Catorce casillas 32. Otro vaso #2
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32. Otro vaso #2

Administración abría a las doce los lunes de agosto para el turno de tarde.

Elena me recibió a las doce y diez, sin sorprenderse de verme y sin darme la bienvenida, con el saludo exacto que le habría dado a cualquiera que hubiese pedido turno: mi apellido, la silla, y la puerta del despacho abierta detrás de mí, como estaba siempre, con su tope de goma puesto en el suelo.

Sobre la mesa había una jarra empañada y un vaso boca abajo. Lo giró, lo llenó y me lo acercó sin preguntar, por trámite, mientras sacaba una carpeta de la bandeja.

—Su solicitud preliminar del martes día nueve sigue abierta —dijo, poniéndola delante—.

Le quedan veintitrés días. Puede formalizarla, dejarla caducar o renunciar por escrito.

Eso no ha cambiado. Lo que ha cambiado son las condiciones, y se las voy a leer enteras, porque si firma quiero que firme sabiéndolas.

Y las leyó, en su tono de temperaturas, renglón por renglón, sin saltarse ni las fórmulas.

Que las infracciones no violentas de candidatas elegibles se liquidan en condiciones.

Que las condiciones aplicables a mi caso incorporaban las cantidades de los comunicados del domingo —las de la casa, las de la ausencia, las de la incidencia—, que quedaban a mi nombre y se descontaban de las contribuciones futuras hasta su cancelación.

Que el ingreso ya no sería por categoría básica, sino por categoría de compensación: contribuciones periódicas de mantenimiento, con calendario fijado por la unidad y no por la interesada, durante el tiempo que dure el saldo.

Que el alojamiento sería el del anexo, en cuarto compartido según disponibilidad, y la cobertura, la interior del recinto, sin tarjeta ni cobertura fuera.

Que el acceso al ala clínica y a administración quedaba condicionado al régimen de accesos vigente y a los registros de contacto de las residentes, sin excepción por parentesco.

Que la formalización no suspendía ni modificaba ninguna de las medidas comunicadas a terceros.

—¿Cada cuánto son las contribuciones? —pregunté, porque las ofertas se miden por los turnos antes que por los sueldos.

—El calendario ordinario de la categoría es quincenal, con las ventanas y los descansos que marque el reconocimiento. Se lo dan por escrito y con fecha, y si la unidad lo mueve, se lo comunican por escrito también.

—¿Y cuánto dura el saldo?

—Depende de lo que aporte y de lo que se le descuente.

Eso no se lo puedo decir hoy en años y no se lo voy a inventar.

Se lo puedo decir en cada citación, cuando se descuente.

—Pasó el dedo por el margen—. Lo que sí le digo es lo que no hace este papel: no cancela la penalización de la casa cinco, no descongela los vales cedidos y no levanta el traslado del operario.

Esas medidas tienen su propio expediente y no dependen de que usted firme.

—¿Y verla a ella?

—Su hermana es residente y usted sería personal.

El acceso al ala clínica lo gobierna el registro de contacto de la residente, no su nómina ni su categoría.

Si ella lo amplía, usted entra. Si no lo amplía, no entra.

—Ni un gramo de más—. Firmar esto no le compra ni un metro de ese pasillo. Se lo digo antes y no después.

—Eso es todo —dijo—. Le repito lo que le dije el martes, que sigue siendo verdad: no la obliga nada. Puede levantarse ahora mismo, salir por esa puerta y coger el coche de línea, que hoy pasa a las ocho y cuarto de la tarde también. Nadie la va a llamar el mes que viene para recordárselo.

Bebí un trago del vaso. El agua estaba fría y no sabía a nada, que es a lo que sabe el agua cuando está bien.

Elena no añadió nada. Alineó la carpeta con el borde de la mesa, un milímetro, y esperó como esperan los porteros buenos, quieta en su marco, sin venderme la casa y sin quitarle una pared.

La puerta seguía abierta a mi espalda, con su tope de goma y su rectángulo de pasillo.

Por el pasillo pasó alguien con un carro, y el carro chirrió del lado izquierdo y se fue perdiendo hacia el fondo, hacia el comedor, donde a esa hora estarían montando las bandejas del primer turno, las azules aparte, en su mostrador, con la fruta ya pelada en su cuenco y la jarra pequeña propia con su tapa.

Podía levantarme. Estaba a cuatro pasos del pasillo y a treinta metros de la puerta peatonal, y esa mañana no había un solo papel en aquel recinto que me obligara a quedarme sentada en aquella silla.

—Deme el bolígrafo —dije.

Elena me lo dio, giró el impreso, me señaló con el dedo la casilla de la formalización y la de la fecha, y leí el impreso entero antes de firmarlo, porque los papeles se leen, y no había en aquellas dos hojas ni una casilla que dijera algo distinto de lo que ella acababa de decirme en voz alta.

Firmé sentada, y la firma me salió otra vez un poco montada en la raya, torcida hacia arriba, como me sale siempre en mesa ajena.

Puso ella la hora en la esquina, las doce y treinta y cuatro.

Separó la copia rosa por su carbón y me la tendió, doblada por la mitad, y no dijo bienvenida, ni enhorabuena, ni ninguna de las cosas que se dicen en otros sitios cuando alguien entra a trabajar.

Guardó su original en la carpeta, y la carpeta en la bandeja de la izquierda, que era la de los expedientes en curso, y eso lo sabía yo de haber fregado aquel despacho.

—Su primera citación —dijo, y sacó de la carpeta una hoja pequeña, de las de agenda de contribuciones, con la casilla rellenada a máquina y el sello abajo—.

La categoría de compensación empieza en el circuito ordinario.

Usted lo tiene hecho del miércoles: extracción, reconocimiento, entrevista y gabinete, todo en regla y todo vigente.

Lo del dentista era caries profunda sin infección, así que no hay nada que espere.

Preséntese en ayunas y con la credencial nueva, que se la dan mañana en la garita cuando entregue la vieja.

La cita decía EXTRACCIÓN DE PLASMA, martes, 7.20. Doblé el papel, lo guardé junto al contrato y pedí otro vaso.