15. Solicitud de ingreso #2
—Ya. —Esperó un momento por si yo quería añadir algo a mi propia lista, y como no añadí, la cerró ella—: Firmas suyas, fechas en orden, hojas completas.
—Recogió los papeles con cuidado, cada grupo a su clip, y los devolvió al cajón—.
Las dos son suyas. Eso no se lo digo yo: se lo acaba de decir usted, que es la única persona de este recinto que conoce esa firma de antes del programa.
Se levantó, fue al archivador bajo de la pared, y volvió con un impreso solo, que dejó delante de mí sin girarlo todavía.
—Ahora lo mío. Su contrato con la contrata termina el domingo.
El lunes esta casa pierde a alguien que cuenta bien, lee los papeles enteros y no ha faltado un día en seis años.
Eso, en mi trabajo, se apunta. —Giró el impreso—.
Personal adscrito de la unidad, incorporación al terminar su contrato actual.
Cocina y servicios, para empezar. Cuarto en el anexo, nómina de recinto, cobertura interior completa.
Y entrada en el programa por categoría básica: análisis, formación, lo ordinario.
Nada que se parezca a lo de su hermana; eso son otras categorías y otras firmas que hoy no están sobre esta mesa.
El impreso decía SOLICITUD PRELIMINAR DE INGRESO en la cabecera, con sus casillas, la mitad ya mecanografiadas con mis datos, que los tenían del alta laboral: el nombre entero, el documento con su terminación en cuatro, el domicilio de fuera con su calle de agua a ratos.
Repasé las casillas escritas una a una, por costumbre, y estaban bien, y las vacías eran las que tenían que estar vacías: la fecha, la hora, la firma.
Los impresos de allí no se equivocaban ni para tentarte.
—¿Qué turnos? —pregunté, porque las ofertas se miden por los turnos antes que por los sueldos.
—Los de cocina y servicios, en rotación, como ahora. Con el tiempo, lo que usted valga. Aquí los expedientes se leen.
—¿Y la categoría básica qué me pide?
—Lo ordinario: análisis periódicos, formación, disponibilidad para contribuciones de mantenimiento.
Nada que le impida trabajar al día siguiente.
Todo lo demás son otras categorías, siempre a solicitud de la interesada, nunca al revés.
—Lo dijo sin mirar los papeles del cajón, y yo tampoco los miré—. ¿Algo más?
—Si firmo y luego no quiero, ¿qué pasa?
—En fase preliminar, un escrito de renuncia y nada más.
Sin penalización y sin explicaciones, porque no se le han adelantado beneficios que devolver.
—Tocó el impreso con dos dedos, sin empujarlo—.
Esto es una solicitud preliminar. No la obliga a nada.
Queda abierta treinta días desde la firma: en ese plazo, usted la formaliza, la deja caducar o renuncia por escrito, lo que prefiera.
Lo que hace este papel es guardarle el sitio con fecha de hoy, porque las plazas de personal salen cuando salen.
—Alineó el impreso con el borde de la mesa, dos milímetros, y dejó el bolígrafo encima, en paralelo—. No hace falta que lo decida hoy.
Y no añadió nada más. Se quedó como se quedan los porteros buenos, quieta en su marco, y el despacho trabajó por ella: la pila del recuento con su tira de CONFORME, la lámpara con su círculo, el bolígrafo en paralelo esperando a la única casilla vacía que quedaba aquella noche en todo el edificio.
Lo que decidí lo decidí como decido yo las cosas de trabajo, con el calendario y no con el pecho.
El domingo se acababa mi credencial. El lunes era la cesárea, y el lunes yo ya no tendría ni un papel que me dejara estar a doscientos metros de ella.
Este me dejaba treinta días de puerta entornada, y no me pedía hoy más que una firma preliminar que se podía deshacer por escrito.
En mi almacén, a eso se le llama reservar sin compromiso, y se hace todas las semanas, y no significa nada.
Eso me dije, con las palabras del oficio, que para algo son las palabras del oficio.
Firmé. De pie no, sentada, y aun así la firma me salió un poco montada en la raya, torcida hacia arriba, como me sale siempre en mesa ajena.
El bolígrafo era de los de tinta que corre bien, de los que no dejan tiempo de arrepentirse a media palabra.
Elena le puso la fecha al lado, martes, con su letra pareja, apuntó la hora en la esquina, y separó la copia rosa de debajo, que me tendió doblada por la mitad.
—Su resguardo. La solicitud queda abierta treinta días. —Se levantó para abrirme la puerta, cortesía completa hasta el final—. Descanse, Sanz. Esta semana está siendo larga para todo el mundo.
En la puerta, ya con la mano en el marco, Elena me dio las buenas noches por mi apellido y volvió a su mesa, a la pila del recuento conforme, porque su día no había terminado con el mío.
Crucé la explanada de vuelta con el resguardo en el bolsillo del delantal, junto a la cuartilla blanda de Alba.
El guardia de noche me siguió con la mirada el tramo de su incumbencia y volvió a su radio.
En el anexo pasé el resguardo a la taquilla, con lo demás: papel rosa, letra de máquina, mi firma torcida y la fecha de Elena, todo muy en orden a la luz del pasillo.
La cuartilla de Alba la puse en la balda de arriba, plana, debajo de la caja de las cartas, porque los planes muertos también se archivan, aunque solo sea para que no anden por los bolsillos.
Treinta días, pensé entonces, era margen de sobra para cualquier cosa. Todavía no sabía lo que cabe en cinco.
De todos los papeles que llevaba conmigo aquella noche, el de la firma era el único que iba a durar más que mi contrato.
Lo dejé encima de la cartera, para verlo el primero, y cerré la taquilla, y la llave dio su vuelta de todas las noches, y el pasillo del anexo se quedó con su luz de tubo zumbando para nada.