Catorce casillas 26. La ronda de las cuatro y media
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26. La ronda de las cuatro y media

La ronda de las cuatro y media

La caja de la furgoneta era la de siempre: el asiento corrido atrás, las cajas de la mañana amarradas al fondo con dos pulpos, el olor a saco, y en el hueco del salpicadero la carpeta de gomas con lo del seguro, la ITV y, desde ayer, entre las dos cosas, lo mío.

Yo iba en el borde del asiento corrido, medio vuelta hacia Lucía, con una mano en el respaldo del de Jorge, y la carpeta clínica iba entre las dos, plana, con su funda de almohada puesta, como un pasajero educado.

El primer tramo lo hizo a oscuras, por la carretera de servicio, inclinado hacia el parabrisas para leerle el borde a la tierra apisonada, con la luna de atrás poniéndonos un rectángulo gris que se movía por la caja, y a los dos kilómetros pasó por la ventanilla el poste de la cámara, alto, con su placa solar arriba ladeada como una gorra, plantado en la curva del campo de golf, y arriba, en la placa, el primer gris del cielo haciendo un brillo mínimo, el único amanecer que aquella cámara iba a ver en todo el día.

No me volví a mirarla cuando quedó atrás.

Lo que la cinta tuviera que cobrar ya estaba cobrado.

Lucía la miró pasar sin saber qué era, y no se lo dije, que la lista de lo que no sabía ya llevaba bastantes renglones míos.

Al otro lado de la cuneta, las banderas de palo del secarral se tenían de pie en sus hoyos, dieciocho jubilados formados a oscuras, y la furgoneta pasó por delante de todo aquello a su velocidad de siempre, ni un punto más ni un punto menos, y nadie dijo nada, que lo que había que decir de aquella curva ya estaba dicho y cobrado.

Pasada la curva, Jorge encendió los faros, y el mundo se volvió dos conos de luz y piedras.

En el kilómetro tres el firme cambió a bueno, como estaba prometido, y la manta dejó de temblar sobre las rodillas de Lucía, y Lucía soltó despacio el asa de la puerta, dedo a dedo, y puso las manos donde las ponía siempre.

—¿Vamos bien de hora? —dijo. Su primera frase del fuera.

—Vamos.

A las cuatro y media miré el reloj, me quité la cofia sin pensarlo, con el gesto exacto de fichar la salida, y la dejé doblada en el asiento, y no dije nada.

En algún pasillo con luz de mínimos, una enfermera estaría entrando con su bandeja, o habría entrado ya, o le quedaba un minuto, y no había manera de saberlo ni la habría: el recinto ya solo existía por el reloj, y el reloj daba la hora igual para lo que yo supiera que para lo que no.

A las cuatro y treinta y cinco lo supe de la otra manera, la que sí se sabe, como se sabe un horario: en una cocina a nueve kilómetros, un responsable estaría firmando la segunda casilla del lote y encontrándose la mía en blanco.

Peso, temperatura, cuenta, y una firma que no estaba.

Donde no hay gente, hay horas, me habían dicho la primera noche. Las horas ya estaban hablando de mí.

Jorge conducía con las dos manos arriba y la radio de proveedores encendida en su volumen de madrugada, la estática y los avisos de carga que eran el ruido de fondo de su oficio: muelle tres a las seis, la contrata del norte pide adelantar, báscula del polígono sin servicio hasta el lunes.

El domingo ordenando sus camiones desde antes de amanecer, con voz de lista.

Jorge lo oía como se oye la lluvia, sin escucharlo, hasta que a las cinco menos diez alargó dos dedos y subió el volumen dos puntos antes de que yo entendiera por qué.

La estática se ordenó en una voz de mujer, administrativa, de las que leen:

—…aviso a la red de proveedores y contratas…

incidencia en centro La Vega… residente gestante y operaria de lavandería…

expediente clínico sustraído… salida por acceso de servicio de mantenimiento…

se ruega comunicar avistamientos al canal de coordinación…

se recuerda a los titulares de línea la obligación de colaborar…

posible vehículo de proveedor en la franja horaria… furgoneta de caja cerrada, color claro…

La voz siguió con matrículas de otra cosa, cargas de la mañana, y la cabina se quedó con la estática y con nosotros.

