24. La línea
La línea
El turno empezó a las diez como todos, y hasta las dos y cuarto fue el turno de todos: la masa a las once, el pesado a la primera, las bandejas, y el reloj de pared soltando sus medias horas encima de mí, una a una, como bultos que había que recibir y colocar.
A la una y cincuenta, en un viaje de bandejas al office, me eché al bolsillo del delantal la almohadilla del fechador y el bolígrafo gastado del cajón, dos cosas que llevaban años en aquel office sin que las echara en falta ni el inventario, y volví a la masa con el delantal pesando distinto.
A las dos y cuarto el responsable comprobó el lote del domingo, firmó su casilla, me preguntó si algo, le dije que nada, la masa y yo, me dijo que el pan corto se hornea igual de largo, y se fue con el ayudante hacia el anexo.
La cocina se quedó conmigo, con sus dos zumbidos y con la noche que yo le había colgado encima.
Esperé cinco minutos mirando la masa por el cristal, por darle a la casa su asentarse, y a las dos y cuarenta abrí la despensa seca con mi llave de la anilla y entorné la puerta detrás de mí, dejando la rendija justa para oír la cocina.
Lo tenía todo pensado con el método con que se piensa una carga: qué, dónde, en qué orden.
La balda del fondo, a la altura del pecho, despejada de sacos: mi mesa.
La luz de la despensa, que es una bombilla honrada sin pantalla: mi flexo.
De la cartera, el papel del forro, desdoblado con el canto de la mano hasta ponerlo serio.
Del bolsillo del delantal, la almohadilla de tampón del office, la del fechador, con su tinta morada de siempre, y un bolígrafo gastado de los del cajón, de los que ya no escriben y siguen en el cajón porque tirarlos parece feo: la bola limpia, seca, perfecta.
La mitad de arriba de la copia estaba en ese morado desvaído del carbón, que no es azul ni es violeta: es color de duplicado.
Un bolígrafo de verdad habría cantado como canta una pieza nueva en una máquina vieja.
La almohadilla daba el mismo morado cansado, y la bola seca lo cogía a trazos cortos, tres o cuatro letras por carga, que era lento y por eso era bueno: lo lento no tiembla.
Ensayé en el papel de una bolsa de harina vacía, del lado de dentro, que es liso.
Primero la letra: POSPARTO, dos veces, con sus mayúsculas separadas y su ese de imprenta, hasta que la palabra dejó de ser mía y fue de la letra.
La letra clínica despaciosa la tenía delante, en la propia copia, dictándome las formas: las mayúsculas separadas, las eses de imprenta, el aire de quien escribe para que lo lean legos.
La rúbrica la tenía en el resguardo del circuito, junto a mi pulgar: pequeña, apretada, la eñe de un solo impulso, sin levantar.
Después la rúbrica: la hice seis veces en la bolsa de harina, despacio y de un impulso, que las dos cosas se pueden a la vez si la bola va seca.
A la quinta ya era suya. A la sexta ya no era de ninguno de los dos: era del papel, que es donde viven las firmas.
Después escribí. En la mitad de abajo, arrancando dos renglones por debajo de donde el carbón se había rendido, en un blanco limpio que no desmentía nada porque no decía nada, con la letra despaciosa que no era mía y a la velocidad de la bola seca, letra a letra, carga a carga:
TIPIFICACIÓN HEPÁTICA POSPARTO. REASIGNACIÓN A CATEGORÍA ALTA SIN PERIODO DE CARENCIA.
Antes de las cuatro últimas palabras recargué la bola en la almohadilla aunque no le hacía falta, y las cuatro salieron como las demás, a su paso, del tamaño de su casilla. Y debajo, al margen, la rúbrica con su eñe, de un impulso, la séptima de la noche y la única que contaba.
El pulso no me tembló en ningún trazo. Lo que fuera a temblar pidió turno para más tarde, y yo se lo di, que para eso llevaba una semana dándole turnos a todo.
Puse el papel a secar plano sobre la balda, le di cinco minutos de reloj sin tocarlo y sin soplarle, que el aliento moja, y mientras secaba me limpié la yema del índice en el delantal, aunque no tenía nada, y ordené la balda que no lo necesitaba, y no pensé, porque pensar era lo único que no estaba en el bloque.
A las dos y cincuenta y cinco el papel estaba seco y decía lo que yo le había hecho decir.
Lo doblé por sus dobleces de siempre, lo devolví al forro, guardé la almohadilla y el bolígrafo muerto en el delantal, doblé la bolsa de harina de los ensayos en cuatro y me la llevé también, y salí de la despensa dejándola contada y en su orden de siempre. Cerré con mi llave.
En la cocina, la masa iba por donde tenía que ir.
La bolsa de los ensayos ardió en el fogón piloto sujeta por la esquina, palabra a palabra y eñe a eñe, y las cenizas se fueron por el sumidero con su vaso de agua, detrás de las otras, que aquel sumidero llevaba una semana cobrando en cenizas y no había preguntado ni una vez.
