23. La garante
La garante
El despertador de cuerda me levantó a las cinco de la tarde con el cuarto en penumbra de persiana y el calor ya de bajada, y comí lo del plato tapado sentada en el borde de la cama, sin prisa de mentira, que era la única que tenía.
A las cinco y media pasé por el economato a cargar el semanal de la cinco: el encargado del sábado me fue sacando los bultos contra la lista de la casa, cantando él y marcando yo, y me sujetó la puerta con el pie al salir, que en aquel recinto la amabilidad existía y funcionaba por turnos, como todo.
El carro semanal pesaba lo que pesa la semana de ocho personas, y lo llevé por el camino llano dando el rodeo de las bombonas, que con butano a bordo no se improvisan atajos.
A las seis estaba en la calle de las casas con el carro del reparto semanal, que los sábados tocaba lo gordo: el economato de la semana, casa por casa, cajas de lo seco, la fruta contada, el jabón, las bombonas pequeñas del butano de cocina.
Mali me esperaba en el zaguán de la cinco con su libretita y su lápiz, porque el reparto semanal de su casa lo recibía ella, lo contaba ella y lo firmaba ella, y lo demás eran opiniones.
Trabajamos un rato sin más palabras que las del oficio: esto a la despensa, esto a la fresquera, las bombonas al poyete de fuera.
Mali cantaba contra su lista — arroz, cuatro; garbanzo, dos; aceite, la garrafa; el jabón de pastilla, seis — y yo colocaba, lo pesado abajo, lo abierto delante, las fechas de cara, y ella lo iba viendo y no lo corrigió ni una vez, que en el idioma nuestro eso era una conversación entera.
Cuando llegué al corcho me alcanzó la caja de las chinchetas sin que se la pidiera, porque el cambio de lista ya era parte de los sábados, como el butano.
El corcho seguía junto a la puerta, con mi lista de la penalización clavada, y la cambié por la de la semana dos, que la traía impresa del economato: mismo encabezado, TORRES — MEDICACIÓN INFANTIL ASOCIADA — EN REVISIÓN, un renglón más abajo, como cada semana, sin resolver y sin caerse.
Mali me miró clavar las cuatro chinchetas, comprobó de un vistazo que la hoja nueva decía lo mismo que la vieja en todo lo que importaba, y no dijo nada, y su nada pesaba lo suyo.
Fue al acabar las bombonas cuando me lo preguntó, de espaldas, apuntando en su libretita:
—¿Qué estás preparando, Marta?
Podría haber dicho que nada. Con Mali, nada era la única respuesta peor que cualquiera.
—Una impugnación administrativa —dije—. Del régimen de Lucía. Papeles. Es lo que sé hacer.
—Papeles. —Cerró la libretita con el lápiz dentro—. Los papeles tuyos últimamente le cuestan a esta calle treinta días de beneficios.
—Este no toca a la calle.
—Eso no lo decides tú. Eso lo decide el papel cuando ya está hecho. —Se volvió, y me miró con aquella cara suya de inventario, la que no acusaba porque no le hacía falta—. Mañana acabas contrato. Los avales se firman con el avalista dentro, no por correo. Por eso es hoy.
Y siguió, sin dejarme sitio entre frase y frase:
— Yo a ti no te puedo prohibir nada. No soy tu jefa, no soy tu madre y no soy tu dios. Soy la que apunta lo que cuestan las cosas. Así que vas a firmarme una cosa, y me la vas a firmar hoy.
Sacó de la carpeta de la casa un impreso de los del programa, AVAL UNILATERAL, modelo estándar, de los que había visto en administración sin mirarlos nunca.
—Este modelo existe —dijo, alisándolo— porque no eres la primera que prepara papeles en esta calle. El programa tiene impreso hasta para avalar lo que no se quiere saber. Fíjate lo que te digo y lo que eso dice.
Lo puso sobre la mesa de la cocina, junto al frutero. Estaba ya relleno con su letra redonda de apuntar recados, todo menos la firma. Me lo leyó en voz alta, con el dedo debajo, aunque yo lo estaba leyendo:
—«Si cualquier actuación promovida por la abajo firmante provoca una incidencia atribuible a la casa, la abajo firmante asume los costes económicos y la penalización de índice correspondientes.
» —Levantó el dedo—. La leí yo también dos veces, por mi cuenta, y estaba bien hecha: no acusaba, no preguntaba, no esperaba.
Cobraba. —El dedo bajó a la casilla vacía—.
No dice qué actuación. No me lo digas. No dice nada de tu hermana, porque tu hermana no es mía ni tuya y este papel no decide nada sobre ella.
Dice la casa. Ocho familias y mi corcho. Eso es lo que avalas.
—¿Y si no firmo?
—Entonces ya sé lo que me hace falta saber, y mañana lo sabe la administración. —Lo dijo sin subir la voz, apuntándolo casi, como un pedido más—. Firmando, tu papeleo es tuyo y el riesgo es tuyo. Sin firmar, es de todos, y lo de todos lo defiendo yo.
