31. La sala de espera
La sala de espera
A las siete y media me sacaron del ala clínica sin brusquedad, con el argumento verdadero: que aquello cerraba visitas y que yo no era visita. El auxiliar que me lo dijo me acompañó hasta la puerta neumática andando a mi lado, hablando del calor, que es la manera decente de echar a alguien.
Bajé a la garita, que es donde se resuelve todo lo que no tiene despacho. El guardia de la tarde era el de la silla y la tablilla del clavo, un hombre mayor con la radio puesta bajita, y me conocía de trece días de cruzarme con él, y no hizo como que no.
—Va a esperar —dijo, sin preguntarlo.
—Voy a esperar.
—Pues entonces hay que apuntarla. —Sacó el libro de la garita, de tapas duras, con su bolígrafo atado a la anilla—. Aquí no se está de gorra ni para bien ni para mal. Nombre entero, hora de entrada y motivo.
—¿Y si no me apunto?
—Si no se apunta, no está, y si no está, la saco. —Pasó la hoja al día—. No es cosa mía, es cosa del libro. Yo, por mí, se queda usted hasta el juicio final.
Escribí Marta Roldán Sanz, diecinueve treinta y cinco, y en la casilla del motivo escribí lo que me dejaba escribir el papel: acompañante autorizada. Él lo leyó del revés, como leen los de garita, y puso su visto con la fecha.
—La sala es esa. —Señaló con la barbilla el cuarto de al lado, el de los que esperan a que les abran o a que les cierren—.
Baño al fondo, con grifo. La luz se queda encendida toda la noche porque no tiene interruptor a mano; llevo tres años pidiéndolo.
Y esto es suyo, que lo bajaron a mediodía y no había a quién dárselo.
Me dio un sobre grande, de los de expediente, con mi nombre mecanografiado y el sello de administración en la solapa. Pesaba lo que pesan cinco o seis folios sueltos, que es un peso que no impresiona.
La sala tenía dos bancos corridos de escay, uno enfrente del otro, una mesa baja con revistas de hace cuatro años y un cenicero de metal de cuando se fumaba, un tablón sin nada clavado, un tubo fluorescente encendido en el techo y un ventanal grande que daba a la explanada y a la puerta peatonal.
Olía a lo que huelen las salas de espera de las porterías: a mucha gente que ha estado poco rato.
Me senté en el banco de la derecha, el que mira al ventanal, dejé el sobre a mi lado y no lo abrí hasta que se fue la última claridad, no sé bien por qué.
Los leí uno a uno, por el orden en que venían, que era el orden en que se habían generado.
El primero ejecutaba el aval. Los costes atribuidos a la casa cinco por la incidencia del día de la fecha —transporte no programado, personal movilizado en horario no previsto, gestión administrativa de incidencia— quedaban imputados a la avalista, con su desglose en tres cifras y una suma.
Debajo, en el mismo folio, el índice: la casa cinco entraba en penalización de índice por incidencia atribuible, tres meses, acumulable con la que ya corría.
La suma de las tres cifras era una cantidad que yo no había tenido nunca junta en la mano, ni en el mejor de mis seis años, ni sumando la paga de julio con la de diciembre.
La leí tres veces, no por incrédula, sino por lo que se hace con los números grandes: convertirlos en meses. Salían muchos meses.
El segundo era la liquidación de mi ausencia laboral: el turno del domingo sin cubrir, la producción del lote no firmada, la sustitución de urgencia contratada para la mañana. Cifras pequeñas, de esas que se cobran por principio.
El tercero decía que los vales de cesión endosados durante el periodo investigado quedaban congelados cautelarmente mientras dure la investigación administrativa, sin efecto sobre la validez de las cesiones ya selladas.
Leí esa frase dos veces. Válidas, pero congeladas.
La cesión de la sobrina de Rubén, la del fechador de trueno, congelada.
Las ocho hojas grandes y el taco de Jorge, con su sello de TRANSPORTES J.
GALÁN, guardadas entre el seguro y la ITV de una furgoneta que a esas horas estaría entrando en su nave, congeladas.
Lo firmado, cobrado, había dicho él, sentado en su portón, tasándose a sí mismo en voz alta.
Y era verdad, y no le servía: no se lo revertía ninguna oficina y tampoco se lo pagaba.
El cuarto abría revisión sobre la casa cinco: coordinación, registros internos y adjudicaciones, con auditoría en fecha por determinar.
Adjudicaciones. En la casa cinco lo único adjudicado que yo había visto era un puesto de bancales pedido por escrito en marzo, con turnos de compuerta escritos en tiza en una pizarrita, y ahí estaba, en el renglón de una revisión, sin nombres, esperando su fecha.
El quinto llevaba membrete de mantenimiento.
El operario responsable de la unidad quedaba suspendido de funciones y trasladado a la unidad regional mientras durase la instrucción, con efectos inmediatos.
Venía su número de empleado y no venía su nombre, y da igual, porque yo me sabía el número de haberlo visto en su libreta de columnas, en una funda de plástico, en una estantería de tablas donde los papeles vivían de pie.
Cinco folios y cinco nombres. Mali y su corcho. Ocho familias y su índice. La sobrina que empezaba en septiembre. Jorge y su motor de Requena. Rubén y su foto pequeña en un marco grande. Ninguno de los cinco había hecho otra cosa que estar donde yo lo puse.