Las piezas se me ordenaron solas, en fila, como se ordena una devolución: la cama vacía del control de las cuatro y media.

La ropa de lavandería que faltaba de su barra.

La casilla del segundo lote sin firmar, diciendo qué operaria.

La carpeta ausente de su repisa, diciendo que no era un paseo.

La puerta de servicio, diciendo por dónde.

Y la cinta de la curva, que aún no habría hablado pero hablaría, diciendo con quién.

No les había hecho falta ningún chivatazo: les había bastado mi manera de irme.

Yo había hecho el equipaje que pedía el fuera, la carpeta entera, la serie, las horas, las fechas, y el equipaje nos había puesto nombre a las dos.

Operaria de lavandería. Ni eso era ya mío: hasta el oficio me lo había llevado robado.

La voz no había dicho ningún nombre, y no le hacía falta: los nombres, cuando todo lo demás está completo, son la casilla que se rellena sola.

Jorge no dijo nada durante un kilómetro entero.

Lo medí en los mojones. A la mitad sacó el paquete de tabaco del hueco de la puerta, lo consultó sin abrirlo y lo devolvió, y el pulgar le pasó una vez por el aro del volante, ida y vuelta, puliendo nada.

Al segundo mojón habló, sin quitar los ojos de sus conos de luz:

—La línea, adiós.

Y cambió de marcha, y eso fue todo el funeral que le hizo, que los hombres de cuentas entierran deprisa y sin flores.

—El pueblo del agua está a veinte minutos —añadió después, en su tono de ruta—. Allí se bebe y se sigue. De aquí a entonces, si os pregunto algo, es del asiento, no de vosotras.

Y el asiento fue diciendo que sí con sus muelles, kilómetro a kilómetro, y seguimos.

A las cinco y cinco, en el cruce de la báscula vieja, la de la plataforma con hierbas que ya no pesaba nada, había luces donde nunca había luces: dos coches atravesados a medias en la boca del desvío del norte, uno con los intermitentes puestos, y una linterna moviéndose entre los dos con ese vaivén de quien organiza conos en el suelo.

Jorge lo vio desde lejos, levantó el pie sin frenar, y pasó de largo por la comarcal, a velocidad de domingo, un proveedor madrugador camino de sus cargas.

—Eso hace una hora no estaba —dijo—. Montan en los cruces. Es lo barato.

—¿Nos han visto?

—Nos ha visto todo el que mira, Roldán. Ver no es el problema. El problema es cuadrar lo visto con lo que buscan, y para cuadrar hace falta parar, y para parar hace falta motivo. —Cambió de marcha en la cuesta—. No demos motivo.

Un kilómetro después nos cruzamos con un vehículo blanco con la franja verde del consorcio, de los de transporte sanitario, que venía en sentido contrario sin prisa y sin sirena, a velocidad de mirar cunetas, y su conductor nos barrió con la vista al cruzarnos, medio segundo de cara contra cara a cien por hora sumados, y siguió, y yo le vi los hombros a Lucía subir con el cruce y bajar con los faros rojos en el espejo, dos centímetros de viaje que no salieron en ningún registro, porque una furgoneta de caja cerrada y color claro es la mitad de las furgonetas de esta tierra, y el aviso decía posible, y posible es una palabra que todavía trabaja para todos.

Lucía lo había oído todo. No preguntó qué significaba, porque significaba lo que decía.

Puso la palma un momento sobre la funda de almohada, plana, como se comprueba un cierre, se recolocó la manta por las esquinas y miró la carretera por delante, la raya blanca viniendo a nosotros con su paciencia de raya, y dijo, en el volumen de la cabina:

—Que avisen. Yo voy a un médico, no a esconderme.

No se lo discutió ni la estática.

A las cinco y diez, la voz administrativa volvió y leyó el aviso entero otra vez, palabra por palabra, sin cambiar una coma, y aquella segunda lectura fue distinta de la primera en una sola cosa: la primera nos había descrito; la segunda ya se nos sabía de memoria.

Dejé de mirar el reloj, que mirarlo no adelantaba ninguna aguja, y me puse a lo único que en aquella cabina quedaba por hacer, que era sostener: la carpeta con una mano, a mi hermana con la otra, y lo demás con lo que fuera quedando.