones de su tierra que hablaban de cosechas, de muchachas, de hombres que vuelven a casa.

Repartían el botín sobre la arena a la luz de las antorchas.

Copas de plata, telas, armas, trípodes de bronce.

Nosotras éramos parte del montón. Nos colocaron al final, junto a los bueyes.

Vi cómo el reparto avanzaba. Cada guerrero elegía según su rango.

Los capitanes se llevaron a las más jóvenes.

Una muchacha de la casa del panadero, Clímene, se resistió cuando un hombre la agarró del pelo, y él la golpeó con el dorso de la mano, tan fuerte que se escuchó un crujido.

Nadie intervino. Ella dejó de resistirse.

Aquiles no participó en el reparto. Estaba sentado en una roca, apartado de las hogueras, limpiándose las manos en un cubo de agua de mar. El hombre moreno, al que llamaban Automedonte, se acercó a él y le dijo algo. Aquiles negó con la cabeza. Automedonte insistió, señalándome.

Entonces Aquiles se levantó, cruzó la arena y se plantó delante de mí. Los demás guerreros se apartaron a su paso. Incluso los más borrachos.

Sacó un cuchillo pequeño del cinturón. Pensé que iba a matarme y sentí, para mi vergüenza, alivio.

Cortó la cuerda que me unía a la niña.

—Esta es mía —dijo en voz alta, en la lengua de los aqueos, y luego lo repitió en la mía, para que yo lo entendiera—. Esta es mía.

Nadie le discutió.

Me sujetó del antebrazo y tiró de mí hacia las naves. Me resistí, me dejé caer de rodillas en la arena, le arañé el brazo. Él se detuvo, se agachó hasta quedar a mi altura y me habló muy bajo, tan cerca que noté su aliento.

—Puedes caminar o puedo llevarte yo. Elige.

—Prefiero morir.

Aquiles no respondió. Se limitó a mirarme fijamente. De pronto, me pareció enorme.

Caminé.

Antes de entrar en su tienda me volví una última vez hacia la ciudad.

El fuego había llegado a la acrópolis y el templo de Artemisa ardía como una antorcha clavada en el cielo.

Licaón seguía de rodillas en el patio. A Mines no lo encontrarían entero.

Mi madre se había quedado en la terraza con los brazos abiertos.

Juré que mataría a Aquiles.

Lo juré por todos los dioses, por mis muertos, por el vientre que me había parido. Lo juré con tanta fuerza que me sangraron las palmas donde me clavé las uñas.

No sabía entonces lo que los dioses hacen con los juramentos de las mujeres.