Cuando trabajaba en el almacén, los pedidos grandes se preparaban con una hoja de radio: qué se movía, de dónde salía, a quién afectaba si fallaba.
Yo había hecho la mía el sábado por la mañana, sentada en el portón de una furgoneta, con los nombres en la cabeza y sin escribirlos, y me había salido exacta.
Esa era toda la diferencia entre saber contar y no saber: que los cinco folios no me enseñaban nada que yo no hubiera calculado antes de actuar.
Los había leído por la noche, en una sala de espera, con membrete y con cifras, que es como leen los demás lo que a mí ya me constaba.
Los volví a doblar por sus dobleces y los guardé en el sobre, y el sobre en la cartera, con lo demás, que era ya un archivo entero: la copia del enterado, la copia del aval, las matrices a cero, el resguardo con la rúbrica que había copiado en una despensa, el resguardo rosa de una solicitud preliminar firmada un martes.
Fuera se hizo de noche del todo. A las diez arrancaron los generadores de la clínica, que a esa hora hacen el relevo y sueltan su zumbido de nevera grande, y el recinto se apagó por calles, casa por casa, hasta quedarse en las farolas y en la luz del ala clínica, allá arriba, con dos ventanas encendidas que no me decían nada porque las ventanas no dicen.
El guardia hizo su ronda de las once con la linterna y la tablilla, volvió, se comió un bocadillo envuelto en papel de aluminio con la radio puesta bajita y me ofreció la mitad desde el marco de la puerta, sin entrar.
Le dije que no con la cabeza. Me la dejó igual en la mesa baja, encima del papel de aluminio abierto, y se volvió a su silla, y a la media hora me la comí.
A las doce menos cuarto le pregunté por mis cosas, porque las cosas hay que preguntarlas antes de necesitarlas.
—El anexo lo tiene hasta mañana a mediodía —dijo, sin levantarse—.
Contrato acabado, cama libre a las doce.
Si a esa hora no ha subido, la supervisora recoge lo que haya, lo mete en una bolsa y la bolsa baja aquí, que es donde bajan todas.
Con su nombre y con la fecha, que aquí no se pierde nada.
Y lo que tenga que entregar, lo entrega en esta ventanilla.
—Se acomodó en su silla—. El coche de línea para en la puerta a las ocho y cuarto. Si quiere, la aviso a menos cuarto.
—Ya veré.
—Ya verá. —Y no lo dijo con retintín, sino con la costumbre del que ha visto a mucha gente ver.
Y ahí se quedó la cuenta hecha, que era corta y era limpia: una bolsa que se sube a buscar en siete minutos, una credencial y tres llaves que se dejan en un mostrador, y un autobús.
Nueve minutos de trámite para estar fuera.
Yo, que llevaba catorce días midiendo lo que costaba entrar, tenía por fin el precio de la otra dirección, y era el más barato que me habían dicho en toda la semana.
Bebí dos veces en el grifo del baño, agua de recinto, fría, sin sabor, la que sale de la pared.
A la una vino un vehículo, se abrió la puerta de vehículos con su motor y su pitido, y no era nada: la recogida de la ropa, dos hombres cargando sacos blancos en cuatro minutos y otra vez el silencio.
A las dos, el aspersor de la rotonda de la entrada se puso en marcha él solo, dio sus vueltas contadas y se paró, y aquel fue todo el acontecimiento de la madrugada.
Y la puerta peatonal estuvo ahí toda la noche, a treinta metros del ventanal, con su cerradura de anilla y su bisagra, cerrada como se cierran las puertas que se abren desde dentro cuando alguien quiere salir.
Yo ya sabía lo que costaba: un impreso, tres firmas y un sello, y ni eso, porque para salir a mí no me hacía falta impreso ninguno.
Mi contrato había terminado. Mi empleo estaba extinguido.
Yo era, desde las cinco y cuarto de aquella tarde, una mujer de fuera esperando en una sala con la puerta franca, y el coche de línea paraba en esa puerta a las ocho y cuarto de la mañana, y a las ocho y cuarto de la mañana yo podía estar en el escalón con la bolsa hecha, y en el almacén, el martes, alguien me habría dado una bata, un cuaderno de columnas y una cámara de frío que llevaba dos meses sin cuadrar.
Nada de eso estaba cerrado. Nada de eso me lo habían quitado.
Lo tenía a treinta metros y a ocho horas de distancia.
No hubo noticias en toda la noche. Ni buenas ni malas ni de las otras.
A las tres y media, la hora que se me había quedado puesta en el cuerpo, me levanté a beber otra vez.
El grifo del baño soltaba el agua con la presión de dentro, gorda y continua, sin toser, y bebí de la mano hasta que me dolió el frío en los dientes.
Volví a la sala. Podía haberme sentado en el banco de la izquierda, que estaba de espaldas al ventanal y era el que se sienta la gente que no quiere ver pasar el tiempo.
Me senté en el de la derecha. El que mira al ventanal. El que ve la puerta.
Allí me dieron las seis, sentada y despierta, con las manos quietas encima de las rodillas por primera vez en catorce días.