18. El hospital que queda
El hospital que queda
Dormí hasta las doce como se duerme de día, con el cuerpo dentro y el oído fuera, después de que a las siete menos veinte, al salir del turno y con el sol todavía de perfil, me perforaran la once.
El anexo de día es otro país — carros por el pasillo, una radio a lo lejos, el calor subiendo por la persiana en franjas —, y una aprende a meter todo eso en el sueño como se mete el ruido del muelle: sin escucharlo pero sin perderlo.
Comí a la una menos cuarto lo que la cocina de día me había dejado tapado, desayuno y comida en el mismo plato, que es la aritmética del turno de noche.
A la una estaba en el ala clínica con el carro de reposición, porque la reposición semanal del material de limpieza seguía en mi cuadrante de la semana anterior y en las listas de la puerta seguía mi nombre, y las listas son las listas mientras alguien no las cambie.
El pasillo de consultas a esa hora era un sitio acabándose: la última paciente de la mañana saliendo con sus papeles, la enfermera cuadrando la pizarra, y Navas de pie en el mostrador, pasando carpetas de una pila a otra con esa manera suya de tocar cada papel una sola vez.
Yo abrí el armario de limpieza del pasillo y me puse a lo mío: sacar lo vacío, contar lo que quedaba, meter lo nuevo.
Lejía dosificada, seis, con sus lotes anotados.
Guantes, dos cajas de cada talla, la pequeña casi entera, que allí las manos pequeñas escaseaban.
Papel de camilla, cuatro rollos, que abultan más que pesan.
Y detrás, en el fondo de la balda, mi propio orden de la semana pasada intacto: lo pesado abajo, lo abierto delante, las fechas de cara.
Que el orden de una siga vivo una semana en un armario por el que pasan seis manos dice más del sitio que del orden, y aquel sitio conservaba lo que funcionaba, fuera de quien fuera.
Fui apuntando entradas y salidas en la hoja del armario, que colgaba de su clavo con el lápiz atado, y el armario quedó contado antes de que el pasillo se vaciara del todo.
Esperé a que la enfermera se fuera a la sala del fondo con la bandeja y hablé sin dejar de contar, porque las preguntas de pie y con las manos vacías son interrogatorios, y las preguntas mientras se trabaja son conversación.
—Doctor. Una duda de las que no vienen en los papeles.
Navas no levantó la vista de sus carpetas.
—Las que no vienen en los papeles son las caras. Diga.
—Una residente gestante. Si quisiera darse de baja y dar a luz fuera, en el provincial. ¿Se puede?
—Poderse, se puede. La baja es voluntaria y parir no es de nadie. —Pasó una carpeta—. La pregunta buena es otra. Hágala.
—¿Y un traslado con papeles? De médico a médico, con volante.
—Un traslado lo firma el que deriva, y se deriva lo que no se puede tratar donde está.
—Pasó otra carpeta—. A esa residente yo la puedo tratar: tengo quirófano a cien metros, diálisis en esta planta y su historia entera en esta pila.
Derivarla sería escribir en un volante que aquí falta lo que aquí sobra.
Los volantes los firmo yo, Sanz, y yo firmo lo que hay.
—¿Y si ella quisiera irse igual? Por lo civil. La baja.
—Eso ya no es medicina, es ventanilla, y la ventanilla ya sabe usted dónde está.
—¿Y qué se encuentra al otro lado?
Navas dejó la carpeta que tenía en la mano encima de la pila, se quitó las gafas de cerca y me miró de frente, cosa que no había hecho desde que empezamos a hablar.
—No. —Se limpió un cristal con el faldón de la bata, sin prisa—.
Esa la contesto y me la va a repetir usted de otra manera dentro de un rato, y luego de otra, y acabo yo cerrándole las puertas una por una para que usted se quede tranquila de que no había ninguna abierta.
No trabajo así. Once años estuve en el provincial antes de venir aquí, y aquí firmo derivaciones todos los meses, y todas vuelven con su papel detrás.
