Catorce casillas 21. La llave
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21. La llave

La llave

El reparto de la cena de los viernes lo hacía la cocina de tarde, pero la cocina de tarde iba corta desde la penalización y a mí me quedaban horas muertas entre el sueño y el turno, así que cuando la cocinera me preguntó si podía echar el carro, dije que sí, que un carro más en mi vida no era noticia.

Me había levantado a las seis y media con el sueño a medias, cenado un café con pan del mío, del de la noche anterior, y a las siete y media estaba cargando el carro isotermo en el pasaplatos: las bandejas por casas, las de régimen arriba con su pegatina, el pan contado, la lista de casas sujeta con la pinza del carro.

La cocinera de tarde repasó la carga conmigo, casa por casa, y me dijo que el truco era no pensar en el reparto entero sino en la casa siguiente, que es el truco de todos los trabajos y de casi todo lo demás.

A las ocho salí, y el recinto olía a la cena que yo llevaba, que es una manera rara de ir por el mundo: repartiendo el olor por delante.

El sol ya estaba bajo y naranja sobre los bancales, y las calles de las casas iban encendiendo sus cocinas una a una, como se encienden las cosas que tienen horario.

Se sirve en movimiento. Se para el carro en cada zaguán, se dejan las bandejas de la casa en la mesa de dentro, se recogen las del mediodía, se marca la casilla y se sigue.

En la uno, una radio bajita daba las noticias del pantano y una voz de dentro dijo gracias sin asomarse.

En la dos conté cuatro bandejas y me sobraba una hasta que la vecina me enseñó con el pulgar la cuna del fondo, y le dejé las cinco, que la quinta era papilla.

En la tres, la vecina de turno marcó la recepción en su cuaderno sin mirarme más de lo administrativo, que las noticias de mi mediodía habían corrido lo que corren las noticias en doscientos metros.

En la cuatro no había luz en la entrada y la dejé encendida al salir, por costumbre de almacén: los sitios donde se entra con carga se dejan alumbrados.

En la cinco no entré. La acompañante de planta esperaba en el zaguán con las manos ya puestas para las bandejas, y el traspaso se hizo en el escalón, bandeja a bandeja, sin que mis suelas tocaran la casa.

La ventana de la cocina tenía luz y la persiana a media asta, y me quedé mirando el poyete y solo el poyete, la hierbabuena contra el cristal con sus hojas de estreno, porque el celo del mostrador de la clínica llegaba hasta aquel escalón y yo ya sabía dónde terminaban mis listas.

Marqué la casilla de la cinco apoyando el papel en el carro, con mi letra de todos los días, y el carro y yo seguimos a la seis.

Alba venía de frente por el tramo de sombra cuando yo salía de la cuatro, y venía cargada: la bolsa azul de lona del programa, la de los ingresos, con su etiqueta de cartón en el asa, el apellido y la fecha de mañana escritos en la casilla, y el bulto ordenado de quien ha hecho la bolsa dos veces para hacerla bien.

Se había recogido el pelo como para un lunes, tirante y con sus horquillas, y llevaba las sandalias de goma limpias de polvo, que en aquella grava era llevar los zapatos del domingo.

Andaba a su paso de siempre, el de llegar, y no lo acortó al verme ni lo alargó después.

—Mañana empiezo —dijo, sin pararse, ajustándose el asa al hombro—.

Preparación. La primera inyección es a las ocho.

Contaré hasta tres, como me enseñó mi madre.

—Se cambió la bolsa de lado sin perder el paso—.

La bolsa la he hecho con la lista que dan.

Sobraba sitio. —Ya me había pasado; lo siguiente lo dijo medio de espaldas, al aire del tramo—: Después paso por reasignación. Me lo comunican el lunes. Como todo.

—Alba.

Se detuvo lo que se detiene una cinta al cambiar de caja: un compás, no una parada. Me miró con esa cara suya nueva de después del calor, que no era dura; era contada, como el agua.

—Tú hablas de libertad porque otra pagó tu agua —dijo, y no lo dijo como se tira una piedra; lo dijo como se deja una bandeja: en su sitio, sin ruido, porque pesa.

Y siguió andando hacia el fondo de la calle con su bolsa azul, a su paso, sin volver la cabeza, que volver la cabeza también gasta agua, y la calle se la fue quedando como se queda las cosas que ya están decididas.

Me quedé con la mano en el carro y la boca abierta a medias, y lo que tenía dentro de la boca no era una respuesta: era el recuento de mis seis años de vales, uno detrás de otro, pagados por una cuota que corría en un cuarto con ventilador mientras yo aprendía a firmar albaranes.

Cerré la boca. Empujé el carro. La frase se me quedó donde se quedan las mercancías sin ubicación, en medio del pasillo, estorbando cada viaje, y no le busqué estantería porque no la tenía: era verdad, y las verdades sin respuesta no se almacenan, se pisan cada día.

