Catorce casillas 22. El campo de golf
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22. El campo de golf

El campo de golf

El taladro me cayó en la casilla trece a las seis y cuarenta, al salir del turno, y no me fui a dormir: los sábados a las siete descargaba Jorge, y yo llevaba seis años descargando a Jorge, solo que siempre del otro lado de otra puerta.

Esperé en el muelle viendo salir mi pan de la noche camino del comedor, bandeja a bandeja, en manos de la cocina de día, que es una sensación rara y buena, como ver a otro cobrar tu trabajo y alegrarte. El cielo estaba en ese azul de antes del calor y el muelle olía a persiana recién subida.

La furgoneta entró a las siete y dos minutos, blanca de polvo hasta las ventanillas, con su ruido de motor reconstruido que era la firma de la casa, y aparcó como aparcaba en mi almacén: de una, clavando el portón al borde, con el calzo puesto antes de apagar.

Jorge se bajó de un salto corto y ya andando, con el albarán en la boca mientras abría los portones.

Me vio con la carretilla preparada y no le cambió la cara, que en Jorge era su manera de saludar con cariño.

—Anda. La Roldán. —Escupió el albarán a la mano—. Me dijeron que andabas por aquí dentro. El mundo es un pañuelo y el pañuelo está sucio. ¿Qué haces tú a este lado?

—Contrato de catorce días. Acaba mañana.

—Catorce días. —Lo dijo como se dice el modelo de una furgoneta que no compraría, y no preguntó más, que Jorge las cuentas ajenas las miraba de lejos, como los accidentes.

—Harina, aceite y lo seco —dije, leyendo su carga—. Empiezo por lo pesado.

—Empieza por donde empieces, que tú colocas mejor que mi santa madre. —Me tendió el albarán para la primera firma, la de llegada, con su bolígrafo atado al portapapeles con una cuerda de zapato—. ¿Sigues contando las cajas dos veces?

—Sigo.

—Dios existe. Seis años pidiéndole al gremio una que cuente dos veces y estaba aquí metida.

Descargamos: los sacos de harina de veinticinco al hombro, las garrafas de aceite de dos en dos, lo seco en cajas que se apilan solas si las apila quien sabe.

Mi carretilla hizo sus viajes contados, cuatro, y el muelle fue tomando el orden que toman los muelles buenos, el de poder encontrar a oscuras.

Es una conversación vieja la de descargar: uno en la furgoneta arrimando al borde, otra en el muelle llevándose el peso, y las frases caben justas entre caja y caja, que es la medida buena de las frases.

Al tercer viaje de la carretilla se lo dije, sin adornar, porque a Jorge los adornos le daban desconfianza.

—Mañana domingo, a las cuatro y veinticinco de la madrugada, necesito una furgoneta parada al otro lado de la puerta de mantenimiento. La del fondo, la de los bancales. Motor apagado. Dos personas.

Jorge arrimó un saco de harina al borde, lo enderezó, y se quedó con las manos encima del saco, mirando la carga que le quedaba como si la carga opinara.

—La puerta de atrás —dijo—. La de las cubas.

—Esa.

—Esa carretera es la de proveedores. —Bajó otro saco—. La conozco de memoria y del derecho y del revés, y del revés es como la vas a necesitar tú, porque de esa puerta para fuera hay siete kilómetros de nada hasta la comarcal, y a mitad de la nada está el campo de golf.

—¿El campo de golf?

—El de antes del veintinueve. Dieciocho hoyos de secarral con sus banderas de palo, que da más pena que un cementerio porque al cementerio al menos lo riegan.

—Me pasó la caja del aceite—. Y en la curva del campo de golf está la cámara.

Fija, en su poste, con su placa solar. No la mira un cristo en directo, eso te lo firmo: la pusieron cuando los robos de cobre y ahí se quedó.

Pero graba. Grabando un campo de golf muerto las veinticuatro horas, fíjate qué oficio.

Y el domingo de madrugada, en esa cinta, va a salir una sola cosa: mi matrícula.

La de mi furgoneta, con mi motor, yendo y viniendo.

Dejó de descargar. Se sentó en el borde del portón, sacó el paquete de tabaco, lo miró y no lo abrió, que era lo que hacía con el tabaco desde que lo dejó: consultarlo.

—Vamos a echar la cuenta en voz alta, Roldán, porque las cuentas calladas salen mal.

—Se guardó el paquete—. Si eso que no me vas a contar sale torcido y alguien rebobina esa cinta, mi matrícula es la línea entera: el consorcio, las contratas del consorcio y los primos de las contratas.

El consorcio son cuatro repartos fijos a la semana.

Las contratas del consorcio, otros seis.

Y lo demás son migas, pero las migas viven de que yo pase por delante todos los días siendo un hombre aburrido.

Todo lo que reparto de aquí a la capital cuelga de eso, de que yo aburra.

El domingo dejo de aburrir. —Levantó la mano antes de que yo abriera la boca—.

¿Y si te paran a la ida? Me lo pregunto yo solo, mira: a la ida soy un hombre que se ha equivocado de desvío buscando la comarcal, que pasa hasta en las mejores familias.

A la vuelta ya veremos qué soy. —Se rascó la nuca—.

El motor me lo fió el taller de Requena en febrero, y Requena no fía dos veces ni a su madre.

Esa es mi parte de la cuenta y no te la escondo: si no fuera por el motor, esta conversación duraba una caja menos.

Así que no me lo cuentes. Cuéntame lo otro.

