Cautiva de Aquiles Epílogo
100%

Epílogo

Helena

Paris cumplió su palabra en primavera. Lo vi desde la torre.

Esta vez nadie me impidió subir. Hécuba tenía otros muertos que llorar.

Aquiles había llegado hasta la puerta Escea persiguiendo a los etíopes de Memnón, el hijo de la Aurora, al que acababa de matar delante de las murallas.

Venía solo, como siempre, más rápido que nadie, con el bronce de Hefesto brillando bajo el sol.

Y desde lo alto de la puerta, escondido detrás de una almena, mi marido tensó el arco.

No apuntó al pecho, ni a la cabeza. Apuntó abajo.

Al talón. Al único punto de su cuerpo, decían después los cantores, que su madre no llegó a mojar en la laguna cuando lo sujetaba de niño por el pie.

Yo no sé si eso es cierto. Sé que la flecha voló guiada por una mano que nadie vio.

Que Aquiles cayó de rodillas en el umbral de la ciudad que nunca llegó a pisar.

Que se arrancó la flecha y siguió luchando un rato, de rodillas, con la sangre manando del pie. Y que luego se quedó quieto.

Apolo y Paris. Como había dicho Héctor.

Paris bajó de la torre riéndose, temblando, pálido. Me abrazó. Me dijo que por fin. Que por fin lo verían todos. Que por fin era alguien.

Una luna después lo mató una flecha de Filoctetes, envenenada con la sangre de la hidra. Tardó tres días en morir, gritando, con la herida negra. Fui a verlo una vez. No me reconoció.

Los aqueos lloraron a Aquiles diecisiete días.

Se oía desde la ciudad. Un lamento que subía de las naves cada atardecer, largo, ronco, interminable. Dicen que su madre salió del mar con todas las nereidas para llorarlo, y que las nueve Musas cantaron el treno, y que no hubo un solo hombre en el campamento que no derramara lágrimas.

Dicen también, y esto lo oí de boca de un prisionero aqueo que trajeron a la ciudad, que entre las mujeres que lloraban junto al cuerpo había una cautiva de Lirneso.

Que se arrojó sobre el cadáver y le arañó el pecho, y le gritó cosas en una lengua que los aqueos no entendían.

Que cuando quisieron apartarla, sacó un cuchillo de cocina del cinturón y se lo puso en el cuello a sí misma, y nadie se atrevió a acercarse.

Que se quedó allí, con el cuchillo en la garganta, abrazada al muerto, toda la noche.

El prisionero no supo decirme qué fue de ella. Si lo usó o no. Si alguno de los reyes se la llevó en su nave, o si sigue en alguna isla, en algún palacio, tejiendo en el telar de otra mujer.

Pienso en ella a menudo, en esa muchacha a la que nunca vi.

Después de Paris, me dieron a Deífobo.

No me preguntaron. Los hijos de Príamo se disputaron mi mano en el consejo, Héleno y Deífobo, como se disputan los perros un hueso, y ganó Deífobo, porque era mayor.

Héleno se marchó de la ciudad esa misma noche, furioso, y fue a contarles a los aqueos todos los oráculos que conocía sobre la caída de Troya.

Así empezó el final.

No voy a contar lo del caballo. Ya lo cuentan otros.

Solo diré que yo bajé a verlo la noche en que los troyanos lo metieron en la ciudad, tirando de él con cuerdas entre cantos y guirnaldas.

Que di tres vueltas a su alrededor. Que puse la mano en la madera del vientre y llamé, uno por uno, a los jefes aqueos por su nombre, imitando la voz de sus esposas.

Que dentro, alguien estuvo a punto de responder, y que otro le tapó la boca.

No sé por qué lo hice. Para avisar a los troyanos. Para salvar a los aqueos. Para que alguien, dentro de aquella bestia de madera, oyera por última vez la voz de la mujer que amaba.

No sé por qué hago nada. Nunca lo he sabido.

Troya ardió en una noche.

La vi arder desde la ventana de la alcoba de Deífobo. Como Lirneso, me imagino. Como Tebas. Como todas las ciudades que Aquiles quemó antes de llegar aquí. El fuego hacía un ruido parecido al del mar.

Menelao entró por la puerta con la espada desenvainada.

Detrás venía Odiseo. Deífobo estaba dormido, borracho del vino de la fiesta, y yo le había escondido la espada debajo de la cama.

