30. Volver
Volver
Salí un momento a la puerta del centro mientras preparaban el traslado, por respirar algo que no fuera desinfectante, y Jorge ya estaba fuera de la furgoneta, de pie en la sombra corta del ciprés, con las manos en los bolsillos y el gesto de quien ha decidido irse y todavía no ha arrancado.
—¿Sale? —dijo.
—Sale. En transporte del centro, a las diez y veinticinco.
Asintió. Miró la carretera por la que íbamos a irnos y por la que iban a venir otros, y calculó su cuenta en voz alta, que era su manera de no calcularla a escondidas.
—Yo me voy antes de que aparezca por ahí un coche con franja verde, que a mí ya me tienen descrito y no hace falta que además me tengan aparcado. —Sacó el pie del bordillo—. Pero antes te digo una cosa y me la escuchas entera, que es lo único que te voy a cobrar hoy.
—Dila.
—El encargado del almacén me preguntó por ti en junio.
Dos veces. Se le fue la de la cámara de frío, la que puso él, y desde entonces le bailan los inventarios y me los discute a mí en el muelle, que es lo que a mí me toca la moral.
Si te presentas mañana, entras. No de favor: porque cuentas dos veces y en ese almacén no cuenta ni una vez ni Dios.
—Yo pedí catorce días sin sueldo y me los dieron torcidos.
—Y por eso sigues en la lista. Al que se va bien se le guarda la silla, aunque sea para verla vacía.
—Se apoyó en la aleta caliente —. Es el mismo sueldo malo de siempre, y la misma agua a ratos, y la misma cola de las cubas.
Y aun así. —Miró hacia la puerta de urgencias, hacia el pasillo por donde se veía la esquina de una camilla—.
Ahí dentro tú ya no eres nadie, Roldán, ya lo has visto.
Aquí fuera hay deudas, sí, ¿y qué? Las deudas de fuera se aplazan. Las de dentro te las cobran del cuerpo.
No lo dijo con filo. Lo dijo como quien deja una caja en el sitio bueno y avisa de que ahí está, por si acaso.
Pensé en el muelle a las seis y media de la mañana, con el frío de la cámara saliendo por la puerta de goma y el café de la máquina; en la cola de las cubas los martes; en mi calle con su agua de dos horas por la mañana y una por la noche, que se oye llegar por las cañerías como se oye llegar el autobús.
Todo aquello seguía existiendo y seguía siendo mío si lo quería, y estaba a ochenta kilómetros y a una decisión.
—Gracias por lo de esta noche —dije.
—Eso no es un no.
—Es un no.
Se separó de la aleta, abrió la puerta y sacó de debajo del asiento lo que le quedaba de la garrafa, caliente ya, y me la puso en el escalón de la entrada sin dármela en la mano, que era como Jorge daba las cosas.
—Está templada y sabe a plástico, pero es agua. —Se subió—. Yo no he estado aquí. Y tú tampoco me has visto irme.
El motor reconstruido arrancó a la primera, como todo lo suyo aquella mañana, y la furgoneta salió del aparcamiento por la gravilla con su ruido de siempre, y no tocó el claxon ni levantó la mano por el retrovisor, y yo tampoco se la levanté a él, que había cosas que en aquel oficio se hacían así: se descarga, se firma y se va uno a la siguiente parada.
Me quedé con la garrafa templada en la mano viendo el hueco donde había estado la furgoneta, que en la gravilla se le notaba el sitio.
Aquel hombre acababa de perder una línea entera de reparto por una hora de madrugada, y todavía le había sobrado sitio en la mañana para venderme un trabajo.
Guardé la oferta donde guardo lo que no se decide en caliente y volví dentro.
El transporte salió a las diez y veinticinco.
La básica del centro, con la enfermera detrás y el conductor delante, la camilla anclada por sus dos ganchos y Lucía encima con la carpeta en su funda de plástico sobre las piernas.
