Catorce casillas 27. Afuera
84%

27. Afuera

Afuera

El pueblo del agua era cuatro calles y una plaza con dos plátanos de sombra cansada, y a las seis de la mañana estaba cerrado como se cierran los pueblos: sin llave, con persianas.

Jorge aparcó junto al punto de agua, que era una caseta de obra con su grifo comunitario y su pila, la conocía de toda la vida de ruta, y no hizo falta bajarse para verlo: el grifo llevaba un candado nuevo, de los dorados, pasado por una argolla soldada aposta, y la pila de debajo estaba seca con su verdín viejo, un verdín de cuando aquí sobraba para criar verdín.

En la caseta sí había un cartel, uno solo, descolorido, de las normas de hace años: PROHIBIDO LLENAR RECIPIENTES DE MÁS DE DIEZ LITROS.

Las normas seguían puestas. El agua no. Del cierre, ni cartel, ni horario, ni papel, ni disculpa: un candado sin cartel es una frase entera, aquí hubo agua y ya se dirá.

—El mes pasado abría de siete a nueve —dijo Jorge, y arrancó.

Sacó de debajo de su asiento la media garrafa del oficio, caliente de furgoneta, y me la pasó por encima del hombro sin mirar.

Le serví un vaso a Lucía en el tapón grande, y Lucía se lo bebió en sorbos administrados, con las dos manos, y me devolvió el tapón, y yo bebí un dedo y devolví la garrafa, y nadie dijo lo que quedaba, porque lo que quedaba se veía al trasluz.

A las siete menos veinte, en la recta del silo, Jorge levantó el pie otra vez: al fondo, en el cruce de la nacional, había cola.

Tres coches parados, un chaleco amarillo moviéndose de ventanilla en ventanilla, otro de pie junto a un coche atravesado.

Domingo a las siete menos veinte, en un cruce donde no se para ni a mear, dijo Jorge, y no frenó: dejó morir la marcha y giró a la derecha con la naturalidad de quien recuerda un recado, por un camino de servicio entre almendros muertos, filas y filas de leña de pie con sus etiquetas de plástico todavía atadas, y el firme bueno se acabó en cuanto el cruce dejó de vernos.

La pista fue media hora de polvo y de piedra suelta, la furgoneta escogiendo el lado menos malo de cada bache y encontrándolo a veces.

Los almendros muertos desfilaban por las ventanillas con su formación de leña, hectárea tras hectárea de secano rendido, y entre ellos, de tarde en tarde, una caseta de aperos con el techo vencido, que el fuera también tenía sus naves y también se le caían.

Yo sujetaba a Lucía por el hombro en los tramos peores y Lucía sujetaba lo suyo con las dos manos, la respiración por la nariz, y a cada golpe seco cerraba los ojos un segundo y los volvía a abrir, y no se quejó ni una vez, que era su manera de ir gastándose.

A la media hora, Jorge paró en seco donde la pista se abría en una era vieja, y el polvo que llevábamos detrás nos alcanzó y pasó de largo, y el motor se quedó al ralentí, tosiendo su tos.

—Vamos a hablar de dinero —dijo, sin volverse, mirando la era por el parabrisas—.

El trato era puerta, comarcal, centro. Llevo dos desvíos, un cuarto de depósito de más, una pista que me está comiendo los bajos y una radio que me ha nombrado por el altavoz.

Lo que estoy poniendo esta mañana vale más de lo que está cobrado, y lo sabes contar tú mejor que yo.

—Lo sé contar —dije—. Y sé lo que hay: el talonario está a cero. Lo tienes tú entero, con sus sellos. No queda con qué.

—Ya. —Lo dijo como se cierra un cajón que ya se sabía vacío, sin ruido.

Jorge se quedó un momento con las manos en el volante, haciendo su número redondo, el que no le salía.

Después miró por el retrovisor interior, no a mí: a Lucía, a la manta, a las dos manos puestas donde estaban puestas y a la cara que había encima, que iba pálida y ordenada como un albarán difícil, y lo que fuera que le cuadró no fue un número. Metió primera.

—Hasta el centro —dijo—. Ni un cruce más, ni un favor más. Y el gasoil de la pista me lo apunto donde me lo apunto todo.

—Apúntalo —dije, y seguimos.

En el primer pueblo del asfalto, La Zarza, cuatro casas a cada lado de la travesía, Jorge torció sin preguntar hacia una placa azul medio comida: CONSULTORIO LOCAL.

Probamos, dijo, que está más cerca que el comarcal y a veces el domingo hay alguien.

El consultorio era un bajo encalado con la puerta entornada, y dentro había un mostrador con su cristal, dos sillas de espera, un ventilador de techo parado con las aspas quietas de días, y una mujer de bata sin nombre que salió de la trastienda secándose las manos con un paño.

