Catorce casillas 17. Rubén
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17. Rubén

Rubén

Antes de aquella primera noche, a media tarde, bajé a mantenimiento con un parte de avería a medio inventar.

La mitad verdadera era la rueda delantera del carro de bandejas, que chirriaba desde el lunes; la mitad inventada era la urgencia.

Los partes se dejan en el buzón de mantenimiento y se arreglan cuando les toca, pero yo escribí URGENTE — INTERFIERE SERVICIO en la casilla de observaciones, con la letra un punto más firme de lo que pedía la rueda, y lo llevé en mano, porque los papeles urgentes dan derecho a una conversación y las conversaciones eran lo que yo andaba corta.

Rellenar la casilla me llevó dos intentos: el primero puse REVISAR y lo taché, que tachar en un parte es feo pero mentir del todo era estrenarme en algo, y con URGENTE me quedé en ese medio sitio donde una todavía se reconoce.

Mantenimiento ocupaba el final del anexo de servicio: un taller con la persiana a medio subir y, pegada al taller, una puerta de vivienda con un felpudo de verdad.

La puerta estaba abierta por el calor, con una cortina de tiras, y antes que al hombre vi la casa, que fue como verlo a él.

Un cuarto ordenado de soltero de oficio: las garrafas de su ración alineadas contra la pared por fechas, el menaje justo secándose bocabajo sobre un paño, la cama hecha a escuadra con la manta remetida de hospital viejo, un ventilador de pie apagado y apuntado a la silla de la mesa, esperando su hora como todo lo demás.

Una estantería de tablas donde los papeles vivían de pie, cada grupo en su funda de plástico con su etiqueta escrita a mano.

Y en la pared, al lado del calendario de un proveedor de tornillería con los días tachados en diagonal hasta el miércoles, una foto pequeña en un marco grande: una cría de nueve o diez años con uniforme de escuela y una cartera que le quedaba grande, sonriendo con los dientes que se tienen a esa edad, delante de una puerta de escuela que no salía en la foto pero se adivinaba por la sombra.

—El parte se echa al buzón —dijo una voz desde dentro.

—Es urgente.

—Los urgentes también caben.

Aparté la cortina de tiras lo justo. Rubén estaba sentado a la mesa con una libreta y un lápiz, pasando números de una columna a otra, y no levantó la cabeza hasta acabar la fila.

Treinta y muchos, ancho de hombros, con las manos de su oficio y una camiseta lavada tantas veces que ya no era de ningún color.

Me miró el tiempo de clasificarme —cocina, sustituta, la hermana de la de la cinco, todo eso se lo vi pasar por la cara en un segundo, porque en los sitios pequeños las caras llevan ficha— y extendió la mano hacia el parte.

Lo leyó entero, observaciones incluidas.

—La rueda chirría desde el lunes —dijo—. La oigo pasar dos veces al día. Eje seco, no rodamiento: eso es grasa y diez minutos, no urgencia. —Dejó caer el parte un centímetro, lo justo para mirarme por encima—. ¿La mandan o viene?

—Vengo.

—Peor para usted y mejor para mí. —Volvió al papel—. Urgente no es.

—Interfiere el servicio.

—Interfiere el oído. —Dejó el parte sobre la mesa, lo alisó con el canto de la mano—. Mañana a primera hora tiene grasa o rueda nueva, lo que pida el eje. ¿Algo más?

Era el momento de irse y no me fui, y él tampoco hizo nada por que me fuera: siguió con su libreta, pasando números, dejándome el silencio para que lo usara o lo devolviera.

Miré otra vez la estantería de las fundas.

En el lomo de una ponía CUOTA — CERRADA, con la palabra cerrada subrayada dos veces, y a través del plástico se veía el grosor de los años de resguardos, sellos morados uno detrás de otro, todo un tramo de vida pasado a limpio y archivado de pie.

En otra, RECIBOS ESCUELA. En otra más, VALES, esta última delgada, que las fundas también cuentan lo que les falta.

—Esta noche empiezo en el turno de cocina —dije—. Producción de madrugada. Me han dado las llaves y las horas, pero lo que es la casa de noche no me la ha contado ninguno. Los guardias, digo. Si entran, si pasan, a qué hora. Para no llevarme sustos ni darlos.

Rubén terminó su fila de números con toda la calma, puso el lápiz en el canal de la libreta y me miró de otra manera: como se mira una entrega que llega sin albarán.

—Lo que se ve desde esta ventana es gratis —dijo—.

El guardia de noche no entra en cocina: la ronda de dentro pasa por el pasillo general y sigue.

Eso lo ve cualquiera que trabaje una semana de noches.

Y cámaras hay tres: la de la barrera, la del muelle y la del vestíbulo de la casa club, las tres puestas por el seguro y las tres mirando adonde entra el género.

De la calle de las casas para dentro no hay ninguna, y de los bancales no le hablo: allí lo que hay es noche.

—Se echó atrás en la silla—. Lo demás no es de ver.

Es de nueve años. Y lo de nueve años no lo regalo.

—¿Qué es lo demás?

—Lo que usted quiera saber y no me diga para qué.

—Lo dijo sin misterio, como se dice un horario—.

Esa es mi regla y va en el precio: yo no pregunto para qué, y usted no me lo cuenta ni aunque yo me equivoque y pregunte.

Lo que no sé, no lo puedo declarar. Llevo nueve años sin saber nada de nadie y así me va de bien.

—¿Y si lo que yo quiera saber le toca a usted?

—Lo mío no está en venta. Lo que veo desde hace nueve años, sí. Son estanterías distintas. —Señaló la suya con el pulgar, sin volverse—. Como esas.

