29. Cuarenta minutos
Cuarenta minutos
La enfermera volvió antes que la médica, con su batea y sus gomas, y le buscó la vena a Lucía en el dorso bueno, el que no llevaba la vía cerrada del centro, palpando con dos dedos y la cabeza ladeada, y se la cogió a la primera, sin apretar, con ese pulso de los sitios donde no sobra material para segundos intentos.
Lucía miró cómo se la cogían con interés de alumna, que hasta para eso le quedaba cabeza, y cuando el esparadrapo quedó puesto dijo gracias con la voz entera, la primera voz entera que le oía desde la cuneta.
—¿Le duele la cabeza igual? —preguntó la enfermera, recogiendo.
—Igual. Ni más ni menos. Las luces, menos.
—Se lo digo a la doctora.
Y se lo fue a decir, que en aquel centro las frases andaban poco camino y llegaban todas.
El tensiómetro quedó puesto en ciclo, inflándose solo cada diez minutos con su ronquido corto y aflojando después con su suspiro de goma, y entre ciclo y ciclo el box tenía el silencio de los sitios donde ya está todo dicho menos lo importante.
Fuera, en el mostrador, el celador pasaba hojas de su libro; en la gravilla, muy de tarde en tarde, unos pasos; y en la bandeja, cuadrados a canto, los dos papeles seguían haciendo su trabajo de estar.
Yo no me senté. Había una silla y no me senté, que hay esperas que se hacen de pie o no se hacen.
La médica entró a las nueve y media con su hoja en la mano y el bolígrafo detrás de la oreja, arrastró el taburete, se sentó otra vez donde se había sentado antes y puso la hoja sobre la rodilla.
—He hecho mis dos llamadas y le voy a dar los números como me los han dado, sin adorno —dijo—.
Opción una: La Vega, el centro del que viene.
Cuarenta minutos de transporte desde esta puerta.
Tienen quirófano preparado y soporte renal en la misma planta, y no se lo digo yo: me lo acaban de confirmar a mí por teléfono, con nombre del que confirma.
La esperan hoy. —Pasó el pulgar a la segunda línea—.
Opción dos: el hospital provincial. Dos horas y media de traslado, que hay que pedir a la central y esperar a que toque, y una cama que no me han confirmado: me han dicho, literal, que vuelva a llamar en una hora.
Quirófano tienen cuando lo tienen. —Levantó la vista—.
Opción tres: quedarse aquí. Se la digo porque existe, y se la desaconsejo del todo: yo puedo sostenerla un rato con lo que tengo, no una tarde, y lo que usted necesita no es que la sostengan.
Es que la operen. —Dejó medio segundo—. Pregunte ahora lo que quiera de las tres, que este reloj corre para usted, no para mí.
Dejó el bolígrafo quieto sobre la hoja.
—¿Cuarenta minutos desde cuándo? —preguntó Lucía—. ¿Desde que salga el transporte o desde ahora?
—Desde esta puerta. El transporte es nuestro y está fuera: eso no hay que esperarlo.
—¿Y si el riñón pide la máquina y estoy en el provincial?
—En el provincial la máquina existe y la comparten muchos. En La Vega me la han confirmado libre para usted. Esa es toda la diferencia y no es pequeña. —La médica no adornó ni esa—. Lo demás que quiera saber se lo contesto por el camino de la firma.
—Ya sé lo que quería saber —dijo Lucía, y colocó las manos una encima de otra, en orden de firmar.
—¿Adónde va, Lucía?
Lo preguntó así, a ella, con el nombre, y el box entero se puso en ese orden: la médica preguntando, Lucía en la camilla con sus dos vías, una cerrada de dentro y una abierta de fuera, y yo de pie junto a la cortina, en el sitio de los que ya han dicho lo suyo.
Lo tenía aprendido. Lo tenía hasta contado, como todo: cero frases, ese era mi cupo. Y no me lo supe callar. Catorce días aprendiendo lo que costaba cada palabra y la última la gasté igual:
—El provincial es fuera —dije—. Si vuelves a La Vega, vuelves con su papel de riesgo y su régimen, y lo que digan de hoy lo van a escribir ellos. En el provincial, por lo menos…
—No volverás a decidir por mí.
No lo dijo alto. Lo dijo como se pone un sello, de una vez y en su casilla, mirándome desde la camilla con la cara ordenada y los ojos cansados de su noche, y la frase entró y se quedó, porque era de las que vienen con su tinta puesta desde hace veinte años.
Cerré la boca. Me quedé con el resto del argumento dentro, tres frases hechas que se me deshicieron solas, como se deshace un palé mal flejado al primer bache, y puse las manos donde no estorbaran, cruzadas por delante, la izquierda sujetando a la derecha, que era la que todavía quería señalar mapas.
La médica no me miró, que fue su manera de mirarme, y esperó con el bolígrafo quieto.
—La Vega —dijo Lucía—. Cuarenta minutos y un quirófano que me espera con mi nombre, y una máquina al lado si el riñón la pide.
El provincial son dos horas y media de una carretera que ya he probado esta mañana y una cama a lo mejor.
Yo no elijo el sitio: elijo lo seguro para mí y para este niño, y hoy lo seguro tiene la dirección que tiene.
—Respiró sus tres dentro, cuatro fuera—.
Y lo demás lo discutiré allí, despierta, cuando esto haya nacido. Con mis papeles.
