24. La línea #2
—En esta no hay nada de la mitad de abajo.
—Se lo señalé sin tocarle el papel, la franja gris donde el carbón se rendía—.
Ese taco pasa la mitad de arriba y se acaba.
Lo escrito a mano es lo de después: aquí lo comunican así hasta que sale el impreso del lunes.
Lo de la reevaluación te lo escribieron en la misma hoja y con la misma letra.
Eso era verdad, y por eso servía, y por eso lo dije.
La carencia era la única pregunta para la que yo traía una respuesta hecha; las demás me las sabía de memoria y esa la llevaba ensayada desde las dos y cuarenta.
Me salió del tamaño justo y no me tembló, y aún hoy, cuando hago la cuenta de lo que me costó aquella noche, empiezo por ahí: por lo bien que me salió.
—¿Y mi riñón? Si hay tipificación nueva, el riñón...
—Eso se lo preguntas a un médico. Yo no soy médico.
—No. —Me miró un momento por encima del papel—. No lo eres.
—Navas me lo habría dicho. Ayer estuvo aquí tres veces.
—Las reasignaciones no las comunica Navas. Las comunica administración. El lunes, en ventanilla, con su impreso. —Y el nombre que me quedaba lo puse encima de la mesa, porque era verdad y porque pesaba—: Como a Alba.
Lucía se quedó con el papel en las dos manos.
Fuera, muy lejos, una máquina de hielo soltó su carga.
Y entonces hizo lo más inteligente que podía hacer, que fue no creerme: soltó una mano del papel y la llevó al timbre de pera que colgaba del cabecero, de su cable rizado, y lo cogió, y puso el pulgar encima del pulsador, sin apretar, y me miró así: con el pulgar encima y sin apretar, que era exactamente el sitio donde estábamos las dos.
No me moví. Di medio paso atrás, incluso, para que se viera que no me movía.
—Puedes llamar —dije—. Viene la enfermera, pregunta, y a lo mejor esta noche te lo aclaran.
Pero si llamas, lo compruebas y se acaba la salida: esta puerta se llena de batas y yo mañana estoy fuera del recinto.
Si esperas al relevo de las seis para preguntar, también se acaba.
La cesárea es a las tres. —Le dejé el silencio entero—.
No te digo que no compruebes. Te digo lo que cuesta.
El pulgar se quedó donde estaba, encima y sin apretar. Yo también.
Lucía miró el timbre en su mano. Miró el papel en la otra. Y empezó a hacer lo que llevaba haciendo toda su vida con lo que yo le ponía delante: pensarlo mejor que yo.
Fueron quince minutos y los medí, porque medir es lo que sé hacer con el miedo.
Tenía tres frases más preparadas de la despensa y no gasté ninguna, que los argumentos de más son los que despiertan a la gente, y me quedé donde estaba, de pie junto al carro, con la cofia en la mano.
A las tres y cuarenta preguntó quién más lo sabía, y le dije que nadie que le debiera nada a ella, que era verdad por los pelos.
A las tres y cuarenta y tres preguntó adónde, y le dije que fuera había un coche y al final un hospital de los de verdad, y no me preguntó más del plan y yo no se lo conté, que los planes contados dos veces se gastan.
—¿Y si me pasa algo por el camino?
—Ochocientos metros andando despacio y un coche con manta.
—¿Y si me pasa?
—Entonces se llama a lo que haya y se paga lo que cueste.
—La miré como se miran las básculas, de frente—.
No te voy a vender que no pueda pasar. Te vendo las tres de la tarde.
A las tres y cuarenta y cinco se removió para aliviar la espalda y la vía le tiró del dorso, y se recolocó el esparadrapo con dos dedos, sin queja, con esa administración suya de todo lo que dolía.
A las tres y cuarenta y ocho no preguntó nada: estuvo mirando la anotación morada con la cabeza de trabajar, los labios moviéndose apenas en las cuatro últimas palabras, y yo la dejé, contando mis propios pulsos por no contar los suyos.
A las tres y cincuenta se apoyó en el codo para enderezarse, esperó a que le pasara una tirantez de las que ya conocía, respirándola con su técnica de clase, contando por dentro, y le pasó, y el cuarto siguió a lo suyo.
A las tres y cincuenta y dos bajó el timbre.
Lo dejó colgando de su gancho, con cuidado, como se deja un teléfono en mitad de una discusión que no ha terminado.
El cable rizado se balanceó dos veces y se paró.
—No te creo a ti —dijo—. Que te quede claro.
Le creo a este papel hasta que un médico de fuera me lo lea con sus ojos.
Es mi prueba. —Lo dobló por sus dobleces, que ya sabían solos, y se lo guardó en el bolsillo de la bata, del lado izquierdo, y dejó la mano encima un segundo, plana, como se comprueba un cierre—.
Y me voy por mi análisis y por mi parto. No por tu salida.
—Vale —dije, porque era la palabra más pequeña que tenía y no quería gastar otra.
Se levantó en sus dos tiempos, el del cuerpo y el del peso, con una mano en el cabecero y la otra debajo, y yo no la ayudé porque no me lo pidió.
Le di la bata holgada y se la puso encima del camisón, despacio, un brazo y luego el otro, cuidando el dorso de la vía, y la bata olía a plancha de lavandería, a limpio de máquina, que era el olor de la ropa de todos y por eso servía.
Se calzó sus zapatillas de la mesilla. Se recogió el pelo con el pasador de los exámenes, que estaba en la mesilla junto al vaso, donde ella lo dejaba todo desde niña, y aquello no me lo esperaba y no dije nada, que había cosas que ya solo se podían mirar.
Aparté las sábanas de arriba del carro e hice sitio a nada, por hacer algo con las manos mientras ella acababa.
Apagué la luz de cabecera cuando estuvo de pie, que un cuarto vacío con luz encendida llama a las puertas, y el cuarto se quedó en el gris de la persiana, con la cama deshecha diciendo su mentira pequeña de que alguien iba a volver.
El pasillo de servicio medía doce pasos hasta su puerta y me los sabía de fregarlos.
Eran las tres y cincuenta y cinco cuando abrí la puerta y saqué el carro al pasillo, y mi hermana salió detrás, con la ropa de otra encima y su firma de siempre debajo, y el peso por delante, marcando ya el paso que iba a mandar en todos los pasos siguientes, y echamos a andar.