32. Otro vaso
Otro vaso
A las ocho de la mañana, la ventanilla de información abrió con la persiana metálica de siempre y la administrativa de las gafas se puso su chaqueta de punto antes de encender la pantalla, porque en las oficinas de aquella casa el aire acondicionado no negocia.
—Continúa en atención —dijo—. Eso es todo lo que consta y todo lo que le puedo decir.
—Gracias.
Salí a la explanada, que a las ocho de la mañana de un lunes es un sitio con trabajo: los carros del desayuno saliendo hacia las casas, dos de mantenimiento con la carretilla, el chirrido del eje izquierdo del carro tercero, que llevaba dos semanas pidiendo grasa y seguía pidiéndola.
Me senté en el murete de la fuente, a la sombra que había, y esperé como espera la gente que no tiene nada más que hacer: mirando trabajar a los demás.
La cocinera de mañana cruzó con el termo grande hacia las oficinas y me saludó con la cabeza sin pararse, y una de las auxiliares del comedor me miró dos veces y no me saludó, y las dos cosas me parecieron justas.
A las nueve y cuarto pasó el carro del ala clínica camino de la lavandería y me llegó el olor a plancha, que ya me sabía. A las nueve y media, la puerta peatonal se abrió para dejar entrar a un proveedor con su albarán en la boca, y estuvo abierta el minuto de siempre, y volvió a cerrarse.
A las ocho y cuarto, el coche de línea subió la cuesta, paró en la puerta con el motor al ralentí y el intermitente puesto, y el guardia salió de la garita con su anilla de llaves.
Se quedó allí lo que se queda un autobús vacío en una puerta: un minuto largo.
Después el conductor levantó dos dedos del volante, el guardia le devolvió el gesto, y el coche cogió la curva de bajada con las ventanillas dando el sol de las ocho.
Yo estaba en el murete de la fuente, a treinta metros, con la bolsa sin hacer y el bocadillo de la noche anterior todavía en el estómago. Me quedé sentada. El guardia volvió a su silla y no me miró, y esa fue toda la ceremonia.
A las diez y veinte, la administrativa salió a la puerta de las oficinas y me buscó con la vista por la explanada, y levantó la mano.
—La residente ha despertado y ha modificado su registro —dijo, ya dentro, con la hoja delante—.
Autoriza comunicación clínica básica y una visita breve.
Le leo lo básico, que es lo que hay autorizado, y no me pregunte más porque más no tengo.
—Y leyó, con voz de leer—: La paciente está viva y estable.
Ha requerido soporte renal transitorio y lo mantiene.
El parto se resolvió sin incidencias. El recién nacido fue entregado conforme al contrato en vigor.
La garantía posparto de la residente se mantiene vigente en sus términos: sin nueva contribución durante ciento ochenta días.
—Bajó la hoja—. Planta segunda, cuarto cuatro.
Quince minutos. La acompaña un auxiliar.
—¿Puedo preguntarle una cosa?
—Pregunte, pero si no está en la hoja no está.
—Lo del soporte, ¿es de los ciento ochenta días o es de ahora?
—Eso no está en la hoja —dijo, y cerró la carpeta, y no lo dijo con dureza: lo dijo con el alivio de quien tiene una raya pintada en el suelo y no tiene que decidir nada por su cuenta.
El ala clínica olía a lo que huelen las alas clínicas a media mañana, a comida que llega y a suelo recién pasado, y yo había fregado aquel suelo hacía cinco días con el caballete amarillo por delante.
La segunda planta la subimos por la escalera, porque el ascensor iba con carros.
El auxiliar me dejó en la puerta del cuatro, dijo quince minutos, y se quedó fuera con la puerta entornada, que era la manera educada de contarlos.
Lucía estaba de lado, medio incorporada, con dos vías y un apósito grande, y a la izquierda de la cama, en su carro, una máquina que yo no había visto nunca de cerca haciendo un trabajo lento y regular, con una luz verde y un tubo del que no aparté la vista a tiempo.
Estaba pálida de otra manera que en la cuneta: pálida de dentro de un hospital, que es una palidez que se cuida.
Le habían recogido el pelo con una goma de las de allí, no con su pasador, y eso, de todo lo que había en aquel cuarto, fue lo que más me costó mirar.
En la mesita, la bandeja de su documentación, con la carpeta abierta y los papeles del día en su pinza.
El de arriba era un impreso corto, de media cuartilla, con dos casillas rellenas a máquina y una firma manuscrita al pie que no conocía ni iba a conocer: ACUSE DE RECEPCIÓN.
Fecha de hoy, hora de las siete y diez, conforme.
No decía ningún nombre que se pudiera leer entero.
Aparté los ojos porque no era mío, y porque de aquella firma no había nada que aprender.
En dieciocho meses de cartas y catorce días de recinto, aquel medio folio era todo lo que yo iba a ver nunca de la gente por la que empezó esto.
—Has esperado fuera —dijo Lucía. No era una pregunta.
—Sí.
—Me lo ha dicho el celador.