—Eso es una decisión informada y así la escribo —dijo la médica, y la escribió, dictándose a sí misma a media voz: paciente informada de opciones y tiempos, decide traslado a centro La Vega por seguridad materno-fetal, se solicita transporte. Giró la hoja, le tendió el bolígrafo—. Firme aquí.
Lucía firmó sobre la rodilla de la médica, sin apoyo mejor, con la firma del colegio, las tres letras claras y el punto final, y por primera vez en catorce días una firma suya decía exactamente lo que ella quería decir, ni una casilla más.
La médica recuperó su bolígrafo, se lo devolvió a la oreja, donde vivía, y la hoja firmada se fue con las demás cosas verdaderas del día.
Después la médica alargó la mano a la bandeja, cogió la copia gris de carbón, la del morado, y la puso sobre su propia hoja de registro.
—Esta se queda aquí —dijo, a las dos, sin acusar a ninguna—. Grapada a mi informe. Forma parte de cómo ha llegado esta paciente a este centro, y los cómos se archivan. —Miró a Lucía—: ¿De acuerdo?
—Ya ha hecho su trabajo —dijo Lucía, mirando el papel, y no dijo cuál trabajo, y nadie se lo preguntó.
La médica se llevó la copia al mostrador sin darle más ceremonia que a un volante de análisis, la cuadró contra su informe de dos golpecitos —el gesto otra vez, que aquella mañana lo estaba aprendiendo todo el mundo—, y la grapadora sonó dos veces, secas, arriba y abajo.
El papel que yo había fabricado a las dos y cuarenta de la madrugada en una despensa, con una bola seca y una almohadilla de fechador, pasó a ser una página numerada del registro de un centro de salud público, cosida a un domingo con dos grapas, que es la carrera entera que hacen los papeles cuando salen malos y acaban sirviendo: de mentira a prueba, sin cambiar una letra.
No dije nada de la grapa. Había aprendido la lección más cara de la mañana: que mi turno de decir había terminado hacía rato.
—Una cosa más —dijo la médica, con la hoja otra vez en la rodilla—.
El transporte es nuestra básica, con la enfermera.
No es el que yo querría y se lo digo delante: la medicalizada de zona está en otra salida y tarda hora y media en llegar aquí.
En hora y media yo la tengo a usted en La Vega.
Con las cifras que tiene ahora, prefiero el viaje corto con menos aparato que la espera larga con más.
Va la paciente. —Y a Lucía, señalándome con el mismo giro mínimo de cabeza de antes—: ¿Autoriza que ella la acompañe?
Lucía me miró el tiempo de pesarlo. No fue un segundo: fueron tres o cuatro, contados por el tensiómetro que arrancaba su ciclo con su ronquido, y en esos tres o cuatro segundos cupo la despensa, el timbre de pera, la cuneta, los dos papeles cuadrados y los veinte años de antes de todo eso, pesado junto, en una báscula que solo ella leía.
—Puede venir. No es mi contacto clínico.
—Presencia sí, información no —tradujo la médica, escribiéndolo, y era la traducción exacta: la de un idioma que Lucía acababa de inventar y que yo iba a tener que aprender a hablar el resto del día, puede que el resto de mucho más—.
Así consta. —Se levantó, recogió carpeta y hojas en un solo bloque cuadrado—.
La carpeta viaja con la paciente, que es suya.
Pido el transporte ahora: salimos en diez minutos.
Salió a pedirlo, y la oí al teléfono del mostrador, la tercera llamada de su mañana, dando el apellido otra vez sin equivocarse, los datos en el orden en que se piden, y la palabra prioritario una sola vez, sin levantar la voz, que dicha así vale más.
Del otro lado le confirmaron algo, apuntó una hora en el margen, y colgó con el cuidado con que se cuelga lo conseguido.
La enfermera empezó a preparar el traslado con la economía de quien lo ha hecho cien veces: la carpeta a una funda de plástico con cremallera, la funda encima de las piernas de Lucía, sus cosas de camilla en orden de salir.
La funda de almohada se quedó doblada en la silla, hecha un cuadrado pequeño, jubilada de golpe, sin que la reclamara ninguna mano.
Eran las nueve y cuarenta y cinco.
Por la ventana del pasillo, al fondo del aparcamiento, la furgoneta seguía en la sombra del ciprés con el morro hacia la salida, y Jorge seguía dentro, el codo en la ventanilla, quieto en su manera de estar que yo conocía: la de quien ha terminado un trato y le ronda otro que todavía no tiene número.
Llevaba el motor apagado, que los tratos nuevos se esperan mejor con el motor apagado.
No fui a decirle nada. A las nueve y cincuenta, el domingo tenía por delante cuarenta minutos con la dirección puesta, y de todo lo que había en aquel pasillo, lo único que aún era mío era el sitio que mi hermana me había dado: venir.
Ir detrás. Callar a tiempo. Me lo repetí como se repite una ubicación nueva, hasta aprendérmela.
Detrás de mí, en el box, el tensiómetro hizo su ciclo de las menos diez, ronquido y suspiro, y apuntó su número para gente que no era yo, y así era ahora el mundo y así había firmado ella que fuera: yo de la información, fuera; de ella, a cuarenta minutos y en el asiento de al lado.
Me pareció, contado todo, más de lo que traía ganado al llegar.