Catorce casillas 25. Los bancales a oscuras
78%

25. Los bancales a oscuras

Los bancales a oscuras

El pasillo de observación tenía su luz de mínimos y su tertulia al fondo, y lo cruzamos al paso del carro, Lucía a mi costado con la mano en el borde de la lona, marcando ella el ritmo, que era lo pactado sin pactarlo.

La rendija del office soltaba su tertulia bajita y una cuña de luz amarilla que cruzamos por el borde, primero el carro, luego ella, luego yo, tres sombras educadas.

Al pasar por delante del control de planta, el mostrador estaba como están los mostradores a las cuatro menos cinco: la bandeja del turno con su termómetro en el vaso, el cuaderno de registros abierto por la página del día, la letra de la enfermera llenando renglones que no leí, que había listas donde yo ya no estaba y cosas que ya no eran para mis ojos, y en la repisa de las carpetas, de canto, la suya.

ROLDÁN SANZ, L., con su lomo gastado de diez días de manos. La cogí sin pararme, con el gesto con que se recoge lo que es de una, la envolví en una funda de almohada del carro y la metí bajo las sábanas dobladas.

Función renal seriada, el régimen con sus condiciones, la medicación con sus horas, las tensiones con sus fechas. Cuatro renglones de una hoja de vuelta que yo había leído de pie en un mostrador, con un paño en la mano, el jueves. El equipaje que pedía el fuera iba completo, y lo llevaba yo.

La puerta de servicio, la escalera, el corredor de siempre con su luz de obra.

Sesenta y dos pasos que a la ida habían sido míos y ahora eran de las dos, más lentos, Lucía con una mano en la pared cogiendo el frío del gotelé, y el contrapeso del montacargas colgado en su penumbra, quieto, pesando su tonelada a nuestro paso sin meterse en nada.

En el ala de servicio dejé el carro contra la pared, cuadrado, donde un carro no le debe explicaciones al lunes, saqué la carpeta en su funda y me la crucé al pecho por dentro de la bata, atada con el cinturón de la propia bata, que las cargas al cuerpo van amarradas.

La cofia me la dejé puesta, que quitársela era ya de otra hora.

Y abrí la última puerta de dentro, la que daba al aire.

El aire de las cuatro era el único fresco del día, y olía a tierra regada de lejos, a goteo nocturno.

Delante, los bancales: ochocientos metros largos de surcos y de oscuro, sin una farola, con las tomateras entutoradas haciendo hileras de sombra contra un cielo que todavía no se aclaraba por ningún lado.

Al fondo, más negros que la noche, los dos depósitos sobre sus patas y la caseta de las bombas, y en el murete, invisible desde aquí, la puerta.

—Por el borde de los surcos —dije—. Pisa lo duro. Yo delante.

No llevábamos agua. Lo pensé en el primer surco, que es donde se piensan las cosas que ya no tienen arreglo: dentro, el agua salía de la pared; fuera, el agua había que llevarla, y yo salía con una carpeta, una llave y las manos.

Lo aparté como se aparta un bulto al pasillo de incidencias, para luego, y fuimos.

Yo contaba, porque contar es lo que sé hacer con el miedo: cuarenta, ochenta, la tierra dura del borde aguantando bien, ciento sesenta, un pájaro moviéndose en las hileras sin dar la alarma de nada, doscientos.

La acequia seca, y allí la primera pausa: el cauce de losas con su compuerta oxidada levantada en alto, como una mano pidiendo turno desde hace años, y Lucía apoyada en la losa grande con las dos manos debajo y la respiración por la nariz, larga, contando ella lo suyo, que cada una llevaba su cuenta y los grillos llevaban la de todos.

Del doscientos al cuatrocientos el bancal se puso más hondo de surco y más alto de sombra, las tomateras entutoradas a la altura del hombro, cargadas, oliendo a mata caliente aunque la noche fuera fresca, y Lucía aflojó el paso sin pararse, mirando una hilera entera de arriba abajo mientras la cruzaba, dos segundos, lo que se mira un pasillo de almacén bien hecho, y siguió.

A los cuatrocientos pasos, la segunda pausa, junto a una tomatera vieja que ya no daba: Lucía alargó la mano al tutor de caña, se sujetó, y se quedó un momento con los dedos alrededor del nudo de rafia, la cabeza baja, el peso repartido, la respiración haciendo su trabajo.

El goteo sonaba en alguna hilera lejana, gota a gota, un dinero cayendo que no era de ninguna de las dos.

Yo miré para otro lado, hacia los depósitos, porque había cosas que ya solo se podían no mirar.

Nada se movió en el recinto a nuestra espalda. Las farolas de la explanada quedaban lejos, con su luz sin público, y la garita era un cubo de claridad al otro extremo del mundo. La ronda de dentro acababa en los depósitos: eso estaba comprado y pagado. Lo de fuera era otro presupuesto.