Lo mataron allí mismo, en el lecho. Le cortaron las orejas, la nariz, las manos.

Menelao se ensañó con él como no lo había hecho con ningún hombre en diez años de guerra.

Y luego se volvió hacia mí.

Tenía la cara cubierta de sangre. La barba gris. Los ojos rojos, rabiosos, como el día del duelo. Me miró por primera vez en diez años.

Levantó la espada.

Yo me abrí el vestido. Igual que Hécuba ante Héctor, desde la muralla. Le enseñé el pecho.

Y la espada se le cayó de la mano.

Cuentan los cantores que fue por mi belleza. Que al verme desnuda, Menelao no pudo matarme y me perdonó, y me besó, y me llevó a casa. Que la cara de Helena venció a la espada del marido traicionado.

Mienten.

Menelao estaba cansado. Tenía el mismo cansancio que Héctor, desde la muralla, la mañana que bajó la cabeza.

Diez años lejos de casa, cien mil muertos, una ciudad en llamas.

Al final de todo eso, una mujer que ya no era la niña del taburete.

Bajó la espada. Matarme habría sido confesar que la guerra entera fue en vano.

Necesitaba que yo viviera. Para que la guerra hubiera tenido un sentido.

A Astianacte lo arrojaron desde la torre a la mañana siguiente.

Lo hizo Neoptólemo, el hijo de Aquiles. Un muchacho pelirrojo de dieciséis años, más cruel de lo que su padre había sido nunca, decían los aqueos. Tal como Andrómaca lo había profetizado sobre el cadáver de su marido, con el niño a tres pasos, en brazos de la nodriza.

A ella se la llevó él. Neoptólemo. El hijo del hombre que mató a su padre, a sus siete hermanos y a su marido. La vi pasar hacia las naves, entre las cautivas, con las manos atadas, sin un gesto, sin llorar. Nos miramos un instante. Una sola vez.

No me escupió. Fue la única mujer de Troya que no me escupió.

A Príamo lo mató Neoptólemo junto al altar de Zeus, en su propio patio. Y luego los perros. Sus perros. Los que crió en su mesa para que guardaran las puertas.

A Hécuba la convirtieron en perra los dioses, dicen. Que ladró de dolor hasta que se tiró al mar.

A Casandra la arrancó Ayax de la estatua de Atenea, y luego se la quedó Agamenón.

Me han contado que Clitemnestra los mató a los dos, a él en el baño y a ella en el umbral, nada más llegar a Micenas.

Con un hacha. Me han contado que Agamenón se resbaló en su propia sangre y que nadie en el palacio levantó un dedo.

No me alegré. Tampoco lo lamenté.

Estoy en la popa de la nave de Menelao.

Llevamos ocho años intentando volver a Esparta. Los dioses nos han desviado a Egipto, a Chipre, a Fenicia. Menelao dice que es un castigo. Que no hicimos los sacrificios debidos. Yo creo que el mar sabe lo que transporta y no quiere llevarlo a casa.

He tejido mucho estos años. Mantos, velos, tapices. Siempre lo mismo. Troyanos de manto rojo, aqueos de bronce, carros, lanzas, muertos. Me gusta bordar a los muertos.

A veces bordo a un hombre de pie en una muralla, de noche, mirando unas hogueras lejanas.

A veces bordo a una muchacha arrodillada en una playa, abrazada a un cadáver, con un cuchillo en la garganta.

A veces bordo a un niño cayendo.

Menelao me pregunta qué significan. Le digo que nada. Que son adornos.

Anoche, en el puerto de Faros, un muchacho egipcio me vio en la cubierta y se quedó inmóvil. Lo conocí por la manera en que se le abrió la boca. La misma de los nobles en el patio de Esparta, cuando yo tenía cuatro años y me aburría en mi taburete.

Me miró como me han mirado siempre. Como se mira una cosa.

Y pensé en Héctor, en la puerta de mi alcoba, cogiéndome la muñeca. ¿Qué quieres, Helena?

He cumplido ya los cuarenta. He sido esposa de tres hombres y causa de la muerte de cien mil. Mi nombre se cantará cuando ya no quede piedra sobre piedra de la ciudad que ardió por mí.

Y todavía no he sabido responderle.

El mar está gris. Sopla un viento del norte, frío, que huele a sal y a algo más, a algo que se quema muy lejos. Me tapo la cara con el velo.

Que miren otra cosa.