Catorce casillas 16. La prueba
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16. La prueba

La prueba

El circuito era un pasillo de la clínica que yo había fregado el sábado, solo que ahora lo veía desde las sillas.

Éramos cuatro: dos mujeres jóvenes que venían de fuera con sus carpetas de papeles sudados, un hombre callado de mediana edad, y yo.

Nos dieron batas para la parte de arriba, de las que se atan por detrás y nadie alcanza a atarse solo, así que la mayor de las de fuera me ató la mía y yo la suya, sin presentarnos, que para eso no hace falta.

En la sala de espera había una jarra de agua con vasos de verdad, empañada de fría, y las dos de fuera la miraban de reojo entre trago y trago, como comprobando que seguía allí.

El hombre callado tenía los zapatos limpios por arriba y comidos por la suela, de andar mucho por sitios secos.

Una auxiliar fue llamando por apellidos con el tono de quien pasa lista en un almacén: sin prisa, sin pena, sin perder a ninguno.

La extracción fue a las nueve y cuatro. La enfermera me buscó la vena a la primera, con dos dedos y sin apretar, me llenó tres tubos con sus etiquetas ya escritas —mi apellido impreso desde antes de que yo dijera mi apellido, que allí los papeles llegaban siempre un poco antes que una—, y me puso el algodón y el esparadrapo con un gesto tan hecho que casi no fue un gesto.

En la bandeja, los tubos de los cuatro esperaban de pie en su gradilla, cada uno con su nombre, camino de decir de nosotros cosas que nosotros no sabíamos.

—¿Esto cuándo se sabe? —preguntó una de las de fuera.

—Se le comunicará con la clasificación —dijo la enfermera—. Puede vestirse.

El reconocimiento fue peso, talla, tensión dos veces, vista, un médico joven que no era Navas escuchándome la espalda, y preguntas de un formulario largo: enfermedades, operaciones, medicación.

Contesté a todo con mis fechas. Cuando llegó a la boca, abrí la boca, y el médico joven miró dentro con su linterna y escribió más de lo que yo esperaba.

—Esa muela de abajo, ¿le duele?

—A veces.

—¿Cuánto hace?

Hice la cuenta de verdad, porque llevaba tanto sin hacerla que ya no era un dolor: era una manera de masticar. Del lado izquierdo, siempre. Lo caliente, templado. Lo frío, con el carrillo.

—Meses. Ocho, diez.

—¿Y no ha ido?

—Fuera, el dentista va por meses también. De espera. —No añadí lo del precio, porque el precio se lo sabía él.

Escribió, arrancó un volante y me lo dio: GABINETE DENTAL, 13.30, HOY. Así, en la misma cuartilla, con la naturalidad con la que en mi almacén se apunta una carga en el primer hueco del camión.

La entrevista de las doce fue con una administrativa de las de arriba que no conocía, en un despacho pequeño con dos sillas y un ventilador de techo.

Preguntas de trabajo: años, puestos, turnos que sé llevar, si sé firmar albaranes de frío, si he manejado personal.

Preguntas de casa: con quién vivo, cargas familiares, deudas.

—¿Sabe llevar cámara de frío? ¿Albaranes de temperatura?

—Seis años de firmarlos.

—¿Deudas fuera?

—Ninguna.

—¿Personas a su cargo?

Ahí tardé medio segundo de más, y la mujer levantó la vista del formulario lo justo para cobrarse el medio segundo.

—Ninguna —dije, y lo apuntó, y el ventilador del techo siguió moviendo el aire caliente de un lado a otro del despacho, que es lo que hacen los ventiladores cuando no hay aire mejor que mover.

Dije la verdad en todo, que era corta de decir.

La mujer lo fue pasando a casillas, cerró la carpeta, y me dijo que la clasificación provisional se me comunicaría, y que del resto ya estaba informada la dirección.

Ni me sonrió ni dejó de sonreírme. Me trató exactamente como se trata un expediente que va bien, y salí de allí sabiendo lo que sabe un expediente: nada.

A la una y media, el gabinete dental. Fuera, en mi barrio, el dentista del seguro daba cita a cuatro meses y el otro cobraba lo que cobraba; yo llevaba desde el invierno masticando por un lado y bebiendo el café del termo a sorbos cortos, por la sombra del diente.

El dentista de la clínica me tumbó, miró, dijo «caries profunda, sin infección» como quien lee una etiqueta, y se puso.

Me pinchó la encía con una aguja fina que escoció y dejó de escocer, esperó a que la boca se me volviera de corcho, y limpió lo que había que limpiar, que se oyó más que se sintió.

Puso una pasta provisional que olía a clavo y habló mientras trabajaba, a su aparato más que a mí: reparación definitiva programada, me llegaría la cita por el casillero, y que aquello era un apaño serio pero un apaño.

—Si no vuelve a la definitiva, esto se cae en unos meses y estaremos peor que hoy —dijo, quitándose los guantes—.

Aquí no hacemos milagros. Hacemos huecos en la agenda, que cunde más.

Cuarenta minutos. Al levantarme de la silla pasé la lengua por la muela y la muela era una superficie lisa que no contestó.

No me dolió esa tarde y no me dolió esa noche.