A las tres y diez cogí el corredor de servicio, el de los carros y la ropa, que a esa hora olía a correa y a polvo de siempre, con su luz de obra cada quince metros y el montacargas parado a mitad de reja, con su contrapeso colgando de la penumbra como una plomada del tamaño de una persona.
Sesenta y dos pasos: los conté a la ida sin querer y a la vuelta a propósito.
En la puerta de la lavandería me quedé un compás con la mano en el picaporte, oyendo el otro lado, y el otro lado no tenía nada que decir, y entré.
La sala grande estaba caliente y callada, las máquinas paradas con sus puertas entreabiertas para que no críen, los cestos de la mañana ya clasificados por casas contra la pared.
El turno de lavandería acababa a la una y el siguiente entraba a las seis: eso lo sabía de mis semanas de limpieza, como sabía dónde cuelgan las batas de faena, en la barra junto a la plancha, por tallas.
Cogí dos batas de la barra junto a la plancha, una de mi talla y otra holgada, de las de ocho meses aunque allí no se llamaran así, y una cofia, y el carro alto de lona, el de reparto, con media carga de sábanas dobladas dentro, que un carro vacío suena a vacío.
Lo probé dos metros por el suelo de la sala, parada a escuchar: las cuatro ruedas calladas, engrasadas por alguien que educaba las ruedas.
Le di las gracias sin nombre y me lo llevé.
Nada de aquello era mío y todo estaba donde el trabajo lo deja.
El aire cambiaba de caliente a frío de máquina en dos puertas, y en la segunda me puse la cofia, que una cofia son diez años menos de cara y veinte de nombre.
A las tres y veintiocho estaba en la escalera de servicio del ala, quieta, con el carro pegado a la pared y una mano plana sobre las sábanas, oyendo.
La radio del office decía muy bajito una tertulia de las de madrugada, voces de acuerdo en todo.
A las tres y media en punto, los pasos de la enfermera por el pasillo de observación, la puerta, el ruido corto de manguito y aparato, dos minutos largos, la puerta otra vez, los pasos de vuelta, la puerta del office.
La radio bajita siguió con lo suyo. Conté sesenta segundos más, empujé la puerta de servicio y entré en el pasillo de observación con el carro por delante, que un carro por delante es un salvoconducto en cualquier planta del mundo.
El pasillo tenía dos cuartos y una luz de mínimos: la primera puerta a oscuras y sin tarjeta, la planta casi vacía, que las observaciones de aquella casa eran pocas y contadas, y al fondo la rendija amarilla del office con su tertulia bajita. Nada se movió que no fuera yo.
La tarjeta de la segunda puerta decía ROLDÁN SANZ, L. Entré sin llamar y cerré sin ruido.
La luz de cabecera estaba encendida, baja.
El cuarto era el de observación de siempre, el que yo había limpiado tantas veces sin verlo en uso: la cama articulada, el pie de gotero sin bolsa, la repisa con el registro portátil enfundado y la bandeja del último control, el manguito enrollado sobre sí mismo como duermen las cosas de trabajo.
Lucía estaba medio incorporada contra las almohadas, despierta de la manera en que se está despierta entre control y control, con la vía cerrada en el dorso de la mano, su llavecita y su esparadrapo bien puestos, y me miró aparecer con bata de lavandería y cofia, y no gritó.
Eso fue lo primero que me dijo sin decirlo: que estaba demasiado ocupada por dentro para gastar en gritos.
—¿Qué hora es? —dijo, en el volumen de la planta.
—Las tres y treinta y cinco.
—El control era a y media.
—Ya ha pasado. El siguiente es a las cuatro y media.
Hizo la resta sola, como lo hacía todo, cincuenta y cinco minutos, y la vi guardarse el resultado donde se guardaba las fechas de examen.
—Cinco minutos —dije—. Después haces lo que quieras.
Me miró la bata, la cofia, la esquina del carro parado en la rendija de la puerta, e hizo con todo aquello una cuenta que no me dijo. Saqué el papel del forro y se lo puse delante, desdoblado, bajo la luz de cabecera. No le dije léelo. Lucía lee sola desde los cuatro años.
Lo leyó entero. La vi bajar por los renglones conocidos, el membrete, las cifras, su firma, y llegar a la mitad de abajo y quedarse. Leyó la anotación dos veces, como leo yo lo que va a misa, y la tercera vez la leyó con el dedo, palabra a palabra, hasta las cuatro últimas.
—Tipificación hepática —dijo. Su voz de repasar apuntes, muy baja—. El hígado no está en mi contrato. El hígado está excluido. Sección nueve, condición inviolable. Me la sé.
—Por eso es otra categoría y otro programa. Lo de antes no se amplía: se sustituye. —Cada frase me salió del tamaño exacto, ni un centímetro más, que llevaban desde las dos y cuarenta secándose—. Sin periodo de carencia.
Bajó el papel dos dedos y me miró por encima del borde.
—Aquí ponía carencia —dijo—. Ciento ochenta días. Lo leí en la hoja que me trajiste al patio, con el dedo, dos veces.
—Y en aquella hoja sigue puesto.
—En esta no está.