—Golpeó la pila con dos dedos, la de la izquierda, la de las devoluciones—.
Un hospital se lee por sus derivaciones como un almacén por sus devoluciones. Usted lee papeles mejor que yo. Léalos.
Y volvió a su faena, carpeta a carpeta, dejando la pila donde estaba y a mí donde estaba yo, que era a un metro y con una bayeta en la mano.
Metí los rollos de papel de camilla en su balda, de canto, como caben, y cerré el armario.
Empecé el repaso del zócalo de rodilla en tierra, avanzando por el pasillo con la bayeta, y Navas siguió a lo suyo encima de mí, carpeta a carpeta, y durante un rato el ala fue solo esos dos ruidos: su papel y mi paño.
A la una y media se metió en la segunda consulta con dos expedientes y dejó la pila de la izquierda donde la tenía, en el canto del mostrador, con su goma puesta.
Un mostrador a la altura del pecho es un atril. Le pasé el paño por el canto, que buena falta le hacía, y por el canto fui leyendo.
La de arriba era una hoja de vuelta con membrete del provincial, media cuartilla mecanografiada, con la casilla del motivo rellenada a mano: gestante derivada un martes, ingresada, estabilizada y devuelta al centro de origen el jueves, y en observaciones, dos renglones que decían que la intervención programada se había reprogramado dos veces por indisponibilidad de quirófano, con las dos fechas puestas, una detrás de otra, como se ponen las fechas cuando alguien quiere que se vea el hueco entre ellas.
Abajo, el transporte: ambulancia de zona, demora tres horas cuarenta, servicio simultáneo.
La segunda era del mismo taco y del mes pasado: un impreso de convenio con las casillas ya impresas y una marcada con equis.
ESTABILIZACIÓN Y RETORNO AL CENTRO DE ORIGEN.
No hacía falta leer más de esa: la equis lo decía entero.
Lo que sale de aquí, si llega allí, vuelve aquí, y el viaje se cuenta dos veces.
La tercera me paró las manos. Era otra vuelta, de una tal M.
, y traía un recuadro que en mi oficio se llama de otra manera pero funciona igual: DOCUMENTACIÓN APORTADA — INSUFICIENTE, y debajo cuatro renglones con su casilla, tres marcadas.
Serie de función renal: no aportada. Condiciones del régimen de gestación: no aportadas.
Pauta de medicación con horarios: no aportada.
Últimas tensiones con fecha: aportadas parciales.
Y al pie, escrito a mano por alguien que apretaba el bolígrafo: sin serie no se interviene.
Yo llevo veinte años leyendo por lo que falta.
Aquella hoja no decía qué hospital había al otro lado; decía qué le hacía falta a cualquier hospital para tocar a una mujer de aquí, y lo decía en una lista de cuatro renglones, numerada, como se dicen las cosas que se han tenido que decir muchas veces.
Devolví las tres al montón en su orden, la goma como estaba, el canto a ras, y volví al zócalo con el paño antes de que se abriera ninguna puerta.
Y a partir de ahí ya no estuve fregando: estuve haciendo una lista, de rodilla en tierra, con las cuatro cosas que hay que llevarse encima si una se lleva a alguien.
Navas salió a los diez minutos y volvió a su pila sin mirarla.
—Usted aquí reduce daños —dije, desde el suelo, porque desde el suelo se dicen mejor algunas cosas.
—Es el puesto entero —contestó, sin dejar el papel—. Otros venden esperanza o venden miedo, que son la misma tienda. Yo mido, apunto y reduzco daños. Cuando no se puede reducir, lo digo. Todavía no es el caso.
—Lo pregunta por su hermana —dijo luego, sin pregunta en la voz.
—Pregunto en general.
—Ya. —Firmó algo—. En general le he contestado.
