Catorce casillas 28. Lo que decía el papel
86%

28. Lo que decía el papel

Lo que decía el papel

El centro de salud comarcal era un edificio de dos plantas color arena con la pintura hinchada en los cantos, un aparcamiento de gravilla con un ciprés torcido de sombra corta, tres coches particulares y una ambulancia de las básicas, vieja y limpia, con las letras repintadas a mano encima de las letras de antes, y la puerta de URGENCIAS a un lado, con su timbre y su luz encendida a las nueve menos cuarto de la mañana como una promesa pequeña pero cumplida.

Jorge aparcó en la sombra del lateral, echó el freno de mano con su gesto de punto final, y dijo que él, de las puertas de estos sitios para dentro, no pintaba nada, y que la furgoneta y él estarían donde estaban.

El reparto no se lo discutimos: era el suyo.

Dentro había un mostrador con un celador mayor, dos pasillos y ese olor a desinfectante con calor que tienen los centros pequeños.

Dije embarazada de treinta y siete semanas, vómitos, dolor de cabeza, ve luces, y el celador no me dejó terminar la lista: levantó el teléfono, dijo dos palabras, y salió una enfermera con una silla de ruedas antes de que Lucía acabara de cruzar la puerta.

Los sitios pobres, cuando saben, saben rápido.

—¿Vienen de lejos? —preguntó el celador mientras Lucía se sentaba.

—De lejos.

—Se nota. —Y no dijo en qué, que no hizo falta.

—Nombre —dijo el celador, con el dedo en un libro de registro de los de rayas, con su bolígrafo atado.

—Lucía Roldán Sanz —dijo Lucía, alto y claro, apellido por apellido, como quien deletrea para un dictado—. Apúntelo bien.

—¿Y usted?

—Marta Roldán Sanz. Hermana.

Lo escribió despacio, con letra de libro de registro, y mi nombre quedó puesto en el fuera, en tinta azul de verdad, a las nueve menos diez de un domingo, y pensé que era el primer papel en catorce días que me apuntaba sin pedirme nada a cambio, y que tampoco me daba nada: solo decía que estuve.

Con eso, aquel domingo, ya era el papel más honrado de mi cartera.

La médica de guardia era una mujer de unos cincuenta, con la bata arremangada y las gafas en el pelo, de las que te miran a ti antes que al papel.

Se llamaba Arrieta, lo decía la placa torcida del bolsillo.

Pasó a Lucía a un box con camilla y cortina, la ayudó a subir con la enfermera, una a cada lado, y le tomó la tensión ella misma, dos veces con sus minutos en medio, mirando la aguja sin decir la cifra en alto, que hay números que primero se piensan.

Le miró los tobillos apretando con el pulgar y contando en silencio lo que tardaba la carne en volver.

Le puso el martillito en las rodillas, primero una y luego otra, y lo que saltó lo apuntó.

Le hizo seguir su dedo con los ojos, derecha, izquierda, arriba.

Preguntó desde cuándo las luces, desde cuándo el vómito, qué medicación anoche y a qué hora.

—La de la tensión, sublingual, a las nueve y cuarto —dijo Lucía—. Y el control de después salió a ciento cuarenta y dos, bajando.

—¿Se lo dijeron o lo oyó?

—Lo oí. Yo oigo todo lo mío.

—Bien hecho. Semanas exactas.

—Treinta y siete más dos —dijo Lucía—. Un riñón. Gestación subrogada de régimen excepcional. Tensión en vigilancia desde hace semanas. Anoche tuve un pico y me lo bajaron con medicación.

—¿Dónde?

—En el centro del que vengo.

La médica no preguntó de qué centro. Acercó el ecógrafo viejo, de carro, con el cable remendado con esparadrapo, le puso el gel a Lucía avisando del frío, buscó medio minuto con la sonda y la pantalla granulada, y encontró lo que buscaba: un galope pequeño y aplicado que llenó el box entero, deprisa y en su sitio, trabajando.

Lo dejó sonar tres segundos, para las tres, y Lucía miró el techo mientras sonaba, muy quieta, con las manos abiertas sobre la sábana, y no dijo nada, y el aparato volvió a su silencio de aparato.

La enfermera le limpió el gel con una gasa, en dos pasadas, y Lucía dio las gracias con la cabeza, guardándose la voz para lo que viniera.

—Eso, de momento, va a lo suyo —dijo la médica—. Que es lo que tiene que hacer y lo que nos da el tiempo que nos da.