Yo subí porque estaba escrito que podía subir: la enfermera lo comprobó en su hoja antes de dejarme el pie en el estribo, con el dedo en la línea, sin preguntar y sin disculparse, y me señaló el banquillo del rincón, que era mi sitio y estaba bien señalado.
Durante los cuarenta minutos habló con Lucía.
Con Lucía, no conmigo: le decía lo que iba a pasar en cada tramo, si notaba algo que avisara, que la vía iba bien, que faltaba media hora, que faltaban veinte minutos.
Lucía contestaba con monosílabos de alumna cansada y a veces con el pulgar levantado, y una vez, con los ojos cerrados, dijo un número que la enfermera apuntó.
Yo iba en mi rincón, mirando por la ventanilla trasera cómo la comarcal se deshacía hacia atrás, y no dije nada en cuarenta minutos, y no fue penitencia: fue el sitio en el que me habían puesto por escrito, y yo sé estar en el sitio que dice el papel.
A las once y cinco entramos en La Vega por la puerta de arriba, la de vehículos, y la cuesta la subimos por el mismo camino por el que yo había subido a pie el lunes anterior con la bolsa al hombro y el sudor en la espalda, contando tuberías pintadas de gris.
El recinto era el de un domingo por la mañana: los toldos verdes echados, dos bicicletas apoyadas en la fuente, ropa tendida en el comunitario, una residente regando macetas con un vaso.
El vehículo subió la cuesta, pasó junto a la balsa llena hasta la marca y torció hacia el ala clínica, y las puertas neumáticas se abrieron antes de que llegáramos, porque nos esperaban.
Nos esperaban a ella. Salieron dos con carro y la enfermera de guardia con su tablilla, y detrás Navas, con la bata abrochada esta vez y las gafas puestas, y todo lo que pasó en el minuto siguiente pasó alrededor de la camilla y ni un centímetro más allá: el traspaso de la carpeta, la enfermera del comarcal cantando lo suyo, Navas escuchando con la barbilla y contestando en cifras, y Lucía diciendo su nombre entero otra vez, alto y claro, aunque allí se lo supieran, porque a esas alturas mi hermana ya no dejaba que la nombrara ningún otro primero.
Navas se agachó a su altura un segundo y le dijo algo corto que no oí. Después se enderezó, dijo dos palabras hacia el pasillo, y el carro echó a andar. A mí no me miró. No fue desprecio: fue que yo no estaba en el reparto de aquella escena, y aquella mujer repartía por lista.
Las puertas neumáticas se cerraron con ella dentro.
Me quedé en la rampa, con la funda de almohada doblada bajo el brazo, que era lo único que me había traído de vuelta del mundo exterior.
Una auxiliar salió a los dos minutos, me miró la bata de lavandería que llevaba puesta desde las tres de la madrugada y me dijo, sin ninguna intención, que allí no podía estar con esa ropa.
Me la quité y se la di. Debajo llevaba el uniforme de cocina del turno de la noche, con la harina todavía en la costura del bolsillo.
A las once y media pasó el carro por el corredor acristalado que se ve desde el jardín de la clínica, y lo vi pasar desde el jardín, de pie junto a un banco donde no me senté.
Iban tres con ella y llevaban prisa administrada, la del que va deprisa sin correr.
La cesárea estaba puesta a las tres de la tarde desde el sábado por prudencia, y la estaban entrando a las once y media de la mañana, y para leer eso no hacía falta ser médico: hacía falta saber leer un cuadrante, y yo llevaba veinte años leyéndolos.
Pregunté a la una. Había una ventanilla de información con su cristal y su hoja de turnos, y la administrativa de las gafas, la del comprobante subrayado con regla, buscó el apellido en su pantalla y me contestó sin subir la vista más de lo necesario:
—Está siendo atendida.
—¿Ha nacido?
—Está siendo atendida.