Me hizo las preguntas que le hacían falta, una a una, mientras yo sostenía el bolígrafo, y se las contesté todas sin mentir en ninguna, que fue lo más raro de aquella cocina: que no hizo falta.
¿Vas a meter a la casa? La casa no firma nada, no guarda nada y no sale en nada.
¿Vas a meter a mi corcho? Tu corcho no existe para mi papeleo.
¿Le va a costar algo a alguien de esta calle?
Si me sale mal, me cuesta a mí, y para eso es el aval.
¿Esto es por lo del viernes, lo del despacho?
Esto es de antes del viernes. Peor me lo pones, dijo, y no era una pregunta y no la contesté.
¿Cuándo? Los plazos administrativos no los pongo yo.
Cada respuesta era verdad, entera y del tamaño justo de la pregunta, ni un centímetro más, y todas me salieron a la primera, en el orden bueno, sin ensayo.
Lo fácil que me salió fue lo único de aquella mesa que me llevé inquieta: hay oficios que se aprenden sin clases, solo de mirar a quien los tiene.
Firmé a las ocho y media pasadas, en la casilla de la firma, con la fecha al lado de mi mano.
Mali estampó encima el tampón de la coordinación de la casa, sopló la tinta, separó la copia de calco y me la dio sin que la pidiera, doblada por su mitad, que aquella semana todo el mundo me daba mis copias antes de que las pidiera, como se le dan los recibos a quien está de salida.
El original lo archivó en la carpeta de la casa, entre el parte del butano y las hojas del economato, que era su manera de decir que aquello ya era un documento como los demás: vivo, fechado y esperando.
—Gracias por el reparto —dijo, y era verdad, y era todo.
Después miró el reloj de la cocina, que marcaba y pico, y fue a poner el agua de la cena con la libretita todavía en la mano, y la cocina de la cinco volvió a ser una cocina, que es lo que las casas hacen con lo que firman dentro: seguir cenando encima.
Salí de la cinco con el carro vacío y la tarde ya azul, e iba por la mitad de la calle, cuadrando mentalmente la hora de la cena con la del turno, cuando en la casa sonó la campanilla de mesa de la acompañante, dos veces, secas, y luego la puerta, y luego los pasos, y la calle, que estaba en su hora de fregar cacharros, bajó el agua de todos los fregaderos a la vez sin ponerse de acuerdo.
Lo que pasó entre las nueve y las diez menos cuarto lo vi desde donde se me dejaba: la otra acera.
La acompañante salió al zaguán y volvió a entrar con la enfermera de planta, que llegó andando rápido con su maletín de lona, sin correr, que el personal clínico no corre para no cobrar testigos.
La luz del cuarto de Lucía se encendió detrás de la persiana.
Hubo un rato de sombras ordenadas detrás de la persiana: el velcro del manguito, una vez y luego otra con sus minutos en medio, la sombra alta de la acompañante yendo y viniendo con un vaso, la voz de Lucía un momento — el tono nada más, ni una palabra, y el tono era el suyo de contestar en clase, entero —, y un silencio largo de los de contar por dentro.
Yo lo conté: dieciocho pulsos de los míos, que los silencios ajenos se miden con reloj propio.
Después la enfermera salió a la puerta y habló por el aparato de planta con frases cortas, cifras y siglas, y en la calle, sin que se abriera del todo ninguna, todas las puertas estaban un poco menos cerradas que antes, que las calles pequeñas escuchan con las bisagras.
Navas llegó a las nueve y veinte andando rápido desde el ala, con la bata sin abrochar, que fue lo más parecido a una alarma que le vi nunca, y entró sin llamar, que también.
La calle entera estuvo media hora escuchando sin mirar, con las cocinas apagándose una a una para oír mejor, que es lo que hacen las calles, y el ventilador de la ventana de la tres se paró a media vuelta y no volvió a arrancar.
En la farola del cruce, los insectos siguieron a lo suyo, dándose contra la luz con su constancia de insectos, que fue lo único de toda la calle que no se enteró de nada.
A las diez menos veinte abrieron la puerta del todo, con la luz del pasillo cayendo al escalón como un mantel, y sacaron a Lucía en la silla de ruedas de la planta, con una manta en las piernas a pesar del calor, porque la clínica abriga por costumbre, y su cara a la luz de la farola no era de miedo: era de atender, la de clase, la de estar tomando apuntes de lo que le pasaba al cuerpo por dentro.
La acompañante empujaba con las dos manos altas.
La enfermera llevaba el maletín de lona y el registro portátil colgado en bandolera, con su correa dada de sí de años de hombros.
Lucía llevaba las manos donde las llevaba ahora siempre, por debajo, sosteniendo, y los ojos en el frente, administrándose.