Miró la tira de orina que le trajo la enfermera, la miró dos segundos más de lo que se mira una tira que sale bien, la dejó en la bandeja, y se sentó en el taburete de ruedas para quedar a la altura de los ojos de Lucía, que es una cosa que hacen los que saben dar noticias.

—Le voy a hablar claro porque no tenemos tiempo para hablar de otra manera —dijo—.

Lo que usted tiene no se arregla con una pastilla ni se arregla aquí.

Necesita que ese niño nazca hoy, por quirófano, y necesita que después un riñón muy cansado tenga ayuda, posiblemente una máquina, unos días.

Yo aquí tengo una sala de urgencias, un ecógrafo viejo y mis manos.

No tengo quirófano, no tengo máquina y no tengo con qué sostenerla si esto se tuerce esta tarde.

Este centro le sirve para una cosa: para decidir bien y rápido adónde va. ¿Me ha entendido?

—La he entendido —dijo Lucía. Y la había entendido: se le veía en cómo colocó las manos, una encima de otra, ordenando.

—¿Hoy es de esta mañana o de esta tarde?

—Es de cuanto antes. La hora exacta la pone el sitio al que vaya, y por eso lo siguiente son sus papeles: sin papeles, el sitio bueno tarda el doble en abrirle la puerta.

—Bien. Ahora necesito sus papeles, los que haya. —Y antes de alargar la mano, miró a Lucía y me señaló a mí con un giro mínimo de cabeza—: ¿Quiere que ella salga mientras los revisamos?

Lucía me miró. Fue una mirada de las de pesar, sin prisa, la primera entera que me daba desde el cuarto de observación, y me pesó de arriba abajo con ella, la bata robada, la cofia en el bolsillo, la funda de almohada en mis manos, todo lo que yo era esa mañana puesto en su báscula.

—Que se quede.

—Para esta consulta, entonces —dijo la médica, y lo apuntó de verdad, una línea en su hoja, que en aquel box hasta el quedarse tenía registro.

Saqué la carpeta de la funda de almohada, le pasé la palma al canto para quitarle un polvo que a lo mejor no tenía, y se la di, y al soltarla pesó de golpe lo que no había pesado en toda la mañana, que las cargas pesan de verdad en el momento de llegar a su sitio.

Para eso la había traído: ochocientos metros de bancal, una radio que nos nombraba y cuatro horas y media de fuera, todo para este gesto de dos segundos, una carpeta cambiando de manos encima de una camilla.

La médica miró la funda de almohada un segundo, el equipaje del que venía la carpeta, y no preguntó, que aquella mujer tenía un criterio fino para lo que era de su oficio y lo que no.

La abrió por el principio y la leyó como leen los médicos con oficio, en diagonal y sin perderse nada, pasando páginas con el pulgar mojado en la esponjilla de la mesa: la serie renal, las hojas de medicación con sus horas, las tensiones con sus fechas, e iba diciendo a media voz, para sí, me sirve, me sirve, esto también, la letanía de quien encuentra la despensa ordenada.

—¿La medicación de anoche es esta? —El dedo en una hoja.

—Esa —dijo Lucía.

—¿Y la pauta de controles se cumplió?

—Hasta las tres y media. —Ni una coma de más. La médica apuntó.

—Esto está bien llevado —dijo, sin levantar la vista, y no era un cumplido: era un dato que le servía.

Llegó a la hoja siete. La conocí desde donde estaba, por el clip grande y por el ángulo del doblez viejo que ya no se planchaba con nada, y la médica soltó el muelle con el pulgar, la sacó con dos dedos, la puso encima de todo, y la médica se la acercó, se bajó las gafas del pelo, y leyó en voz alta, con voz neutra de leer, ni suave ni dura, la voz con que se leen las cosas que ya están escritas:

—Hay una anotación de su médico, posparto. Dice: —y lo dijo:

REEVALUACIÓN RENAL POSPARTO. SIN NUEVA CONTRIBUCIÓN DURANTE CIENTO OCHENTA DÍAS.

—Y en el campo impreso de al lado:

PERIODO DE CARENCIA: CIENTO OCHENTA DÍAS.

El box se quedó con el ruido de la ambulancia de fuera arrancando para otra cosa y con el del manguito soltando su aire poco a poco.

Yo las conocía, aquellas dos frases, de un archivo en penumbra, de leerlas con los ojos y guardármelas.