La casilla de la cuatro quedó marcada y la lista siguió mandando, que para eso son las listas.

Rubén me esperaba en la seis sin esperarme: estaba cargando en su carretilla el menaje dado de baja, dos pilas de bandejas con los cantos vencidos y una olla sin asa, todo con su parte de retirada encima, firmado y en regla, la copia rosa asomando por debajo de la goma.

Los viernes se retiraba lo roto de la semana: eso también estaba en un cuadrante, y por eso servía.

Un hombre recogiendo chatarra con papeles es invisible en cualquier país del mundo.

Arrimé mi carro al suyo para el intercambio de bandejas y hablamos hacia el metal, los dos contando piezas, que contar piezas es la mejor sordina que existe.

—La puerta que da a los bancales —dijo, como quien sigue un inventario— es de mantenimiento.

Al fondo del todo, detrás de los depósitos de riego, pasadas las bombas.

Dos depósitos sobre patas, la caseta de las bombas, y la puerta en el murete, de chapa, con su cartel de SOLO SERVICIO despintado.

Por allí entran las cubas y salen los equipos, y por allí no pasa el paseo de la ronda: los depósitos hacen un punto muerto que desde la garita no se ve.

—Encajó una pila de bandejas con la rodilla—.

Del ala de servicio a esa puerta hay bancal entero: ochocientos metros largos de surcos, sin farola.

El punto muerto cubre la puerta. No cubre la carretera.

Lo que haya del otro lado de esa puerta es otro país y otro presupuesto.

—¿La ronda pasa cerca?

—La ronda va por el perímetro de dentro, y el perímetro de dentro acaba en los depósitos. Más allá, para la garita, ya es campo. —Cuadró la segunda pila—. Y no me diga cuándo.

—No se lo iba a decir.

—Mejor. Así los dos tenemos razón. —Se sacudió las manos una contra otra, dos palmadas de polvo—. Y un consejo de cerrajero de pueblo, que va con el género: esa cerradura pide levantar el tirador mientras se gira. Si se fuerza, canta. Las puertas viejas no se abren: se acompañan.

—¿Y la puerta?

—Cerradura mecánica de las de antes. Mantenimiento tiene dos llaves: la del cuadro y la mía. —Colocó la olla sin asa boca abajo, con cuidado de hombre ordenado—. De la mía hay copia desde ayer. Las copias, si se piden bien, no preguntan.

Lo del talonario fue rápido, encima de su carretilla, con la lista de reparto haciendo de carpeta: la segunda hoja voló como la primera, mismo nombre, misma escuela, mismo pulso al dictarme de memoria el número de expediente, y su fechador de lata hizo su trueno pequeño contra el metal de las bandejas, que le puso eco.

Guardó su resguardo en el bolsillo de pecho, abotonado.

Yo guardé mi matriz: quedaban ocho de los grandes y el taco de los pequeños, y el agujero de seis años iba tomando la forma de para qué habían sido los seis años.

Ninguno de los dos dijo la palabra que estaba encima de la carretilla, porque las palabras, en según qué tratos, son lo único que sobra.

Sacó la llave del bolsillo del pantalón envuelta en un trozo de trapo limpio, como se envuelve una broca nueva, y la dejó sobre mi carro, entre dos bandejas, sin mirarla y sin mirarme: mirando su carretilla, su parte de retirada, su orden.

Después se enderezó, se echó la carretilla al pulso y tiró hacia el taller por el medio de la calle, con su carga sonando a lo que era, metal dado de baja, y no me deseó nada, ni suerte ni lo contrario, porque desearme algo habría sido saber algo, y aquel hombre tenía nueve años de no saber.

Terminé el reparto. La siete tenía la mesa puesta y nadie a la vista; la ocho me devolvió las del mediodía fregadas, que no hace falta pero se agradece y se apunta.

Las casillas completas, las bandejas apiladas en la balda de abajo, todo en su orden y a su hora, y el carro de vuelta a cocina pesando lo mismo que a la ida, porque el peso nuevo no estaba en el carro.

Estaba en el bolsillo del delantal, y era poco: veinte gramos de latón recién cortado, con los dientes brillantes todavía del torno y el frío de las cosas que aún no han sido de una mano.

En cocina, antes de las diez, la pasé del delantal al bolsillo interior del uniforme y la sujeté con un imperdible, que una llave suelta en un bolsillo es una campana pequeña, y aquella no tenía que sonar hasta su día.

La toqué dos veces por encima de la tela camino de la cocina, como se toca una carga mal estibada, y las dos veces estaba: fría, nueva, esperando.

Una llave que abre una puerta que no es tuya no es una herramienta.

Es una fecha. Las herramientas se devuelven; las fechas no.

La mía era el domingo, y ya la llevaba encima, prendida por dentro con su imperdible, callada como lo nuevo.