Una esquina de la manta se le fue a los radios en el primer giro y la acompañante la recogió sin pararse, de un gesto, y la silla siguió, que las procesiones pequeñas también tienen su oficio.
Navas iba al lado dictando, con esa voz suya de prospecto que llegaba limpia hasta mi acera:
—Ha cedido bien con la medicación. Ciento cuarenta y dos la última, bajando.
El registro, tranquilizador; la analítica va al laboratorio y no espero sorpresas, pero no concluye hasta mañana.
Treinta y siete más uno: adelantamos la cesárea a mañana a las tres de la tarde.
Por prudencia. No es una urgencia; es que las prudencias, dejadas para tarde, cambian de nombre.
—Y a la enfermera, ya en el cruce, contando con los dedos como contaba todo—: Esta noche, en observación: controles a las nueve y media, diez y diez y media.
Después, horarios: once y media, doce y media, una y media, dos y media y tres y media.
El siguiente, a las cuatro y media. Vía cerrada con su llave puesta, por si hay que entrar rápido.
Sin telemetría central, que no la tenemos: registro con el portátil en cada control y a mí se me llama con cualquier cifra que no le guste, y le he dicho cuáles no me gustan.
Pasaron a tres metros de mí. Lucía no volvió la cabeza, o no me vio, o las dos cosas, y yo no di el paso que no tenía, y el pequeño cortejo cruzó hacia el ala clínica por el centro de la calzada, la silla, la manta, el maletín, los números, hasta que las puertas del ala se los tragaron con su chasquido neumático y la calle volvió a encender sus cocinas.
Yo me quedé con la pauta repitiéndose sola en los dedos, sin habérselo pedido a los dedos: y media, y media, y media, y media, y media.
La última, las tres y media. La siguiente, las cuatro y media.
Entre una y otra, una hora con la puerta cerrada y la llave puesta por dentro del cerrojo clínico, para poder entrar rápido.
Para poder entrar rápido cualquiera de bata.
Mali estaba en su zaguán, con los brazos cruzados, mirando el mismo aire que yo.
—¿Lo has oído? —dijo, sin volverse—. Cada hora hasta las tres y media, y a las cuatro y media otra vez.
Toda la noche con gente de bata entrando y saliendo.
—Descruzó los brazos y recogió la campanilla de mesa que la acompañante había dejado en el poyete—.
Sea lo que sea tu papeleo, hazlo por la mañana.
Esta noche esa niña es de la clínica, y la clínica no deja huecos.
—Ya lo he oído —dije, y era verdad, y era toda la verdad que cabía en la acera.
Mali se quedó con la campanilla en la mano, dándole vueltas por el mango, sin sonarla.
—Y Marta. —No se volvió—. El aval cubre incidencias. No cubre desgracias. Procura que la diferencia se note.
Entró en su casa y cerró con el cuidado con que se cierra cuando hay críos dormidos, y yo me quedé un momento sola en la acera con la palabra desgracias, que era de las que no venían en ningún impreso.
Llegué a cocina a las diez menos dos minutos, fichando con el resuello justo.
El responsable me esperaba con el parte del sábado, que era el más corto de la semana, pan de domingo y poco más, y me miró un segundo de arriba abajo, la cara que traía, y lo que fuera que vio lo apuntó donde apuntaba lo que no era de masas, que aquel hombre tenía un archivo que no ocupaba sitio.
Amasamos a las once como todas las noches.
Pesé las piezas del domingo a la primera, una por una, y comprobé sin querer, con el canto de la mano contra el uniforme, que la llave seguía prendida por dentro, fría a través de la tela, y el mundo hizo como que era el de siempre, que es lo que mejor hace el mundo cuando ya ha decidido no avisar.
Pero yo ya tenía la noche entera colgada de números ajenos: controles a y media hasta las tres y media, el siguiente a las cuatro y media, la cesárea a las tres de la tarde, mi expulsión al acabar el turno, Jorge a las cuatro y veinticinco con el motor apagado, y la llave fría prendida por dentro del uniforme.
En la cartera, el archivo entero de mi semana: la copia del enterado, la copia del aval, la matriz del talonario con sus casillas a cero, y en el forro, lo otro.
Nunca había llevado tantos papeles encima y tan pocos que me defendieran.
Todo lo que durante seis días había sido plazo se había vuelto una sola noche, esta, con sus casillas puestas.
De la cuartilla quemada me sabía todos los bloques con sus horas, del derecho y del revés.
Todos menos uno, que no tenía hora buena ni la iba a tener, y que en mi taquigrafía de almacén eran dos palabras: hablar con Lucía.
Lo había escrito así, sabiendo lo que escribía.
Dos palabras no son un plan. Son el hueco donde el plan se cae o pasa, y hacia ese hueco iba yo con la masa subiendo y el reloj de pared dando su ronda, igual que todas las noches, como si aquella fuera una.
El pan del domingo crecía en su cámara sin saber para quién, y por primera vez en seis años, yo tampoco.