—Domingos no hay médico —dijo, antes de que termináramos de entrar, con la voz de haberlo dicho muchas veces—.

Ni sábados tarde. El de guardia de zona está en el comarcal.

—Miró a Lucía, la manta que llevaba echada por los hombros a pesar del calor, las manos por debajo, y la voz se le puso un punto más baja—. ¿De cuánto está?

—De treinta y siete y pico —dijo Lucía.

—Pues no pierdan aquí ni el fresco, que no lo hay.

—Señaló con el paño hacia el fondo de la travesía—.

Todo recto, dieciocho kilómetros, el cartel verde.

Urgencias abre siempre. —Y antes de que saliéramos nos llenó la botella del tapón en su botijo de la trastienda, sin que se lo pidiéramos, con el agua haciendo su ruido gordo de botijo, y se la puso a Lucía en las manos—: El botijo es mío, no del centro, así que esto no es sanidad: es vecindad. Ande con Dios.

El ventilador seguía parado cuando salimos, con la luz cortada esperando su turno de volver, y la puerta entornada se quedó entornada, que era todo lo que aquel consultorio podía sostener abierto.

A las siete y media, en la recta de después de La Zarza, Lucía se hizo visera con la mano contra el sol de frente y la dejó puesta, y al rato me pidió que le subiera la manta a los hombros aunque la cabina ya iba caliente, y yo se la subí sin preguntar, que preguntar era ponerle nombre.

Empezó a apretarse la sien a las ocho menos cuarto.

Con dos dedos, en círculos pequeños, primero un lado y luego los dos, y cuando vio que la veía dijo que era del sol, que venía de frente, y era verdad que el sol venía de frente, blanco ya, sin una nube que negociara, y era mentira que fuera del sol, y las dos lo dejamos así porque así se podía seguir.

A las ocho, en el asfalto otra vez, con el cartel del centro de salud comarcal anunciándose a dieciocho kilómetros, dijo, muy bajo, mirando el parabrisas:

—Veo moscas de luz.

Lo dijo como se dice un dato para el registro, sin drama, la alumna buena informando, y a mí se me quedaron las manos quietas en la funda de la carpeta, porque los datos que una no sabe leer pesan más que los que sabe.

—¿Desde cuándo?

—Desde la pista. Van y vienen. —Cerró los ojos, los abrió—. Ahora vienen.

A las ocho y diez dijo para, muy bajo, una sola vez, y Jorge paró en lo ancho de una curva sin que se le preguntara, con dos ruedas en la cuneta, y yo abrí la puerta corredera y la ayudé a bajar los dos escalones, y mi hermana vomitó en la cuneta de una comarcal, doblada sobre su peso, sujeta de mi brazo con una mano y del quitamiedos con la otra, con el amanecer ya blanco del todo y las cigarras arrancando en los almendros como si alguien les hubiera dado la luz.

Le sujeté la frente como se la sujetaba a los doce años, con la palma entera, y el quitamiedos ya quemaba a las ocho y diez de la mañana, que el metal de fuera no espera al mediodía.

Escupió, respiró con cuidado, probando el aire de a sorbos, dijo ya está, y se quedó medio minuto mirando la cuneta, la tierra clara, los cardos con polvo, como apuntando dónde dejaba aquello.

Le enjuagué la boca con un poco del agua del botijo, fresca todavía de barro, que la movió por dentro y la escupió también, con método, y la subimos entre los dos escalones y la manta, y Jorge esperó con las manos quietas en el volante, mirando su retrovisor de fuera, sin meter prisa y sin decir nada, que fue su manera de estar a la altura.

Los últimos doce kilómetros los hizo más fino que ningún tramo de la mañana, esquivando hasta las juntas del asfalto.

Yo iba vuelta hacia atrás, con la mano de Lucía en la mía, y ella con los ojos cerrados sin dormir, la visera de la mano ahora contra el cristal, administrando lo que le quedaba en raciones que solo ella medía, y por primera vez desde que tenía memoria de los dos mundos, el de dentro y el de fuera, los vi con los ojos de ella y no con los míos: un fuera con el agua bajo candado, el médico a dieciocho kilómetros, la luz sin tratar y la sombra sin hacer, un fuera que yo llevaba seis años llamando libre porque a mí me había dado trabajo y a ella le estaba cobrando el cuerpo.

El cartel verde del centro de salud apareció a las ocho y veinticinco, COMARCAL 2 KM, con una flecha, y debajo, en el mismo poste, otro cartel más pequeño y más nuevo que no miré dos veces porque no hizo falta: URGENCIAS 24 H.

Veinticuatro horas. Habíamos gastado cuatro y media en llegar a un sitio que no cerraba, y a mi espalda Lucía respiraba por la nariz, tres dentro, cuatro fuera, gastando las suyas.

El motor reconstruido tosió en el cambio de la última cuesta y se rehízo solo. Quedaban dos kilómetros.