Llegamos al murete a las cuatro y doce. La puerta de chapa con su cartel despintado, SOLO SERVICIO, estaba donde tenía que estar, y la llave salió de su imperdible con los dedos que me quedaban.

Levanté el tirador mientras giraba, como se acompaña a las puertas viejas.

La cerradura hizo su vuelta entera sin cantar, dura y de una, y la hoja se abrió hacia dentro con un suspiro de chapa.

Por el vano entró el olor del otro lado, campo abierto y polvo sin regar, el olor de fuera, que dentro se me había olvidado que olía a algo.

Sostuve a Lucía del brazo en el escalón de piedra, que estaba comido por el medio, le pasé la carpeta un segundo para cogerla mejor con las dos manos, la bajé, recuperé la carpeta, y empujé la hoja a mi espalda con el pie hasta oírla tocar el marco.

Fuera.

Eran las cuatro y dieciocho. El punto muerto de los depósitos nos tapaba la puerta, y delante había una franja de tierra apisonada, la carretera de servicio, gris sobre negro, vacía en las dos direcciones hasta donde la vista llegaba, que de noche es mentira lo lejos que llega.

Pegué a Lucía al murete, en el ángulo del punto muerto, y me pegué yo, hombro con hombro, la piedra soltando por la espalda el frío guardado del día anterior.

Un perro ladró dos veces muy lejos, en algún cortijo del otro lado de la comarcal, y se calló, y el silencio de después fue más grande que el de antes, que para eso ladran los perros lejanos.

Lucía respiraba su respiración de contar, tres dentro, cuatro fuera.

Y ahí nos quedamos, yo haciendo la única cuenta que me quedaba y que no servía de nada: la primera ronda exterior del turno entrante salía entre y cuarto y y media.

Yo había calculado con el extremo bueno, las cuatro y media, porque los planes se hacen con los extremos buenos, y ahora, con la espalda en el murete, entendí lo que valía mi cálculo: la ronda podía estar saliendo en ese mismo momento o dentro de doce minutos, y no había en el mundo manera de saberlo, y las dos cosas eran verdad a la vez, y así se está en los muretes.

Conté los segundos en bloques de sesenta, con la esquina de la carpeta clavada en el esternón a través de la funda, un filo que agradecí porque daba algo exacto que sentir.

La carretera de servicio seguía vacía, gris sobre negro, y el cielo por encima de la comarcal empezaba a separarse de la tierra por una raya del color del agua sucia, la primera del día, y no era luz todavía: era el aviso de la luz, que en agosto llega con el calor ya contratado.

Al tercer bloque miré a Lucía de reojo: el perfil contra la piedra, los ojos abiertos, la mano por debajo, administrándose, y ni una pregunta, que las preguntas también gastan y ella lo sabía desde antes que yo.

Lucía me tocó el brazo. No dijo nada. Señaló con la barbilla.

Carretera abajo, a la izquierda, en el sitio exacto donde Rubén había puesto el canto de su mesa, había una sombra más cuadrada que la noche, parada en el arcén con el morro hacia la comarcal.

Sin faros. Sin motor. Una furgoneta apagada es un animal quieto, y aquella estaba quieta de una manera que yo conocía: la de los que llegan antes para aburrirse a gusto.

Eran las cuatro y veinticinco cuando cruzamos la franja de tierra, Lucía delante ahora, marcando el paso con el peso, y la puerta lateral de la furgoneta se descorrió desde dentro sin encenderse nada, ni cabina ni faros, solo el rectángulo más negro y la mano de Jorge sujetando la hoja, y su voz en el volumen de las cuatro y veinticinco:

—La manta está puesta. El firme bueno empieza en tres kilómetros. Hasta entonces, agarraos.

Subió Lucía, con mi mano y la suya, a su tiempo, primero el peso y luego ella, y se acomodó en el asiento corrido de atrás donde la manta esperaba doblada, y se la puso ella misma sobre las piernas, estirándola por las esquinas, que hasta huyendo hacía las camas.

Subí yo con la carpeta y olí el dentro de la furgoneta: gasoil, saco y cartón, seis años de olor conocido en el sitio menos pensado.

La puerta corrió sobre su guía con un ruido educado.

El motor reconstruido arrancó a la primera, bajito, como si también él supiera el volumen, y la furgoneta se movió sin luces por la carretera de servicio, dejando atrás el murete, los depósitos, los ochocientos metros y todo lo que yo sabía contar,

Por el cristal de atrás, el recinto se fue haciendo pequeño y encendido, con sus farolas para nadie, igual que había estado toda la noche, igual que estaría a las cuatro y media, cuando alguien, en alguna punta de aquella luz, echara a andar su ronda por el extremo que fuera.

Solo entonces noté que llevaba los hombros subidos hasta las orejas, y los bajé, uno y luego el otro, como se baja una carga que no tiene dónde dejarse.