Me quedé de pie junto a la cortina, con las tiras haciéndome rayas de sol en el delantal, e hice lo que hago con los proveedores nuevos: mirarle el género antes que el precio.

El género estaba en las fundas, en las garrafas por fechas, en la libreta de columnas.

Aquel hombre llevaba las cuentas de su vida como las llevo yo, y a la gente que cuenta así no le compras humo: te vende lo que tiene y te cobra lo que vale.

—¿Y el precio?

Se levantó, fue a la estantería, sacó la funda delgada de VALES y me la puso delante en la mesa, abierta.

Dentro había resguardos de transferencia, pocos, ordenados por fecha, todos del mismo concepto: MATRÍCULA Y TASAS — ESCUELA TÉCNICA.

Señaló la foto de la pared con la barbilla, sin mirarla, que las cosas de mirar mucho se acaban mirando poco.

—Mi sobrina. Está en la técnica de fuera, segundo curso.

La matrícula tiene una cifra y la cifra tiene un calendario, y a mí me faltan dos años de vales para cubrirlo entero.

Los míos de aquí van saliendo, pero salen a ritmo de sueldo.

—Cerró la funda—. Usted es de fuera y cobra en vales protegidos.

Los de fuera valen en la escuela de fuera.

Transferencia por talonario, sellada, a nombre de la chica.

Lo sellado no se revierte: lo firmado, cobrado.

Ese es el precio de lo mío. No acepto favores, promesas ni gratitud, que son monedas que se doblan.

—¿Y no le importa en qué acaba lo que vende?

—Me importa la matrícula. —Golpeó la funda con un nudillo, una vez—. Lo demás son planes, y yo en planes no invierto, que los he visto de cerca. Invierto en tratos. Los tratos, si se cierran bien, no dependen de que salga bien nada.

—¿Cuánto por saber cómo respira esto de noche? Horarios de verdad. Lo que usted ha visto en nueve años.

—Un vale de los grandes abre la cuenta. Luego, según lo que se pida. Y las cuentas conmigo se abren el día que se piensan, que los tratos fríos se enfrían y yo no recaliento.

Volví después de la cena, a las nueve y media, con el talonario en su goma.

Por el camino le hice el inventario, que se lo tenía hecho de memoria pero los descuentos piden repaso: diez vales de los grandes y el taco de los pequeños, todo lo que seis años de almacén habían dejado a salvo de mi propia vida.

La cifra de la matriz de esa noche iba a ser la primera salida grande desde la entrada del contratista, y las primeras salidas grandes son las que enseñan de qué tamaño es el agujero.

Rubén había sacado la grasa y el eje nuevo y los tenía sobre un trapo en el taller, preparados para mi rueda de mañana, porque los tratos de aquel hombre empezaban por cumplir la parte aburrida.

Me senté donde me señaló, saqué el talonario de su goma y rellené la hoja de transferencia con los datos que me fue dictando de memoria, nombre y dos apellidos de la cría, escuela, número de expediente, sin mirar un solo papel, que hay números que se saben como se sabe el propio.

Firmé. Corté por el trepado, despacio, que el trepado de los talonarios se rasga si tienes prisa.

Rubén cogió la hoja, la leyó entera como había leído el parte, comprobó el número de expediente contra su memoria moviendo apenas los labios, y sacó de un cajón un fechador de los de rueda, de los que ya no se ven, con su almohadilla en lata.

Lo ajustó al día girando las ruedecillas una a una, sin prisa, lo entintó con dos toques y lo estampó en la esquina con un golpe seco que sonó en toda la habitación, un trueno pequeño y definitivo, de los que separan el antes y el después de un papel.

Guardó la hoja en la funda delgada, con las otras, y la funda volvió a su estante.

—Ronda exterior cada treinta minutos —dijo entonces, sentándose, con la voz de dictar un pedido.

Fue poniendo el dedo en las esquinas de la mesa como si la mesa fuera el recinto: aquí la garita, aquí la barrera, este canto el perímetro del muelle—.

Toda la noche, garita, barrera, perímetro del muelle y vuelta.

Una de cada dos es la larga: baja por la pista de servicio hasta los depósitos de riego y se vuelve por donde ha ido.

La corta se queda en la barrera. Cambio de guardia a las cuatro en punto: el saliente entrega en la garita, firman los dos, café.

Y ahora lo que vale el dinero: la primera ronda exterior del turno entrante no sale a y cero.

Sale tarde. Entre las cuatro y cuarto y las cuatro y media, según quién entre y según el café.

Nueve años viéndolo. No es norma: es costumbre.

Las costumbres fallan menos que las normas, pero fallan. Eso también va incluido en el precio.

Lo guardé todo donde guardo yo los horarios, que no es en papel. Repetí las cifras por dentro, dos veces y en su orden, y se quedaron colocadas. Me levanté, y en la puerta, con la cortina ya en la mano, se me ocurrió la pregunta que no costaba dinero.

—Usted cumplió su cuota. ¿Por qué se quedó?

Rubén recogió el lápiz de la libreta y buscó la fila donde lo había dejado.

—Porque fuera ya no me esperaba nada que valiera dos años de esto y aquí el trabajo es fijo y el agua sale de la pared. —Encontró la fila—. No es una historia. Es una cuenta. Buenas noches, y engrase esa rueda aunque se la deje nueva, que las ruedas se educan.

La cortina de tiras se cerró detrás de mí con su ruido de lluvia de plástico.

Crucé el anexo hacia mi primera noche de cocina cuando las farolas se encendían todas a la vez, con su parpadeo de arranque, y el recinto pasaba a su versión de noche, que yo estrenaba.

Llevaba la matriz del talonario en el bolsillo, donde la cifra descontada se dejaba notar como se deja notar un diente nuevo: sin doler todavía, ocupando su sitio.