Y en particular le voy a decir lo que puedo decirle, que es lo que esta tarde va a estar escrito en esa pizarra para todo el personal: a partir de hoy, la residente de la casa cinco pasa a reposo relativo con restricción de visitas.
Controles en planta, paseo corto supervisado, y la lista de acceso se queda en personal clínico.
Es una orden mía, es de manual en su semana y con su cuadro, y no tiene más lectura que la que tiene.
El paseo de la tarde se queda en corto y con acompañante de planta, por el tramo de sombra.
Lo demás, en su casa y en los controles.
—Me miró por primera vez desde las gafas de lejos—.
Eso la incluye a usted, Sanz. Sé que se cruzan, que esto es un pueblo.
Desde hoy no se cruzan. Si tiene algo que decirle, existe el papel y existe el personal autorizado, mientras usted tenga cauce para lo uno o para lo otro.
—¿Puedo saber los números? Los de ella.
—No. —Lo dijo sin filo, como se lee una casilla—. Usted no está en su lista de contacto autorizado, y esa lista no la he escrito yo: la escribió ella hace tiempo y no la ha tocado. A mí me obliga como le obliga a usted. Lo que puede saber es lo que diga la pizarra, que para eso es de la planta.
—¿Está peor?
—Está en la semana treinta y seis y pico con un riñón y una tensión que hay que mirar dos veces al día en vez de una. —Cuadró la pila terminada con dos golpes—. Peor es una palabra de fuera. Aquí usamos números, y los números piden reposo. Es lo que hay y es bastante.
Terminé el zócalo hasta la puerta del fondo y volví recogiendo lo mío, el cubo, la bayeta, el cartel amarillo que había tenido puesto por costumbre aunque el pasillo estuviera vacío.
Recogí el carro. En el mostrador, la enfermera había vuelto y estaba pasando a limpio la pizarra de mañana, y Navas le dictó sin papel, de memoria, los cambios del día, uno detrás de otro, con la enfermera borrando y escribiendo a su ritmo, el rotulador chirriando en las mayúsculas: un alta de la dos, un control que pasaba de semanal a diario en la cuatro, una analítica adelantada.
El nuestro fue el tercero. Oí el apellido, el mío y el de ella, ROLDÁN SANZ, seguido de las palabras nuevas, reposo relativo, restricción, personal clínico, y la enfermera lo fue escribiendo con su rotulador azul de letra clínica, y después arrancó de un taco una hoja pequeña, la escribió también, y la pegó con celo en el canto del mostrador, de cara al pasillo, donde se pegan las cosas que todo el mundo tiene que ver sin preguntar: ROLDÁN SANZ, L.
— VISITAS: PERSONAL CLÍNICO. El celo era del ancho, del que no se despega con la uña.
Salí con el carro por el pasillo de servicio y di la vuelta larga hacia el anexo, la que pasa por la bocacalle de la cinco, que no era mi camino y fue el que hice.
La calle estaba en su siesta: persianas a media asta, el corcho de la casa asomando su esquina por la puerta entornada del zaguán, con mi lista de la penalización clavada donde yo la había clavado, y ninguna ventana con gente.
En el poyete de dentro de la ventana de Lucía, contra el cristal, la hierbabuena de la cuchara sopera había prendido: se le veían dos hojas nuevas, más claras, de ese verde de estreno que aún no sabe de riegos.
Conté las ventanas igual, por hacer algo con los ojos, y seguí sin pararme, que pararse ya era saltarse un cartel.
Firmé la reposición en la hoja del armario con el lápiz atado, que escribe gris y humilde, colgué la hoja de su clavo y me llevé el carro pasillo abajo, con las ruedas calladas, que mantenimiento había cumplido su parte del parte.
A mi hermana la separaban de mí doscientos metros de recinto, una lista nueva y tres días de contrato.
El cuadrante de la noche decía lo de siempre: lote al empezar, lote al acabar, y entre firma y firma, la masa y yo.
De los tres días, esa noche me tocaba trabajar uno.