Me quedé de pie a los pies de la cama, que era donde me tocaba, con las manos delante, y no me senté en la silla que había, ni acerqué la silla, ni toqué la barandilla.
Llevaba catorce días midiendo cuánto podía acercarme a mi hermana en cada sitio, y aquella mañana la medida la sabía sin preguntar.
Ella esperó. No me ayudó, y hacía bien.
—Te mentí y te saqué de la cama con una mentira que escribí yo —dije—. No voy a decirte por qué. No hay por qué que valga y no te lo voy a poner delante para que lo peses. Lo siento, Lucía. Eso es todo lo que traigo.
Lucía me miró un rato largo, con esa cabeza suya que sigue trabajando aunque el cuerpo esté en otra cosa. No dijo que me perdonaba. No dijo que no. Se recolocó la mano de la vía sobre la sábana, con cuidado, como se coloca una pieza en su hueco.
—Me lo han contado esta mañana, lo del papel —dijo—. Han venido de administración a que firmara unas cosas y me han preguntado por él. Está en un registro de un centro de salud, con dos grapas. —Un compás—. Yo lo leí cuatro veces, Marta. Cuatro. Y me lo creí porque llevaba la letra de mi médico.
—Lo sé.
—No lo sabes. —Movió apenas la cabeza en la almohada—. Da igual.
—¿Te vas? —dijo.
—No.
Cerró los ojos. Y no supe, ni sé, qué le pareció aquella palabra: si le pesó, si le sobró, si le hizo bien, si la dejó donde no estorbara.
Se quedó así, con los ojos cerrados y la máquina haciendo su trabajo lento a su izquierda, y yo me quedé de pie a los pies de la cama el rato que quedaba, mirándola respirar, tres dentro y cuatro fuera, aquella respiración suya de contar que ya no tenía que sostener nada.
A los pocos minutos el auxiliar tocó la puerta con dos nudillos.
Dije hasta luego. Ella no dijo nada, y no supe si dormía.
Bajé por el camino de las casas porque era el camino.
En la cinco, la puerta estaba abierta por el calor y el corcho seguía junto a la entrada, con su lista de la semana clavada con cuatro chinchetas.
La letra era otra: más pequeña, más inclinada, con las cifras de otra escuela.
En el renglón de arriba habían tachado el nombre de la coordinación y habían escrito otro con bolígrafo azul.
Lo demás seguía. El butano. El economato.
SERRANO — RÉGIMEN DE VIGILANCIA — SEMANA 1 DE 12, con su fila de casillas para ir tachando.
Y a la altura de los ojos, en el sitio exacto donde yo lo había clavado el martes y lo había vuelto a clavar el sábado, TORRES — MEDICACIÓN INFANTIL ASOCIADA — EN REVISIÓN.
Los renglones no se habían ido con la mano que los escribía.
Por la puerta abierta se veía la mesa de la cocina recogida, con el hule pasado y las sillas metidas, y no entré, ni llamé, ni dejé nada dicho, porque no traía nada que valiera la pena decir en aquel zaguán.
Seguí. En el final del anexo de servicio, la puerta de la vivienda de mantenimiento estaba cerrada, y la cortina de tiras enrollada y atada con un cordel para que no diera al precinto, que era una tira de papel blanco cruzada de marco a marco con dos sellos y una fecha de ayer.
Dentro, por la ventana, se veía la mesa vacía, la cama hecha a escuadra y la pared de las garrafas, y las garrafas seguían en su fila, con las fechas de cara, solo que ahora tenían un número de rotulador negro en el hombro, uno, dos, tres, hasta el final, y en la última, apoyada, una hoja de inventario doblada por la mitad, escrita con letra que no era la suya.
El calendario de la tornillería seguía en su clavo, con los días tachados en diagonal hasta el miércoles, que fue el último día que aquel hombre tachó nada.
Los bancales estaban en su hora buena, la de antes de que el sol se ponga a mandar.
La caseta de aperos tenía el candado abierto y colgando de la argolla, y dentro estaban las herramientas por tamaños y las regaderas de chapa boca abajo en su estante.
En la puerta, la pizarrita con los turnos de compuerta escritos en tiza: horas, números de cuadro, dos letras al lado de cada hora.
Cogí una regadera, la llené en la compuerta baja del cuadro de la casa cinco, que estaba entreabierta con su chapa numerada a brocha, y fui regando el tramo por la parte de la sombra, hilera por hilera, con el brazo estirado para que el agua entrara a los pies y no encima.
Las tomateras estaban cargadas y con la hoja de la mañana todavía fresca.
Volví a llenar dos veces. La tierra se bebía la primera regada de golpe y la segunda ya despacio, y al final del tramo quedó ese olor áspero que se queda en las manos.
Dejé la regadera boca abajo en su estante, con las otras, y cerré la caseta sin echar el candado, porque estaba abierto cuando llegué.
Volví por la cuesta con el sol ya de las doce menos cuarto. Los depósitos de riego quedaban al fondo a la izquierda, con la caseta de las bombas y el murete, y no miré hacia allí más que lo que se mira una esquina cualquiera de un sitio en el que se trabaja.