Volví a las dos y media y me dijo lo mismo con las mismas palabras, ni una más ni una menos, y a las cuatro también, y a la cuarta vez, sin que yo se lo pidiera, giró la pantalla dos centímetros hacia mí, lo justo para que se viera un campo y no lo demás.
—Mire, para que no vuelva. Aquí está el registro de contacto de la residente.
—Señaló con el capuchón del bolígrafo, sin tocar el cristal—.
Comunicación clínica: contacto designado, ninguno.
Familiares: rechazo expreso de contacto, con fecha.
—La fecha era de hacía catorce meses, un martes cualquiera de una vida en la que yo estaba haciendo inventarios a ciento cuarenta kilómetros de allí—.
Y aquí, de hoy: acompañante autorizada, sin acceso clínico.
Eso es usted. Puede estar. No puede saber.
—Ese papel lo firmó ella.
—Todos los de esta pantalla los firmó ella. —Devolvió el monitor a su sitio con dos dedos—. Yo no puedo darle lo que ella no ha dado. Si lo cambia, se lo digo yo misma sin que pregunte.
No había ni una gota de castigo en aquella mujer.
Ni deuda, ni reproche, ni la palabra que yo llevaba todo el día esperando que alguien me tirase a la cara.
Solo un campo de una ficha, relleno hacía catorce meses por una chica de veinte años que había decidido en su día quién podía preguntar por ella, y una casa entera que se limitaba a cumplirlo con la misma exactitud con la que cumplía los horarios de riego.
A las cinco y cuarto, un auxiliar me buscó por el jardín con un sobre a mi nombre, de los de administración, y me hizo firmar el acuse en su tablilla. Dentro, dos folios, sin una sola voz que los leyera en alto.
El primero extinguía mi relación con la contrata con efectos del día de la fecha, por abandono del turno del domingo, con su artículo citado, una línea sobre la liquidación, que se remitiría al domicilio, y otra sobre la baja en las listas de sustituciones, que era la que de verdad cerraba una puerta.
El segundo no hablaba de trabajo. Decía que, como condición asociada al expediente de infracción, quedaba suspendida la designación de beneficiaria externa del crédito de la residente ROLDÁN SANZ, L.
; que con ella quedaba retirada la cobertura de agua vinculada a esa designación; que la tarjeta debía entregarse en la garita en el plazo de veinticuatro horas; y que la suspensión no afectaba en nada a la titular del crédito.
Ese último renglón lo leí dos veces. Lo que mi hermana me había dado hacía catorce meses sin consultarme se lo estaba devolviendo yo sin consultarla, y a ella no le costaba un céntimo, y era, de todo lo que me llegó aquella tarde, lo único que estaba bien hecho.
Saqué la cartulina azul de la cartera y la miré a la luz de las cinco y cuarto: las esquinas romas de catorce meses de bolsillo, mi nombre completo, el número de dieciséis cifras que me sabía de memoria de recitarlo en la ventanilla, y debajo, en mayúsculas pequeñas, COBERTURA PROTEGIDA.
Detrás, la banda blanca sin nada escrito.
La franja de mañana y la franja de noche de mi calle, con su presión garantizada, y la cola de las garrafas dando la vuelta al mostrador para todos los demás.
En el mismo bolsillo estaba la otra tarjeta, la de cartulina dura del tamaño de un billete de autobús, con M.
SANZ escrito a rotulador encima de la línea tachada con regla.
Trece agujeros redondos, limpios, en dos filas de siete.
La casilla catorce, entera, sin perforar, porque el control del primer turno se perfora a las seis de la mañana y a las seis de la mañana yo estaba en una furgoneta a ochenta kilómetros, viendo pasar un campo de golf muerto.
Trece días trabajados y ni una falta. El domingo, el último, se me había quedado en blanco, y en blanco iba a quedarse ya siempre, con su cartón intacto entre dos agujeros, contando la única historia que aquella tarjeta sabía contar.
La guardé otra vez en el bolsillo del pantalón, con su esquina clavándose al sentarme. Catorce días había vivido ahí.