Lo otro era el talonario, y lo llevaba encima. Me senté a su lado en el portón, saqué la goma, y le enseñé lo que había: ocho de los grandes y el taco de los pequeños entero.

—Todo —dije—. Cesión sellada, a tu nombre o al de la empresa, como prefieras. Con esto liquidas el motor y te sobra.

—Con esto liquido el motor, el eje que viene tosiendo y la deuda del gasoil de marzo.

—Pasó el pulgar por el canto del taco, contándolo sin contarlo, de oficio—.

Los vales protegidos no se revierten, Roldán.

Eso es lo bueno que tienen y por eso valen lo que valen: lo firmado, cobrado.

Pase lo que pase el domingo, esto ya está pagado el sábado. Al papel no lo pueden detener.

—Al papel no —dije, y no dije más, porque él tampoco preguntó más.

—¿La puerta esa se ve desde la cámara?

—No. La curva del campo de golf queda a dos kilómetros largos de la puerta. De la cámara a ti no llegan ojos: llega cinta, y la cinta solo habla si alguien le pregunta. —Se levantó del portón sacudiéndose la harina del pantalón—. Tú ocúpate de que no le pregunten pronto.

Firmamos encima de una caja de aceite, con su bolígrafo de albaranes, hoja por hoja, ocho firmas y el endoso del taco por su matriz, y Jorge fue levantando cada hoja a contraluz un segundo, de oficio, como se miran los billetes y los papeles que van a serlo, y Jorge fue poniendo debajo de cada una su sello de goma, TRANSPORTES J.

GALÁN, dos golpes por hoja contra la tapa de la caja, sin trueno, que el sello de Jorge era de los cansados y sonaba a lo que era: a muchos años de albaranes.

Se guardó las hojas en la carpeta de la furgoneta, entre el seguro y la ITV, que me pareció el sitio más de Jorge del mundo.

—Cuatro y veinticinco —dijo—. Motor apagado, luces apagadas, morro para la comarcal. Si a las cinco menos veinte no ha salido... nada por esa puerta, arranco y no he estado. Ese es el trato entero y no tiene letra pequeña.

—Ese es el trato.

Jorge se quedó un momento con la mano en el portón, calculando algo con la boca torcida.

—¿Las dos personas caben delante o va alguna que no deba botar?

—Va una que no debe botar.

—Pues pongo la manta doblada en el asiento y a la vuelta cojo el firme bueno, que tardo ocho minutos más y llego con la mercancía entera. —Lo apuntó en su cabeza como apuntaba los pedidos, con un golpe de barbilla—. Más no pregunto.

Terminamos la descarga como se termina una descarga: más deprisa al final, que el final empuja.

Firmé su albarán de siempre, el de la harina y el aceite, con mi letra de siempre, y me quedé con la copia rosa, y por un momento las dos carpetas convivieron en el portón, la de los albaranes de todos los sábados y la de las hojas selladas del último, y nada en el mundo las distinguía por fuera.

Mientras él cerraba portones hice mi cuenta, la que no se dice: Rubén y sus nueve años, si alguien tiraba del hilo de la llave.

La casa entera de Lucía, con su penalización colectiva ya corriendo por lo de Alba, si la incidencia se les caía encima.

Mali y el corcho de su hijo. La sobrina de la cartera grande, si los vales de la matrícula aparecían en la cuenta que no debían.

Y Jorge, que se había tasado él solo, en voz alta, sentado en su portón, y seguía allí, cerrando portones.

Cinco partidas, cada una con su dueño, y ninguna era mía.

Yo salía en otra columna, y mi columna ya estaba comprometida entera desde el viernes, con la firma del enterado y todo.

Lo que estaba haciendo aquella mañana no era arriesgar lo mío: era gastar lo de otros con su permiso, que es la forma educada del mismo verbo.

La furgoneta se fue a las ocho menos cuarto con su tos de motor reconstruido, y el muelle se quedó oliendo a gasoil y a harina, que es un olor de trabajo honrado se mire por donde se mire, y esa mañana no lo miré.

Antes de irme a dormir escribí la cuartilla.

En el office, con el bolígrafo de cocina, a una cara: las horas, los puntos, el orden de las cosas, todo en mi taquigrafía de almacén, que no la lee ni Dios.

La leí tres veces hasta que se leyó sola por dentro, con los ojos cerrados, del derecho y del revés, y me la tomé como me tomaba los pedidos grandes: por bloques, cada bloque colgado de una hora, y el último bloque el primero, porque lo que se hace con sueño hay que sabérselo mejor que lo que se hace despierta.

Después la quemé en el fogón piloto, sujetándola por la esquina, y las cenizas se fueron por el sumidero detrás de las otras, que aquel sumidero estaba haciendo carrera.

Un plan escrito es una prueba. Un plan aprendido es solamente una persona que sabe algo, y a las personas, para saberles lo que saben, primero hay que preguntarles.

Y para preguntar, antes hay que saber que existe la pregunta, y de eso me estaba ocupando yo aquella mañana: de que la pregunta llegara tarde.

Me acosté a las ocho y media con el despertador de cuerda puesto a las cinco de la tarde y el cuerpo zumbando de cansancio por debajo de la sábana, como una cámara de frío.

Lo último que pensé fue una tontería de las que se piensan en el borde: que el campo de golf llevaba doce años muerto y todavía tenía quien lo mirase, día y noche, por si acaso.

Peor guardado estaba lo mío, y lo mío estaba vivo.