Oídas en voz alta, en la voz neutra de otra, delante de ella, eran distinta cosa: eran exactamente lo que habían sido siempre, y lo que yo había decidido que ella no oyera hasta hoy.

Lucía estaba muy quieta. La vi mover los labios una vez, sin sonido, las tres cifras, y después metió la mano en el bolsillo izquierdo de la bata de lavandería, sacó su papel doblado en cuatro, lo desdobló con las dos manos, despacio, alisando cada doblez con el canto, y lo puso en la bandeja de la mesa auxiliar, al lado de la hoja siete.

Los dos papeles juntos bajo el fluorescente: el original blanco de clínica, entero de cuerpo, con sus sellos; la copia gris de carbón, cansada de dobleces, con su mitad de abajo en morado.

De lejos parecían el mismo papel dos veces.

De lejos es como se hacen todos los engaños.

Lucía puso el índice en la línea morada, sin apretar, un momento, como se marca una casilla a la que se piensa volver, y lo retiró.

La médica los miró. Uno y otro. Otro y uno.

En el original, después de la anotación y de su rúbrica, no había nada más: el papel seguía con sus casillas impresas y sus sellos, y donde la copia de Lucía decía lo que decía en morado de carbón, el original decía solamente lo que el médico de la eñe había escrito y ni una palabra más.

La línea de la tipificación hepática no existía.

No había existido nunca en ningún papel del mundo hasta la madrugada de ayer en una despensa.

—Esta anotación —dijo la médica, tocando la copia con un dedo, en la línea exacta— no está en el original.

Lucía no la miraba a ella. Me miraba a mí.

—La escribí yo —dije.

Y no dije nada más, porque no había una segunda frase que no fuera pedir algo, y yo ya no estaba en posición de pedir.

Lo que en la despensa había pedido turno para más tarde llegó entonces, puntual como todo lo mío, una arcada seca de las que no llegan a nada, y la sostuve de pie y quieta, sin moverme del sitio, que era el suyo y el mío.

La médica nos miró a las dos, un segundo a cada una, y luego a los papeles, y luego a la carpeta que tenía en las manos, y le vi hacer la cuenta entera sin mover un músculo de la cara: la carpeta bien llevada, la copia manipulada, la embarazada en la camilla, la hermana de pie con bata robada, el orden de los hechos recomponiéndose solo, como se me habían recompuesto a mí las piezas de la radio.

No necesitó el atestado. Y después hizo lo que hacen los buenos profesionales con lo que no es de su oficio: lo dejó donde estaba.

—Lo que es clínico está arriba y es verdad, y con eso trabajo —dijo, cerrando la carpeta sobre su pulgar—.

Lo otro tiene su sitio y no es este box.

—Se levantó del taburete, y a la enfermera, ya con la cortina en la mano—: Vía y constantes cada diez minutos.

Y el tensiómetro se queda puesto. —Y a nosotras—: Voy a hacer dos llamadas.

No se muevan de aquí, ninguna de las dos.

Salió. La enfermera salió detrás con la bandeja de la tira, y el box se quedó en su fluorescente, que zumbaba bajito en una nota fija, con la camilla, el manguito colgando de su pera, los dos papeles esperando en la bandeja y nosotras dos, cada una en su sitio de la escena, sin decorado que mirar.

Lucía alargó las manos a la mesa auxiliar.

Cogió los dos papeles, el original y el suyo, los puso uno encima del otro, y los cuadró a canto, borde con borde, esquina con esquina, con dos golpecitos contra la bandeja, el gesto exacto con que yo cuadro los albaranes desde hace seis años, mi gesto, aprendido de mirarme, devuelto ahora desde una camilla, y los dejó cuadrados delante de ella, sin dármelos y sin romperlos, y dijo, para el papel más que para mí, con su voz de repasar:

—Ciento ochenta días.

Y eso fue todo lo que dijo, y fue exacto, como todo lo suyo: no me preguntó por qué, porque el porqué lo tenía delante, cuadrado a canto, en morado de carbón, y no me preguntó cómo, porque el cómo era mi oficio y mi oficio lo conocía ella mejor que nadie, de mirarme cuadrar la vida entera.

Al otro lado de la cortina, en el pasillo, la voz de la médica pedía una cama con quirófano y decía nuestro apellido sin equivocarse, dos veces, a dos teléfonos distintos, y entre llamada y llamada se oía el bolígrafo del celador, que seguía con su registro, poniendo el domingo por escrito.