Ocho meses de organizar la comida alrededor de un diente, resueltos en el hueco del mediodía de un miércoles, sin pagar nada y sin pedir nada, porque lo había pedido un formulario.

Me guardé el pensamiento donde guardo los que no me convienen, pero el carrillo no sabía de eso y masticó por el lado izquierdo en la cena, por primera vez desde el invierno, y lo hizo con un gusto que no me preguntó mi opinión.

El cuadrante nuevo estaba en el casillero a las tres.

Sin nota, sin firma de más: TURNO DE NOCHE — COCINA, PRODUCCIÓN.

INCORPORACIÓN: HOY, 22.00. DESCANSO DIURNO.

Debajo, mis tareas de siempre tachadas con una raya de regla: los desayunos, el comedor, las azules de la mañana.

Hice la cuenta sin querer, que las cuentas se me hacen solas: las residentes viven de día y yo iba a vivir de noche.

Lucía se levantaba cuando yo me acostara.

El cuadrante no decía nada de eso. Los cuadrantes nunca dicen nada de eso; para eso están.

Cené a las nueve, de pie en mi esquina de la encimera, con el comedor ya recogido y las mesas del personal de día fregadas por otra, que fue una sensación rara, como pasar por delante del propio almacén y ver a alguien en tu silla.

La cocinera de tarde me dejó el plato tapado con otro plato, y encima, sin nota, una onza de chocolate del bueno, que en el idioma de las cocinas quiere decir bienvenida al turno malo.

A las diez menos diez me presenté en cocina con la ropa de trabajo y el responsable de noche me estaba esperando: un hombre mayor, ancho, de los que hablan poco porque las cocinas se explican solas.

Me enseñó la producción de madrugada como se enseña una máquina: la masa del pan de mañana se amasa a las once, se pesa, se forma y se deja en fermentación en la cámara templada; el lote de bollería se prepara y pasa a la cámara de enfriado; lo demás es vigilar, limpiar y tener las bandejas listas para el horneado de las cinco.

Me dio el juego de llaves de cocina, tres en una anilla pequeña, y me enseñó qué cerraba cada una: la despensa seca, el office, la puerta del muelle de cocina, que de noche no se abre.

—Y esta puerta —señaló la del pasillo general con la barbilla— de noche no es paso. Quien venga de fuera de cocina, no viene: se confunde. ¿Estamos?

—Estamos.

—Yo compruebo el lote a las dos y cuarto —dijo después, enseñándome el parte de producción, donde las horas estaban impresas—: peso, temperatura y cuenta.

Firmo aquí. Después me voy al obrador del anexo, que la bollería de los viernes se hace allí, y vuelvo pasadas las cuatro y media a firmar la segunda.

—Golpeó la segunda casilla con el dedo—.

Entre una firma y otra, esto es tuyo. La masa no se toca: se mira.

Si una cámara pita, se apunta la hora y se me avisa. ¿Preguntas?

—¿Cuántas somos de noche?

—En esta cocina, tú. En el obrador, yo y el ayudante. La casa de noche es grande y somos tres. —Se colgó el paño del hombro—. Por eso los partes llevan horas: donde no hay gente, hay horas.

Y así fue la primera noche. Amasamos a las once, pesé las piezas y me salieron a la primera, cosa que apuntó sin comentario, que es como se elogia en las cocinas.

A las dos y cuarto comprobó el lote, firmó su casilla y se fue con el ayudante hacia el anexo, y la cocina se quedó en ese silencio grande de las máquinas conformes: la cámara templada con su zumbido, la de enfriado con el suyo, más grave, el gotear de un grifo que cerré, y yo.

Dos horas largas. Fregué lo mío, preparé bandejas, apunté la temperatura de las dos cámaras en el parte a las tres en punto, en su casilla, con mi letra, y miré la masa por el cristal como me habían dicho, subiendo despacio dentro de sus cubetas, haciendo su trabajo sin ayuda de este mundo.

A las tres y media me comí el bocadillo del descanso de pie junto al pasaplatos, mirando la explanada por la ventana: las farolas, la garita con su luz, un guardia que cruzó hacia la barrera y volvió.

El reloj de cocina, de los de pared con segundero, iba haciendo su ronda sin pedir permiso.

A las cuatro y treinta y cinco volvió el responsable oliendo a horno del anexo, comprobó la fermentación, firmó la segunda casilla, y me dijo que el pan de mi primera noche no tenía nada que decirme, que a las cinco entraba el horno y a las seis y media era mío el irme.

Fiché la salida con el cielo poniéndose gris por el lado de los bancales.

En la taquilla, antes de acostarme, guardé el resguardo del circuito, que me habían dado al acabar la entrevista: media cuartilla con mis horas cumplidas, la extracción, el reconocimiento, el gabinete, cada cosa con su sello, y al pie, en la casilla de la validación médica, una rúbrica pequeña y apretada, hecha de un solo impulso, con la eñe sin levantar el bolígrafo.

La conocía de un margen. La miré un rato bajo el tubo del pasillo, más del que se le da a un papel propio que está en regla, y la doblé con lo demás, y me acosté cuando el recinto se levantaba, con la muela nueva callada y las manos oliendo a masa, que es un olor que se queda a dormir contigo.